Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 45
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En cuanto entraron en casa, Beau ayudó a Reece a subir a la planta de arriba, llevándolo hasta el cuarto de baño y encargándose de que pudiera ducharse y deshacerse de todo resto de suciedad.

Aunque no respondía apenas a sus palabras, el menor de los Sinclair no dudó en seguir hablándole, en narrar todo el proceso, en decirle lo feliz que lo hacía estar juntos de nuevo…

Reece no podía sentirle, pero iba a hacer todo cuanto estuviese en sus manos para que supiera que aquello era todo lo que importaba y estaba bien.

Lo ayudó a vestirse con un pijama viejo de Emmet, le secó el pelo y lo llevó hasta el cuarto, haciendo que se metiera en la cama y arropándolo con mimo. De cuclillas a su lado, deslizó una mano por su brazo de forma ascendente y descendente, sin prisa alguna.

—Descansa, ¿vale? —susurró.

Reece asintió.

—¿Te quedas conmigo hasta que me duerma? Me… gustaría que me abrazaras, aunque no pueda…

No tuvo que acabar la frase. Beau se puso en pie y fue hasta los pies de la cama.

Subió, deslizándose hasta poder tumbarse de lado completamente pegado a él, rodeando su cuerpo con firmeza con uno de los brazos.

Besó la parte alta de su espalda, notando cómo este se movía.

Levantó la mirada. Había sacado el brazo de debajo de la sábana y colocado su mano sobre la de Beau, entrelazando los dedos.

No dijo nada. No hubo nada que decir.

Durante un buen rato, solo el silencio llenó la habitación.

Beau no cerró los ojos en ningún momento; se mantuvo abrazado a Reece, controlando su respiración, la tensión de sus músculos…

Solo lo dejó ir al estar seguro de que había caído rendido.

Se incorporó y lo observó en la penumbra.

Su corazón se encogía al verlo así, tan roto.

Se inclinó y besó su sien despacio, abandonando la cama, saliendo del cuarto sin hacer ruido alguno.

De vuelta al cuarto de baño, recogió la ropa del suelo e hizo un ovillo que lanzó dentro de la pila.

Peinó el lugar con la mirada. Sobre la pila se encontraba también el teléfono de Reece, ese que todavía estaba mojado y sucio por el barro.

Su teléfono . Quizás podría llamar a alguien que supiese cómo…

Cogió el móvil y papel; con ahínco, lo limpió, pulsando el lateral para comprobar que seguía funcionando.

Por suerte, así era.

En el fondo de pantalla podía verse una foto de Sardina durmiendo al sol. En otro momento, una imagen así de mona le habría pintado una sonrisa, pero ahora tenía otras cosas que hacer. La más importante: averiguar el código.

«1505» tecleó, en referencia al cumpleaños de su dueño. Pero no.

Resopló. «2112» tecleó, en referencia al cumpleaños de la señora Sargent. Pero no .

Beau sacó el teléfono del bolsillo y, rápidamente, buscó el cumpleaños de Penny. «1302» tecleó el número que le indicaba Google. Pero no.

Se mordió el labio inferior. «1811» tecleó, aun cuando sabía que su cumpleaños no iba a ser la respuesta. Por supuesto, no lo fue.

Guardó ambos teléfonos en el bolsillo y cogió el ovillo de ropa.

Tenía la cabeza demasiado revuelta como para pensar con claridad.

Salió del baño y fue hasta las escaleras.

Bajó; en la cocina la luz seguía encendida y la voz de Charlotte decía algo que, hasta no estar lo suficientemente cerca, no pudo entender.

—¿Deberíamos decirle algo a la señora Sargent? Emmet, es su nieto…

—No —interrumpió Beau—. Va a preocuparse, va a querer venir y… Cuando consiga desbloquear el teléfono de Reece, le pondré un mensaje y… me inventaré algo. Mañana le contaremos todo, con calma.

Emmet asintió mostrando que estaba de acuerdo.

—Beau, ¿qué acaba de pasar? —preguntó su cuñada.

—N-no lo sé —respondió con voz temblorosa—.

Dice que no siente nada, que… ¿Por qué no siente nada?

¿A quién le pasan esas cosas? —se frotó la cara con una de las manos—.

Estoy perdido, necesito ayuda, necesito…

por favor, quiero que esté bien… —presionó los labios y miró a Emmet—.

Sé que dijiste que no viniera a buscarte cuando me quemara, pero…

El menor de los Sinclair no pudo acabar siquiera la frase. Su hermano extendió el brazo y lo cogió de la muñeca, tirando de él para poder abrazarlo y besarle la cabeza.

