Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 51
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Durante la vuelta a casa tras la cena con los Hunt, un mensaje llegó al teléfono de Reece. Lo moderno de su coche hizo que, con solo pedírselo, desde los altavoces de este una voz robótica leyera lo que Penny acababa de mandarle.

«Te he conseguido vuelo. El domingo a las diez. Necesitarás que alguien te lleve al aeropuerto. Whitefish está un poco desconectado del mundo. Te mando el billete para que puedas mirarlo bien. Te quiero».

Las palabras cayeron sobre Beau como un jarro de agua fría. En aquel momento, quedaban apenas unas horas para la llegada del sábado. Les quedaba poco más de un día juntos, y eso resultaba terriblemente angustioso.

Aun así, intentó parecer fuerte. Cuando buscó con la mirada a Reece, dibujó la sonrisa más honesta que sus sentimientos le permitieron.

—Le pondré un mensaje a Emmet. Él puede llevarnos, no trabaja los domingos.

Su chico no dijo nada, prefirió que los gestos hablaran por él. Buscó la mano de Beau y entrelazó los dedos, acercándosela a la boca para dejar un beso contra sus nudillos. Aquella noticia los había dejado a ambos con una sensación amarga que iba a la par.

—¿Puedo quedarme contigo hasta que te vayas…?

—Nada me haría más feliz, Beau.

Como si sus pieles estuvieran hechas para estar juntas, no hubo forma alguna de que se separaran desde entonces. Dormir, ducharse, comer, ayudar a la señora Sargent en sus tareas, jugar a las cartas, abrazarse sin hacer nada más que perder el tiempo…

Cuando Reece sujetó su rostro entre las manos y le dio un beso delante de su abuela, Beau sintió con todavía más fuerza la convicción de que aquello solo era un punto y seguido en una larga historia.

Sin embargo, una daga pendía sobre sus cabezas.

Al despertar aquella misma mañana, tras hacer la cama, habían colocado sobre esta la maleta abierta de Reece.

Tenían que hacerla, llenarla con todas las cosas necesarias para que pudiera irse y no echara nada en falta.

Tras hacer juntos una lista de todo lo necesario, ambos se miraron y decidieron que aquella tarea podía esperar a otro momento.

—Después de desayunar, me rugen las tripas —dijo Reece.

Pero no la hicieron tras desayunar.

Tampoco después de ayudar a su abuela con la piscina del jardín, ni tras jugar un rato con Sardina, mucho menos después de comer —el estómago de Reece estaba demasiado lleno para hacerlo entonces—.

Después vinieron la partida de cartas, estar tirados en el sofá, discutir sobre si Dolly Parton era mejor que Freddie Mercury…

Llegada la tarde, con el olor de la cena flotando en el ambiente, Beau tuvo que poner un poco de orden en todo aquello: coger a Reece de la muñeca, tirar de él y hacerlo subir hasta la habitación para hacer la maleta.

Él tampoco quería que se fuera, pero se negaba a tener que sacrificar tiempo con él a la mañana siguiente por hacerla.

Cuando entraron en el cuarto, Sardina se encontraba durmiendo estirado dentro de la maleta. Al verlos se estiró como si nada, ocupando más espacio.

—Pero, gordito —dijo Beau con voz melosa, cogiéndolo en brazos y besando su cabeza. Con el dedo señaló la maleta—. Empieza a hacerla, Sargent.

Reece resopló, pero también obedeció.

—¿Y es largo el viaje? —preguntó, tomando asiento en el borde de la cama con Sardina en el regazo—. ¿Cuándo estarás con tus padres?

—Largo es… —dijo mientras doblaba la primera prenda de ropa—. Primero tengo que salir de aquí, hacer escala en Seattle y, de ahí, cruzar el Atlántico hasta Londres. Solo ese tramo ya son casi nueve horas.

—Jo-der, ¿y luego?

—Después otro vuelo más corto hasta Edimburgo. El último tramo hasta Peebles lo haré en coche. Entre aeropuertos, esperas y cambios de hora… —quedó pensativo un momento—. Calcula fácilmente más de quince horas en total.

—Dios, vas a llegar muerto…

—Sí, pero con el cambio horario se hace un poco raro. Si todo va bien, saliendo por la mañana de aquí, debería estar en casa de mis padres al día siguiente por la tarde.

—Llámame idiota, pero todo el tema de los cambios de horarios me lía un poco.

Ambos rieron.

—¿Por qué me lo preguntas ?

Beau dudó un segundo, como si la respuesta fuese más complicada de lo que quería admitir. Se encogió de hombros, pero no apartó la mirada.

—No sé. Supongo que, como yo nunca he ido tan lejos, intentaba… imaginar lo lejos que vas a estar realmente, ¿sabes?

—¿Y qué te parece?

Beau suspiró.

