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Al llegar al campo de rugby, Beau vio a Reece sentado en el centro, bebiendo agua.
Tenía la piel sonrojada, brillaba bañada en perlado sudor bajo la caricia del sol…
La lluvia se había llevado consigo todas las nubes.
Si la leyenda era cierta, a Whitefish le esperaba ahora un verano acompañado por un radiante sol y días propicios.
Se acercó a él intentando hacer el menor ruido posible, esperando a que terminara de beber para lanzarse sobre su espalda y rodear su cuello con ambos brazos.
—¡Boo! —exclamó, riendo divertido ante su sobresalto.
—Idiota —farfulló Reece, llevando una mano hasta uno de sus brazos para darle un par de suaves palmaditas.
Cuando ladeó el rostro y pudieron mirarse, las sonrisas en los labios de ambos eran iguales.
Aun con el poco tiempo que había pasado desde la última vez que habían estado juntos, ambos se echaban de menos como locos.
Impulsado por esto, Beau se acercó un poco buscando un beso, pero recordó la petición de Reece al respecto y cambió la trayectoria hasta poder dejar dicho beso contra su cuello .
—Uhm, sabes saladito —dijo, bromista.
Reece movió la cabeza. Sus narices se rozaron, después la elevó un poco más hasta poder depositar varios besos encadenados sobre el entrecejo de Beau.
—¿Me sientes? —preguntó el menor de los Sinclair.
Pero su chico negó.
—Ojalá —susurró, acompañado por un último beso mucho más pausado.
—Lo harás —respondió Beau, dándole una palmadita en el pecho y dejándolo ir. Se incorporó y rodeó el cuerpo de Reece, tomando asiento en el césped frente a él—. ¿En serio hemos quedado para que te vea entrenar?
—Me queda solo estirar, tranquilo.
—Eres un rarito. Te marchas en nada, deberías estar… ¡De cervezas! O… no sé, despidiéndote de Whitefish, no… con el dichoso rugby.
La verdad era que le estaba echando cierta teatralidad a aquellas palabras.
No, Hunt no tenía razón, no se había vuelto un enamorado del rugby ni mucho menos, pero la forma en la que hacía feliz a Reece y lo mono que estaba cuando hablaba de él habían sido más que suficientes para hacer que Beau Sinclair le viera el encanto.
Aunque también lo odiaba un poco. A fin de cuentas, era la razón por la que no podían tener lo que tenían todos los demás y, en un futuro quién sabía cuán cercano, seguramente sería la razón que se llevara a Reece de allí para siempre.
Porque iba a volver. Pero solo esta vez. De eso estaba seguro.
—Ya te lo dije, para volver en mí necesito hacer cosas que me ayuden a tener la cabeza en su sitio, que me den esa sensación de paz. Y una de ellas es el deporte. Y el rugby, por supuesto. Tienes que dejar que un día te lleve a ver un partido de verdad, en serio .
—Y una mierda.
—¡Oh, vamos! Si los de amateurs te vuelven loco, un partido en un estadio con… ¡Ugh! Te encantaría, pero eres un maldito cabezón.
Beau rio.
—Vaaale, algún día iré a uno de tus dichosos partidos de verdad —exageró aquellas dos últimas palabras—. Pero con una condición. Quiero una camiseta con un «Sargent» enorme escrito en la espalda, como las novias de los deportistas de la tele.
—Ah, no, ni de coña. No le doy mi camiseta a falsos fans. El día que seas capaz de decirme el nombre de tres jugadores, te regalaré mi camiseta.
—Pues listo, conozco a dos, para que lo sepas.
—¿Ah, sí?
—Ajá, conozco a Lee «el Toro» Sargent, toda una leyenda si me preguntas. Y a otro don nadie al que el siete del equipo de Portia le pateó el culo. ¿Cómo se llama? ¡Ah! —lo apuntó con el dedo—. Reece Sargent, ¿te suena?
—No me pateó el culo.
—Hunt y yo no opinamos lo mismo… —canturreó.
—¿El entrenador ha dicho eso? —preguntó Reece con honesta preocupación.
A Beau le costó contener la risa; de hecho, no tardó en estallar en una sonora risotada que hizo a su chico poner los ojos en blanco. Pronto lo cogió de las muñecas y tiró de él, haciendo que quedasen más cerca, prácticamente pegados.
—A mí nadie me patea el culo. Soy el mejor.
—Vale, Freddie , te creo.
Sus narices volvieron a rozarse. Cerca, muy cerca, Beau observó a Reece en silencio, perdido una vez más en su belleza, en esa perfecta nariz que lo volvía loco .
—Mi hermano me ha contado lo que habéis hablado hoy. No tenías por qué…
—Pero quería hacerlo. Me destrozó ver lo triste que estabas, necesitaba hacer algo para ayudarte y… —levantó los hombros—. ¿Lo habéis hablado entonces?
—Me ha enseñado unos vídeos caseros de cuando éramos pequeños. Ha sido… no sé, me ha dejado a la vez un nudo en el estómago y una… sensación cálida en el pecho. Raro, tal vez, pero… lo necesitaba —suspiró—. Primero lo de la universidad con Hunt; ahora esto. Eres demasiado bueno conmigo, Reece.
