CAPÍTULO 40
La copia incompleta
El sobre judicial llegó doce días después con dos precintos y una contraseña remitida por otro canal.
No lo abrí.
Lo dejé sobre la mesa, debajo del dibujo de Martina, que ya ocupaba la pared del salón. La tercera puerta seguía abierta. Mi figura continuaba fuera, aunque ahora tenía los dos cordones atados.
El informe visible a través del plástico identificaba el origen: pieza metálica entregada por Edurne Arrieta. Copia forense realizada en Bilbao. Archivo vinculado a mi procedimiento de revisión.
Llamé primero a Ane.
—¿Puedo reproducirlo?
—Puedes acceder al fragmento autorizado. No copiarlo, enviarlo ni grabar la pantalla.
—¿Está completo?
Una carpeta se cerró al otro lado.
—Dura nueve minutos y veintisiete segundos.
—El registro de Gaizka hablaba de veintitrés.
—Por eso pone fragmento.
Apreté el borde del sobre. El plástico se clavó bajo la uña.
—¿Cómo apareció?
Ane activó el altavoz. Edurne estaba con ella. Reconocí su respiración antes de que hablara.
—La placa unía la puerta con el panel —dijo—. Mi padre me pidió que la sacara del taller mientras Gaizka recogía.
—Los cuatro minutos borrados.
—Los cuatro minutos que vuestra cámara no conservó.
Algo metálico tocó una mesa.
—La guardé en la carpeta —continuó—. Pensé que era una pieza del mecanismo.
—Y después del asesinato no la entregaste.
—Después del asesinato vi policías entrando en su casa, en su archivo y en su vida. Aitor llevaba placa. Mi padre estaba muerto. Elegí mal a quién temer.
No suavicé la frase.
—¿Sabías que contenía una memoria?
—Lo supe cuando Científica retiró la tapa interior.
Ane tomó el teléfono.
—Edurne ha autorizado que el fragmento relacionado contigo pase al juzgado que revisa tu condena. El soporte original continúa aquí.
Ane pasó una página cerca del micrófono.
—La memoria estaba fijada dentro de la placa con resina reciente. Gaizka adaptó el hueco después de fabricar las dos unidades portátiles. Una salió del taller con él. Esta permaneció en el mecanismo.
—Hasta que Edurne la retiró.
—Hasta que mi padre me hizo retirarla —corrigió ella—. No quería dos copias en el mismo edificio.
—¿Dónde la guardaste?
—En una caja de documentos de mi madre. Nadie buscó allí porque yo misma pedí que no mezclaran sus cosas con el archivo.
Ane golpeó suavemente el informe.
—La cadena se ha reconstruido con fotografías, la carpeta y la declaración de Edurne. No estamos aceptando una aparición tardía sin comprobarla.
—No pensaba acusarla.
—Lo estabas haciendo con la forma de preguntar.
Edurne no la contradijo.
Solté el plástico y abrí la mano.
—¿Lo habéis visto?
—Lo hemos preservado.
—No he preguntado eso.
—Y yo no voy a dirigir tu reacción antes de que abras el archivo.
Miré el reloj. Faltaban dos horas para que llegaran los niños.
—Esperaré.
Edurne soltó aire.
—Mi padre nunca supo esperar.
—Yo tampoco.
—Entonces hazlo una vez.
Colgamos.
Clara llegó a las siete con Lucas y Martina. Laura apareció cinco minutos después. No llevaba maleta. Dejó el abrigo sobre la silla y observó el sobre sin acercarse.
Las campanas de la Clerecía golpearon la hora. Martina abrió su caja de rotuladores en el suelo. Lucas se quedó de pie junto a la mesa.
—¿Eso es? —preguntó.
—Una parte.
Clara colocó su bolso junto a la puerta.
—Martina no mira la pantalla.
—Puedo irme a la habitación —dijo ella.
—No tienes que irte —respondí—. Tampoco tienes que quedarte.
Martina eligió un rotulador azul.
—No voy a mirar. Voy a estar aquí.
Laura giró el portátil para que la pantalla quedara fuera de su ángulo. Clara comprobó la posición y se sentó al lado de la niña.
No introduje la contraseña.
—Antes de abrirlo, cada uno decide.
Lucas apoyó ambas manos en el respaldo.
—Yo me quedo.
Laura tocó el borde del ordenador.
—¿Quieres que estemos o necesitas testigos?
La venda ya había desaparecido, pero la palma conservaba una línea dura. La presioné contra la mesa.
—Quiero que podáis marcharos sin que yo convierta eso en abandono.
Clara recogió un rotulador que rodaba hacia el sofá.
—Ponlo.
Escribí la contraseña. El archivo tardó en cargar. Una barra gris avanzó hasta el final y retrocedió dos veces.
La primera imagen apareció inclinada.
Un suelo de baldosas. Una pata de mesa. La esquina de una puerta abierta. La fecha estaba dañada, pero la hora seguía visible.
