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La primera vez que Reece Sargent volvió a Whitefish fue para la final de la liga amateur de rugby.
Llegó ese mismo día y se quedó hasta que pudo acompañar a Beau al campus las suficientes veces para sentirse seguro.
En el banquillo, junto a Hunt, gritó más fuerte que nadie cuando el equipo de Whitefish ganó, convirtiéndose en campeón.
El resto del tiempo lo pasó junto a Beau, sin pensar de nuevo en que tendría que marcharse.
Beau le preguntó por su madre. Por teléfono siempre solía evitar ese tema; quería disfrutar del poco tiempo que tenían juntos.
Había algo otra vez. Pequeño, localizado, detectado a tiempo.
Todas esas expresiones sonaban tranquilizadoras, pero, juntas, abrían una puerta que creía cerrada desde hacía años.
Los médicos habían dicho que no era grave; tampoco era como antes. Bastaría con una cirugía, quizá radioterapia después, y todo sería un mal recuerdo.
El pronóstico era bueno. Muy bueno, incluso.
La segunda vez que Reece Sargent volvió a Whitefish fue después de una pelea con su padre. Se quedó solo cinco días; su madre tenía una prueba importante y no podía fallar. Beau lo reprendió por hacer un viaje tan largo para tan poco tiempo, pero a Reece solo le importó que estaban juntos de nuevo.
El tratamiento de su madre avanzaba bien: despacio, pero bien. Entre Reece y su padre intentaban encargarse de todo de la mejor forma posible, aunque el carácter de ambos chocaba de un modo que hacía asfixiante estar bajo el mismo techo demasiado tiempo.
Reece necesitaba ese pequeño impasse . La prensa había estado dando por saco más que de costumbre desde que se habían enterado de su regreso. Algunos no entendían —o no querían entender— por qué, si estaba de vuelta en Inglaterra, no entrenaba con su equipo.
La tercera vez que Reece Sargent volvió a Whitefish fue para Halloween.
Llegó el 31 y se quedó hasta el día después del cumpleaños de su chico.
Beau se había hecho desde cero un disfraz de Freddie Mercury, y eso no iba a perdérselo, mucho menos tras la promesa de una sesión de «besos y sobeteo» que le había confesado por teléfono con unas cervezas de más.
El resto del tiempo lo pasó con él, sin pensar de nuevo en que tendría que marcharse.
El dieciocho de noviembre, tras la celebración con todos aquellos que importaban, Reece y Beau contaron con toda la intimidad que Emmet decidió cederles al no dejarse caer por la residencia familiar en toda la noche.
Tumbados en la cama de Beau, mientras recorría despacio su espalda desnuda entre besos lentos y dejaba que recuperase la respiración tras un encuentro fogoso y ligeramente caótico, Reece alcanzó su oreja y habló cerca de ella.
—Cuando estoy contigo es como si el cielo tuviese el doble de estrellas que de costumbre —susurró. Beau movió ligeramente la cabeza y sus ojos se encontraron. Despacio, Reece le apartó el pelo de la cara—. Te quiero. Mucho.
Por el cumpleaños de Beau, Reece le había regalado un montón de cosas con vacas como tema principal.
Una mochila con estampado vacuno, una lámina para la pared de su habitación, un peluche de una vaca de los highland…
Sin embargo, tras perderse en el brillo que ahora llenaba su mirada, no le costó comprender que el regalo que más le había importado era escuchar aquellas palabras.
Notó cómo arrugaba la nariz, como intentaba contener algo que resultó ser inevitable.
Lágrimas. Las mismas que se deslizaron por sus mejillas y que Reece se esforzó por limpiar con los pulgares y besos lentos.
No le pidió que no llorase, no hizo nada por evitarlo, aquel no era uno de esos llantos que deben pararse, sino que han de sentirse para sanar.
—¿Puedes decirlo otra vez? —preguntó con la voz aún temblorosa.
Reece se acercó de nuevo a su oído y susurró las mismas palabras.
—Te quiero. Mucho.
Las confesiones de amor, y más aún esas que son tan reales como aquella, uno pensaría que deben gritarse para que todo el mundo las escuche. Pero, para Reece Sargent, Beau Sinclair era su mundo y solo su precioso ser merecía escucharlas.
—Yo también te quiero —le oyó farfullar.
Sus labios se buscaron en un beso lento, uno tras el que sus cuerpos se enredaron por la pura necesidad de creer que podían fundirse en un solo ser.
Aquella noche, el cielo de Whitefish volvió a llenarse del doble de estrellas que de costumbre .
La última vez que Reece Sargent volvió a Whitefish fue en navidades.
Llegó el 23 y se marcharía el 3 de vuelta, esta vez sí, a Birmingham. Hacía tan solo unos días había tenido una reunión con Conrad Williams.