Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 9Lo que nadie fotografió
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CAPÍTULO 9Lo que nadie fotografió

Lo que nadie fotografió

Koldo Etxabe no negó haber estado con Arrieta.

Negó haberlo seguido.

Ane dejó sobre la mesa una fotografía del ascensor. Koldo mantuvo las manos abiertas, apoyadas junto al borde. Tenía los nudillos anchos y una mancha de tinta en el pulgar.

—El presidente dice que limpiaron juntos la cabina.

—El presidente confunde ayudar con obedecer.

Robles cerró la puerta de la sala. Yo permanecí junto a la pared, fuera del ángulo de Koldo.

—¿Qué limpiaron? —preguntó.

—Sangre vieja.

Ane deslizó la imagen de la mancha encontrada bajo la fibra azul.

—Esta no parece vieja.

Koldo no miró la fotografía.

—Entonces no es la misma.

La luz del techo zumbaba. Ane golpeó una vez la carpeta con la uña.

—Arrieta estuvo en la asociación ayer. Usted también. La cinta desapareció. Horas después la utilizaron para inmovilizarlo.

—No me ha hecho una pregunta.

—¿Se llevó usted la cinta?

—No.

—¿Vio quién lo hizo?

Koldo giró hacia mí por primera vez.

—Él sabe cómo se usaba.

Ane colocó la palma sobre la mesa.

—Barral no está declarando.

—Nunca lo hacía cuando convenía.

La cicatriz me tiró bajo la camisa. No me moví.

—Explíquelo —ordenó Ane.

Koldo bajó la vista hacia sus manos.

—Hace años, en un traslado desde Topas, un agente pasó una cinta detrás del cuello de un detenido. Barral mandó cortarla.

—¿Qué detenido? —preguntó Robles.

—No recuerdo el nombre.

—Recuerda a Barral.

—Porque amenazó con detenernos a todos.

Ane se volvió apenas hacia mí.

—¿Ocurrió?

—Sí.

Koldo sonrió sin levantar la cabeza.

—Ahora viene la parte que no cuenta.

La mesa quedó pequeña entre nosotros.

—Continúe —dijo Ane.

—La cinta desapareció del informe. El agente siguió trabajando. Barral consiguió que soltaran al preso y después protegió a los que lo habían sujetado.

Robles me miró.

No aparté la vista de Koldo.

—El detenido llevaba una cuchilla y dos agentes heridos.

—Eso no cambia la cinta.

—No.

La palabra me raspó la garganta.

Ane abrió una hoja nueva.

—¿Quién era el agente?

—No he venido a corregir los informes de Barral.

—Ha venido porque apareció material de su antigua unidad en un homicidio.

Koldo cerró una mano.

—Aitor no estaba allí.

Nadie había mencionado a su hijo.

Robles se inclinó sobre la mesa.

—¿Dónde no estaba?

Koldo abrió de nuevo los dedos.

—En la asociación.

Ane anotó el nombre sin mirarlo.

—¿Por qué lo protege antes de que preguntemos?

—Porque sé cómo trabajan.

—También sabe cómo se construye una respuesta antes de necesitarla.

Koldo empujó la fotografía del ascensor.

—Arrieta me citó para hablar de Unai Murueta. Quería que admitiera que el furgón llegó antes de la hora oficial.

—¿Llegó antes? —preguntó Robles.

—No lo sé.

—Eso no necesita memoria. Necesita un reloj.

Koldo apretó los labios.

—Arrieta llevaba un fragmento del parte. Dijo que había encontrado el original.

Ane colocó delante de él las dos horas escritas en el fragmento.

—Diecisiete minutos.

Koldo movió la mandíbula.

—Una diferencia administrativa.

—Una ambulancia puede recorrer media ciudad en diecisiete minutos —dijo Robles.

—No había ambulancia.

—Precisamente.

Ane empujó el papel hasta tocarle los dedos.

—¿Dónde estuvo el furgón?

—En ruta.

—¿Dónde se detuvo?

—No se detuvo.

Robles abrió una fotografía antigua del vehículo. La puerta lateral presentaba una abolladura y una mancha oscura bajo el tirador.

—Arrieta guardaba esto.

Koldo retiró la mano.

—Una foto no cambia el recorrido.

—Pero explica por qué quería verlo —dije.

Koldo me sostuvo la mirada.

—Quería que todos dijéramos una parte distinta hasta fabricar una historia completa. Eso también lo aprendió de ti.

Ane cerró la fotografía dentro de la carpeta.

—¿Le entregó algún documento?

—No.

—¿Le quitó alguno?

—Tampoco.

—¿Lo vio después de salir de la asociación?

—No.

—¿Quién permaneció allí?

Koldo miró la cámara de la sala.

—El presidente. Dos socios. La limpiadora.

—Nombres.

Esta vez los dio.

Ane los escribió sin mostrar reacción. El último era un antiguo conductor policial que seguía entrando como invitado, aunque no aparecía en el registro de socios.

—¿Por qué no figura? —preguntó Robles.

