Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 52
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—Creo que os voy a tener que dejar aquí y buscar aparcamiento yo solo…

Sentado en la parte de atrás del coche de Reece, con este a su lado y cogidos de la mano, Beau asintió ante las palabras de su hermano.

Habían llegado. El aeropuerto, ese momento que llevaba temiendo desde que la noche anterior viese a Reece caer dormido entre sus brazos, estaba ahí, mirándole a la cara.

—Gracias por todo, Emmet —dijo Reece, echándose hacia delante para darle un apretón en el brazo a su cuñado—. Cuida bien de mi coche.

—Descuida, lo haré.

Beau bajó primero, rodeó el vehículo hasta el maletero, esperando a su chico para poder abrirlo. Maleta grande, mochila de cabina. Reece cargó con todo, negándose a que Beau llevase nada de nada.

Avanzaron juntos. El aeropuerto estaba lleno de gente yendo y viniendo de un lado a otro.

Resultaba intimidante. La verdad es que Beau nunca había cogido un vuelo y, las pocas veces que había estado en un lugar así, siempre se había quedado en la puerta esperando a quien iba a recoger.

Era sobreestimulante, intimidante también, demasiado incluso.

¿Sería así la gran ciudad? ¿Sería así Birmingham?

Su atención volvió al presente al notar el roce de los dedos de Reece contra sus nudillos. Caminaban cerca, pero con la suficiente distancia como para que nadie pudiese leer en ellos la relación que tenían. Tenía que admitir que le resultaba una precaución odiosa, pero necesaria de todos modos.

—¿Todo bien? —preguntó.

—No. Con cada paso que damos estoy más cerca de tener que verte ir.

—Hey, pero voy a volver. Además, estaremos en contacto todo el tiempo. Serás el primero al que hable cuando llegue a Seattle, también en Londres y Edimburgo. Y en cuanto haya hablado con mis padres también serás mi primera videollamada.

Beau asintió. No podía ser egoísta, no en aquel momento, Reece necesitaba irse con la cabeza despejada y la tranquilidad de que allí todo se quedaba bien.

Al ver el cartel del control de seguridad, su corazón se encogió.

—A partir de aquí sigo solo —dijo Reece, moviéndose hasta colocarse frente a Beau. Su mano ascendió hasta poder acariciarle la mejilla fugazmente—. Te siento.

Y eso reconfortó un poco su dolor.

Reece se descolgó la mochila de la espalda, la dejó frente a sus pies y la abrió, sacando del interior algo envuelto en un papel con estrellas brillantes.

—Esto es para ti —dijo y se lo ofreció.

—¿Me has comprado un regalo de despedida?

Beau lo cogió de inmediato. Era algo delgado, que no pesaba apenas ni ocupaba un espacio considerable. Frunció ligeramente el ceño y, sin cuidado alguno, rasgó la parte de arriba del papel para poder ver qué era.

La sonrisa volvió a sus labios.

En el interior estaba la camiseta de los Cavaliers de Reece.

La sacó con cuidado y la extendió. Leer en la espalda aquel enorme «Sargent», con el número trece debajo y saber lo especial que era para él hizo que se sintiera importante. No pudo evitarlo. Llevó la camiseta hasta su pecho y la abrazó como lo haría de poder ser él a quien le regalase tal gesto.

—Vuelve. Por favor —dijo, intentando que su voz no se viera afectada por el torbellino de emociones que lo asolaba por dentro.

—Lo haré. Mientras tanto, más te vale cuidarla.

Reece recuperó la mochila del suelo y se la cargó de nuevo a la espalda. Quiso decir algo más, pero ambos sabían que alargar aquel momento sólo iba a hacerlo más doloroso. Dio un paso atrás, una última mirada, una última sonrisa y giró para emprender el rumbo hacia la cola para acceder al control.

Beau apretó la camiseta con más fuerza contra su pecho.

—¡Reece! —llamó su nombre aun cuando sabía que quizás no debía.

Él, de inmediato, volvió a mirarlo desde la distancia.

