Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 6Bilbao bajo la lluvia
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CAPÍTULO 6Bilbao bajo la lluvia

Bilbao bajo la lluvia

Robles no me esperaba en el andén.

Me esperaba al otro lado de las puertas, con el abrigo mojado y una carpeta debajo del brazo. No levantó la mano. Miró primero la maleta y después el panel de llegadas.

—Tienes billete de vuelta.

—Lucas conserva una copia.

—No te he preguntado quién te vigila.

Las puertas se cerraron detrás de mí. El tren arrancó vacío hacia las cocheras. El sonido me hizo buscar el teléfono.

Tenía una llamada perdida de Martina.

—Primero eso —dijo Robles.

Me aparté junto a una columna y marqué. Laura respondió, pero la cara de Martina ocupó enseguida la pantalla. Sostenía el dibujo tan cerca que solo se veía una puerta azul.

—Has llegado tarde.

—El tren no corría más.

—Lucas dice que sí.

—Lucas no conducía.

Ella bajó el papel. Había añadido una quinta puerta, pequeña y gris, junto a unas líneas que imitaban vías.

—Esa es la del tren —dijo—. La otra sigue vacía.

—¿Cuál?

Señaló la última. La figura pequeña que me representaba estaba fuera, con una maleta en la mano.

—No has vuelto todavía.

El aire de la estación olía a ropa húmeda. Apreté el asa hasta que el plástico se clavó en los dedos.

—Cuando regrese, la terminamos juntos.

—No la termines tú.

—No lo haré.

Laura apareció detrás de ella.

—A las nueve.

—He puesto una alarma.

—Las alarmas también pueden ignorarse.

Martina recuperó el teléfono.

—Enséñame la lluvia.

Giré la cámara hacia la salida. El agua golpeaba los cristales y borraba los edificios del otro lado.

—Parece que no hay ciudad —dijo.

—Está detrás.

—Eso dices siempre cuando no se ve algo.

La llamada terminó antes de que pudiera responder.

Robles ya caminaba. La alcancé junto a la parada de taxis.

—No vamos al hotel —dijo.

—Tampoco he preguntado.

—Por eso te lo digo antes.

Abrió la puerta trasera de un coche sin distintivos. Ane Goikoetxea esperaba al volante. No me saludó. Había dejado una bolsa transparente sobre el asiento delantero.

Dentro estaban mis condiciones de acceso, impresas y firmadas.

—Léelas —ordenó.

—Ya me las explicó Robles.

—Robles no decide quién entra en mi investigación.

Subí. Ane arrancó antes de que cerrara bien la puerta. El cinturón quedó atrapado bajo mi abrigo.

—No accedes a la escena de Arrieta —continuó—. No entrevistas testigos. No recibes informes completos. Solo documentación relacionada con Topas, Urrutia y la llamada que te mencionó.

—¿Y si encuentro algo fuera de esos límites?

—Me lo entregas.

—¿Y si no lo consideras importante?

Ane frenó ante un semáforo.

—Entonces aprendes a vivir con que otra persona decida.

Robles dejó la carpeta sobre mis rodillas.

—Firma.

Leí la última cláusula. Cualquier incumplimiento permitiría retirarme el acceso y comunicarlo al juzgado que conservaba las actuaciones de Valencia.

—Has llamado a Ferrer.

—Ella me llamó a mí —dijo Ane—. No eras la única consecuencia que salió de Valencia.

Firmé.

Robles retiró la carpeta antes de que la tinta secara.

—Ya puedes quejarte oficialmente.

—No he venido a quejarme.

—Eso también lo pondremos a prueba.

Ane giró hacia una calle estrecha. La lluvia repiqueteó sobre el techo del coche.

—La llamada procedía de una pensión —dijo—. El hombre era Arrieta.

—¿Identificación facial?

—El encargado lo conocía desde hacía años. Además, dejó una huella completa en el teléfono y la cámara muestra su prótesis al caminar.

—La ropa coincidía.

—También.

Aquello cerraba la primera duda. Arrieta seguía vivo menos de una hora antes de que lo encontraran.

—¿Quién envió la ubicación?

Ane no respondió.

Robles abrió otra carpeta.

—El teléfono de Arrieta.

—Eso ya lo sé.

—No. Sabes que salió de su número. El análisis confirma que se envió desde el propio aparato, sin acceso remoto ni duplicado de tarjeta.

—Entonces Arrieta la mandó.

—O alguien que tenía su mano, su clave o su rostro —dijo Ane.

El teléfono utilizaba reconocimiento facial y un código de seis cifras. No era imposible. Tampoco sencillo con un cadáver reciente.

—¿Hora estimada de muerte?

—Todavía amplia.

—La estrecharán.

—No contigo mirando el reloj.

Ane aparcó frente a una comisaría. Robles bajó primero. Yo abrí la puerta, pero Ane bloqueó el cierre centralizado.

—Una cosa más.

Me volví.

—Has dicho a tu familia que yo dirijo.

—Sí.

—No me utilices para fingir que ya no decides solo. Si cruzas una línea, no llamaré a Clara para discutirla. Te sacaré.

—No necesitas llamarla.

—Bien.

Liberó la puerta.

En la sala de reuniones había cuatro fotografías colocadas boca abajo. Ane me señaló una silla, pero permaneció de pie.

—No toques nada.

—Son copias.

—Sigue siendo una instrucción sencilla.

Robles se colocó junto a la ventana. No intervino.

Ane giró la primera imagen. La cadena de seguridad. Después la cerradura, la silla y el fragmento de cuerda unido a la viga.

—Dime qué sabes. No lo que crees.