—Porque algunos no necesitan firmar para que les abran.

Ane abrió la carpeta de Unai.

—¿Y usted limpió el ascensor?

—La carpeta se le cayó. Un borde metálico le abrió la mano. Dejó dos gotas. El presidente trajo una bayeta y decidió que aquello era una emergencia nacional.

—¿A qué hora salió? —pregunté.

Ane no me interrumpió.

—Antes de las siete.

Robles colocó frente a él una captura de una farmacia. Koldo aparecía comprando un antiácido a las dieciocho cuarenta y ocho. Otra cámara lo recogía entrando en su edificio siete minutos después.

—No pudo utilizar el ascensor durante la llamada —dijo Robles.

Ane apoyó la espalda en la silla. Su primera sospecha acababa de perder fuerza.

—Pero estuvo con Arrieta y conocía la cinta.

—Como otros veinte —respondió Koldo.

—Deme los nombres.

—Ya están en el registro de socios.

—Quiero los que sabían utilizarla.

Koldo miró la hoja en blanco.

—Eso no se enseñaba con una lista.

Ane se levantó y abrió la puerta.

—Queda citado de nuevo. No salga de Bilbao.

—No pensaba hacerlo.

—Eso tampoco era una invitación.

Koldo pasó junto a mí. Antes de cruzar el umbral, rozó mi hombro con dos dedos.

—Sigues creyendo que cortar una cinta arregla lo que pasó antes.

Le aparté la mano.

—Y tú sigues usando a tu hijo para responder por ti.

Se detuvo, pero Ane cerró la puerta entre ambos.

Ane envió los cuatro nombres para comprobar movimientos y ordenó preservar las cámaras del portal. Ninguno quedaba identificado como acompañante durante la llamada. El presidente solo había admitido que Koldo estuvo con Arrieta antes.

—Tenemos un hombre que miente por costumbre y tres que todavía no han hablado —dijo Robles.

—Tenemos horarios —respondió Ane—. Los nombres vendrán después.

Robles recogió las fotografías.

—Koldo no mató a Arrieta.

—No durante esa franja —dijo Ane—. Puede haber ayudado antes.

—O solo está asustado.

Ane guardó el nombre de Aitor en la carpeta.

—Eso también hace mentir.

Extendió sobre la mesa una cronología provisional. Pensión, llamada, ascensor, ubicación, piso. Había espacios en blanco entre cada punto.

—La pasarela explica dónde estuvo alguien mientras Arrieta hablaba —dijo—. No explica cómo salió el asesino de la vivienda cerrada.

Robles señaló la última columna.

—Volvamos al piso.

Ane no discutió.

El precinto seguía intacto. Dentro olía a cuerda húmeda y yeso. La silla ya no estaba; solo quedaban las marcas numeradas sobre el suelo.

Ane nos entregó fundas nuevas.

—Esta vez miramos lo que no utilizamos para construir la primera versión.

Robles abrió la carpeta fotográfica. Caminó despacio alrededor del salón, comparando cada imagen con su ángulo real.

—Puerta. Ventana. Viga. Suelo. Radiador.

—Todo está fotografiado —dijo Ane.

—Todo lo que consideramos parte de la escena.

Robles se detuvo frente a una biblioteca alta. Ocupaba casi toda la pared opuesta a la entrada. Había libros policiales, carpetas vacías y una radio sin cable.

—No hay ninguna fotografía frontal de esto.

Ane buscó en el índice.

—Hay tres laterales.

—En las tres, el mueble tapa la pared.

Toqué el bolsillo antes de acercarme. No saqué nada.

—Quizá porque es una pared.

Robles me miró.

—Eso dijiste de la silla.

No respondí.

Ane pidió al fotógrafo la secuencia completa. Revisó las imágenes una por una. En todas, la biblioteca aparecía cortada o de lado. Nadie había fotografiado su parte trasera porque nadie la había movido.

—No la tocamos sin autorización —dijo.

Robles se agachó frente a la pata derecha.

—Ya la tocaron.

En el suelo había un semicírculo limpio. La pata descansaba dos centímetros fuera de él.

Ane llamó a Científica. Mientras esperábamos, Robles midió la distancia sin rozar la madera.

—El mueble se desplazó hacia la ventana.

—Pudo moverlo Arrieta —dije.

—Pudo.

Ane me miró de lado, pero no corrigió nada.

La técnica llegó con una cámara y documentó cada apoyo. Después colocó unas correas alrededor de la biblioteca.

—Solo cinco centímetros —ordenó Ane.

Tiraron entre dos. La madera crujió. Un libro cayó al suelo y se abrió por la mitad.

Detrás apareció una franja de pared sin pintar.

No era una puerta.

Todavía.

Robles levantó la mano para detenerlas.

—Esperad.

Un trozo de cinta numerada, olvidado junto al zócalo, se movía aunque las ventanas seguían cerradas.

Ane acercó los dedos sin tocarlo.

La cinta volvió a levantarse.

Desde detrás de la biblioteca entraba aire.