Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 7Los pies no tocaron el suelo
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CAPÍTULO 7Los pies no tocaron el suelo

Los pies no tocaron el suelo

El forense había retirado la silla de la sala.

En su lugar, dejó una plataforma metálica bajo la viga reproducida en el laboratorio. La cuerda colgaba a la misma altura que en el piso de Arrieta. Ane permanecía junto a la puerta, con los brazos cruzados. Robles sostenía una carpeta cerrada.

—No toques nada —dijo Ane.

—Ya lo dijiste ayer.

—Y sigues necesitando oírlo.

El médico ajustó un maniquí de peso similar al de Arrieta. La polea emitió un chasquido. El cuerpo artificial descendió hasta que los pies quedaron a pocos centímetros de la plataforma.

—La altura se ha reconstruido con las mediciones de la escena —explicó—. Hay un margen de dos centímetros.

—Suficiente para apoyar las puntas —dije.

—Si hubiera estado consciente.

Ane no me miró. Entregó al forense el informe preliminar y señaló una línea. El hombre cambió la posición de los tobillos del maniquí.

—Las lesiones no muestran una extensión brusca del pie ni presión sostenida en la planta. Tampoco hay fibras del asiento en las suelas.

Robles abrió la carpeta.

—¿Podía saltar desde el suelo?

El forense negó.

—No alcanzaba el nudo. Tendría que haberse impulsado desde algún objeto.

—La silla —dije.

Ane tocó la fotografía colocada sobre la mesa.

—La silla no estaba bajo la viga.

—Pudo apartarla al caer.

—No hay marcas de arrastre entre ambos puntos.

Me acerqué hasta el límite marcado en el suelo. Dos cintas amarillas indicaban la posición original del cuerpo y la de la silla. La distancia parecía mayor sin muebles alrededor.

—Podía haberla empujado con un pie.

El forense levantó la vista.

—En ese caso esperaríamos una torsión en la rodilla, un golpe en el lateral del tobillo o una marca compatible en la pata. No aparece nada de eso.

Otra salida cerrada.

Ane tomó una decisión.

—Repetimos con la silla.

Una técnica colocó una reproducción exacta bajo la cuerda. El maniquí quedó de pie sobre el asiento. La madera crujió al recibir el peso.

—Ahora retiradla sin arrastrar —ordenó Ane.

Robles empujó con una barra desde un lateral. La silla cayó, golpeó el suelo y rebotó antes de quedar a menos de un metro.

—No llega a la pared —dijo.

—Depende de la fuerza —respondí.

Ane me entregó la barra.

—Hazlo tú.

Empujé. La silla salió despedida y volcó de lado. Quedó más lejos, pero dejó una línea clara sobre el suelo de prueba.

El sonido del golpe vibraba cuando el forense se agachó.

—En el piso no encontramos una marca equivalente.

Solté la barra.

—Entonces alguien la colocó después.

—O nunca se utilizó —dijo Ane.

El forense retiró la cuerda de la reproducción y mostró el nudo.

—También hay otro problema. La presión no se distribuyó de forma uniforme.

Robles se acercó.

—¿Qué significa?

—La cuerda fue tensada cuando Arrieta ya no controlaba la posición del cuello.

—¿Inconsciente?

—Es una posibilidad. La toxicología dará más información.

Ane cerró la carpeta antes de que yo preguntara.

—Todavía no tenemos resultado.

El móvil de Robles vibró. Miró la pantalla y salió al pasillo. Ane esperó a que la puerta se cerrara.

—No conviertas “posibilidad” en “sedado”.

—No lo he hecho.

—Lo estabas ordenando en tu cabeza.

Me froté el pulgar contra la costura del pantalón.

—¿La cuerda se ajustó desde delante o desde detrás?

El forense giró el maniquí.

—La abrasión principal está bajo la oreja izquierda. El tramo de cierre quedó detrás. Alguien pudo ajustar el nudo desde la espalda.

—O Arrieta pudo prepararlo antes.

—Sí.

Ane señaló la puerta.

—Esa palabra también forma parte del informe.

El teléfono del forense vibró. Leyó el resultado sin apartarse del maniquí.

—Toxicología preliminar. Hay un hipnótico de acción rápida en una concentración compatible con pérdida de consciencia.

Ane extendió la mano.

—Dame el informe. Desde ahora, la muerte se investiga como homicidio.

La decisión cambió el silencio de la sala entera.

Robles regresó con una hoja impresa.

—Tenemos el registro del ascensor.

Ane se la quitó de la mano antes de que me la enseñara.

—¿Movimientos?

—Durante la llamada, subió desde el portal hasta la cuarta planta. Se detuvo allí cuarenta y tres segundos. Después bajó al tercero.

—El piso vacío estaba en el tercero —dije.

