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Sentado en el suelo del salón, con la mirada fija en la pantalla del ordenador, Reece buscaba vuelos a Londres lo más pronto posible. Sin el dinero como excusa, las opciones para viajar parecían inagotables. Sin embargo, había algo en sus adentros que lo llevaba a no escoger ninguno en concreto.
No quería irse, no quería alejarse de Beau y eso pesaba de una forma inesperada.
Pero debía hacerlo. Desde que llegara a Whitefish, en cada una de sus crisis, Beau Sinclair había sido el único capaz de anclar a Reece a la realidad.
A él podía sentirlo. Desde una caricia sutil hasta un pellizco, él siempre estaba ahí con su calor y tacto suave.
Darse cuenta de que hasta él había desaparecido destrozaba sus esquemas. Estaba jodido.
Abrió una pestaña nueva en su buscador y tecleó algo:
«¿Por qué no puedo sentir nada?»
La misma búsqueda que había querido hacer miles de veces y a la que nunca se había atrevido. Su dedo planeó sobre el Enter , releyó las palabras una y otra vez, pero finalmente cerró la pestaña y se dejó caer contra el suelo acompañado de un resoplido.
Reece miró el techo. Formas extrañas y sin sentido aparecieron ante sus ojos.
Todo lo sucedido el día anterior se agolpó en su cabeza, creando una maraña de pensamientos que se enredaban unos con los otros hasta formar un zumbido desagradable.
Se cubrió las orejas y cerró los ojos. Sus dedos se curvaron, sus uñas se clavaron con fuerza contra la piel.
Un maullido lo devolvió a la realidad borrosa en la que existía. Sardina se frotaba contra él buscando atención, y Reece decidió dársela. Le rascó la cabeza y le acarició el lomo, ansiando sentir algo: quizás las cosquillas del roce de su pelaje… Pero no.
Suspiró y apartó la mano mientras el animal se acomodaba contra su costado.
Reece cogió su móvil. El seleccionador Williams le había mandado un nuevo mensaje.
Williams: Dame unos días para pensarlo.
Williams: Podemos hablar cuando estés de vuelta.
Como toda respuesta, envió una mano con el pulgar levantado.
El seleccionador le había hablado la noche anterior para hacerle saber que seguía en duda para el «Seis Naciones». Su talento era indudable, pero estaba inestable, tanto mental como emocionalmente, así que no sabía si era apropiado convocarle o no.
Aquella noticia había dolido. Sin embargo, no era la que lo había roto. Por alguna razón, después de lo sucedido en Portia, no sentirse obligado a volver a Inglaterra tan pronto no parecía algo tan malo como antes.
Bajó un poco más por las conversaciones hasta encontrar el chat que compartía con Isaac y Rowan, dos compañeros de equipo a los que consideraba algo cercano a amigos.
Rowan: Ni te rayes, tío .
Rowan: Ya los han eliminado.
Como toda respuesta, mandó una mano con el pulgar levantado.
La tarde anterior habían aparecido varios comentarios de «nenaza» y «maricón» tras colgarse la noticia de que no había vuelto a entrenar con el resto del equipo.
Rowan y Isaac se lo habían hecho saber con buenas palabras, asegurando que los Cavaliers ya habían borrado y bloqueado las cuentas en cuestión. Estaban de su parte.
Aquellas palabras habían dolido. Sin embargo, no eran las que lo habían roto. Por alguna razón, después de lo sucedido en Portia, aunque dolieran por su naturaleza, aquellas malas palabras afectaban menos a su equilibrio mental.
Descendió un poco más por las conversaciones hasta llegar al chat con su madre. Le había mandado un mensaje nuevo, un audio. Se acercó el teléfono a la oreja. Al escuchar su voz, esperó sentir de nuevo esa calidez y ese amparo que con ella siempre sentía.
«—Mi vida, sabes lo que significa para mí oír que quieres venir y estar a mi lado.
De verdad. Pero escúchame bien, ¿vale? No quiero que tomes esta decisión desde el miedo.
Quiero que vengas si estás seguro de que no va a suponerte problemas con esos carroñeros, ¿sí?
No quiero que te vuelvan a hacer daño. No sabemos nada, lo que han visto los médicos podría ser cualquier cosa, incluso una tontería.
Además, papá estará conmigo todo el tiempo…
—suspiró—. No quiero que sientas que tienes que venir a «salvarme», porque no es así.
Piénsalo bien, por favor. Te quiero mucho».
Pero no fue así.
No sintió nada, solo el vacío horrible que aquella noticia había traído consigo .
Aquello era lo que lo había roto por completo.
Ni el rugby, ni lo que otros pudieran pensar, ni siquiera ese supuesto comentario de Kurt que Beau había mencionado antes.
No. Todas aquellas cosas habían perdido su importancia.
