Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 46
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Beau llevaba un buen rato despierto cuando Reece abrió los ojos.

Realmente no estaba seguro de haber dormido demasiado en toda la noche. En cuanto colgó el teléfono, a su cabeza le resultó imposible desconectar de toda la información que acababa de recibir, necesitando de inmediato sumergirse en una búsqueda completa sobre qué era lo que le pasaba.

En internet lo llamaban «trastorno de despersonalización» y, aunque resultaba todo un alivio leer una y otra vez que era algo que podía superarse, el menor de los Sinclair no sentía que informarse sobre el tema le estuviese ayudando a entender aquello.

Era todo demasiado abstracto; parecía una de esas cosas que no se entienden si no se viven.

Ahora daba igual. Reece estaba despierto, eso era lo importante.

—Hey, buenos días… —dijo, esbozando una sonrisa cuando este ladeó el rostro para mirarlo. Lo cogió con firmeza del costado y, tirando de su ropa, lo hizo girar hasta qu edar ambos cara a cara—. ¿Has dormido bien? Puedes descansar todo lo que necesites.

—No, siento que he dormido demasiado. No podría seguir ni aunque quisiera.

Beau deslizó la mano por el costado de Reece, subió poco a poco hasta llevarla a su mejilla y acariciarla despacio.

—¿Me sientes?

—No…

El menor de los Sinclair suspiró. Era una mierda, pero aun así mantuvo la sonrisa y la templanza para hacer parecer que aquello no le removía nada por dentro.

—Ya lo harás, no pasa nada —guio la mano hasta colocarla entre ambos y movió los dedos—. Cógeme de la mano, no importa si no lo sientes.

Reece dudó un momento, pero terminó por obedecer. Su mirada se perdió en sus manos unidas, en la forma en la que sus dedos se entrelazaban. No fue una sonrisa lo que apareció en sus labios, pero sí un leve conato de esta que supo a suficiente.

—Me gusta ver como encajan nuestras manos juntas… —susurró, volviendo a mirar a Beau después—. Lo siento. Ayer no te traté como debía, te asusté y… soy una mierda.

—No digas eso, tonto. Todo está bien, no te preocupes, nada de eso importa. Estás aquí, estás bien, estás conmigo… a lo demás que le den.

—Que le den… —repitió.

Silencio. Reece se acercó más a Beau y este correspondió de inmediato. Sus frentes quedaron pegadas, sus narices se rozaron. Quizás no lo sentía, pero el deseo y el ansia de contacto y afecto entre ambos seguían latiendo con fuerza.

—Creo que te debo una explicación…

—Bueno, en realidad he estado investigando por mi cuenta. No te enfades conmigo, ¿vale? Pero, después de que te durmieras, cogí tu teléfono para poder hablar con Penny. ¡No quería decirle nada a tu abuela y que se preocupara! Estaba lloviendo mucho, querría venir…

—Beau…

—¡Y yo necesitaba respuestas! ¡Saber cómo ayudarte! Y y y…

—¡Beau! —Reece elevó ligeramente la voz a la vez que apretaba su mano—. No pasa nada. Has hecho bien. De haber estado en tu lugar yo habría hecho lo mismo, tranquilo.

Los hombros del menor de los Sinclair se relajaron poco a poco, saber que no había metido la pata era suficiente para poder seguir con la conversación.

—¿Qué te ha contado Penny?

—Me ha dicho que esto te ha pasado más veces.

Que a veces pasa por estrés, que otras solo pasa…

También que puede durar horas o días. Que es como si…

estuvieras fuera de tu cuerpo y que te sientes raro y…

La verdad es que la… cosa en sí no la entiendo, pero saber que es algo temporal y que puedes volver de ello me tranquiliza.

Reece suspiró antes de hablar.

—A veces es como… ¿Sabes en las películas cuando enfocan la cara del protagonista pero todo a su alrededor está borroso?

Y la música suena distorsionada, lejana…

como si todos tus sentidos se sobrecargaran y pegasen un petardazo…

Otras veces… literalmente me veo desde fuera, como si estuviese flotando y mi cuerpo ya no fuera mío.

Esas veces son las que más me angustian.

