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Con las manos pegadas contra los húmedos azulejos y el agua caliente cayendo sobre su cuerpo, Beau se deshizo en un orgasmo caliente e intenso que le cortó la respiración por un momento.
La cercanía de Reece solo prendía más el ardor en sus adentros, casi tanto como aquella intensa sensación que era sentir sus dedos apretando sus piernas con todas sus fuerzas al llegar él también a correrse.
Aun con la respiración agitada, el menor de los Sinclair recibió un beso en la nuca que le hizo reír de forma entrecortada.
Después de una primera ronda apresurada, ambos se habían propuesto darse una ducha, limpiarse y poner rumbo hacia esa cita que se habían planeado tener el día anterior. Pero no fue así.
Reece sentía de nuevo. Estaban desnudos, húmedos.
Era una batalla que la cordura no podía ganar.
Los labios de su chico descendieron por su espalda, dejando varios besos entre sus omóplatos antes de salir de él. Reece suspiró. Cuando Beau ladeó el rostro para mirarle, vio cómo se frotaba la cara e intentaba recuperar el aliento torpemente .
Giró hasta poder encararle. Ambos sonreían del mismo modo, se miraban del mismo modo. Pronto sintió cómo sus manos enmarcaban de nuevo su rostro, cómo sus labios se perdían en otra cadena de besos que no auguraba nada decente.
—Para… —susurró, sin total convicción.
—¿No quieres más? —preguntó juguetón.
—No es eso. Pero, puestos a seguir, prefiero que lo hagamos en otro lado. Uno en el que pueda sentirme más seguro con nuestra privacidad y en el que mis manos dejen de parecer dos uvas pasas.
Reece rio, le dio un nuevo beso y rozó su nariz.
—Ya, en tu privacidad estabas pensando ahora mismo —bromeó, dándole una firme palmada en el trasero—. Pero vale, vayamos a otro lado —tomó aire profundamente una vez más—. Espera aquí, tengo un par de toallas en la bolsa con las que puedes…
—¡Tranquilo, tomad estas! —exclamó una voz desde fuera de la ducha. Por encima de la puerta aparecieron dos toallas grandes que quedaron allí colgadas—. Personalmente, prefiero que salgáis lo menos desnudos posible.
Esa voz.
Willis Hunt. El entrenador Hunt.
Mierda, mierda, mierda .
Beau se acercó a Reece y deslizó una mano por su espalda. La mueca en su rostro era de puro pavor; hasta parecía haber olvidado la forma en la que uno respira normalmente.
—Hey, tranquilo —susurró.
—¿Tranquilo? No puedo estar tranquilo —respondió en el mismo tono .
—Bueno, tampoco podemos quedarnos aquí eternamente esperando a que se vaya.
—¿Y qué hacemos? ¿Decir que nos duchamos juntos porque nos preocupa el planeta?
Beau presionó los labios conteniendo una risita.
—No tiene gracia, Beau —Reece se pasó una mano por el pelo; le temblaban los dedos.
—Vale, no lo tiene. Pero, por favor… —lo cogió del mentón e hizo que lo mirase otra vez—. No dejes que esto te aleje otra vez. No quiero que vuelvas a ese hoyo, ¿vale?
Reece asintió.
Compartieron un beso breve, Beau cogió ambas toallas y le tendió una a Reece. Tras tener la suya bien atada a la cintura, salió el primero, decidiendo tomar el papel de escudo si llegaba a ser necesario.
A unos pies de distancia, con su chándal característico, los brazos cruzados y una sonrisa burlona pintada en los labios, Hunt los esperaba.
—Hola —saludó.
—Hola —respondió Beau.
Reece no fue capaz de articular palabra alguna, muerto de la vergüenza.
—¿Algo que contar?
Ambos se miraron. Hubo algún resoplido, titubeos, incluso gestos exagerados con las manos y los brazos.
Pero no palabras, tampoco excusas. ¿Qué excusa podía uno inventar en un momento así?
Los había pillado a ambos desnudos en la ducha; seguramente había oído los ruidos que salían de esta. Cualquier mentira perdía su sentido.
Una sonora palmada los hizo a ambos dar un brinco.
—Viernes de tacos en mi casa, a las siete. Traed postre. Os veo allí —y tras apuntarlos a los dos con los dedos, Hunt abandonó el vestuario como si nada .
—¿Qué cojones ha sido eso? —preguntó Reece.
Beau levantó los hombros.
—No lo sé, pero nos acaba de dejar sin cita.
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La casa en la que vivían los Hunt era de esos lugares dignos de aparecer en una película navideña sobre una mujer que hace cupcakes y un viudo guapo con perro incluido.
De pie frente a su puerta, Beau observaba curioso cada detalle.
