Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 2El hombre que cayó
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CAPÍTULO 2El hombre que cayó

El hombre que cayó

La sangre no estaba donde debía.

Robles enfocó el borde de la azotea. El viento sacudía la imagen. Una puerta metálica golpeaba contra el marco.

—Más abajo —dije.

—Si lo bajo más, te enseño el patio.

—Eso quiero.

La cámara descendió. Tres pisos. Un rectángulo de cemento acordonado. La silueta de Gaizka ya no estaba, pero quedaba una mancha oscura junto al desagüe.

Robles acercó el teléfono al pretil.

—¿Qué buscas?

—Lo que hizo antes de caer.

Ane Goikoetxea apareció en un extremo de la pantalla. Llevaba el pelo recogido y unos guantes negros. Miró el móvil como si pudiera cerrarme la boca desde Bilbao.

—La Científica ya ha trabajado aquí.

—Entonces no estropearé nada.

—No está aquí.

—Por eso.

Goikoetxea apoyó una mano en el borde y señaló una marca rojiza a medio metro de la caída. No era una salpicadura. Era una franja corta, arrastrada.

—Gaizka se golpeó aquí —dijo—. Después perdió el equilibrio.

—¿Con qué parte del cuerpo?

—Aún no tenemos el informe.

Robles se agachó. Su mano entró en plano y tocó el aire sobre la marca, sin rozarla.

—Está demasiado baja para la cabeza.

Goikoetxea giró hacia ella.

—¿También haces autopsias por teléfono?

—Solo miro antes de decidir.

La frase iba para mí. Aparté la taza fría y amplié la captura que había hecho. La mancha estaba a la altura de una rodilla. Junto a ella había dos arañazos paralelos sobre la pintura del pretil.

—Que fotografíen esos surcos con escala —dije.

—Ya están fotografiados —respondió Goikoetxea.

—No desde el ángulo de la caída.

La inspectora sostuvo la mirada de Robles. Después arrancó una regla adhesiva del maletín abierto y la colocó junto a las marcas.

—¿Qué ves? —preguntó Robles.

—Todavía nada.

Guardé la imagen y abrí el contrato de Topas. Gaizka había retirado el módulo C-17, pero el documento no indicaba destino ni supervisor.

—Busca una caja de herramientas —dije.

Robles se incorporó.

—La policía registró el piso.

—Gaizka aparece con una en la fotografía de su empresa. Si subió por trabajo y no está, alguien se la llevó.

Goikoetxea hizo un gesto a un agente situado junto a la puerta.

—Pregunta por el maletín.

El hombre desapareció escaleras abajo.

Robles caminó hacia el lado opuesto de la azotea. El suelo estaba húmedo, salvo una zona rectangular bajo un alero. Allí había una colilla aplastada.

—Gaizka no fumaba —dije.

—¿Ahora también sabes eso?

—Fue sancionado por enfrentarse a un empleado que fumaba en una sala técnica. Recurrió dos veces.

Goikoetxea recogió la colilla con unas pinzas.

—Puede ser de cualquiera.

—Claro.

—No pongas esa voz.

Robles cortó antes de que la discusión se quedara quieta.

—Hay otra cosa.

Apuntó hacia una tubería fijada a la pared. A la altura del hombro, el metal tenía una abolladura reciente. Debajo, una pequeña escama de pintura verde.

El mismo verde de la escalera donde apareció Urrutia.

Me incliné hacia la pantalla.

—Acerca la cámara.

Robles obedeció. En la tubería había una fibra oscura pegada al borde.

—La manga izquierda —dije.

Goikoetxea dejó de mirar la colilla.

—Urrutia estuvo aquí arriba.

—Y golpeó la tubería con el brazo.

—Eso no explica cómo apareció en otro portal.

—No. Pero descarta que llegara después de la caída.

La inspectora llamó por radio: debían recoger la fibra y revisar el tramo hasta el garaje.

La puerta metálica volvió a golpear.

Esta vez Robles la sujetó con el pie.

—La patrulla no encontró sangre en la escalera —dijo.

—Porque no bajó por ella.

Goikoetxea negó con la cabeza.

—No hay otra salida.

—Ayer tampoco había otra forma de sacar a Urrutia del portal.

—No convierta una ausencia en una puerta secreta.

—Conviértala usted en un recorrido.

La inspectora me sostuvo desde la pantalla. Luego señaló la cubierta del edificio contiguo. Entre ambos tejados había menos de un metro. Una plancha de mantenimiento cruzaba el hueco.

—Revisad eso —ordenó.

Robles pasó primero. La cámara mostró sus botas sobre el metal mojado. El viento golpeó el micrófono y durante dos segundos solo vi cielo gris.

—No mires abajo —dije.

—No des consejos que no seguirías.

Llegó al otro lado. Goikoetxea fue detrás.

La segunda cubierta pertenecía a un aparcamiento. Una trampilla bajaba hacia ventilación. La chapa tenía una mancha limpia alrededor del asa.

