Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 48
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Terminado su turno en el Cherry, Beau fue directo a casa con intención de comer algo rápido y prepararse para encontrarse con Reece.

Aunque se habían visto el día anterior y habían hablado esa misma noche antes de dormir, mentiría si dijera que no seguía sintiendo esa punzada de preocupación que le hacía querer estar con él ya mismo.

Quería asegurarse de que estaba bien, saber si ya sentía algo… También lo echaba de menos como al respirar. Pero ese no era un detalle nuevo en su día a día.

Al entrar en la cocina, se encontró a Emmet trasteando con su portátil.

—¿Tú con un ordenador? Si buscas porno, lo tengo en la carpeta de la universidad.

—Ja ja, muy gracioso.

Su hermano no era del tipo de personas a las que les gustara la tecnología.

De hecho, no había sido hasta que retomó su relación con Charlotte cuando se hizo con un móvil que no fuese una maldita antigualla.

Emmet, que siempre decía que estar pegado a uno de esos cacharros era una pérdida de tiempo, estaba dispuesto a romper todas y cada una de sus normas por hacer feliz a su chica.

—Toma, restos de tartas del Cherry —dijo, dejando la bolsa de papel sobre la mesa antes de ir hasta la nevera para buscar algo decente que llevarse a la boca—. ¿Qué tal tu día?

—Bien, mucho curro. En un rato tengo que volver… —respondió, abriendo la bolsa, cogiendo el pedazo de tarta de chocolate sin pensárselo—. He visto a tu novio, por cierto.

—Uuuuh, ¿y estaba haciendo algo sexy?

—Acompañar a su abuela a llevar flores a la tumba de su abuelo. No sé cómo clasifica eso en tu escala sexy, pero…

Beau hizo una mueca. Emmet rio antes de volver a centrar su atención en la pantalla.

Durante un rato, el sonido de sus dedos golpeando el teclado y el del viejo ventilador pidiendo auxilio llenaron la cocina mientras Beau intentaba hacerse un sándwich con el que llenarse el estómago.

Algo sencillo, algo rápido. Tenía prisa.

Con la comida lista, cogió un pedazo de servilleta y se dispuso a subir a su cuarto para ducharse y decidir qué iba a ponerse para verse con Reece. Sin embargo, la voz de su hermano lo detuvo.

—¡Listo! —exclamó, arrastrando la silla y palmeando el asiento después.

—¿Es importante? Tengo cosas que hacer.

—Siéntate, Beau.

Tras un gesto exagerado de hastío, Beau obedeció y rodeó a su hermano hasta tomar asiento, dando un buen bocado al sándwich tras hacerlo. Al menos adelantaría esa tarea mientras perdía el tiempo en lo que fuera que Emmet quería enseñarle.

—Como te he dicho antes, he visto a Reece y a la señora Sargent en el cementerio.

Hemos estado hablando un rato y, como era casi mi hora de salir, hemos ido también a comer juntos.

Reece me ha contado algo y… bueno, voy a dejar que esta cosa hable por mí, ¿vale?

Sabes que no soy muy… —hizo un movimiento ambiguo con la mano.

Con el dedo, pulsó la tecla de enter del portátil.

Un vídeo empezó a reproducirse en la pantalla. Un vídeo casero, antiguo. En él podía verse el pasillo de un hospital; se escuchaban voces y pasos resonando con fuerza.

—¿Estás nervioso? —preguntó el hombre tras la cámara.

La cámara se movió. Junto al hombre, caminando de su mano, un niño de unos diez años daba brincos ilusionado, con una sonrisa a la que le faltaban varios dientes. A Beau no le costó reconocer quién era. A aquel pequeño niño lo había visto muchas veces. Era Emmet.

Y si ese era su hermano…

—¿Es papá? —preguntó Beau.

Su hermano asintió.

Su padre y Emmet terminaron de recorrer el pasillo y llegaron a una puerta con el número 13 pintado, por la que entraron intentando hacer el menor ruido posible.

—Holaaaa, mira quién traigo conmigo —dijo su padre.