Los médicos habían visto algo, no sabían el qué, no sabían si era grave, no sabían nada.
Aquello suponía pruebas, tiempo en el hospital, volver a ese miedo que, incluso siendo tan pequeño, había asolado sus adentros.
La primera vez que Reece dejó de sentir el mundo que lo rodeaba fue al saber que su madre estaba enferma. Y una vez más, esa misma noticia había roto su mundo.
Aun en el estado extraño que estaba, se acercó el teléfono a la boca.
—Penny está mirando vuelos. En cuanto sepa algo te digo —grabó; corto, directo. Su mente no estaba lo suficientemente ordenada como para decir otra cosa.
Daba igual cuál fuese el motivo detrás de aquel viaje. Si su madre lo necesitaba allí, Reece estaría el primero, como todas y cada una de las veces que había sido necesario. Durante la operación de rodilla de su padre había vuelto desde Australia a toda prisa; ¿cómo no iba a hacerlo ahora por ella?
Salió del chat. Iba a lanzar su teléfono lejos para no seguir pensando, pero vio algo.
Ver la foto de perfil de Beau hizo que todo se detuviera unos segundos. En la foto estaba sentado en el suelo, con Sardina en sus brazos y esa sonrisa tan encantadora de la que era dueño. Lo observó en silencio, haciendo zoom para poder perderse en todos sus detalles.
No pudo evitar pensar en aquel abrazo. Ser consciente de que lo estaba rodeando con sus brazos, pero no sentía nada, había sido horrible. Ni su calor, ni su tacto. Nada. La persona a la que ansiaba sentir todo el tiempo se había diluido en la nada como todo lo demás.
«Pretendes que no me importe. ¡Pues me importa, joder! ¡Me importa mucho!».
Aquellas palabras resonaron en su cabeza. ¿Le seguiría importando si sabía la verdad? ¿Y si nunca más volvía a sentir? ¿Podría Beau estar con alguien que vivía en un mundo borroso? Uno en el que nada lo afectaba, en el que las cosas perdían su sentido.
Reece se incorporó, dobló las piernas y escondió el rostro contra estas, soltando un sonoro grito que le rajó la garganta.
Sardina salió corriendo. Despacio, llevó la mano libre hasta la pierna, buscó una porción de carne que pudiera agarrar con fuerza y clavó las uñas varias veces intentando sentir algo.
Algo. Lo que sea. Por favor.
Pero no sintió nada.
—Joder, joder, joder… —farfulló.
Al levantar la cabeza y observar el exterior, vio como la lluvia golpeaba con fuerza los cristales de la casa de su abuela. Observó en silencio la oscuridad que abrazaba Whitefish, las gotas que se deslizaban por la ventana hasta morir contra la madera del alféizar.
En un impulso se puso en pie, metió el teléfono en el bolsillo y fue hasta la puerta.
La abrió y, sin calzarse siquiera, salió a la calle y levantó el rostro, dejando que la lluvia le golpease con toda su fuerza.
Las gotas caían contra su piel, húmedas y frías, como debía ser.
Pero Reece no sintió nada, y eso le agitó el pecho todavía más.
Dudó un instante, pero, tras cerrar la puerta, salió corriendo sin mirar atrás.
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El cuerpo de Reece cayó como un peso muerto contra el suelo. La lluvia seguía precipitándose sobre él. Estaba empapado de la cabeza a los pies, el frío calaba sus huesos, se clavaba como un puñal… Pero no lo sentía.
Extendió las piernas y los brazos, formando una cruz con estos últimos.
Ladeó el rostro, observó el suelo sobre el que estaba tumbado y movió primero los dedos y después las manos con ahínco.
Levantó una de ellas, esa que sus ojos podían observar.
El barro lo había ensuciado todo, pringaba sus falanges… Pero no lo sentía.
Sin saber demasiado bien por qué, le dio un ataque de risa.
Su mirada volvió al cielo. ¿Y si se quedaba ahí toda la noche? ¿Sentiría algo entonces? No lo sabía, pero ¿qué era lo peor que podía pasar? Quizás morir de frío. ¿Pero no era todo aquello ya como estar muerto en vida?
Una de sus manos volvió hasta el pantalón y sacó el teléfono. Tras marcar, se lo llevó a la oreja. Si aquella noche le pasaba algo, quería al menos poder despedirse de alguien.
—Hola —dijo al escuchar que descolgaba.
—Hola… —respondió Beau—. ¿Dónde estás? Oigo mucho ruido…
—¿Estás viendo cómo llueve?
—Sí… estoy en mi cuarto, desde la ventana puedo ver la lluvia. ¿Tú también?
—Sí… la veo, pero no… —rio, roto—. La siento.
Silencio.