—En el edificio contiguo —corrigió Ane.

Robles apoyó un dedo sobre la hoja.

—Ambos bloques comparten un patio de servicio. En la cuarta planta hay una pasarela cerrada desde hace años.

—¿Cerrada cómo?

—Con una puerta de madera y un tabique añadido.

La astilla de roble. El yeso bajo las uñas.

Di un paso hacia la carpeta.

Ane la apartó.

—No sabemos si Arrieta estuvo allí.

—Pero alguien utilizó ese recorrido mientras hablaba con nosotros.

—Eso sí.

—Y bajó al tercero después.

Robles señaló otra línea.

—La cabina volvió a subir cuatro minutos más tarde. Esta vez desde el tercero hasta el quinto.

Ane leyó el registro dos veces.

—¿Quién tiene acceso al edificio?

—Seis viviendas ocupadas. Dos vacías. Un despacho de una asociación de jubilados de la Policía.

El forense dejó el nudo dentro de una bolsa. El plástico rozó la mesa.

—Eso ya no es asunto mío.

Ane decidió dividir el trabajo. Robles iría con una patrulla al edificio contiguo. Ella solicitaría autorización para revisar la pasarela y el despacho. Yo regresaría a la comisaría.

—Voy con Robles —dije.

—No.

—La astilla y el yeso pueden venir de ese tabique.

—Y por eso no entrarás antes que Científica.

—Puedo esperar fuera.

—También puedes esperar en comisaría.

Robles recogió su abrigo.

—Déjalo venir hasta el portal. Si aparece alguien relacionado con Topas, puede reconocerlo.

Ane la miró durante varios segundos.

—Hasta el portal. No cruza la cinta. No pregunta a vecinos.

—Entendido —dije.

—No te lo he preguntado a ti.

Salimos bajo una lluvia más fina. El coche olía a humedad y plástico caliente. Robles condujo. Ane iba delante con el registro del ascensor sobre las rodillas.

—¿Quién llamó a la policía desde el edificio? —pregunté.

—Nadie —respondió Ane.

—Entonces ¿cómo supo Arrieta que Robles estaba en el piso vacío?

—Pudo verla desde la pasarela —dijo Robles.

—O alguien se lo contó.

Ane giró medio cuerpo.

—No abras otra línea hasta cerrar la primera.

El bloque contiguo tenía un portal estrecho. Un agente esperaba junto a la entrada con el administrador. El hombre apretaba un manojo de llaves contra el pecho.

—La asociación está en el quinto —dijo—. La pasarela sale del cuarto.

—¿Quién usó el ascensor ayer? —preguntó Robles.

—No lo sé. Aquí no hay cámaras.

Ane me señaló el borde de la acera.

—Tú te quedas ahí.

Entraron.

La puerta se cerró y me dejó frente a mi reflejo. No llamé a nadie. Tampoco rodeé el edificio.

Tres minutos después, la alarma de las nueve vibró en mi bolsillo.

Martina respondió al segundo tono.

—No veo la lluvia.

Giré el teléfono. El agua corría por el cristal del portal.

—Ahora sí.

—¿Has encontrado la puerta?

Miré el cuarto piso. Una ventana estrecha permanecía tapiada por dentro.

—Todavía no.

—Entonces no llegues tarde otra vez.

La llamada terminó cuando Robles apareció tras el cristal. Abrió la puerta sin salir.

—Ane quiere que entres.

Subí detrás de un agente. En la cuarta planta habían retirado un armario. Detrás aparecía un tabique roto en un extremo. El yeso caía en escamas sobre el suelo.

Ane esperaba junto al hueco.

—No lo toques.

Al otro lado había una pasarela estrecha. La madera de la barandilla era oscura.

Roble.

Una de las astillas faltaba a la altura de una mano.

—Arrieta pasó por aquí —dije.

—Alguien pasó —corrigió Ane.

Robles alumbró el suelo. Había una mancha seca junto al zócalo y un trozo de papel atrapado bajo la puerta.

La técnica lo recogió con pinzas.

No era una nota. Era la esquina de un informe antiguo. Solo quedaban una fecha, un sello penitenciario y dos palabras impresas.

UNAI MURUETA.

Ane leyó el nombre sin reaccionar.

Robles sí.

—Murió durante un traslado.

—¿Lo conocías? —pregunté.

—Conocía la versión oficial.

La técnica giró el fragmento. En el reverso aparecía una hora escrita a mano.

17:43.

Debajo, otra distinta.

18:00.

Diecisiete minutos.

Ane guardó el papel en una bolsa y cerró el paso con el brazo.

—Ahora sí sales.

No discutí.

Antes de volver al rellano, miré la barandilla. Junto a la astilla faltante había una marca más oscura, del ancho de una cuerda.

Y no estaba cubierta de polvo.