Emmet salió corriendo hacia la cama. Sobre esta, cansada, con el pelo recogido y la bata de hospital puesta, se encontraba su madre. Bonnie no tardó en llevarse un dedo a los labios, pidiendo a ambos que bajaran la voz.

—Acaba de dormirse —susurró.

Cuando la cámara se acercó lo suficiente, Beau pudo ver al bebé que su madre sostenía entre sus brazos. Tan pequeño, con el gorrito de lana azul en la cabeza y esa aura de vulnerabilidad que los niños tan pequeños siempre traen consigo. Verse a sí mismo de ese modo le encogió el estómago.

—Dile hola a Beau —instó su madre.

Emmet, ya subido a la cama, observaba curioso a su hermano.

—Es muy pequeño, ¿cuándo podrá jugar al rugby?

Sus padres rieron a la vez. Su padre se acercó para grabar la escena más de cerca.

—Sí que lo es… —dijo su madre, mientras con una mano acariciaba la cabecita del bebé—. Pero tiene mucha suerte porque tiene un hermano mayor que lo va a cuidar mucho, ¿verdad? Ni un monstruo va a poder mirarlo antes de que lo apartes de una patada.

Emmet sonrió y se acercó un poco más para mirar al bebé de cerca.

—Hola Beau.

El pequeño soltó un suave gorgoteo.

—Creo que le gustas, Emmet. Igual eres su favorito.

El vídeo paró de golpe. Había terminado.

La pantalla se volvió negra y Beau pudo ver entonces su reflejo en ella. Lloraba; ni siquiera se había dado cuenta de ello. Con el dorso de la mano se limpió, necesitando tomar varias bocanadas de aire antes de ser capaz de decir una mísera palabra.

—¿Qué…?

—Son vídeos de cuando éramos pequeños. Los tenía en una caja.

Cuando Charlotte se enteró, se los llevó y los pasó a…

bueno, lo que sea que… en fin, que ahora están aquí —golpeteó con el dedo la memoria encima de la mesa—.

No hay muchos, faltan momentos importantes, pero puedes verlos cuando quieras solo tienes que pedirla .

El menor de los Sinclair ladeó el rostro y buscó la mirada de su hermano.

—¿Por qué no me habías dicho antes que los tenías?

Emmet suspiró.

—Porque pensaba que tenías suerte por no recordarlos.

Pensaba que… haber sido tan pequeño cuando todo paso, te protegía de parte del dolor que fue perderlos.

Pero no. Cuando Reece me ha dicho lo mucho que estás sufriendo por no recordar sus voces, por no…

—presionó los labios—. Lo siento. Pensaba que te estaba protegiendo con esto, pero ahora me doy cuenta de que quizás te he hecho daño…

Beau volvió a mirar la pantalla.

Sus caras, sus voces. Una sonrisa se dibujó en sus labios lentamente.

—Yo también tengo que pedirte perdón —dijo, ladeando el rostro para volver a mirar a Emmet—. Nunca crecí lo suficiente como para jugar al rugby juntos.

Su hermano rio y llevó la mano hasta su cabeza, guiándolo a acercarse, dejando un beso sobre su pelo.

—¿Quieres ver otro? ¿O tienes mucha prisa?

—Otro, por favor.

Perder el tiempo escogiendo qué ropa ponerse carecía de toda importancia en aquel momento.

El vídeo empezó. El interior del antiguo piso de sus padres apareció ante sus ojos, decorado con globos y banderitas con vacas dibujadas. De nuevo, su padre, cámara en mano, se encargaba de grabar a todos los presentes, la mesa con los regalos…

Estaba en brazos de su madre; pudo verse cuando su padre giró la cámara una vez más. Emmet también estaba con ellos, levantaba los brazos pidiendo un bocado de la galleta que su madre sostenía en una de sus manos .

—Y ahí están los amores de mi vida —se escuchó decir a su padre.

Beau sintió ganas de llorar de nuevo, pero no lo hizo. Con cuidado, acomodó la cabeza sobre el hombro de su hermano para poder disfrutar de aquella escena.