El jardín impoluto, con la hierba recién cortada, la valla de color blanco alrededor, la hamaca a rayas azules y blancas colgada entre dos árboles…
La verdad es que era una monada, podría verse viviendo en un sitio así si alguna vez tenía la suerte de salir de la precariedad que suponía vivir con un sueldo de camarero.
Con la mirada buscó a Reece. De pie a su lado, sujetando la caja de cartón con la tarta que habían comprado en el Cherry, seguía con ese toque ligeramente desconectado que toda la escena le había lanzado encima horas antes.
Tras un suspiro, Beau se inclinó hasta besar el brazo de Reece y llamar su atención.
—Respira, si te atascas deja que hable yo.
Reece asintió.
Una melodía personalizada sonó cuando llamó al timbre. Desde el interior de la casa se pudo escuchar la voz de Hunt y también sus pasos acelerados antes de abrir la puerta.
El hombre que los recibió era diferente del de los entrenamientos.
Para empezar, no llevaba chándal: una camisa a cuadros morados y unos vaqueros oscuros eran su atuendo.
Tampoco llevaba su gorra de siempre. Beau estaba convencido de que aquella era la primera vez que le veía el pelo, tan rojizo y con entradas marcadas fruto de la edad.
—¡Qué puntuales! Pasad —dijo, haciéndose a un lado y acompañando sus palabras con un gesto enérgico de la mano.
Una vez dentro, Beau se percató de las zapatillas de estar por casa del entrenador. Eran marrones e imitaban las zarpas de un oso.
—Bonitos zapatos —dijo.
El hombre rio.
—¡Uh, tarta! —dijo, cogiéndola de las manos de Reece—. Vamos a la cocina y la pongo en la nevera. ¡Teddy os quiere conocer!
A medida que avanzaba por el pasillo rumbo a la cocina, la sensación de que parecía una casa de película se volvió más intensa.
Todo en ella tenía un equilibrio entre lo rural y lo elegante que resultaba encantador.
Había muchas fotos de sus hijas en las paredes, flores, una estantería con libros y algunos trofeos…
Beau dejó de cotillear al sentir la mano de Reece en su espalda.
—¿Tú conoces a su mujer?
—Qué va —susurró. Sonrió después con picardía—. ¿Cómo crees que es?
—No sé, viendo a Hunt solo puedo imaginarla como la típica que hace cupcakes, con voz cantarina, cardado y que acaba todas las frases con un tesoro .
—Y que llama a Hunt su terroncito.
Ambos rieron.
Al entrar en la cocina, lo acompañó el sonido de Hunt cerrando la nevera.
—Reece, Beau, os presento a Teddy .
Junto a él, vistiendo un delantal con la frase «besa al entrenador» escrita, un hombre los saludó a ambos.
No era demasiado alto; Hunt le sacaba la cabeza.
Tenía un bigote recortado a la perfección y el pelo oscuro echado hacia atrás, con algunas canas evidentes en los laterales.
Su sonrisa resultaba encantadora, de esas que gritan honestidad y que tras ella hay una persona con alma dulce.
—Oh, vaya, mi Willis habla tanto de vosotros que me moría de ganas de conoceros —dijo, acercándose y dándole un abrazo a cada uno—. ¡Tú eres Beau! —lo apuntó con el dedo—. Tenemos mucho que hablar sobre la universidad.
El menor de los Sinclair titubeó.
—P-perdona… ¿Tú eres Teddy?
El hombre asintió.
—¿Teddy, la pareja de Hunt? —preguntó Reece.
—Sí, su marido… ¿Por qué?
—Por nada, solo… supongo que esperaba algo diferente —respondió Beau.
Teddy rio.
—¡Espero no haber decepcionado!
El entrenador Hunt y su marido eran una de esas parejas que parecían haber nacido para estar juntas.
La forma en la que ambos se movían en la cocina, complementandose, capaces de anticipar las peticiones del otro antes de ser formuladas…
Sentado en un taburete junto a la isleta, Beau solo podía mirar con atención y responder a las preguntas que le iban lanzando con la mayor elocuencia posible.
«Sí, he leído ya los folletos de la universidad».
«No, llegué a Whitefish siendo un niño».
«No lo sé, supongo que dar clases de arte sería un buen futuro» .
En cuanto los tacos estuvieron listos, el menor de los Sinclair se acabó el último trago de la limonada casera que le habían servido y bajó de un salto del taburete.
—Voy a lavarme las manos —anunció.
—Al fondo, a la izquierda —respondió Teddy.
Reece conversaba con Hunt sobre un partido de rugby mientras ambos terminaban de poner la mesa. Al pasar por su lado, le acarició la baja espalda, intercambiando una mirada y una sonrisa cómplice. Estaba bien. Seguía sintiendo, eso era lo importante.