—Yo siempre estoy aquí, ¿vale? No debería haberte dicho aquello …

Charlotte también llevó una mano hasta la espalda de Beau y la acarició, dedicándole una sonrisa cuando sus miradas se encontraron.

—Vamos a encontrar qué le pasa y… todo tiene respuesta, ¿vale?

Tranquilo —le dijo, cogiendo el manojo de ropa para poder llevarlo hasta la lavadora—.

No queréis decirle nada todavía a la señora Sargent, me parece bien, ¿pero con quién hablamos?

¿Tiene Reece amigos o alguien con quien podamos hablar?

—Su exmujer. Han estado diez años juntos y él siempre dice que es su mejor amiga.

—Pues la llamamos, ¿no? —Emmet se encogió de hombros.

Beau sacó el teléfono de Reece de su bolsillo y pulsó el lateral, mostrando la pantalla después a ambos.

—Si se os ocurre cómo sacar el código, lo hago encantado.

Emmet y Charlotte se miraron.

—¿Has probado su cumpleaños? —preguntó su hermano.

—Sí, también el de su ex mujer y el de su abuela. Nada.

—¿Has probado el tuyo? —inquirió Charlotte.

Ambos lo miraron.

—¿Qué? ¿Vamos a fingir que no son novios? ¡Tu código es mi cumpleaños! —exclamó, señalando a Emmet con el dedo.

—También lo he intentado. Nada.

Los tres quedaron en silencio, pensativos.

—¿Algo relacionado con el rugby? —propuso su hermano.

—Joder, espero que no, no tengo ni idea de eso…

—¿Hay algo que le guste mucho? Aparte del rugby —dijo Charlotte—. Una película, una canción, un …

—Es muy fan de Queen. Le encanta Freddie Mercury.

Lottie sacó su teléfono y tecleó algo rápidamente.

—Freddie nació el cinco de septiembre de 1946.

Beau probó con «0509». Nada. Negó al volver a mirar a su cuñada.

—Vale, espera… —tecleó algo de nuevo—. «Queen se formó en Londres en 1970, con Freddie Mercury, Brian May y Roger Taylor, tras la disolución de la banda Smile.

Aunque comenzaron a tocar juntos ese año, la formación clásica definitiva, con la incorporación del bajista John Deacon, se consolidó en 1971.

Su primer álbum homónimo fue lanzado en 1973». Prueba eso: 70, 71 y 73 —apremió.

Beau obedeció. Probó con «1970», «1971» y «1973». Nada.

—¿Cuál es su canción favorita de Queen? —preguntó Emmet.

—No me lo ha dicho —una media sonrisa se pintó en sus labios—. Le gusta mucho asignar canciones de Queen a las personas que le importan. Me dijo que… —de golpe, algo hizo clic —. ¿En qué año salió la canción «Good Old‐Fashioned Lover Boy»?

Charlotte tecleó de nuevo.

—1976.

«1976». El teléfono se desbloqueó ante los ojos de Beau. Levantó el móvil y lo mostró.

—Bingo.

—¡Bien! ¿Cómo has caído en eso?

—Reece me dijo que era mi canción de Queen —se encogió de hombros.

Encontrar el número de Penny fue sencillo. Reece la tenía guardada en su agenda la primera, como ese contacto para emergencias que uno siempre tiene. Ese detalle hizo que el menor de los Sinclair se sintiese más seguro de su decisión de hablar con ella.

Abandonó la cocina; necesitaba privacidad para tener una conversación así.

Cogió su chaqueta de detrás de la puerta y salió al porche, abrigándose mientras observaba unos segundos la lluvia caer todavía con fuerza contra la hierba.

Cuando el primer pitido alcanzó su oído, ya había tomado asiento en una de las mecedoras que allí tenían.

—Dios, Reece, buenos días a ti también…

Mierda , la diferencia horaria. No había pensado en eso. El corazón de Beau dio un brinco; su voz tembló al intentar decir una frase con sentido.

—L-lo siento mucho, Penny. No soy Reece, soy… Beau.

—¿Beau? ¿Beau Sinclair? ¿El chico al que le encantan las vacas?

El menor de los Sinclair rio nervioso.

—S-supongo… sí, ese.

—Oh, vaya, no esperaba esto. Aunque me hace ilusión hablar contigo. Reece no para de contarme cosas de ti y de lo que hacéis juntos, y yo siempre le digo que tiene que dejar que nos conozcamos de una vez —rio—. ¿Al fin se ha animado?

Beau suspiró.

—No…

—Espera, Reece está bien, ¿verdad?

—No…

Un pesado suspiro se escuchó al otro lado de la línea. Otra voz femenina se sumó a la conversación preguntando qué estaba pasando.

