CAPÍTULO 3Una cita en Atxuri
Una cita en Atxuri
El piso estaba vacío.
Robles dejó la cámara frente a una mesa plegable. Sobre ella había dos vasos de plástico, un sobre abierto y una mancha circular todavía húmeda.
—Llegamos tarde —dijo.
—O a la dirección equivocada.
Ane Goikoetxea cruzó por detrás con una bolsa de pruebas.
—La dirección es correcta —respondió—. Lo que era falso era el nombre del arrendatario.
—¿Quién figura?
—Una empresa cerrada hace ocho años.
Robles enfocó el sobre. Dentro quedaba un resguardo de mensajería sin destinatario. La fecha era del día anterior.
—¿Gaizka?
—No hay huellas visibles —dijo Ane—. Y antes de que lo preguntes, Científica viene de camino.
Retiré la mano del teclado. Ningún domicilio conocido de Iñaki Arrieta coincidía con aquel piso.
—Que no toquen el vaso de la izquierda —dije.
Ane se volvió hacia el teléfono.
—¿Por qué?
—El cerco está incompleto.
Robles acercó la imagen. No era un círculo. Faltaba un tramo limpio, como si alguien hubiera levantado el vaso antes de terminar de apoyarlo.
—Eso solo demuestra que lo movieron —dijo Ane.
—O que alguien tenía prisa.
—También puede demostrar que la mesa cojea.
Ane presionó una esquina. El tablero basculó y el líquido del vaso tembló.
Había fallado.
—Seguimos trabajando con lo que se puede probar.
—¿Algo más desde Salamanca? —preguntó Robles.
Cerré dos ventanas del ordenador.
—Todavía no.
La puerta del piso se abrió. Un agente entregó a Ane una carpeta fina. Ella la hojeó de pie, sin acercarla a la cámara.
—El inmueble desde el que cayó Gaizka no era suyo —dijo.
Me quedé con los dedos sobre el teclado.
—Esta mañana dijiste que sí.
—Esta mañana repetí el primer informe. El registro señala a Tomás Urrutia desde hace once años. Gaizka entró como técnico. Urrutia vivía allí.
Robles giró el teléfono hacia ella.
—Entonces alguien cerró la puerta de la casa de Urrutia después de sacar a Urrutia.
—Y dejó a Gaizka en el patio —dije.
Ane cerró la carpeta.
—Eso ya está mejor formulado.
Ordenó precintar el piso vacío y revisar el contrato de mensajería. Robles salió al rellano mientras los agentes colocaban cinta en la puerta.
El móvil de ella sonó.
No era un número oculto. En la pantalla apareció una cabina pública de la calle Iturribide.
Robles contestó.
—¿Sí?
—¿Inspectora Robles?
La voz era masculina. Baja. Cada frase llegaba cortada por el tráfico.
—Depende de quién pregunte.
—Iñaki Arrieta.
Robles miró a Ane. La inspectora levantó un dedo y señaló el altavoz. Robles no lo activó. Se puso un auricular y dejó el otro sobre la palma para que Ane escuchara.
—Llevamos un rato buscándolo.
—Por eso no he ido.
—Nos dio una hora.
—Le di una forma de saber si venía sola.
Robles apoyó la espalda en la pared.
—No soy buena obedeciendo instrucciones de desconocidos.
—Pregúntele a Barral si me conoce.
Ella me miró desde la pantalla secundaria.
—Está escuchando.
Al otro lado hubo un golpe metálico. Una moneda cayendo dentro de la cabina.
—Entonces dígale que deje de buscar C-17 como si fuera un número de serie.
Ane tomó el teléfono de Robles y activó el altavoz.
—Explíquelo usted.
Arrieta tardó demasiado.
—C-17 era una instalación. El equipo era un HVR-8. Serie cuarenta y siete, mil novecientos sesenta y tres, ele.
Abrí el archivo de Valencia. El número coincidía. Yo había unido dos códigos distintos y construido una certeza falsa. La seguridad con la que lo dije me dejó un sabor metálico en la boca.
—¿Dónde está el módulo? —pregunté.
—No en ese piso.
—¿Lo tenía Gaizka?
—Gaizka tenía acceso. No es lo mismo.
Ane abrió su libreta.
—¿Quién lo empujó?
La respiración de Arrieta se volvió más corta.
—No vi la caída.
—Pero sabía que había ocurrido antes de que se publicara.
—Urrutia debía llamarme a las nueve y media. No llamó. Gaizka tampoco.
Robles apartó el hombro de la pared.
—¿Por qué debían llamarlo?
—Porque uno tenía una llave y el otro sabía qué abría.
Un autobús pasó junto a la cabina. La voz desapareció bajo el motor.
—Quiero una reunión —dijo Arrieta cuando volvió el silencio—. Con Robles. Nadie más.
—No va a ocurrir —respondió Ane.
—Entonces mañana tendrán otro informe incompleto.
—¿Es una amenaza?
—Es experiencia.
