CAPÍTULO 4El ahorcado
El ahorcado
La cuerda ya estaba cortada cuando Robles volvió a llamarme.
Arrieta yacía sobre el suelo del salón. Un sanitario permanecía arrodillado junto a él, aunque la sábana que cubría su pecho decía que había terminado. Detrás, la puerta de entrada mostraba una grieta abierta desde la cerradura hasta el marco.
—No lo enfoques —ordenó Ane.
Robles bajó el teléfono.
La imagen quedó fija en unas botas mojadas y una cadena partida. El último eslabón seguía sujeto a la pared.
—Estaba puesta por dentro —dijo Robles.
—Eso ya lo veo.
—No. Ves una cadena rota. Yo la he visto tensada antes de que entraran los bomberos.
Ane cruzó delante de la cámara. Llevaba una mascarilla colgando de una oreja y una funda de plástico sobre los zapatos.
—Barral no necesita una visita guiada.
—Arrieta lo llamó —respondió Robles.
—Y ahora Arrieta no llama a nadie.
Un sanitario cerró una bolsa. El plástico produjo un chasquido seco. Robles se apartó para dejarlo pasar y enfocó el techo.
De una viga colgaban veinte centímetros de cuerda.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—El médico no va a hacer una autopsia en el salón —dijo Ane.
—No he preguntado la hora exacta.
—Entre una y tres horas. Es lo único que ha aceptado decir.
Toqué la mesa con los nudillos. Arrieta había hablado con Robles menos de una hora antes.
—Entonces estaba vivo durante la llamada.
Ane ajustó el guante derecho.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Una voz por teléfono no es una identificación.
Robles levantó el móvil.
—Sabía lo de C-17, el HVR-8 y el número de serie.
—También nosotros —dijo Ane.
La frase me frenó.
Alguien podía haber escuchado. O leído. No hacía falta ser Arrieta para conocer lo que acabábamos de descubrir.
—Conservad la grabación de la llamada —dije.
—Ya está solicitada —respondió Ane—. También la cabina, la antena y el recorrido de este teléfono.
Había tomado la decisión antes que yo.
Robles caminó hacia el recibidor. La cerradura no presentaba marcas anteriores a la entrada forzada. Dos agentes fotografiaban las ventanas cerradas.
—¿Alguna abierta cuando llegasteis?
—Ninguna —dijo Robles.
—El balcón.
—Tercer piso. Fachada lisa.
Ane le hizo una señal para que dejara de moverse.
—Científica entra ahora. Tú sales.
—He sido la primera policía dentro.
—Precisamente.
Robles enfocó una silla caída junto a la pared. Estaba a casi dos metros del punto situado bajo la viga.
—Eso estaba así.
Ane miró la silla.
—No decidas todavía qué significa.
—No he decidido nada.
—La estás enseñando.
Dos técnicas entraron con maletines. Ane les indicó la cuerda, el teléfono y la puerta. Después ordenó a Robles esperar en el rellano.
La imagen se oscureció mientras ella cruzaba el umbral.
—¿Lo tocaste? —pregunté.
—Le busqué pulso.
—¿Algo en las manos?
—Una tenía los dedos cerrados. La otra estaba abierta.
—¿Qué había dentro?
—Nada.
La puerta se cerró tras ella. El pasillo quedó en silencio, salvo por el zumbido de la luz del techo.
—¿Dónde estaba el móvil?
—En el suelo. Debajo del radiador.
—¿La pantalla?
—Rota.
—¿Por la caída?
Robles se apoyó en la pared.
—No estaba debajo del cuerpo.
Ane salió de nuevo y le tendió una bolsa para que guardara sus fundas.
—Nos vamos a comisaría.
—Quiero ver la entrada trasera.
—No hay entrada trasera.
—Quiero comprobarlo.
Ane señaló las escaleras.
—No vas a recorrer las casas de los vecinos porque una silla no te guste.
—A mí tampoco me gusta la cadena.
—La cadena estaba colocada desde dentro.
—Eso es lo que alguien quería que vieras.
Ane se quedó inmóvil.
—Fuera.
Robles bajó un escalón, pero no cortó la llamada.
—Hazle caso —dije.
Ella giró hacia la pantalla.
—Qué cómodo.
—No contamines la escena.
—Ya estuve dentro.
—Por eso.
Robles descendió. Ane esperó hasta que llegó al piso inferior y volvió a entrar en la vivienda.
La llamada terminó.
El silencio de mi casa ocupó el lugar de la escalera. El café de la mañana seguía en la mesa. Lo llevé al fregadero y abrí el grifo.
No busqué billetes.
Guardé la grabación de la conversación con Arrieta y la reproduje desde el principio. Escuché las pausas. Los motores. La moneda dentro de la cabina.
Al fondo había un sonido regular.
Tres notas breves. Una pausa. Otras tres.
Detuve el audio.
No era tráfico.
Volví atrás y subí el volumen. Las notas reaparecieron bajo la voz de Arrieta.
Un aviso acústico.
Abrí fotografías de cabinas públicas de Bilbao. Algunos modelos emitían una señal al quedarse sin saldo. Otros no.
El teléfono vibró antes de que pudiera comparar el sonido.
Era Robles.
—Ane ha localizado la cabina.