Me acerqué sin apoyar las manos.

—La cadena estaba colocada cuando llegaron.

—Correcto.

—La cerradura fue forzada por los bomberos. No había marcas anteriores.

—Correcto.

—La silla fue movida. La marca blanca contiene yeso antiguo y fibras de madera.

—Posible. No sabemos cuándo.

—Arrieta tenía yeso bajo las uñas y una astilla de roble en la palma.

Ane giró la cuarta imagen. La cuerda formaba un nudo simple alrededor de la viga.

—¿Qué falta?

Miré la fotografía de la silla. La franja estaba en una pata trasera, demasiado alta para haber rozado el zócalo.

—Una superficie de roble.

—Eso no falta. Puede estar en cualquier mueble retirado años atrás.

—Entonces falta explicar por qué el yeso seguía fresco.

Robles apartó la vista de la ventana.

Ane no cambió de postura.

—No estaba fresco.

Me detuve.

—Las partículas se conservaron bajo las uñas por humedad. Podían llevar horas o días allí.

Otra deducción caída.

—Entonces no conecta necesariamente con la muerte.

—Todavía no.

Ane recogió la fotografía antes de que pudiera revisarla otra vez.

—Esta es la diferencia entre una pista y algo que quieres que sea una pista.

Robles tomó una decisión.

—Enséñale el audio.

Ane la miró.

—Está dentro de los límites —añadió Robles—. Arrieta mencionó Topas.

La inspectora conectó un altavoz. La llamada empezó con la voz de Arrieta, el tráfico y el golpe de la moneda en el teléfono de la pensión.

Después llegaron las tres notas que yo había confundido con una señal de la cabina.

—No pertenecen al aparato —dijo Ane.

—Ya lo sé.

—Ahora sabemos a qué pertenecen.

Detuvo la grabación y abrió otro archivo. Las mismas tres notas sonaron en una habitación silenciosa.

Las reconocí al segundo intento.

—Un ascensor.

—Modelo antiguo —dijo Robles—. Aviso de planta y cierre de puertas.

Ane colocó sobre la mesa el plano de la pensión. No tenía ascensor.

—El sonido venía de la calle —dije.

—O de la otra parte de la llamada.

—Robles estaba en el piso vacío.

—Y allí tampoco había ascensor —respondió Ane.

Señaló el teléfono de Robles en la fotografía del rellano. Durante la conversación, uno de los auriculares había quedado abierto sobre su mano.

—La llamada no estaba limpia. Escuchábamos dos lugares al mismo tiempo.

Robles apretó la mandíbula.

—El ascensor podía estar cerca de nosotras.

—¿En el edificio contiguo? —pregunté.

Ane desplegó un segundo plano.

La finca del piso vacío compartía patio con un bloque antiguo. Ese edificio sí tenía ascensor. La cabina paraba en cinco plantas y emitía tres notas al abrirse.

—¿Quién lo utilizó durante la llamada?

—Estamos esperando el registro técnico —dijo Ane—. No identifica personas. Solo movimientos.

—Pero sabremos la planta.

—Eso sí.

La puerta se abrió. Un agente dejó un sobre cerrado delante de Ane. Ella leyó el remitente y lo guardó sin abrir.

Instituto de Medicina Legal.

—¿Autopsia? —pregunté.

—Avance preliminar.

—Está relacionado con Arrieta, no con Topas —dijo Robles.

Ane mantuvo la mano sobre el sobre.

—Y él no participa en la escena.

No discutí.

Saqué el teléfono y lo dejé encima de la mesa. La alarma de las nueve seguía programada. Ane miró la pantalla, después a mí.

—Cinco minutos —dijo—. Luego sales.

Abrió el sobre.

No me entregó el informe. Leyó en silencio y separó una hoja.

Robles se acercó.

—¿Sedantes?

—Pendientes de toxicología.

—¿Hora?

—Más estrecha. Murió después de realizar la llamada.

Aquello eliminaba la posibilidad de una voz grabada con horas de antelación.

Ane pasó a la segunda página. Su dedo se detuvo en una línea.

—¿Qué? —preguntó Robles.

La inspectora dejó la hoja boca abajo.

—Nada que Barral necesite ver.

Me levanté.

—Entonces no preguntaré por el informe.

Ane alzó los ojos.

—¿Por qué preguntarás?

Señalé la fotografía del cuerpo cubierto. Apenas se veían los zapatos bajo la sábana.

—Por la silla.

—Ya hemos hablado de ella.

—Estaba a dos metros. Si Arrieta se colgó solo, tuvo que saltar o apartarla.

—Eso supone que la utilizó.

—¿Había otra superficie bajo la viga?

Robles buscó en las imágenes.

—No.

Ane abrió el informe otra vez.

—No preguntes por la silla —dijo—. Pregunta por los zapatos.

Levantó la hoja para que Robles leyera una línea. Yo solo vi el cambio en su cara.

—¿Qué encontraron? —pregunté.

Ane guardó el informe dentro del sobre.

—Nada.

—Eso no es una respuesta.

—Es exactamente la respuesta.

Robles tomó la fotografía del cadáver y amplió los pies.

—Las suelas están limpias.

—El suelo también.

—No habla de suciedad.

Ane cerró el sobre.

—El forense examinó la presión en la planta de los pies, los tobillos y la parte posterior de las piernas.

El aire acondicionado sopló sobre mi camisa mojada.

—¿Y?

Ane se acercó a la puerta.

—Arrieta no se sostuvo sobre esa silla.

—Entonces ¿cómo alcanzó la cuerda?

La inspectora apagó la luz de la sala.

—No la alcanzó.