Ane pidió una ubicación. Arrieta se negó. Propuso el antiguo andén de Atxuri, junto a la entrada lateral, en cuarenta minutos. Después añadió una condición:
—Sin Barral.
—Estoy a trescientos kilómetros —dije.
—Nunca ha necesitado estar cerca para estropear una escena.
La línea se cortó.
Robles guardó el auricular.
—Voy.
—No sola —dijo Ane.
—Ha pedido exactamente eso.
—Y yo no trabajo para él.
Ane decidió montar vigilancia sin aproximarse al andén. Dos agentes entrarían por la estación. Ella controlaría la calle. Robles acudiría visible y sin el arma a la vista.
—No me gusta —dije.
Ane guardó la libreta.
—Acabas de confundir un código con un número de serie. Hoy no elegimos por lo que te gusta.
No respondí.
Robles recogió su abrigo y bajó las escaleras. Antes de salir, acercó el teléfono a la cara.
—Busca la relación entre los Urrutia.
—Tomás y Esteban solo comparten apellido.
—Eso dijiste de C-17.
Colgó.
Abrí el expediente de Esteban Urrutia, el policía muerto cuya identidad había usado otro hombre. Después abrí la ficha de Tomás.
La misma mandíbula.
No eran compañeros.
Eran hermanos.
Tomás había solicitado el traslado del cadáver y firmado la recepción de sus efectos. Tres meses después, alguien utilizó la documentación del muerto.
Llamé a Ane.
—Tomás sabía que usaban la identidad de su hermano.
—Eso no está probado.
—Recogió los documentos.
—Recogerlos no significa entregarlos.
—Significa que pudo hacerlo.
Ane no discutió. Tecleó algo.
—Yo he encontrado otra cosa. Iñaki Arrieta firmó como testigo en el reconocimiento del cuerpo de Esteban.
Me levanté demasiado deprisa. La silla golpeó el suelo.
—Los tres estaban conectados.
—Dos vivos y uno muerto —dijo Ane—. No conviertas parentesco en conspiración.
—Arrieta sabe quién utilizó esa identidad.
—Quizá. Primero tiene que aparecer.
La cámara de Robles se activó desde Atxuri. El suelo mojado brillaba bajo la luz. Solo había una máquina apagada y una puerta lateral.
Robles se colocó junto a un banco.
—Estoy dentro.
Ane le pidió que no se moviera. Yo abrí el mapa de la estación y marqué las salidas. Tres accesos. Dos cámaras municipales. Un pasillo hacia las vías antiguas.
—La puerta lateral —dije—. Arrieta la eligió para salir sin cruzar el vestíbulo.
—O porque está cerca de la cabina —respondió Ane.
Otra corrección.
Esperaron.
Un hombre con paraguas pasó sin mirarla. Nadie se acercó al banco.
La hora acordada quedó atrás.
Robles tocó el auricular.
—Cinco minutos más.
—Dos —dijo Ane.
—Tres.
Ane aceptó.
Al cumplirse el tercero, Robles se levantó. Entonces su teléfono vibró.
La pantalla mostró un mensaje enviado desde el número personal de Iñaki Arrieta. No contenía palabras. Solo una ubicación compartida.
Ane comprobó el punto.
—Atxuri. Calle paralela.
—¿Su domicilio? —pregunté.
Robles ya caminaba.
—No. El domicilio oficial está en Deusto.
Amplié el mapa. El marcador permanecía inmóvil dentro de un edificio antiguo. Tercer piso.
La misma altura desde la que había caído Gaizka.
Ane ordenó a los agentes abandonar la vigilancia y dirigirse al punto. Robles empujó la puerta lateral. El aire de la calle golpeó el micrófono.
La ubicación volvió a actualizarse.
No se movió.
Ane ordenó cortar la calle y salió hacia el coche. Robles corrió bajo la lluvia.
—Llámalo —dije.
—Puede descubrir que vamos.
—Ya sabe que vamos.
Robles marcó el número de Arrieta. Al principio solo escuchamos tonos. Después, cuando dobló la esquina, el sonido llegó también desde algún lugar de la calle.
Muy débil.
Un timbre repetido detrás de una ventana abierta.
Robles levantó la cabeza. El edificio tenía cuatro balcones oscuros. En el tercero, una cortina se movió hacia fuera.
—Lo oigo —dijo.
Ane frenó junto al portal y salió sin cerrar la puerta del coche. Dos agentes llegaron detrás. Robles intentó empujar la entrada.
Cerrada.
En el telefonillo no figuraba Arrieta. Solo apellidos y dos placas arrancadas. Ane llamó a todos los pisos. Nadie respondió.
El tono cesó.
—Ha colgado —dijo Robles.
Miré la pantalla de mi teléfono.
La llamada no había terminado.
Seguía conectada.
Desde el auricular llegó un roce lento. Después, tres golpes separados contra madera.
Robles apartó el móvil de la oreja.
Sobre ella, en el tercer piso, la cortina dejó de moverse.
Y una luz se apagó.