Alguien la había usado bajo la lluvia.

—Abridla —dije.

—No tiene signos de fuerza —respondió Goikoetxea.

—Entonces buscad quién tenía llave.

La inspectora llamó al responsable del garaje. Mientras esperaban, Robles enfocó una huella parcial junto a la trampilla. No era suficiente para identificar una suela, pero el barro tenía pequeños puntos blancos.

—Yeso —dijo Robles.

—O polvo de obra.

—La manga de Urrutia.

Goikoetxea se agachó y recogió una muestra. El responsable llegó jadeando cinco minutos después. Un hombre bajo, con chaleco reflectante y un llavero sujeto al cinturón.

—Esa trampilla no se usa —dijo.

—Ábrala —ordenó Goikoetxea.

El hombre probó dos llaves. Ninguna entró.

—Han cambiado el bombín.

La inspectora tiró del candado. No cedió.

—¿Cuándo?

—Yo no he sido.

Goikoetxea llamó a los bomberos. Yo amplié la fotografía del cierre. El metal era nuevo; la cadena, no. Habían sustituido únicamente la pieza que decidía quién podía entrar.

—No esperéis —dije.

Robles miró a la inspectora.

—Hay una puerta de servicio desde la planta menos dos.

El encargado perdió el color.

—Está anulada.

—Enséñela.

El hombre tocó su llavero, pero no se movió. Goikoetxea dio un paso hacia él.

—Ahora.

Bajaron por una escalera estrecha. La cobertura se cortó dos veces. Cuando volvió, Robles enfocaba una puerta gris detrás de dos contenedores.

El encargado abrió.

Dentro había un pasillo de hormigón y una carretilla plegada contra la pared. Una rueda conservaba polvo blanco. En el suelo, una tira de tela oscura estaba atrapada bajo el eje.

—Huele a gasolina —dijo Robles.

—No la toques —dije.

Robles ya se había detenido.

Goikoetxea llamó a Científica y cerró el paso con su cuerpo. Después miró hacia la cámara.

—Lo bajaron en la carretilla —dije.

—Y lo dejaron en el otro portal —añadió ella.

—Para separar la agresión de la caída.

Robles señaló la rueda manchada.

—Eso resuelve el trayecto dentro del edificio. No el de la calle.

Faltaba todavía el vehículo.

Robles giró hacia el encargado.

—¿Quién entró anoche?

—Los abonados usan tarjeta.

—Dame el registro.

—Necesito autorización.

Goikoetxea le quitó el llavero de la mano.

—Ya la tiene.

Mientras descargaban los accesos, abrí los movimientos bancarios de Gaizka que Robles había conseguido a través de la investigación. Había retirado nueve mil euros en tres días. Dos reintegros en Bilbao. Otro en Barakaldo.

El último, cuarenta minutos antes de morir.

—Gaizka llevaba dinero —dije.

Goikoetxea recibió el dato sin discutir.

—No apareció en el piso ni en el cuerpo.

—Entonces no subió para arreglar una cámara.

Robles abrió una carpeta hallada en el despacho del garaje. Dentro había partes de mantenimiento. Uno estaba fechado una semana antes y firmado por Gaizka.

En observaciones figuraba una sola frase:

SUSTITUCIÓN DE CERRADURA A PETICIÓN DEL PROPIETARIO.

Debajo aparecía una dirección de Atxuri.

Y un nombre.

Iñaki Arrieta.

Robles me enseñó el papel. Goikoetxea leyó por encima de su hombro.

—¿Lo conoces? —preguntó.

Busqué el nombre. El primer resultado era una fotografía de graduación policial. El segundo, una noticia antigua sobre una investigación interna cerrada sin sanciones.

En la imagen aparecía junto a Tomás Urrutia.

—Trabajaron juntos —dije.

Robles pasó el dedo por la firma.

—Gaizka cambió la cerradura para Arrieta. Después retiró nueve mil euros y citó a Urrutia.

Goikoetxea guardó el parte en una bolsa.

—Vamos a Atxuri.

—No todavía —dije.

Ambas miraron la pantalla.

Amplié la firma. No estaba hecha con bolígrafo. Era una impresión digital pegada sobre el documento.

—Gaizka no firmó ese parte.

Robles acercó el papel a la luz.

Debajo de la firma falsa, casi borrada por el tóner, aparecía una segunda dirección escrita a mano.

La misma calle.

Otro número.

Y una hora: 19:30.

Faltaban veinte minutos.

—No vayáis a la primera dirección —dije.

Robles ya se movía. Goikoetxea le arrancó el parte de las manos y abrió la puerta del garaje.

—¿Qué esperaban hacer allí? —preguntó.

Miré la hora escrita bajo el nombre de Arrieta.

—Gaizka iba a entregarle algo.

—Gaizka está muerto.

—Quien lo mató también lo sabe.

El reloj del ordenador cambió de minuto.

—Sacad a Arrieta de esa casa antes de las siete y media.