Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 10La pared más fría
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CAPÍTULO 10La pared más fría

La pared más fría

La pared marcaba cuatro grados menos que el resto del salón.

La técnica sostuvo la cámara térmica frente a la franja sin pintar. En la pantalla, el muro aparecía amarillo salvo por un rectángulo azul que empezaba junto al suelo y terminaba por encima de mi cabeza.

Ane dejó el café sobre el alféizar.

—Puede ser una bajante.

—Una bajante no tiene esquinas rectas —dijo Robles.

La técnica movió el aparato hacia la derecha. El rectángulo desapareció detrás del yeso y volvió a surgir al otro lado de la biblioteca desplazada.

—Tampoco parece humedad —añadió—. La superficie está seca.

Me acerqué hasta la cinta del suelo. El frío llegaba a la cara antes de tocar la pared.

—Hay aire detrás.

Ane señaló el medidor.

—Hay una diferencia térmica. No es lo mismo.

No respondió a mi hipótesis con una negativa. Ordenó medir la estancia desde el pasillo y desde el piso contiguo.

Un agente abrió la puerta. El aire más cálido del rellano entró y la franja azul se estrechó en la pantalla.

—Cerrad —dijo la técnica.

Robles empujó la hoja. El rectángulo volvió a ensancharse.

—Respira —dijo.

Ane miró el reloj.

—Primero medimos. Después decidimos qué nombre ponerle.

La técnica apoyó un telémetro contra la pared exterior del salón. Marcó la distancia hasta la fachada. Robles hizo lo mismo desde el dormitorio y anotó ambas cifras.

—Faltan setenta y dos centímetros —dijo.

—Error de plano —respondió Ane.

—No estamos usando un plano.

Robles le mostró el aparato.

La diferencia podía corresponder a un pilar o una conducción antigua. Ninguno necesitaba casi dos metros de ancho.

—Medid desde el rellano —dije.

Ane me entregó el telémetro.

—Hazlo sin entrar en ninguna vivienda.

Salí. El pasillo olía a lejía reciente. Coloqué el aparato junto al marco de la puerta y apunté al muro de la escalera.

La cifra no encajaba con la del salón.

—Sesenta y nueve centímetros —dije.

Robles apareció detrás de mí.

—No es un error.

Ane tomó el medidor y repitió las dos lecturas. Después llamó al administrador de la finca.

—Necesito los planos de la última reforma y acceso al piso vecino.

El hombre respondió demasiado rápido. El vecino estaba fuera. Los planos modernos permanecían en la gestoría.

—Que los traigan —ordenó Ane.

Volvimos al salón. La técnica había colocado sensores en cuatro puntos del rectángulo. El inferior registraba una corriente débil y constante.

—¿Comunica con el exterior? —preguntó Robles.

—O con un espacio sin calefacción.

Ane examinó la biblioteca. La parte trasera tenía dos listones más nuevos que el resto. No eran de roble, sino de pino sin barnizar.

—El mueble se modificó para cubrir más pared —dijo.

—O para no vencerse —respondí.

Ella presionó uno de los listones. La madera cedió un milímetro.

—Por una vez, no conviertas mi frase en una acusación.

Robles disimuló una sonrisa mientras abría el cajón inferior. Estaba vacío, pero el fondo tenía un corte rectangular.

—Aquí pasaba algo.

La técnica fotografió el hueco. Medía lo suficiente para introducir una mano, no para abrir una cerradura visible.

—Un cable —dije.

—O una fijación retirada —dijo Ane.

Robles alumbró con una linterna. Dentro solo había polvo acumulado en los bordes. En el centro, una línea limpia llegaba hasta la pared.

—Lo usaban —dijo.

Ane pidió una microcámara antes de desmontar nada. Un agente salió y regresó con una sonda flexible.

La técnica introdujo el objetivo por el corte. La imagen mostró el reverso del mueble, yeso y una sombra estrecha.

—Gira a la izquierda —dijo Robles.

La cámara chocó con metal.

El sonido fue breve. Hueco.

Ane acercó la cara a la pantalla.

—Una tubería.

—Demasiado plana —dije.

La técnica cambió el ángulo. Apareció una superficie vertical cubierta de óxido. Tenía una separación recta en el centro.

—Podría ser una placa estructural —dijo Ane.

Robles golpeó la pared con el mango de la linterna. A la izquierda sonó compacto. Frente al rectángulo, el golpe perdió fuerza.

—Una placa no deja aire detrás.

Ane no contestó. Pidió autorización judicial para realizar una perforación mínima y ordenó que nadie tocara la biblioteca hasta recibirla.

Esperamos en la cocina. El grifo goteaba con intervalos irregulares. Robles revisaba en su portátil el catastro y las reformas del edificio.