Como ayer. Hasta que no te vi, no… volví a estar… dentro, ¿entiendes?

Beau asintió.

—Gracias por venir a buscarme.

—No tienes que darme las gracias por eso. Lo haré las veces que haga falta .

—No… quiero que tengas que hacerlo más veces, Beau.

—Ni yo tampoco, Reece. Solo digo que, si vuelve a pasar, estaré a tu lado —deslizó el pulgar sobre el dorso de su mano—. Has salido más veces de esto, ¿no? ¿Qué… tienes que hacer ahora para que pase?

—Necesito tranquilidad. Cuando estoy en casa suelo…

ir a ver a mis padres. Estar con ellos me da mucha calma, hacer cosas cotidianas, rutinarias incluso.

En casa también está la que ha sido mi terapeuta durante toda la vida; ella me…

reconduce —levantó los hombros—. Hacía mucho que no me pasaba esto.

Pero desde el divorcio, la pelea, la mudanza…

ha vuelto. Y me da vergüenza. Siento que he fallado…

—No lo has hecho. Cuando alguien tiene un problema de salud mental, es como si el mundo esperara que lo superase y punto.

Y no es así. Estas cosas no solo te pueden pasar una vez; al contrario.

Uno puede recaer muchas veces; es humano, de hecho.

Si no culpamos a una persona por volver a resfriarse tras un catarro, ¿por qué a ti sí?

Reece movió la cabeza, despacio acarició la nariz de Beau con la suya, dejando un beso en el puente de esta después.

—Ojalá pudiera sentirte… —susurró.

—Lo harás pronto, estoy seguro —respondió.

—¿Podemos esperar a besarnos cuando todo vuelva a la normalidad? No quiero… que me beses y no…

Beau asintió, no necesitó que terminase la frase, lo comprendía.

Extendió uno de los dedos de la mano que todavía permanecía entrelazada y lo llevó hasta los labios de Reece.

Lo movió despacio, con mimo, dejando una caricia suave en ellos que nacía del amor que sentía por una boca capaz de hacer que todo lo malo se fuese con un beso .

Reece besó el dedo de Beau. Ambos sonrieron tras el gesto.

—Entonces, tienes que irte —dijo, volviendo a doblar el dedo—. Penny va a buscarte un billete cuanto antes, lo hemos hablado. No… quiero ocultarte nada. Me dijo que había pasado algo con tu madre, que seguramente por eso estabas… No me lo tienes que contar, pero…

—El doctor le ha visto algo extraño durante una revisión. En el pecho. Y ya sabes que ella… —presionó los labios y tragó duro—. Tengo que ir, tengo que estar a su lado…

Beau no había esperado aquellas palabras. Ni su naturaleza ni que fuesen dichas siquiera. Creía que los Sargent eran herméticos, que no contaban sus problemas, y, sin embargo, tenía enfrente a un hombre que le confiaba hasta lo más vulnerable de su ser.

—Por supuesto. Seguro que no es nada, pero tienes que estar ahí. Lo entiendo y…

Beau no pudo acabar la frase, Reece tiró con firmeza de su mano, haciendo que ambos quedaran más cerca, si es que eso era posible.

—Voy a volver. Por favor, necesito que me creas. Voy a volver… No quiero que lo nuestro termine, no… Beau, voy a volver. Todavía no sé cuándo, pero… necesito que sigas creyendo en nosotros. Necesito que me esperes.

Había una pizca de miedo que Beau no podía ignorar, esa pequeña voz en su interior que le decía que no debía confiar, que, estando tan lejos, a Reece no le iba a ser complicado olvidar todo lo que se quedaba en un pueblo perdido en Estados Unidos.

Pero también habitaba en él la certeza de que, a todo el mundo, al menos una vez en la vida, la suerte tenía que estarle de cara. A Beau eso no le había pasado nunca, pero, cuando miraba a Reece a los ojos, se convencía de que él era eso que había estado ansiando.

—Vas a volver —repitió, buscando en parte convencerse a sí mismo.

«Necesito que sigas creyendo en nosotros».

«Necesito que me esperes».

Ese era su papel ahora. Tenía que aferrarse a la esperanza de que todo iría bien.