Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 8La señal bajo la oreja
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CAPÍTULO 8La señal bajo la oreja

La señal bajo la oreja

La marca apareció cuando retiraron el adhesivo del cuello.

Ane dejó la fotografía sobre la mesa y cubrió el resto del cuerpo con otra hoja. La luz del Instituto de Medicina Legal hacía brillar el borde plastificado.

—No estaba en la primera revisión —dijo Robles.

—Estaba —respondió el forense—. No se veía.

La línea nacía detrás de la oreja izquierda. Bajaba dos centímetros y desaparecía bajo la señal más ancha de la cuerda.

Me incliné sin tocar la imagen.

—No la produjo el ahorcamiento.

El médico señaló ambas marcas con la punta de un bolígrafo.

—La principal corresponde a la cuerda de la escena. Esta es anterior y mucho más estrecha.

—¿Anterior cuánto?

—Minutos. Quizá algo más. No horas.

Ane cerró la puerta de la sala. El pestillo sonó detrás de mí.

—Habla de lo que puedas sostener.

El forense dejó el bolígrafo.

—Arrieta tenía una segunda lesión de presión en el cuello. Se produjo cuando aún estaba vivo. No fue suficiente para matarlo.

Robles abrió el informe toxicológico.

—¿Estaba consciente?

—El hipnótico podía provocar desorientación, pérdida de equilibrio y somnolencia profunda. La concentración no permite fijar el momento exacto en que dejó de responder.

—Pero podía resistirse —dije.

—También podía no entender qué estaba ocurriendo.

Ane deslizó otra fotografía. Bajo el lóbulo había un punto azul oscuro, casi invisible.

—Esto apareció al limpiar la piel.

El forense acercó una bolsa transparente. Dentro había una fibra de menos de un centímetro.

—Sintética. Trenzada. No pertenece a la cuerda de la viga.

—¿Ropa?

—La camisa es algodón. La chaqueta, lana y poliéster, pero con otro grosor. Tampoco coincide con la tapicería de la silla.

Robles miró la fibra contra la luz.

—Un cable.

—Puede ser el recubrimiento de uno —dijo el médico—. O una cinta estrecha. Necesito el análisis completo.

La cogí con los ojos, no con las manos. Un filamento negro atravesaba el azul.

—El ascensor.

Ane negó antes de que terminara.

—Los cables del ascensor son de acero y no estuvieron en contacto con él.

—La pasarela tenía una marca.

—De una cuerda. No sabemos de cuál.

Otra asociación demasiado rápida.

Me aparté de la mesa.

—Entonces comparadla con lo que había en la asociación de policías.

—Ya lo había ordenado —dijo Ane.

Robles pasó una página.

—La lesión está debajo de la oreja. Si tiraron desde atrás, podían obligarlo a levantar la cabeza.

El forense colocó sus manos alrededor del cuello del maniquí, sin apretar.

—O impedir que la bajara. Un elemento estrecho aquí produce dolor antes de dejar una señal amplia.

—No necesitaban golpearlo —dije.

—No encontramos lesiones defensivas recientes —respondió—. Pero eso no demuestra que cooperara.

Ane tomó una decisión.

—Reconstrucción sin contacto. Nada de probar maniobras sobre personas.

El médico usó una cinta de papel sobre el maniquí. La pasó desde la nuca hasta debajo de la oreja izquierda. Al tensarla, la cabeza giró hacia el hombro.

—Quien sujetaba estaba detrás —dijo Robles.

—Probablemente detrás y algo a la derecha —matizó el forense.

—¿Altura?

—Imposible saberlo.

Me moví hasta quedar a la espalda del maniquí. Ane levantó una mano.

—No cruces la línea.

Me detuve.

Desde allí, una persona podía mantener a Arrieta inclinado sin mirarlo a la cara. La mano dominante quedaba libre.

—Le dieron el sedante antes —dije.

—Eso aún no está probado —respondió Ane.

—No podía administrárselo mientras lo controlaba así.

—Podía haberlo ingerido voluntariamente.

Robles cerró el informe.

—Arrieta no tomaba ese medicamento. Su médico lo ha confirmado.

—Eso no dice quién se lo dio —dijo Ane.

El forense retiró la cinta del maniquí. La cabeza volvió al centro con un golpe seco.

—La sustancia se disuelve en líquidos. No tiene un sabor fuerte.

Pensé en los dos vasos del piso vacío. Uno había permanecido sobre una mesa que cojeaba. Ninguno estaba en la vivienda donde apareció el cadáver.

—No sabemos dónde lo bebió.

—Correcto —dijo Ane—. Y no vamos a convertir el primer vaso que aparezca en la explicación.

Robles recibió una llamada. Escuchó sin hablar y escribió dos palabras en el margen de la carpeta.

—La Científica ha terminado en la asociación.

Ane le quitó el bolígrafo.