—Creo que eres tú quien no es lo suficientemente bueno contigo, Beau.
«Por favor, no te vayas» quiso decir.
«Por favor, llévame contigo» pensó también.
Pero no dijo nada. Intentando fingir que aquellas palabras no tenían tanto efecto como el que sentía, Beau le dio un suave empujoncito a Reece y se puso en pie, tendiéndole la mano después.
—Anda, venga. Estira de una vez, tengo ganas de salir de aquí.
Reece asintió y cogió la mano de Beau.
Ambos tuvieron que soltarse rápidamente.
Al sentir aquel chispazo de nuevo, el menor de los Sinclair dio un brinco y sacudió la mano con fuerza, soltando a la vez un sonoro gruñidito. Buscó la mano de su chico. Ver que volvía a llevar puesto el dichoso reloj hizo que pusiera los ojos en blanco.
—¡No puedo creer que todavía tengas esa cosa! ¡Reece, deshazte de ese reloj ya!
Su chico rio; con fuerza, también sacudía su mano, la misma que atrapó con la otra y masajeó buscando aliviar el dolor .
—Me ha dado calambre mil veces y, aun así, me sigue sorprendiendo cada vez que…
Los ojos de Beau se abrieron como platos.
—¿Lo has sentido? ¡El calambre! ¿Lo has…?
Reece se miró la mano. La risa se volvió más intensa, cargada de un nerviosismo ausente hacía solo unos segundos. Su mirada saltó varias veces de su mano a Beau, como si aquello fuese una especie de milagro que no podía terminar de creerse.
—Lo he sentido —dijo, poniéndose en pie con rapidez—. ¡Lo he sentido! —exclamó, enmarcando el rostro ajeno con ambas manos—. Lo he sentido…
El corazón de Beau iba a mil por hora; sus manos se aferraron a los brazos de Reece con fuerza, presionando su piel cálida.
—¿Me sientes? —preguntó.
Y con todo su ser deseó que solo existiera una respuesta posible.
—Te siento. No del todo, es como… sutil, todavía un poco lejano, pero… Te siento.
Los pulgares de Reece se movieron despacio sobre las mejillas de Beau. Su risa volvió a resonar en el campo de rugby, tan contagiosa que la ajena se unió de inmediato. Su mirada brillaba, estaba emocionado de una forma tan genuina y honesta que enamoraba.
Cuando uno presencia lluvia después de una larga sequía, no se para a pensar en nada más que no sea en disfrutarla, en salir fuera y dejar que el agua le bañe la piel hasta sentir que le cala los huesos por completo.
Eso mismo les pasó a ambos. No importó dónde estaban, ni todas esas condiciones que habían puesto a su relación; sus labios se buscaron con rapidez para fundirse en un beso tan intenso y ansiado que cualquiera creería que llevaban años sin poder sentirse de ese modo.
—Nunca te deshagas de ese maldito reloj —susurró Beau contra sus labios.
—Jamás… —respondió Reece, volviendo a besarlo.
Sus cuerpos se buscaron hasta quedar el uno pegado al otro. Las manos de Reece se movían lentas, dibujando el cuerpo ajeno con calma, permitiéndose sentir sus formas, el roce de su ropa contra las palmas… Pero quería más.
Una mirada rápida.
Beau se mordió el labio inferior.
Cuando llegaron al vestuario, la intensidad de los besos había subido a un nivel que solo anticipaba un estallido incontrolable. Beau le quitó la camiseta a Reece, lanzándola al suelo sin cuidado alguno, acariciando su torso después con ambas manos.
—He echado de menos sentirte —dijo, perdiendo la camiseta él también.
—Yo también te he echado de menos.
¿Cómo iba a sobrevivir el tiempo que fuese sin él? No lo sabía.
Sus pasos los llevaron hasta la zona de las duchas, ahí donde duchas enmarcadas por mamparas translúcidas y avejentadas dividían cada una de ellas.
Entre besos y jadeos, toda la ropa fue abandonando sus pieles hasta quedar desnudos, sintiendo Beau de inmediato las manos ajenas en su trasero, tirando de él hasta levantarlo a pulso.
Su cuerpo quedó arrinconado contra una de las mamparas. Sus rodillas presionaron con firmeza los costados de Reece y gimoteó ante el roce explícito de una erección que ya se marcaba plena.
—Hazlo —pidió, asintiendo como muestra de que no lo decía por complacer .
Pronto pudo sentir el miembro de Reece en su entrada, cómo lo guiaba hasta su interior con movimientos fluidos de cadera.
Temblaba entero, sacudido por un calor tan intenso que resultaba asfixiante, teniendo que llevar una mano hasta la parte superior de la mampara para poder aferrarse a algo que resultara sólido.
Al estar por completo dentro de él, Reece le besó el centro del pecho antes de volver a mirarlo. Sus manos apretaban con fuerza su carne, del mismo modo que las rodillas de Beau lo hacían. Nada importaba más allá de aquel momento.
—No te contengas —susurró.
Un nuevo beso acelerado.
Los dedos de Beau se curvaron y se agarraron con más fuerza a la mampara.
Por primera vez desde que fueron construidos años atrás, los vestuarios del campo municipal de Whitefish se llenaron con el sonido de los gemidos de dos de sus vecinos.