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Aunque, si por Reece fuera, se habría quedado en casa de Beau hasta no poder evitar más su marcha, la ausencia de ropa que ponerse —ni siquiera zapatos— y la posibilidad de estar preocupando a su abuela pesaban lo suficiente como para que tomara la decisión de regresar con ella.
Tras una larga mañana en la cama, conversando de todo y de nada, un desayuno contundente con Emmet presente y una ducha, se vistió con ropa de su cuñado y abandonó el hogar de los Sinclair con un extraño peso sobre los hombros, pero también con la certeza de que todo iría bien.
Estaba aún atrapado en ese agujero, buscando desesperadamente una forma de sentir que el mundo era real, pero, cuando tenía a Beau a su lado, la espera se volvía menos angosta.
Montados en la parte de atrás de la camioneta, con la mano de Beau sobre su regazo, Reece se perdió en la forma en la que sus dedos se entrelazaban a la perfección, como si hubiesen sido creados para estar siempre así.
Los hermanos Sinclair discutían sobre la música: Beau pedía canciones de Dolly, Emmet se negaba en redondo a escucharlas otra vez.
Echaría de menos aquel ruido. Echaría de menos Whitefish. Su ser se había dividido en dos: una parte sentía que volvía a casa; la otra, que la estaba abandonando.
—Gracias por traerme —dijo, llevando la mano hasta el brazo de Emmet para darle un firme apretón.
—No me las des. Cualquier cosa que necesites…
—Ahora que lo dices, ¿le echarías un ojo a mi coche mientras no estoy?
Su cuñado ladeó el rostro, buscó el coche con la mirada y abrió bien los ojos cuando al fin lo encontró.
—Jo-der, qué cochazo… ¿Cuidarlo supone que pueda usarlo cuando quiera?
—Claro, pásame lo que te cueste la gasolina, corre de mi cuenta.
—Trato hecho —respondió divertido.
—Gracias. Tengo unas llaves de repuesto en la guantera. Te las traigo en un segundo… ¿Me acompañas, Beau?
Su chico asintió. Bajaron del coche y recorrieron el espacio que los distanciaba de la casa de su abuela, acercándose al vehículo aparcado frente a esta. Reece acercó la mano; el sensor detectó su huella y no tardó en abrir la puerta para él.
—Me sigue flipando que tengas una nave espacial. ¿Seguro que quieres que Emmet…?
Reece sonrió y bamboleó la cabeza.
—Era solo una excusa para que bajaras conmigo y despedirnos en privado.
—Oh… Pues te va a salir cara en gasolina la despedida.
Ambos rieron.
Reece terminó de abrir la puerta, metió parte del cuerpo dentro y rebuscó en la guantera hasta sacar la llave de repuesto y su reloj. Dios , se había olvidado de él por completo. ¿Cuánto hacía que lo tenía ahí dentro? ¿Habían ido siquiera a Portia entonces?
Se lo puso con prisa. Después, le tendió la llave a Beau
—Toma —dijo, observando cómo este mostraba su mano extendida. Colocó la llave encima, usando la excusa para poder volver a coger esta durante unos segundos—. Hoy pasaré el día con mi abuela. Creo que lo necesito. Pero nos vemos mañana, ¿verdad?
—Claro. Solo mantenme informado, ¿vale? De cómo te sientes, qué haces… Bueno, más bien de si vuelves a sentir algo y eso… —arrugó la nariz—. También cuando Penny…
—En cuanto sepa algo del vuelo serás el primero en saberlo.
Ambos se miraron en silencio. Sus cuerpos pedían un beso, un abrazo… Pero no quería besarlo sin sentirlo y, dado dónde estaban, un abrazo tampoco le parecía algo apropiado. Así que solo asintió, cerró la puerta del coche y caminó junto a él hasta la camioneta.
Reece se quedó en la acera. No se marchó hasta ver a los hermanos Sinclair irse por donde habían venido. Dios , si dejarlo marchar estando tan cerca resultaba tan complicado, ¿qué iba a hacer cuando tuviese que coger el maldito vuelo?
Prefirió no pensarlo. En su estado necesitaba comerse menos la cabeza con esas cosas y centrarse más en lo positivo, en lo que le hiciera sentir paz. Tomó aire por la nariz y decidió que era el momento de volver con su abuela.
En cuanto cruzó la puerta, el sonido de la tele demasiado alta lo recibió.
—¿¡Hola!?
—¿Reece? ¿Eres tú? ¡Ven, corre!
Al escuchar aquellas dos últimas palabras, a paso acelerado recorrió la distancia que lo separaba del salón, esperando encontrar algún desastre… Pero no. Con Sardina hecho un ovillo a su lado, su abuela tejía algo mientras veía uno de tantos concursos de media tarde que le encantaban.
Su abuela lo miró y con la cabeza señaló la televisión.
—Con esas letras, tres animales marinos. Hay uno que no consigo descifrar.
Reece resopló y se frotó la cara con una de las manos.
—Dios, pensaba que te había pasado algo —dijo, acercándose al sofá y mirando la pantalla unos segundos—. Cangrejo, medusa y estrella de mar.
Margery sonrió orgullosa.
—Qué listo eres, cielo.
—Solo es un panel bobo de la tele, abuela…
Reece se acercó un poco más y tomó asiento en el suelo frente a ella.
