CAPÍTULO 5Esta vez pregunta
Esta vez pregunta
La maleta estaba abierta y vacía sobre la cama.
Laura dejó una camisa doblada junto a ella. No dentro. Clara conservaba las llaves del coche en el bolsillo. El metal sonó cuando se sentó frente a mí.
—Dilo antes de guardar cosas.
Lucas cerró la puerta del dormitorio. Martina se quedó en el pasillo con el dibujo pegado al pecho. Nadie le pidió que saliera.
—Arrieta ha muerto —dije—. Lo encontraron ahorcado.
Clara tocó el cierre de la maleta.
—Eso ya lo sabemos.
—La escena no encaja.
Laura empujó la camisa hacia mí con dos dedos.
—Eso también.
No cogí la prenda. Sobre la cómoda estaban las tres fotografías que Ane había autorizado a compartir: la silla, la cadena y la puerta rota. Ningún cuerpo.
—Necesito ir a Bilbao.
Lucas apoyó la espalda en la puerta.
—¿Necesitas o has decidido?
La cremallera había quedado atrapada bajo la tapa. La liberé y volví a dejarla abierta.
—No he comprado el billete.
Clara sacó las llaves y las colocó sobre la cama. Fuera de mi alcance.
—Eso responde a otra pregunta.
Martina entró y dejó el dibujo encima de la camisa. Había añadido lluvia sobre las tres puertas. En la última seguía la figura del abanico.
—¿El muerto estaba ahí dentro?
—En otra casa.
—Entonces hay cuatro puertas.
Laura giró el papel para que no rozara las fotografías.
—Termina de contarlo.
Tomé la imagen de la silla. La franja blanca ya había sido fotografiada con escala. Ane ordenó comparar el material antes de permitir que yo la viera.
—La silla fue movida. Eso es lo único que podemos sostener.
Lucas se acercó.
—Ayer dijiste que demostraba que había otra persona.
—Me adelanté.
No añadió nada.
Clara recogió la fotografía de la cadena.
—¿Y esto?
—Estaba puesta por dentro. La llave de la vivienda no apareció.
—¿Puede cerrarse desde fuera?
—No con el sistema visible.
Laura dobló la camisa otra vez.
—Visible.
—Es la palabra correcta.
Aparté el teléfono antes de que el gesto se convirtiera en otra mentira.
—Hay algo más.
Lucas levantó la cabeza.
—Entonces empieza por ahí.
Abrí el audio. La voz que se presentó como Arrieta llenó el dormitorio. Martina tocó el abanico dibujado cada vez que el hombre hacía una pausa.
Detuve la reproducción antes de la cita.
—No sabemos si era él.
Clara dejó la fotografía sobre la cómoda.
—Pero enviaste a Robles a reunirse con esa voz.
—Ane organizó vigilancia.
—No he preguntado quién organizó nada.
El borde de la cama me presionó detrás de las rodillas. Me levanté.
—Le dije que fuera.
Laura cerró la maleta vacía.
—Ahora sí estamos hablando de lo mismo.
Martina dio un paso atrás. Lucas recogió su dibujo.
—No gritéis —dijo ella.
Nadie había levantado la voz.
Clara se agachó y ajustó uno de sus calcetines.
—Estamos decidiendo.
—Siempre decidís cuando él se va.
La mano de Clara quedó quieta sobre el tobillo de la niña.
Me senté en el suelo frente a ella. La moqueta raspó mi palma.
—Esta vez no me voy hasta que terminemos.
Martina miró la maleta.
—Pero está preparada.
—Está vacía.
La abrió para comprobarlo. Después metió dentro el dibujo.
—Ahora no.
Laura tomó la camisa y la dejó en una silla.
—¿Qué necesitas hacer allí que Robles y Ane no puedan?
—Urrutia recibió el módulo enviado desde Cuenca. Arrieta conocía el equipo. Ambos estaban relacionados con Esteban Urrutia y con la identidad que alguien utilizó después de su muerte.
Lucas señaló las fotografías.
—Eso puedes investigarlo aquí.
—Los documentos, sí.
—Entonces qué falta.
La pregunta salió limpia.
—Ver a Urrutia si despierta.
Clara se incorporó.
—Está en una UCI. No depende de que estés en la puerta.
—No.
—Prueba otra vez.
Apreté los dedos contra la rodilla.
—No confío en que me cuenten todo.
Laura se sentó en la silla.
—Eso sí depende de ti.
Lucas dejó el dibujo dentro de la maleta.
—¿Y ellos pueden confiar en que tú les contarás todo?
Alcé el teléfono y lo dejé sobre la cama, desbloqueado.
—Podéis leer lo que Ane me envíe.
Clara no lo tocó.
—No quiero vigilarte.
—Entonces dime qué quieres.
—Que no conviertas informar en pedir perdón después.
Laura cruzó una pierna.
—Una llamada diaria no sirve si eliges lo que entra.
—No contaré detalles de una escena a los niños.
—No te lo he pedido.
Lucas se apartó de la puerta.
—Quiero saber cuándo te equivocas.