—No siento nada, Beau. Nada. No… siento la lluvia, ni el barro, ni… a ti…
—Estás volviendo a asustarme, ¿dónde estás ?
—No sentir nada es… una pasada, ¿sabes? Porque tampoco siento tristeza, ni miedo… Desde aquí veo… los coches pasar por la carretera. Ahora mismo podría salir corriendo con los ojos cerrados y no… tendría miedo de cruzar. Quizás ni siquiera sentiría dolor si…
—No digas eso. Por Dios, no… Por favor, dime dónde estás…
—¿Para qué?
—Para ir a buscarte. Para traerte a casa conmigo.
Reece rio de nuevo de forma amarga.
—¿Y por qué harías eso? Beau… no siento nada. No te siento. ¿Por qué ibas a querer…? Es como si estuviera muerto. Nada me importa…
—¿Yo no te importo?
Silencio.
—Tú siempre me importas… —respondió con honestidad.
—Entonces dime dónde estás. Déjame cuidarte…
Reece rompió a llorar, con el brazo libre se cubrió la cara.
—¿Por qué querrías estar conmigo? No siento nada. Ni siquiera cuando estoy contigo.
—Porque yo sí lo hago y sé que sentimos lo mismo.
Eso que llevamos sintiendo desde que nos besamos en el campo de rugby, que ha ido creciendo y colándose en nuestro sistema hasta existir siempre con nosotros.
Todo lo que sentimos en Portia. Sé lo que siento por ti, lo que tú sientes por mí y, aunque ahora creas que se ha marchado para siempre, yo sé que es tan fuerte que…
nada puede borrarlo. Solo se ha escondido. Podemos encontrarlo, juntos.
—¿Y si nunca vuelvo a sentirte, Beau? ¿Y si estoy así siempre?
—No importa. Me da igual cuánto tenga que esperar a que vuelva, estaré aquí .
Reece soltó un sollozo ahogado.
—Dime dónde estás. No tienes que pasar por esto solo… Por favor…
—En el campo de rugby.
Beau dijo algo más, pero Reece no lo escuchó. El brazo con el que sujetaba el teléfono cayó contra el suelo y el móvil quedó hundido en el barro. Sus ojos se abrieron, observó el cielo de Whitefish, llorando de un modo que parecía indicar que estaba a punto de romperse.
Cerró los ojos.
Pareció un segundo, pero ni siquiera el tiempo tenía ya sentido.
—¡Reece!
Al escuchar su nombre, abrió los ojos de nuevo.
Iluminado por un pequeño haz de luz, Beau apareció rasgando aquella negrura y cayó de rodillas contra el suelo a su lado.
La luz venía de su teléfono, ese mismo que no dudó en lanzar a cualquier lado para poder cogerlo a él.
Le temblaban las manos; podía ver, de hecho, cómo todo él temblaba.
Estaba escondido bajo un chubasquero amarillo que le quedaba demasiado grande para ser suyo.
—Reece, por Dios, Reece… —repitió, lloroso.
Lo ayudó a incorporarse, a quedar sentado en mitad del campo. De nuevo vio sus manos viajar de un lado a otro, cómo se deslizaban por su cuerpo hasta terminar por enmarcarle el rostro. Pero no lo sentía, y eso le despertaba un dolor tan intenso que ni siquiera las palabras podían hacerle justicia.
—Estás congelado… —añadió y, sin dudar, recortó cualquier distancia para abrazarlo, tirando de él hasta hacer que se colocara contra su cuerpo—. Ya está, ya está, estoy aquí… —susurró, acunándolo despacio—. No estás solo, he lleg ado… ¿Estás bien? Por Dios, Reece dime algo, lo que sea…
La mano de Reece subió hasta agarrarse al chubasquero y su cabeza se movió hasta encontrar acomodo sobre el hombro de Beau. No lo sentía pero, de poder hacerlo, sabía que habría deseado esconder el rostro en su cuello y perderse en su aroma.
—Reece… —susurró—. Me has llamado Reece… tú nunca me llamas Reece…
Beau rio, una de esas risas nerviosas que uno no sabe de dónde salen.
—Es que me gustas mucho, ¿sabes? Pero no quería que te lo creyeras demasiado.
Reece sonrió, cansado, pero una sonrisa al fin y al cabo.
—No te siento… quiero sentirte…
—Hey, no pienses en eso ahora, solo respira. Nos vamos a casa, ¿vale?
Un asentimiento fue toda respuesta que se vio capaz de dar.
Reece movió la cabeza para poder mirar sobre el hombro de Beau. A no mucha distancia, dos haces de luz más intensos rompían también la oscuridad. Eran los faros de una camioneta. Ccubiertos por un paraguas, Emmet y Charlotte observaban aquella escena.
Habían venido a buscarle. Iban a llevarle a casa.
Reece cerró los ojos.