—¿Puedes apagar eso un momento? Me gustaría hablar de algo…
Margaery frunció el ceño y miró a su nieto directamente.
No tardó en buscar el mando sobre el sofá y acceder a su petición, dejando también a un lado las agujas y la lana con las que estaba trabajando.
Se echó hacia delante y le acarició el rostro, cogiendo con mimo su mentón para que la mirara directamente.
—Tienes mala cara… —dijo, dejándolo ir—. ¿Ha hecho Emmet la cena? Seguro que no te ha sentado bien. Ese muchacho siempre cocina con demasiada mantequilla…
Esa era la excusa que Beau había usado al hablar con su abuela por teléfono. Emmet lo había invitado a ver un partido de rugby por televisión. Dada la diferencia horaria, iban a verlo de madrugada, así que el plan era cenar y quedarse a hacer noche.
No le gustaba mentirle.
Quizás por eso le quemaban tanto en sus adentros las ganas de contar la verdad.
—No, no es nada de eso, no te preocupes —negó—. Tengo que volver a casa.
—¿Tan pronto? ¿Por qué? —Margaery buscó la mano de su nieto.
—Una de las revisiones de mamá no ha ido como esperábamos. Van a hacerle más pruebas y… tengo que estar ahí.
El rostro de su abuela se descompuso al escuchar aquellas palabras. Con la mano libre se cubrió la cara y sacudió la cabeza varias veces.
—Dios mío, ¿por qué pasan estas cosas? —farfulló para sí misma.
—Hey, tranquila. Por ahora no sabemos nada. Es pura precaución y… no va a ser nada. Mamá es fuerte, dura como ninguna. Todo va a ir bien —le acarició el dorso de la mano, consiguiendo así que volviera a mirarlo—. Pero no puedo estar aquí mientras…
—No, no, por supuesto que no. Debes ir… Es solo que hacía tanto que no te tenía conmigo que había deseado con todas mis fuerzas que tuviéramos más tiempo.
Reece se movió y se acercó todavía más.
—Me voy un tiempo, hasta que mamá no me necesite. Pero voy a volver.
Su abuela sonrió con un toque de tristeza.
—No vas a volver. Solo dices esas cosas para no ponerme triste. Tu padre también las dijo la última vez que vino por aquí y… todavía sigo esperándolo.
—A papá le atormenta no haber estado aquí para el abuelo, no por ti. A ti te añora.
Margery apartó la mirada de su nieto y la bajó hasta el sofá, hasta esas manos que mantenían unidas .
—¿De verdad crees que vas a volver?
—No lo creo, lo sé. Todo lo que hay en Whitefish para mí… Abuela, me marché de Birmingham siendo un hombre completamente destrozado y… aquí he empezado a volver a ser yo. Esto solo va a ser una pausa en el camino, ¿vale? Volveré. Y tanto tú como Sardina os vais a cansar de tener que aguantarme.
La anciana rio.
—Todo lo que hay en Whitefish para ti… —repitió, levantando la mirada después—. ¿Como Beau?
La espalda de Reece se tensó de golpe. La sorpresa de aquellas palabras se reflejó de inmediato en él, resultando imposible de esconder. Tanto que, cuando así lo intentó, solo un titubeo nervioso abandonó sus labios.
—¿C-cómo?
—Oh, vamos, no me tomes por estúpida. Si alguna vez quieres ocultarme algo deberías aprender a ser más discreto.
Lo supe desde que te vi con él el Cuatro de Julio.
Por la forma en la que lo mirabas, sabía que te gustaba.
Y, bueno, cuando hace nada estuvisteis por aquí dándoos abrazos y carantoñas, también fue una buena pista.
Las mejillas de Reece se tiñeron de rojo intenso; las sentía arder.
Que su abuela lo supiera lo ponía nervioso, pero que además los hubiera pillado era información capaz de romperle.
No dijo nada más. Fue incapaz. Solo se movió hasta acomodar la cabeza sobre el regazo de su abuela e intentar anclarse a él como si fuera un punto fijo.
Seguro que ahora le estaba acariciando la cabeza. Odió no ser capaz de sentirlo.
—Me gusta Beau para ti —dijo en un susurro, cerca de su oído—. Es un buen chico, eso es todo lo que he querido que encontraras. Un buen chico, que se preocupe por ti, te cuide y te haga feliz. Uno como el abuelo .
Reece movió la cabeza y buscó la mirada de su abuela de nuevo.
—¿Cuidarás de él mientras yo no esté? Sé que se hace el fuerte, pero estoy seguro de que mi marcha le pesa demasiado. No quiero que esté triste, quiero que siga con su vida y que… lidie con la espera normal, sin…
—Por supuesto, cuenta con ello.
Y con aquellas cinco palabras, Reece se quedó más tranquilo.
Pensó en decirle cómo estaba, pero prefirió no hacerlo. Su abuela era cálida y buena por naturaleza, intentaba siempre entenderle, pero cada vez que había intentado explicarle como su cabeza lo saboteaba ambos terminaban en un callejón sin salida.
Ella convencida de que se la pasaría con un abrazo y una sopa caliente.
Él frustrado de narices.
Así que se guardó aquello para sí. Permaneció con la cabeza sobre el regazo de su abuela y dejó salir de sus labios un comentario sencillo para cambiar de tema:
—Pon el concurso otra vez. Quiero ver si se llevan el bote.
El sonido de la televisión no tardó en llenarlo todo.