Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7)
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CAPÍTULO 1Robles llega primero
Robles llega primero
—No vengas todavía —dijo Robles.
La cafetera terminó de escupir agua detrás de mí. No me giré. Sostuve el teléfono contra la oreja y miré las llaves del coche sobre la mesa. Clara seguía teniéndolas. Había dejado allí una copia del llavero para recordármelo.
—¿Dónde estás?
—En Basurto. Urrutia sigue inconsciente.
Una puerta golpeó al otro lado de la línea. Después llegaron pasos rápidos y el chirrido de unas ruedas sobre suelo pulido.
—¿Lo has visto?
—Desde fuera. Hay un agente en la puerta y una inspectora que considera mi presencia una infección.
Cogí la taza. El borde quemó la yema del pulgar. La solté antes de derramar el café.
—Nombre.
—Ane Goikoetxea. Homicidios. Y no ha dicho infección. Todavía.
—¿Qué sabe de Urrutia?
—Que presenció una caída y acabó en el suelo con la cabeza abierta. Para ella, intentó ayudar.
Abrí la carpeta de Orduña. El resguardo seguía doblado por la mitad. DESTINATARIO: TOMÁS URRUTIA ECHEVARRÍA. Debajo, la anotación reciente había atravesado un pliegue de hacía años.
—¿Dónde lo encontraron?
—En el rellano del tercero. Gaizka Ereno cayó al patio interior. Urrutia estaba junto a la escalera.
—Eso no es presenciar.
Robles tardó un segundo.
—Eso le he dicho.
Alguien la llamó por su apellido. Ella tapó el micrófono, respondió algo que no entendí y volvió a la línea.
—Goikoetxea me da diez minutos con los efectos personales. Después quiere que desaparezca.
—No mires el teléfono primero.
—Sé trabajar, Julio.
—Por eso has llegado antes.
Colgó.
Dejé el móvil junto a las llaves que no podía usar. El café había formado una película oscura en la taza. La rompí con una cucharilla y abrí el ordenador. No busqué trenes. Escribí el nombre de Gaizka Ereno.
Aparecieron dos empresas de mantenimiento, una sanción laboral y una fotografía antigua frente a una nave. Cincuenta y tantos. Hombros estrechos. Una mano apoyada sobre una caja de herramientas. Ninguna noticia hablaba aún de su muerte.
Entré en el registro mercantil. Una de las empresas había trabajado para centros públicos hasta seis años atrás. La otra seguía activa, pero sin empleados. Copié los números de identificación en una hoja.
El teléfono vibró.
Robles había enviado una fotografía. Una bolsa transparente contenía la chaqueta de Urrutia. La manga derecha estaba limpia. La izquierda tenía una franja gris desde el puño hasta el codo.
La llamé.
—¿Polvo?
—Eso parece.
—Acerca la cámara.
—No puedo abrir la bolsa.
—No te lo he pedido.
La imagen se movió. Robles enfocó el puño. Sobre la tela oscura había partículas claras y una línea negra, estrecha, como el roce de una goma.
—¿La escalera está pintada?
—Metal verde. El rellano, baldosa. Las paredes tienen gotelé blanco.
—Entonces tocó otra cosa.
—O se cayó sobre una obra.
—¿Hay una obra?
Robles apartó el teléfono.
—No.
Una voz femenina sonó cerca.
—Se acabó el tiempo.
Robles no colgó.
—Inspectora Goikoetxea —dije.
Hubo silencio.
—Barral —respondió la mujer—. Pensaba que Robles había venido sola.
—Ha venido sola.
—Entonces deje de ocuparle una mano.
La bolsa cambió de posición. Robles debía de haberla apoyado sobre una mesa.
—Urrutia recibió un golpe —dije—. ¿Han localizado el punto?
—Ha visto una fotografía de una manga.
—He preguntado por la cabeza.
—Y yo no le he invitado a la investigación.
Un cajón se cerró. Seco.
—Gaizka cayó desde una vivienda cerrada por dentro —continué—. Urrutia apareció fuera, herido. Si acepta que uno salió por la ventana, tendrá que explicar cómo salió el otro por la puerta.
—La vivienda era de Gaizka. Urrutia tenía una llave.
—¿La encontraron?
La respiración de Goikoetxea rozó el micrófono.
—No.
—Entonces alguien decidió que la tenía.
Robles intervino.
—Ane, necesito ver los zapatos.
—Has tenido diez minutos.
—Nueve. El último lo ha gastado él.
Oí otra bolsa arrastrándose sobre la mesa.
Goikoetxea tomó una decisión.
—Dos minutos. Después sales del hospital y no vuelves sin llamarme.
—Eso último puedo cumplirlo —dijo Robles.
La llamada se cortó.
Me levanté. La silla rozó el suelo y chocó contra la pared. Caminé hasta la ventana. La calle seguía oscura, aunque una línea azul empezaba a abrirse detrás de los edificios. No había preparado ninguna bolsa.