—¿Cámaras?
—Una farmacia grabó la acera. Todavía están descargando las imágenes.
—Escucha el fondo de la llamada.
Le envié el fragmento.
Robles lo reprodujo. Se oyó dos veces.
—No es la cabina —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
—Estoy delante.
La cámara mostró un teléfono público cubierto por gotas. Robles introdujo una moneda y marcó un número corto. El aparato emitió un tono largo, distinto al de la grabación.
Había vuelto a equivocarme.
—Podía ser otro modelo.
—Podía.
No suavizó la palabra.
Ane apareció reflejada en el cristal de la farmacia. Llevaba una memoria USB en la mano.
—Tenemos al hombre de la cabina.
Robles giró.
—¿Arrieta?
—Venid.
No esperó respuesta.
La grabación mostraba la acera desde un ángulo alto. Un hombre con gorra entraba en la cabina. No se veía bien el rostro. Permanecía de espaldas mientras hablaba.
—Altura aproximada —dije.
—Uno setenta y cinco —respondió Ane.
—Arrieta medía uno ochenta y dos.
Ane congeló la imagen cuando el hombre salió. Cojeaba ligeramente de la pierna derecha.
Robles acercó la cara.
—Arrieta tenía una prótesis de rodilla.
—Eso figura en su historial —dijo Ane—. Podría ser él.
El hombre cruzó la calle y desapareció tras un autobús. Ninguna cámara recogía su salida.
—¿Hora? —pregunté.
Ane señaló la esquina inferior.
La llamada había comenzado a las diecinueve once.
El hombre abandonó la cabina a las diecinueve diecisiete.
—La ubicación llegó más tarde —dijo Robles.
—Diecinueve treinta y nueve —confirmó Ane.
Veintidós minutos.
Tiempo suficiente para llegar al piso.
—Arrieta llamó —dije—. Después fue a la vivienda.
Ane negó.
—Eso no lo demuestran las imágenes. Demuestran que un hombre parecido salió de una cabina.
—La prótesis.
—Una cojera no identifica a nadie.
—Entonces compara la ropa con el cadáver.
Ane tocó la pantalla y abrió una fotografía tomada en el salón.
Arrieta llevaba pantalón oscuro y camisa clara.
El hombre de la cabina llevaba vaqueros y una cazadora con capucha.
—Pudo cambiarse —dije.
—También pudo no ser él.
Robles me miró desde un lado de la pantalla.
—Julio.
Cerré la imagen.
—De acuerdo.
La palabra raspó al salir.
Ane decidió dividir las líneas de trabajo. Ella comprobaría la identidad del hombre de la cabina. Robles revisaría los movimientos de Arrieta y el origen de la ubicación. Yo debía limitarme a los documentos anteriores de Urrutia y su hermano.
—No investigas la escena —dijo Ane.
—Ya lo había entendido.
—Quiero oírlo sin ironía.
—No investigaré la escena.
—Me conformo.
Colgó.
Robles permaneció conectada.
—Te ha dolido.
—Tiene razón.
—Eso no responde.
—No era una pregunta.
La pantalla se apagó.
Abrí los expedientes de Esteban y Tomás Urrutia. Había transferencias, destinos y fotografías antiguas. Nada sobre Arrieta que no conociéramos.
Un correo nuevo apareció en la carpeta compartida. Ane había enviado el inventario preliminar de la vivienda.
Sin nota de despedida.
Sin ordenador.
Sin documentos.
Tres llaves en el bolsillo de Arrieta.
Ninguna correspondía al piso.
Leí la línea otra vez.
La puerta estaba cerrada con llave y cadena desde dentro. Sin embargo, Arrieta no llevaba la llave de la vivienda.
Llamé a Ane.
No contestó.
Marqué a Robles.
—Mira el inventario.
—Lo estoy mirando.
—No tenía la llave.
—Puede estar dentro.
—No figura.
—Entonces Científica no la ha encontrado todavía.
Abrí la fotografía de la puerta. La llave no estaba puesta en la cerradura interior.
—Quien cerró tuvo que llevársela.
—La cadena seguía puesta.
—Lo sé.
Robles dejó de pasar páginas.
—No puedes cerrar la cadena desde fuera.
—Eso también lo sé.
La silla apareció de nuevo en mi pantalla. Dos metros separaban una pata del punto bajo la viga.
—Amplía la pata trasera —dije.
—No tengo la fotografía completa.
—Ane sí.
Robles no respondió.
Un minuto después recibí la imagen original. La silla presentaba una marca reciente en la madera. Una franja blanca, estrecha.
El suelo del salón era oscuro.
—Rozó otra superficie —dijo Robles.
—O una pared.
—Estaba junto a una pared.
—Cuando la encontraron.
Amplié el asiento. Sobre la tela había dos gotas de agua.
No debajo.
Encima.
La ventana estaba cerrada. El techo, seco. Arrieta llevaba los zapatos limpios.
Alguien había movido aquella silla después de entrar desde la lluvia.
Robles respiró cerca del micrófono.
—Eso tampoco demuestra un asesinato.
—No.
Miré la cuerda cortada, la cadena partida y el espacio vacío bajo la viga.
—Pero demuestra que había otra persona en la habitación.