—Una mierda. Voy a empezar a echarte de menos antes de que aterrices…

Reece se acercó, con mimo lo cogió del mentón y dejó un beso lento en sus labios.

—Y yo a ti. Nada más pasar el control en el aeropuerto ya te estaré echando de menos —y lo dejó ir, volviendo a la ropa.

El menor de los Sinclair se mordió el labio inferior. Bajó la mirada y observó a Sardina, rascándole la cabecita con mimo cuando el animal le devolvió la mirada.

—Si nosotros voláramos desde aquí hasta Birmingham, ¿también sería tanto tiempo?

—Si saliéramos de aquí… también sería un buen viaje, sí, pero un poco más directo. Seguramente tendríamos que hacer escala en alguna ciudad grande, como Madrid o incluso Londres, y de ahí ya a Birmingham.

—¿Y en tiempo?

—Pues… entre una cosa y otra, yo diría que unas diez o doce horas, más o menos —Reece colocó una prenda más dentro de la maleta. Paró entonces, se acercó hasta donde estaba Beau y se colocó de cuclillas, mirándolo directamente—. ¿Por qué?

—Volverás. Lo sé… ¿Pero hasta cuándo? Tú mismo lo has dicho, el rugby es tu vida, quieres ir al «Seis Naciones»…

Eso supone volver allí, quedarte mucho más tiem po del que nos atrevemos a decir.

Al final, Whitefish es un lugar de paso para ti.

Birmingham es tu hogar —suspiró—. Y yo no quiero una relación eterna a distancia contigo.

Tener que verte unas semanas cada equis meses hasta que te retires.

—¿Estás diciendo que estarías dispuesto a venir a Birmingham si…?

—Si te convocan para el «Seis Naciones», sí.

—¿Y la universidad?

—La gente pide eso de estudiar fuera, ¿no? Yo también podría. Seguro que por allí hay alguna universidad que…

No pudo terminar la frase. La emoción invadió a Reece, haciendo que, de un brinco, se lanzara a darle un fuerte abrazo a Beau, uno que hizo huir a Sardina y, a la vez, los llevó a ambos a caer sobre la cama. Beau se revolvió y le dio varias palmadas en el brazo.

—¡Me aplastaaaaaas! —exclamó entre risas.

Su chico se movió un poco, lo suficiente para acomodarse mejor y poder mirarse directamente. Se besaron, un beso lento, uno que pretendía mostrar sin palabra alguna lo que aquellas palabras suponían para su futuro.

—Te encantará Birmingham, te lo juro.

—Vaya, pareces muy seguro de eso, Sargent.

—Tiene su encanto. No es el típico sitio del que todo el mundo se enamora a primera vista, pero… —bamboleó la cabeza—. Cuando le pillas el punto, ya no quieres irte. En ese aspecto me recuerda a Whitefish, ¿sabes?

—¿No te irías de Whitefish si pudieras?

—Jamás.

Beau elevó la mano y, despacio, acarició el filo del rostro de Reece.

—¿Has comido gyozas alguna vez ?

El menor de los Sinclair negó.

—¡Oh! Pues cuando estemos en Birmingham te llevaré a un lugar que hace las mejores que vas a probar en tu vida.

También te llevaré al canal, al atardecer.

¡Y hay una librería! Es pequeñita, medio escondida, en la que podríamos perdernos horas.

Tienen también vinilos y… es una pasada.

Ah, y al mercado. Hay un puesto de comida callejera increíble.

Y, por supuesto, has de venir a verme jugar, y…

—Echa el freno, vaquero. Todavía no te han convocado para nada…

—Pero lo harán, soy Freddie Mercury, ¿recuerdas? —levantó ambas cejas.

Beau echó la cabeza hacia atrás y puso los ojos en blanco; sin embargo, esconder la sonrisa boba que le nacía cada vez que escuchaba a Reece decir esos estúpidos comentarios fue imposible.

Volvió a mirarle, resultaba difícil creer que ese era el mismo hombre al que había tenido que aconsejar que se sacase el palo del culo.

Los dedos de Reece le dieron un bocado en el costado, uno que lo hizo dar un suave brinco y buscarle rápidamente con la mirada.

—¡Venga, dilo! Próxima parada: Birmingham.

—No.

—Tú mismo —levantó los hombros.

Los dedos de su otra mano alcanzaron el costado que tenía libre y, todos juntos, se encargaron de empezar a hacerle unas cosquillas terriblemente efectivas.

Beau se revolvió entre sonoras carcajadas, intentando zafarse, empujándolo con una firmeza tan dudosa que hacía poco creíble que de verdad quisiera apartarlo.

Con la respiración tomada, en cuanto Reece paró, tuvo que rendirse.

—Próxima parada: Birmingham .

Quizás estaban locos; quizás estaban tomando decisiones demasiado impulsivas, pero, por primera vez en mucho tiempo, Beau Sinclair sentía que estaba haciendo lo correcto.