Yo entré en cuadro de rodillas.
Lucas dejó de apoyarse en la silla.
La imagen tenía quince años, pero reconocí la camisa. Reconocí mi mano sobre el pecho de David. La sangre quedaba fuera del encuadre; solo se veía cómo mis dedos resbalaban al intentar presionar.
En el vídeo, yo decía su nombre.
No recordaba haberlo repetido tantas veces.
Martina dejó de colorear. Clara puso una mano delante de su dibujo, no sobre sus ojos.
—¿Paramos? —preguntó Laura.
Moví el cursor. No pulsé.
—David sigue hablando.
El sonido llegó con un retraso breve. Primero mi respiración. Después una tos húmeda.
David movió la cabeza. Sus labios formaron una frase que el micrófono apenas recogió.
—No era yo.
Mi figura se inclinó más.
—¿Qué?
La puerta golpeó la pared. Sergio entró.
No corrió. Dio dos pasos, vio el arma junto a mi rodilla y la apartó con el pie antes de acercarse a David.
Lucas tocó la mesa.
—No llamó a nadie.
—Todavía no —dijo Clara.
La palabra quedó mal colocada. Ella retiró la mano de Martina y cerró los dedos sobre su propia rodilla.
Sergio se agachó. Buscó el pulso de David y miró hacia la puerta. No hacia mí. Hacia alguien o algo situado fuera del cuadro.
Laura acercó el rostro a la pantalla.
—Ahí sabía que grababan.
—O vio movimiento —respondí.
No añadí certeza.
En el vídeo, Sergio sacó el teléfono. Lo sostuvo sin marcar. David le agarró la manga.
—La lista —dijo.
Sergio intentó soltarse.
—Ahora no.
—Los nombres.
Yo seguía arrodillado, con las manos suspendidas sobre la herida. No miraba a Sergio. Miraba la sangre que la cámara no mostraba.
La imagen se rompió en cuadrados. El sonido continuó.
—¿Qué nombres? —preguntó mi voz.
David tosió. Después dijo una palabra.
Madrid.
El vídeo saltó.
La hora avanzó once minutos. El suelo apareció vacío. La silla había cambiado de posición y el arma ya no estaba donde Sergio la apartó.
Alguien atravesó el borde de la imagen. Solo una manga clara y una mano enguantada.
Lucas se inclinó.
—Vuelve atrás.
—No —dijo Laura.
Él giró hacia ella.
—No hemos visto quién era.
—Precisamente.
Pausé el archivo. La mano quedó detenida a pocos centímetros del objetivo.
Clara levantó el bolso del suelo y lo puso sobre sus rodillas.
—¿Queda más?
La barra indicaba cuarenta y tres segundos.
—Sí.
Martina cambió de color. El rotulador raspó el papel.
—¿Ya puedo mirar?
Clara esperó mi respuesta.
Cerré la imagen y dejé solo el audio. La pantalla quedó negra.
—Ahora sí.
Reanudé.
Se oyó una puerta. Dos pasos. Un objeto pequeño cayó cerca del micrófono.
Después, Sergio.
—Esto no puede quedarse aquí.
Otra voz respondió, demasiado baja para distinguir palabras.
Sergio se acercó al aparato. Su respiración llenó los altavoces.
—Corta desde el disparo.
El archivo terminó.
Nadie habló.
Lucas pulsó la barra, pero la reproducción no volvió a empezar. La autorización permitía una sola visualización antes de solicitar otra clave.
—Lo sabía —dijo.
—Sabía que había una grabación —respondí.
—Y pidió que la cortaran.
Laura cerró el portátil con una mano.
—Eso es lo que puede sostenerse.
La frase no sonó como Ane. Sonó como una puerta que no quería abrirse más de la cuenta.
Clara se levantó.
—Mañana llamas a tu abogado. Esta noche no buscas Madrid, listas ni nombres.
—No pensaba—
Lucas me miró.
Me detuve.
—De acuerdo.
Martina levantó el dibujo nuevo. Había añadido una cuarta puerta, pequeña, junto a la ventana.
—Esta no abre —dijo.
—¿Por qué?
Tapó el pomo con un círculo negro.
—Porque falta la llave.
Coloqué el sobre dentro de un cajón y entregué la contraseña impresa a Clara. Ella la dobló y la guardó sin preguntar.
Laura abrió la ventana unos centímetros. Entró aire frío desde la calle y movió el dibujo de las tres puertas.
Lucas siguió mirando el portátil cerrado.
—David dijo Madrid.
—Sí.
—Entonces el siguiente sitio ya está elegido.
Apagué el ordenador.
—El sitio, quizá.
—¿Y cuándo?
Miré a Clara. Después a Laura. Martina estaba pegando su cuarta puerta sobre la pared, torcida.
—Cuando lo decidamos.
Nadie corrigió el plural.