Volví a la mesa y marqué los dos números de empresa. El primero no existía. En el segundo respondió una grabación con horario de oficina. Colgué antes del tono.
Busqué contratos públicos asociados a Gaizka. Aparecieron centros de menores, juzgados, dos comisarías y cuatro prisiones. Una estaba en Salamanca.
Topas.
El teléfono vibró de nuevo. Robles.
—Los zapatos no encajan.
—¿Con qué?
—El derecho tiene polvo gris en el lateral. El izquierdo está limpio. Las suelas, mojadas.
—¿Llovía?
—Desde antes de que llegaran. Pero el rellano estaba seco.
—Pisó la calle después de herirse.
—O antes.
—¿Hora del ingreso?
—Veintidós cuarenta y seis. La caída se comunicó a las veintiuna cincuenta y ocho.
Cuarenta y ocho minutos.
Tomé el bolígrafo y escribí las dos horas. La tinta atravesó la hoja y manchó la mesa.
—¿Quién llamó a emergencias?
—Un vecino oyó el golpe en el patio. La puerta del piso estaba cerrada cuando subieron.
—¿Y Urrutia?
—No estaba allí.
Apreté el bolígrafo.
—Has dicho que lo encontraron en el rellano.
—Lo encontró una patrulla cuarenta minutos después. En otro portal, a ciento treinta metros.
La punta se partió. Una gota azul quedó sobre mi dedo.
—Goikoetxea cree que caminó desorientado —añadió.
—Con una herida en la cabeza y sin dejar sangre entre los dos edificios.
—Ya he pedido que comprueben el recorrido.
—No lo hizo andando.
Robles golpeó algo con los nudillos.
—La patrulla dice que olía a gasolina.
—¿En la ropa?
—En el rellano donde apareció. Muy poco.
Abrí el mapa y medí la distancia entre ambos portales. Una calle estrecha los separaba. Había un aparcamiento a mitad de camino.
—Busca cámaras en la salida del garaje.
—Goikoetxea ya lo ha pedido.
—Entonces busca quién podía abrirlo.
—Eso no se consulta desde una acera.
—Tú querías llegar primero.
—Quería que tú no llegaras antes de pensar.
Una cremallera sonó al otro lado. Robles guardó algo.
—Pediré los accesos —dijo—. Pero no voy a convertir cada coche en un secuestro porque te falten cuarenta minutos.
Robles abrió una puerta. Entró ruido de tráfico y una ráfaga de lluvia contra el micrófono.
—No puedo demostrarlo.
—Todavía.
—No empieces.
Limpié la tinta con el borde del resguardo y me detuve antes de tocar la anotación. Usé una servilleta.
—Voy a Bilbao.
—No.
—Urrutia recibió el paquete.
—Y lleva dos días sin poder decirnos dónde lo dejó. Tú prometiste esperar.
—Prometí no decidir solo.
—Pues escucha la otra parte de la decisión.
Un autobús frenó cerca de ella. El aire comprimido siseó.
—Goikoetxea va a revisar cámaras, ambulancias y accesos —continuó—. Yo voy al edificio con ella. Tú vas a averiguar por qué Gaizka conocía a Urrutia.
—Ya sé por qué podían conocerse.
Abrí el contrato más antiguo. El archivo tardó en cargar. Cuando apareció, el sello de la administración ocupaba media página.
—Habla.
—Gaizka trabajó en Topas.
—Eso estaba en el informe.
—No como técnico de mantenimiento general.
Deslicé el documento hasta el anexo. Había fechas, códigos de equipos y una firma digital casi borrada.
—Entró dos días después de la muerte de David.
Robles dejó de andar.
—¿Para qué?
Amplié la última línea. El texto se deformó, pero seguía legible.
RETIRADA Y SUSTITUCIÓN DE UNIDAD DE GRABACIÓN. MÓDULO C-17.
La cicatriz del hombro tiró bajo la camisa. Apoyé la mano en la mesa hasta que cedió.
—Julio.
Guardé el archivo en una carpeta nueva y se lo envié.
—No te acerques sola a ese piso.
—Has tardado cuatro minutos en volver a dar órdenes.
—No es una orden.
—Entonces aprende a pedirlo.
La pantalla confirmó el envío. Robles respiró una vez.
—Goikoetxea viene conmigo.
—Llámame cuando salgáis.
—Eso sí es una petición.
—Robles.
—Sigo aquí.
Miré el nombre de Gaizka Ereno sobre el contrato. Debajo aparecía el número de serie del equipo retirado.
Era el mismo que Arturo Benavent había escondido en Valencia.
El café seguía intacto. Lo aparté.
—Gaizka no conocía la historia de la grabación —dije—. Formaba parte de ella.
Robles abrió el archivo.
No habló durante varios segundos.
Cuando lo hizo, la lluvia casi tapó su voz.
—Entonces Urrutia no fue a esa casa para presenciar una caída.
Cerré la carpeta de Orduña.
—Fue a recuperar el equipo que grabó morir a David.