—La distribución actual es de mil novecientos noventa y ocho —dijo—. Antes, estos dos pisos figuraban como una sola finca.

—¿Propietario? —pregunté.

—Una sociedad inmobiliaria disuelta.

Ane levantó la vista del teléfono.

—Eso no convierte el edificio en policial.

—No he dicho que lo haga.

Robles giró el ordenador.

—La sociedad tenía como administrador a un abogado que trabajaba para el sindicato de policía.

Ane se acercó.

—¿El mismo que gestionaba la asociación?

—No. Murió hace doce años.

El administrador llegó con una carpeta azul. La dejó sobre la encimera sin quitarse el abrigo.

—Esto es todo lo que conserva la gestoría.

Ane abrió los planos. Mostraban el salón, el dormitorio y una pared gruesa detrás de la biblioteca. Ningún pasillo.

—Setenta centímetros —dijo el administrador—. Es un muro de carga.

Robles señaló las medidas.

—Un muro de carga no cambia de grosor entre plantas.

El hombre parpadeó.

—No sé de estructuras.

—Pero ha venido a explicarnos una.

Ane puso fin al intercambio con un gesto. Ordenó comprobar el mismo muro en el piso superior y en el inferior.

Subimos primero. La vivienda estaba vacía por obras. El muro correspondiente medía treinta centímetros.

En el piso inferior, cuarenta y uno.

Solo en la vivienda de Arrieta desaparecían casi setenta.

—Pudo reforzarse —dijo Ane.

La técnica apoyó la cámara térmica en el piso inferior. No apareció ninguna zona fría.

—Mi hipótesis no encaja —dijo Ane.

Regresamos al tercero. Robles seguía junto a los planos modernos. Había extendido las hojas en el suelo y comparaba los números de expediente.

—Falta una reforma —dijo.

—¿Cuál? —preguntó Ane.

—La numeración salta de la doce a la catorce. El expediente trece no está en la carpeta.

El administrador se agachó.

—Se perdería.

—Los números no se pierden solos.

Ane llamó a Urbanismo y pidió localizar el expediente trece por dirección y año. La respuesta llegó antes que la autorización judicial.

El documento no estaba digitalizado.

Se conservaba en el archivo municipal.

—Voy —dijo Robles.

Ane le tendió las llaves del coche.

—Lleva a Barral. Aquí no puede hacer nada sin tocar.

No discutí.

El archivo ocupaba el sótano de un edificio administrativo. Una funcionaria nos condujo hasta una mesa y dejó una caja gris.

—No pueden sacar fotografías hasta que compruebe el estado —advirtió.

Robles abrió la tapa con guantes. Dentro había facturas, permisos y tres planos enrollados.

El primero coincidía con la distribución actual.

El segundo mostraba una única vivienda antes de la división.

El tercero era más antiguo. El papel crujió al extenderlo.

Detrás del salón aparecía un corredor estrecho, separado del piso por una abertura de servicio. Bajaba hacia el patio y continuaba hasta la planta baja.

—La pasarela era otro recorrido —dije—. Este empieza en la casa de Arrieta.

Robles señaló una anotación añadida durante la reforma de 1998.

ANULACIÓN DE PASO. CIERRE MEDIANTE PANELADO INTERIOR.

No hablaba de derribo.

—Lo taparon —dijo.

La funcionaria se inclinó sobre el plano.

—Hay una hoja asociada.

Buscó dentro de la caja y sacó una orden de obra. La firma estaba borrada, pero una condición seguía legible.

CONSERVAR ACCESO ORIGINAL PARA MANTENIMIENTO.

Robles dejó el dedo sobre esas palabras.

—No cerraron el corredor.

Mi teléfono vibró. Ane.

Contesté en altavoz.

—La autorización ha llegado —dijo—. Hemos perforado el yeso.

Al fondo se oyó una herramienta detenerse.

—¿Qué hay detrás? —preguntó Robles.

Ane tardó un segundo.

—Madera.

Miré el plano antiguo. La abertura de servicio tenía el ancho exacto del rectángulo frío.

—¿Una puerta?

—No todavía.

Un golpe sonó al otro lado de la llamada. Después, una voz llamó a Ane desde el salón.

Ella se apartó, pero el micrófono siguió abierto.

—Inspectora, aquí hay una cerradura.

Robles enrolló el plano.

—¿Por dentro o por fuera?

Ane regresó a la línea.

—Por nuestro lado.

—Entonces Arrieta podía abrirla —dije.

—Sí.

El segundo golpe fue más fuerte.

Algo metálico cayó detrás de la pared.

Ane dejó de hablar.

—¿Qué ha sido? —pregunté.

La respiración de alguien ocupó el teléfono.

Cuando Ane respondió, ya no estaba mirando la perforación.

—La cerradura acaba de moverse desde el otro lado.