Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

La tercera puerta

Tres horas después, la puerta descansaba contra la pared del rellano.

La habían sacado entera. Las bisagras tenían óxido; la cerradura era más nueva que el marco. El hueco seguía cubierto por una lámina de plástico que se hinchaba con cada corriente.

Ane me detuvo antes de que cruzara el precinto.

—Los técnicos no han terminado.

Robles salió del salón con polvo blanco en el pelo. Se quitó la mascarilla.

—El corredor está vacío.

—No lo estaba.

Ane bajó la cinta tras comprobar mis fundas.

—Eso no lo sabemos.

Entré sin responder. La biblioteca permanecía sujeta con correas junto a la ventana. Detrás, el yeso había desaparecido. El hueco obligaba a pasar de lado.

Una técnica fotografió la cerradura sobre una mesa.

—¿Qué la movió? —pregunté.

—Una llave cuadrada —dijo—. O una herramienta con la misma medida.

Ane señaló el bombín desmontado.

—Desde el corredor podía abrirse y cerrarse. Desde el salón, Arrieta necesitaba introducir la mano por el corte del cajón y accionar una varilla.

Robles metió dos dedos enguantados en el rectángulo de la biblioteca. La varilla ya no estaba, pero quedaban dos abrazaderas.

—Podía usar la puerta sin mover el mueble —dijo.

Miré la cadena rota de la entrada principal.

—Entonces el piso nunca estuvo cerrado.

—La puerta principal sí —respondió Ane—. Deja de pedirle a una cerradura que responda por toda la casa.

La técnica levantó la hoja oculta. El mecanismo estaba limpio. El resto conservaba polvo gris.

—Alguien la tocó cuando perforábamos —dije.

Ane ajustó la linterna a su cinturón.

—Vamos a comprobar por dónde salió.

Decidió antes de que me acercara. Dos agentes entraron primero. Robles fue detrás. Ane me hizo esperar hasta asegurar el primer tramo.

El plástico rozó mi hombro al cruzar. Olía a madera mojada. El corredor obligaba a avanzar de lado.

El yeso crujía bajo las suelas. Cada paso parecía más fuerte dentro de aquel hueco que nadie había incluido en los planos modernos.

La luz de Robles bajó por una escalera estrecha.

—Hay dos descansillos —dijo—. Y paneles a ambos lados.

Ane tocó el primero con los nudillos. Sonó macizo.

—Vivienda contigua.

—¿Abierto? —pregunté.

—Tabicado desde este lado.

Robles alumbró el borde inferior. Una línea sin polvo recorría la madera.

—Lo han movido.

Ane se agachó. Pasó una tarjeta rígida por la junta y encontró resistencia.

—No hoy.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—Porque la pintura arrancada está seca.

Otra deducción que no llegó a nacer. Bajé la mano antes de rozar el panel.

Seguimos. Los escalones crujían bajo las fundas de plástico. En el segundo descansillo, una abertura había sido cubierta con ladrillo. La siguiente conservaba una puerta estrecha, cerrada con tres tornillos atravesados en el marco.

Robles tiró de uno.

—Este está flojo.

Ane apartó su mano.

—Fotografía primero.

La técnica fotografió y marcó cada tornillo. El inferior tenía la cabeza limpia. Los otros dos estaban cubiertos de óxido.

—Han retirado uno hace poco —dijo.

—¿Para entrar en el piso? —preguntó Robles.

—O para comprobar si seguía pudiendo abrirse.

Ane ordenó localizar al propietario antes de desmontarlo. No esperó respuesta para continuar hacia la planta baja.

La escalera terminaba ante una puerta metálica. El cerrojo estaba descorrido. Detrás llegaba el golpe irregular de la lluvia sobre chapa.

Un agente probó el picaporte.

—Abre hacia fuera.

Ane le indicó que se apartara. Empujó con el pie y dejó que la hoja avanzara sola.

El patio quedaba encerrado entre fachadas. Un pasillo cubierto llevaba hasta otro portal.

Robles se inclinó sobre el umbral.

—El suelo interior está seco.

A medio metro, una huella húmeda cortaba el polvo. Solo se veía la parte delantera de la suela.

Ane levantó una mano.

—Nadie pisa.

La técnica colocó una escala junto a la marca. Yo miré la puerta. El muelle la cerró despacio hasta encajar sin necesidad de llave.

—Pudo salir y dejarla cerrada —dije.

—Pudo salir alguien —corrigió Ane.

Robles señaló el cerrojo.

—Pero no volver a echarlo desde el patio.

Ane empujó la hoja otra vez. En el lateral del marco había un alambre fino, casi pegado al metal. Pasaba por un agujero y terminaba en el cerrojo.