—Rowan Avery, Howard Campbell y Isaac Palmer. Tres jugadores de los Cavaliers.

—¿Los has buscado?

—Hace tiempo, cuando empezaste a gustarme, leí todo lo que pillé sobre el equipo.

Me sé toda la dichosa alineación. Neville, Douglas, Gallagher…

—resopló—. Pero, según la prensa deportiva, con Rowan e Isaac es con quien mejor te llevas y con Campbell con quien te cuesta co nectar así que…

—levantó los hombros—. Te importa el rugby.

Te importan los Cavaliers. Y si a ti te importa a mí también.

Beau pudo ver en el rostro de Reece algo cambiar, no supo leerlo del todo, era ese algo en el rostro que solo cambia cuando uno decide mandar a la mierda todo.

Y así lo hizo. Dio igual dónde estaban, dio igual quién pudiera verles, dio igual todo.

Con paso acelerado, Reece recorrió la distancia que los separaba y apresó a Beau para fundirse en un beso.

Un beso que no sabía a despedida, sino a promesa. Uno en el que sus labios se devoraron como si fuesen conscientes de verdad del tiempo que iban a estar sin verse.

Se distanciaron despacio, Beau movió la cabeza y rozó su nariz con la de Reece. Las manos de su chico, ahora sobre la cintura, se aferraron a él con esa fuerza que gritaba que no quería dejarle ir.

—Ve. Todo aquí estará bien, esperándote —susurró y le acarició la mejilla.

Una última mirada. Una última sonrisa.

Esta vez sí, Beau Sinclair tuvo que ver a Reece desaparecer tras pasar el control.

Cuando volvió al coche junto a su hermano, Emmet no tardó en notar cómo la tristeza lo estaba carcomiendo.

No dijo nada, lo cogió de la cabeza y lo acercó para poder besarle la sien varias veces, quedándose cerca cuando rompió en un amargo llanto.

Ahora ya podía llorar, ahora ya podía permitirse sentir esa tristeza.

—Por favor, vamos a casa —pidió.

Y Emmet se lo concedió.

Beau se acomodó contra el asiento, ladeó el rostro y dejó que su vista se perdiera en el exterior, en el movimiento y el paisaje cambiante. Necesitaba no pensar, necesitaba …

Algo vibró entonces en su bolsillo. Su móvil.

Al sacarlo y desbloquear la pantalla, vio que se trataba de un audio de Reece.

«Hola. Dios, debes de pensar que es patético que ya te esté mandando mensajes cuando hace nada que nos hemos separado, pero… estoy aquí sentado, frente a la puerta de embarque y… te echo de menos. Así que quería decirte algo antes de que el ruido y la distancia lo vuelvan más difícil.

Tú sabes por qué vine a Whitefish. Sabes que estaba huyendo de todo. De mi cabeza, de mi cuerpo, de la gente… Sentía que… que ya no quedaba nada dentro de mí. Como si todo lo que era se hubiera apagado, ¿sabes? Solo… funcionaba, como una máquina. Jugaba, entrenaba, respiraba. Pero no sentía…

Y entonces apareciste tú.

Y volví a sentir. Todo volvió a tener sentido para mí.

Sé que te he dicho esto un millón de veces y también sé que me has dicho que me crees, pero también sé que tener esto para escucharlo cada vez que te sientas débil es el único regalo que puedo darte. Voy a volver. Voy a volver a ti. Porque esto… tú y yo… es lo único real que he tenido en mi vida.

Quiero estar contigo. No solo ahora, no solo cuando todo es fácil, sino también en lo que venga después. Créelo, aunque esa cabecita tuya te diga lo contrario, eres lo más precioso que tiene Whitefish.

Tú y tus cicatrices. Os adoro tanto.

Quiero estar contigo.

Quiero un futuro contigo.

No sé cuánto tiempo me llevará arreglar todo lo que hay en casa, pero… espérame. Como yo voy a esperarte a ti.

Aunque estás lejos, te siento. Y espero que tú también a mí».