—Ya me he equivocado.
—Lo sé. Robles me lo dijo.
La frase me golpeó en el estómago.
—¿Qué te contó?
—Lo del código. La mesa. El ruido del teléfono.
Clara observó a Lucas.
—Le pediste que nos informara a todos.
Había cumplido mejor que yo.
Tomé una decisión.
—Si voy, Ane dirige. No entro en ninguna escena sin permiso. No sigo a nadie solo. Compartiré ubicación y hotel. Si cambio de plan, llamo antes.
Laura estiró la mano.
—El teléfono.
Activó la ubicación compartida con ella, Clara y Lucas.
—Martina no necesita verte en un mapa.
Martina levantó la cabeza.
—Yo quiero una llamada.
—La tendrás.
—Antes de dormir. No cuando ya esté dormida.
Laura dejó el teléfono en mi mano.
—Pon una alarma. Las promesas no suelen despertarte.
Programé una para las nueve. Martina comprobó la pantalla antes de volver al dibujo.
La niña trazaba una línea desde la cuarta puerta hasta una figura pequeña.
—¿Quién es ese? —pregunté.
—Tú cuando vuelves.
Clara cerró el rotulador.
—Falta una condición. No te llevas el coche.
Empujó las llaves hacia el centro, pero no me las entregó.
—Iría en tren.
—Y compras regreso —añadió Laura—. Con fecha.
—No sé cuánto durará.
—La cambias hablando.
Lucas tocó la pantalla.
—Y no me apartas si aparece mi nombre.
—Tu nombre no debería aparecer.
—Eso tampoco responde.
Miré a Clara. Mantenía la mano sobre las llaves.
—De acuerdo.
—¿A qué? —preguntó Lucas.
—A todo.
Clara negó.
—No firmamos frases vacías.
El teléfono sonó entre las manos de Laura. Robles.
Me lo devolvió.
—Contesta aquí.
Puse el altavoz.
—Dime.
—Ane ha recibido el análisis de la silla —dijo Robles—. La marca blanca no es pintura.
Clara retiró la mano de las llaves.
—¿Qué es? —pregunté.
—Yeso antiguo mezclado con fibras de madera.
La pared visible estaba pintada y lisa.
—¿Hay obras en el piso?
—Ninguna registrada. Ane revisará los planos antes de tocar nada.
No di una orden.
Robles dejó pasar un segundo.
—También localizó el fijo desde el que llamaron. No era una cabina.
Laura apoyó los dedos en la maleta.
—¿Entonces por qué aparecía ese número?
—El identificador había sido manipulado para mostrar el número de la cabina, pero la operadora situó la llamada en una pensión de Iturribide.
—¿Arrieta estuvo allí? —pregunté.
—El encargado lo reconoce en las cámaras. Entró solo y salió seis minutos después.
—¿Le enseñaron alguna fotografía?
—No. Ane pidió las grabaciones antes de hablar con él. Fue el encargado quien dio el nombre.
Robles hizo una pausa.
—También han terminado de revisar las imágenes de la farmacia. El hombre que utilizó la cabina era un vecino de la zona. No tenía relación con Arrieta ni con el caso.
Las dos comprobaciones cerraban la misma duda. La llamada había salido de la pensión y el hombre de la cabina solo había ocupado el lugar que alguien quería que mirásemos.
—Entonces Arrieta seguía vivo —dijo Lucas.
—Sí. Y llevaba la misma ropa que encontraron en el cadáver.
Ane había tenido razón al no identificarlo por una cojera.
—¿Por qué me llamas? —pregunté.
—Porque Goikoetxea autoriza que vengas como persona vinculada al expediente de Topas. No como investigador. Quiere dejarlo escrito antes de que subas al tren.
Clara cogió el teléfono.
—¿Quién responde si no lo cumple?
—Yo lo saco del caso. Ane lo saca de Bilbao.
—¿Y si desaparece?
—Os llamo antes de perseguirlo.
Laura abrió la maleta y colocó dentro la camisa.
—Mañana. No esta noche.
—Mañana —dije.
Clara guardó las llaves.
—Compra el billete.
Lo hice delante de ellos. Ida a Bilbao. Regreso tres días después. Lucas fotografió la confirmación.
Martina recuperó su dibujo.
—Falta la puerta del tren.
—Los trenes no tienen puertas para quedarse —dijo Lucas.
Ella trazó otra de todos modos.
Robles no había colgado.
—Julio, queda una cosa.
Laura dejó de doblar ropa.
—La Científica ha abierto la mano que Arrieta tenía cerrada. Había una astilla clavada en la palma.
Miré la franja de la silla.
—¿De la misma madera?
—No. La silla es de haya. La astilla, de roble.
Clara se acercó al teléfono.
—¿Y el yeso?
Robles respiró antes de contestar.
—También estaba bajo sus uñas.
La maleta permanecía abierta entre nosotros.
—Arrieta tocó algo antes de morir —dije.
—Sí —respondió Robles—. Algo que todavía no aparece en ninguna fotografía del salón.