El agente tiró desde fuera con unas pinzas. La pieza se deslizó hasta cerrarse.

—Ahora sí —dijo.

La escena de Arrieta dejó de ser una habitación cerrada. Entrada principal encadenada. Ventanas aseguradas. Una salida que nadie había incluido en el registro.

Ane cortó el alambre y lo guardó en una bolsa.

—Quiero accesos al patio, propietarios de los bajos y reformas de toda la finca.

—También el portal del otro lado —dijo Robles.

—Ya lo he pedido.

Un portazo sonó sobre nuestras cabezas.

Los dos agentes levantaron la vista. Ane apagó su linterna y escuchó.

No volvió a oírse nada.

—Segundo descansillo —dijo Robles.

Subimos. El plástico de mis zapatos resbaló en un peldaño y golpeé la pared con el antebrazo. El dolor subió hasta la cicatriz del hombro.

Ane llegó primero a la puerta de los tres tornillos.

El inferior estaba en el suelo.

Robles enfocó el hueco con la linterna. La madera se había separado del marco lo suficiente para dejar una franja negra.

—Antes estaba cerrado —dije.

—Antes tenía un tornillo flojo —respondió Ane.

Introdujo una cuña sin empujar la hoja. Un agente llamó desde el rellano principal: el propietario figuraba como una sociedad liquidada diecisiete años atrás.

Ane cambió la cuña de posición.

—Policía. Abra la puerta.

Nadie contestó.

Robles apoyó la oreja sin tocar la madera.

—Hay agua corriendo.

La tubería vibró detrás del tabique. Un golpe breve llegó desde el otro lado. Después, silencio.

Ane sacó el arma.

—Barral, abajo.

No me moví.

Ella giró la cabeza.

—No voy a repetirlo.

Bajé tres escalones. Robles ocupó el lado contrario del marco. El agente aflojó los dos tornillos restantes y sujetó la puerta antes de que cayera.

Ane contó con los dedos.

Tres.

Dos.

Uno.

Empujaron.

La hoja se abrió hacia una cocina vacía. El grifo estaba abierto y el agua rebosaba un vaso colocado bajo el chorro. No había muebles. Tampoco otra salida visible.

Robles cerró el grifo. Ane revisó el pasillo y el dormitorio mientras el agente cubría la entrada.

—Limpio —dijo desde el fondo.

Entré cuando me lo permitió. El suelo conservaba marcas rectangulares donde antes habían apoyado armarios. En la pared había cuatro tomas eléctricas nuevas y ninguna lámpara.

Robles abrió un pequeño cuadro junto a la puerta.

—La corriente está dada.

—Una vivienda vacía no necesita cuatro enchufes en la misma pared —dije.

Ane regresó con una llave oxidada dentro de una bolsa.

—La he encontrado en el dormitorio.

—¿De la puerta oculta?

—Se comprobará.

El vaso seguía lleno hasta el borde. Una gota bajó por el exterior y cayó sobre la encimera.

Robles se acercó al tabique que compartía con el piso de Arrieta. Había una abertura circular a la altura de los ojos, cubierta por una tapa.

La retiró.

Al otro lado apareció el salón.

La biblioteca desplazada. La cadena rota. Las fotografías numeradas en el suelo.

Y la mesa donde Científica había dejado la cerradura.

Ane miró por el agujero.

Después se volvió hacia la puerta por la que habíamos entrado.

—Quien movió el mecanismo no estaba huyendo.

Ane apartó la cara del agujero.

—¿Quién conserva llaves de esta vivienda?

El agente consultó los datos en su tableta.

—No consta inquilino. La gestoría entrega el acceso al administrador de la finca.

Robles miró hacia la entrada.

—El que trajo los planos.

Ane sacó el móvil y buscó el número desde el que él la había llamado. Pulsó sin activar el altavoz.

El tono sonó una vez en su mano.

Una melodía respondió dentro de la cocina.

No venía de ningún bolsillo. Llegaba del mueble bajo el fregadero.

El agente abrió las dos puertas. Entre una tubería y varios periódicos había un teléfono encendido.

Ane mantuvo la llamada.

En la pantalla apareció su nombre.

Robles introdujo el aparato en una bolsa sin cortar el tono.

—Dijo que aquí solo había un muro de carga.

Ane miró el vaso, la abertura y después el corredor.

El agua seguía avanzando hacia el borde de la encimera.

—No vino a traernos los planos —dijo.

Ane cortó la llamada.

La pantalla no volvió al bloqueo. Regresó a la cámara.

La última fotografía se había tomado esa misma noche.

En ella estábamos Robles, Ane y yo frente a la pared cerrada.