—Algo le pasa a Reece… —respondió Penny—. ¿Ha dejado de sentir otra vez?

—Sí…

—Mierda. Alex, a Reece le ha dado otra crisis …

Alex soltó un improperio, pero Beau no le prestó atención.

—¿Crisis? ¿Otra? Penny, no sé con quién estás, pero necesito que te centres en mí.

—Sí, lo siento, lo siento… —suspiró de nuevo—. Vale… escucha. No es fácil de explicar, pero… a veces Reece siente como si no estuviera dentro de sí mismo. Es como… como si se desconectara. Como si su cuerpo siguiera ahí, hablando, moviéndose, pero él lo viera todo desde fuera, ¿entiendes?

—Más o menos…

—Puede oírte, puede responder… pero por dentro se siente raro, vacío, como si nada fuera del todo real.

Le pasa desde que era pequeño; son como…

crisis. Más intensas, menos. Hay veces que está bien, pero otras…

le vienen así, de golpe. Y cuando pasan, se asusta mucho, porque siente que pierde el control, que deja de ser él por un momento…

Sé que es algo muy difícil de entender, a mí misma me cuesta y he estado ahí muchas veces para ayudarle, pero…

Dios, ¿puedes imaginar el miedo que debe dar no sentir nada?

Ver que te están tocando pero tú… no lo notas…

—¿Y… eso le dura mucho? ¿Cuándo le pasa?

—Depende… —admitió—. A veces son unos minutos.

Otras… puede estar así más rato: una hora, incluso más si está muy mal.

La peor que yo recuerde fueron unos días.

Y… le pasa cuando le pasa. Puede pasar cuando está estresado, cuando algo le supera…

pero también le ha pasado sin motivo. Es como si su cabeza se desconectara para protegerse.

Beau sintió cómo su cuerpo se ponía a temblar. No quería, pero la angustia y el miedo se apoderaron de sus adentros e hicieron que el llanto lo sacudiera por completo. Intentó tomar aire, calmarse, pero estaba demasiado sobrepasado como para conseguirlo.

—Beau… —Penny pronunció su nombre dulcemente—. Lo importante es que va a pasar, ¿vale? Siempre lo hace. Sé que ahora es raro e intenso, pero Reece está ahí, solo… necesita tiempo y a alguien que esté ahí con él.

—¿Crees que puedo ayudarle?

—Claro. Tienes que estar ahí, háblale con calma, recuérdale dónde está, que no está solo… cosas sencillas.

—¿Y si ha sido por mi culpa? ¿Y si yo le he…?

—No. Beau, no —dijo con firmeza—. No funciona así.

No es algo que tú provoques por decir una cosa u otra.

Es… la forma en la que reacciona su cerebro cuando algo le supera, aunque a veces ni siquiera sepamos qué ha sido exactamente —suspiró—.

Entiendo que lo pienses, de verdad, pero no es culpa tuya…

Me pidió ayer que le ayudase a buscar billetes para volver, algo ha pasado con su madre. Seguramente ha sido eso.

—¿S-su madre? ¿Qué le pasa a su madre?

—No lo sé. Beau, los Sargent son cerrados como puños. Las cosas que les pasan las gestionan entre ellos y te piden que dejes distancia. Es una de las pocas cosas malas que tienen. En su pequeña piña de tres no tienes lugar. No te comas la cabeza con eso, por favor.

El menor de los Sinclair se frotó la cara, limpiándose así las lágrimas.

—¿Irse a casa le ayudará a estar mejor?

—Quizás…

—Pues entonces consíguele un vuelo cuanto antes, por favor. Yo… no quiero que se vaya, pero… por encima de todas las cosas quiero que esté bien. Si lo necesita…

—Eres una buena persona, Beau .

Bajó la cabeza. Quizás Penny tenía razón, pero el dolor que suponía saber que tenía que dejarle ir lo mataba lentamente. La fecha de caducidad de lo suyo había llegado tan rápido que ni siquiera habían podido disfrutar de verdad de lo que eran.

—Gracias, Penny. De verdad…

—De nada. Háblame cuando despierte, ¿sí? Manténme al día de lo que sea…

—Lo haré. Tú avísame cuando tengas los billetes.

Y colgó. Con el corazón destrozado miró de nuevo la lluvia.

«Y luego está la tercera. Cuando llega, el aire se enfría de golpe y, antes de que puedas hacer nada para cambiarlo, ya la tienes encima.

No es solo agua. Es un frío que se te cala en los huesos y no se va.

Esa lluvia rompe cosas. Cosas de verdad.

Importantes. A veces son ramas, a veces son casas…

y a veces son cosas muy difíciles de reparar».