Beau recorrió el pasillo, moviendo la cabeza de un lado a otro, curioseando las estancias por las que iba pasando.
Cuando llegó al salón, aunque no era su destino, decidió tomarse un momento para saciar su curiosidad.
Se adentró en él, moviéndose con cuidado, como si tuviera miedo de que una alarma pudiera saltar en cualquier momento.
Lo primero que llamó su atención fue un sillón reclinable con una lata de cerveza en el reposabrazos.
Gritaba Hunt por todos lados. Junto a este, otro sillón más sencillo, con un libro policíaco encima y el marcapáginas bastante avanzado.
Podía imaginarlos a ambos, tan diferentes, pero compartiendo su tiempo en aquel equilibrio perfecto que eran.
Suspiró y avanzó un poco más por el salón, atrapando su atención una pared llena de fotos colgadas. La familia, amigos, sus hijas… Y en el centro: ellos.
Había fotos de diferentes etapas de sus vidas.
En la que se los veía más jóvenes debían de tener cerca de los treinta; la más reciente no debía tener más de un par de años.
Sonrió. No pudo evitarlo. Aquella muestra de amor le despertó un calor nuevo en el pecho.
Por primera vez en toda su existencia en Whitefish, Beau sintió que él también podía tener lo que tanto tiempo llevaba ansiando .
Amor.
Una vida como los demás.
—¿Te gustan? —la voz de Hunt llamó su atención.
—Lo siento… —arrugó la nariz—. No he podido evitar echar un vistazo.
El entrenador se acercó a él, ambos observaron juntos las fotografías.
—¿Cómo se conocieron?
Hunt levantó la mano y señaló una de las fotos antiguas. En ella podía verse a Hunt sentado en una silla, con Teddy sobre su regazo llevando un vestido de lentejuelas.
—Conocí a Teddy en «El Gallinero». Trabajó allí de drag queen para pagarse la universidad.
Cuando era joven, mis amigos y yo solíamos ir a Portia a conocer chicas.
A mí nunca me gustaron, pero, en fin, quería encajar con los demás, así que ahí iba cada fin de semana.
Una noche le vi, con su vestido, su maquillaje…
Pensé: «wow, es la mujer más bonita que he visto en mi vida» —rio—.
Te imaginarás que por aquel entonces todo el tema del drag se me escapaba.
El caso es que lo seguí, llegué al bar, le conocí y…
desde entonces estamos juntos. Veinticinco años.
—Wow… ¿Por eso se van a París? ¿Para celebrarlo?
Hunt asintió.
—Además, Teddy adora Moulin Rouge , así que…
—Creo que lo que Teddy adora son los pelirrojos.
La mirada de Beau volvió a las fotografías. No tardó en encontrar la foto de bodas de la pareja, ni tampoco las que tenían en brazos a sus hijas.
—A Eli la adoptamos con doce y a Becca con siete. Son nuestro mayor regalo.
—Parece una vida increíble.
—Lo es —Hunt suspiró—. Durante muchos años yo también pensé que era el único chico gay atrapado en un pueblo pequeño.
Creía que estaba destinado a estar solo, o peor, a vivir una vida falsa que no quería.
Pero la vida me ha demostrado que, si uno está dispuesto a jugársela, pueden pasar cosas maravillosas —extendió el brazo y presionó el hombro de Beau—.
Así que Sargent… Y parecías tonto cuando te conocí.
El menor de los Sinclair rio sonoramente.
—Reece, sí. Es guapísimo, eso es innegable, pero también es atento, cariñoso, dulce, divertido y, cuando estoy con él, siento que puedo ser yo.
Sin vergüenza, sin tener que pedir perdón todo el tiempo.
Me hace sentir libre, me cuida y… consigue que las cosas importen.
Antes de conocerle estaba listo para tirar la toalla, aceptar que mi destino era esto y nada más.
Pero él me hace desear ser mejor, ser… yo . Solo espero que él sienta lo mismo.
—Lo hace. Sé desde que discutiste con él en el campo de rugby que le gustas y, cuando me dijo lo de tus problemas con la universidad, supe que lo tenías pillado —lo miró—. Volverá. Lo sabes, ¿verdad?
Beau asintió.
—Volverá. Pero, mientras no esté, en fin, tengo muchas cosas en las que pensar.
Red River y su maravilloso programa de arte…
Teddy va a tener que echarme una mano con todo el tema de la matrícula y esas cosas, por cierto.
Los viernes de tacos… —ambos se miraron—. Seguir entrenando el equipo con usted.
Hunt sonrió.
—Conmigo.
—Contigo.
El entrenador mostró el puño a Beau, gesto que este no tardó en corresponder haciendo que ambos chocaran.
Desde la cocina, el marido de Hunt les avisó de que la cena se estaba enfriando.