—¿Resultado?

—Falta una pieza del expositor.

El aire acondicionado soltó una ráfaga fría. La fotografía de la marca se levantó por una esquina.

—¿Qué pieza? —pregunté.

—Una cinta de inmovilización antigua. Trenzada, azul y negra.

Ane recogió las imágenes y las guardó antes de levantarse.

—Vamos.

El despacho de la asociación estaba precintado cuando llegamos. El presidente esperaba en el pasillo con la corbata torcida. No miró a Ane. Miró mi cicatriz.

—Ese no es policía.

—Usted tampoco —respondió ella.

El hombre apretó la mandíbula.

—He sido inspector treinta y cuatro años.

—Entonces sabrá quedarse detrás de la cinta.

Robles me señaló el lado contrario del pasillo.

—Tú también.

Dentro, una técnica fotografiaba un expositor de madera. Había esposas antiguas, una defensa corta y dos correas de cuero. En el centro quedaban dos soportes vacíos.

—Falta desde hace años —dijo el presidente.

Ane mostró una fotografía tomada durante una comida de la asociación. Fecha: seis días antes.

La cinta azul y negra seguía allí.

—Pruebe otra vez —dijo.

El hombre tocó el nudo de su corbata.

—Aquí entra mucha gente.

—Nombres.

—Socios. Familias. Personal de limpieza.

—Y Arrieta.

El presidente miró la puerta del ascensor.

—Dejó de venir después de jubilarse.

Robles levantó una hoja de visitas.

—Firmó hace nueve días.

El hombre no respondió.

Ane decidió separarlo del resto. Un agente lo llevó a una oficina contigua. La puerta se cerró sin suavidad.

La técnica acercó una regla al soporte vacío. En la madera quedaba una hebra azul atrapada bajo un clavo.

—La composición parece compatible —dijo—. No afirmaré coincidencia hasta el laboratorio.

—¿Para qué se utilizaba? —pregunté.

Robles leyó la placa caída en el suelo.

—Cinta de conducción.

—No era material reglamentario —dijo una voz desde la oficina.

El presidente había oído la pregunta.

Ane abrió la puerta.

—Entonces explíquelo.

—Se usaba para sujetar a detenidos violentos durante traslados. Muñecas, brazos, a veces el pecho. Se retiró hace más de quince años.

—¿Por qué?

El hombre frotó el borde de la mesa.

—Porque alguien apretó donde no debía.

Nadie escribió durante un segundo.

—Nombre —dijo Ane.

—No murió por la cinta.

—No le he preguntado eso.

El presidente miró a Robles.

—Unai Murueta.

El nombre volvió a dejar diecisiete minutos sobre la mesa.

Ane colocó delante de él la fotografía del fragmento encontrado en la pasarela.

—¿Arrieta investigaba ese traslado?

—Arrieta investigaba a todo el mundo cuando le convenía.

—¿Y a usted?

—Yo no iba en el furgón.

Robles apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.

—Pero conservó la cinta.

—Conservamos material histórico.

—Sin inventariarlo —dijo Ane.

El presidente se levantó.

—No saben lo que están buscando.

Ane no se movió.

—Una cinta robada, un muerto y diecisiete minutos falsificados. Para empezar, sirve.

El hombre miró otra vez mi cicatriz.

—Barral sí lo sabe.

La piel del hombro se tensó bajo la camisa.

—No lo conozco.

—No a Murueta. El método.

Ane dio un paso entre ambos.

—Hábleme a mí.

El presidente golpeó la mesa con dos dedos.

—La cinta no servía solo para inmovilizar. Se pasaba detrás del cuello cuando querías levantar a alguien sin dejarle sitio para girarse.

El forense había reproducido exactamente ese movimiento.

—¿Quién lo enseñaba? —preguntó Robles.

—Nadie oficialmente.

—Eso no es un nombre.

El hombre se sentó.

—Se aprendía mirando.

Ane ordenó requisar el registro de socios, las llaves del expositor y las grabaciones del portal. Después me hizo salir.

En el pasillo, el ascensor emitió tres notas.

La puerta se abrió en nuestra planta. Dentro no había nadie.

Robles bloqueó el cierre con el pie. En el suelo de la cabina había un filamento azul y negro.

Ane se agachó sin tocarlo.

—Puede llevar aquí una semana —dijo.

—O desde la noche de Arrieta.

—Todavía no.

La técnica se acercó con una pinza. Al levantar la fibra apareció debajo una mancha marrón, del tamaño de una uña.

No era óxido.

Ane miró al presidente a través del cristal de la oficina.

—¿Quién limpió este ascensor ayer?

El hombre perdió el color.

Robles pulsó el botón de cierre.

Antes de que las puertas se juntaran, el presidente contestó:

—Arrieta.

Ane sostuvo la puerta con una mano.

—¿Solo?

El presidente bajó la vista.

—No.