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—En unos quince días estarán listas. Pero no os preocupéis por eso, en cuanto las tengamos de vuelta del horno yo os las hago llegar —respondió, esforzándose en mantener la sonrisa.
Aunque el taller había ido de maravilla y los chicos estaban encantados con la experiencia, la cabeza de Beau estaba en cualquier lugar menos allí. No había vuelto a hablar con Reece en toda la tarde. De hecho, había hecho todo lo humanamente posible por no mirarle siquiera.
¿No quería que lo dejara en paz? Pues deseo concedido.
Cuando los chicos se marcharon, el menor de los Sinclair cargó la caja con las tazas hasta el almacén y las colocó en su lugar para poder mandarlas al día siguiente al horno.
Habría que prepararlas primero, pero tenía la moral por los suelos, así que ese sería un problema de su yo del día siguiente.
Repasó aun así que estaban todas, asegurándose de que habían anotado bien de quién era cada una.
No pudo evitar quedarse mirando la del patrón de vaca.
¿Cómo era posible que hubiese sido así de borde y, a la vez, le hubiera hecho un detalle tan mono?
Suspiró, buscó el teléfono en su bolsillo y pulsó el lateral, pero solo se encontró con la decepción de una pantalla vacía. Ni un mensaje de Reece.
Idiota .
Con intención de llevarse uno de los dulces que habían sobrado de la mañana y poner rumbo a casa, Beau salió del almacén, pero se detuvo al ver a Reece de pie en mitad de la sala.
En realidad, desde que lo conocía, no había tardado en quedarle claro que era un hombre más de hablar las cosas a la cara que por mensaje.
—Hey.
—¿«Hey»? —puso los ojos en blanco y se movió por la sala, centrándose en recoger, buscando algo que pudiera ayudarle a contener su cabreo—. ¿Qué haces aquí?
—Quería… disculparme. Siento haberte hablado así antes.
—Disculpas aceptadas. ¿Eso es todo?
Y lo miró, esperando leer algo, descifrar qué le estaba pasando. Pero nada, era como si el Reece que tenía delante fuese una versión diferente a la de siempre, desconectada de lo que estaba pasando. De hecho, tras asentir como única respuesta, se llevó las manos a los bolsillos y se dispuso a irse.
No pudo contenerse. Beau lanzó contra el suelo los pinceles que tenía en la mano.
—¿¡En serio!? ¿¡Te vas!? —exclamó.
—Ya te he dicho antes que no quería hablar del tema.
—¡Ah! ¡De locos! Pues nada, ha sido genial este tiempo contigo. Que te vaya bien.
Reece frunció el ceño, titubeó y se frotó la cara con una de las manos.
—¿E-estás rompiendo conmigo?
—¿Tú no? —preguntó Beau sin ser capaz de entender qué estaba pasando .
—No, yo… quiero que me esperes.
El menor de los Sinclair rio sarcásticamente.
—¿Pretendes que te espere cuando no me cuentas por qué te vas ni cuánto tiempo? Joder, si ni siquiera estás seguro de que vayas a volver…
—He dicho que volver es el plan.
—Eso no me tranquiliza —Beau se frotó la cara con ambas manos—.
Es que… ni siquiera lo nuestro es lo que tengo ahora en la cabeza.
Eres tú, es lo preocupado que estoy por ti.
Ayer, cuando hablamos, estabas bien… Y ahora de repente te vas, no me quieres decir nada, estás como…
ausente, como… ¡Raro! Y… y… y pretendes que no me importe.
¡Pues me importa, joder! ¡Me importa mucho! No… puedes irte así…
Reece se movió por la sala hasta encontrar un taburete donde poder sentarse.
Se echó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas, tomando después una profunda inspiración.
Bajó la cabeza también; sus ojos observaban fijamente sus dedos, esos que hacía que se encogieran y extendieran una y otra vez.
—No sé qué me pasa. N-no sé explicar qué me pasa.
Me pasa y… me pasa… N-no… Tengo que ir a casa, tengo…
M-mi madre y… En casa… me arreglan, me… —las palabras salían atropelladas, sin un sentido real—.
Todo está… extraño. Todo es… lejos… borroso…
todo… —cerró los ojos con fuerza y se encogió todavía más, con las mano se cubrió por completo el rostro—. No puedo… no soy yo... N-no… no… no…
Aún sin comprender, asustado, Beau se acercó hasta donde Reece estaba. Descendió y se puso de rodillas frente a él, aferrándose a sus brazos con firmeza, deslizando el pulgar sobre su piel en ese gesto que sabía que le era agradable .
—Mírame… —pidió en un susurro, tirando de sus brazos para que pudiera mirarle de nuevo—.
Creo que te está dando un ataque de ansiedad o…
—presionó su piel y se esforzó en parecer lo más tranquilo posible, incluso en sonreír—.
Respira, ¿vale? Estás conmigo. Yo nunca dejaré que te pase nada malo.
Los dos estamos muy nerviosos… ¿Quieres un granizado?
De sandía, ¿eh? Y podemos ir al campo de rugby… hablemos con calma…
Reece lo observaba en silencio. No, realmente no a él.
Beau no tardó en darse cuenta de que lo que su chico estaba mirando era cómo sus manos lo tenían agarrado.
Aquello no le resultaba importante; él era el primero que evitaba mirar a la cara en situaciones así, pero ver algo similar al miedo en su rostro sí empezó a preocuparlo.
Se deslizó despacio, recortando la distancia entre ambos, envolviéndolo en un abrazo totalmente honesto, pero lo suficientemente lento para que él pudiera romperlo si no lo quería. Pero no lo hizo. De hecho, notó sus manos caer contra su espalda de golpe.
Esperó un llanto. Unas nuevas palabras desordenadas, tal vez.
Pero no las que escuchó.
—No te siento —susurró Reece en un hilo de voz.
Beau echó la cabeza hacia atrás y lo buscó con la mirada.
—¿Qué?
—No te siento… No te siento… No te siento… —repitió, roto.
Reece se revolvió de forma exagerada, huyó del contacto de Beau y se puso de pie con tanto ímpetu que el taburete salió despedido. Tomó varias bocanadas de aire de forma exagerada y, tras una mirada rápida a Beau, salió de la sala con paso acelerado .
—¡Espera! —gritó el menor de los Sinclair, poniéndose de pie, corriendo hasta él.
Reece ya había abierto la puerta del Cherry. De hecho ya tenía un pie fuera cuando Beau lo cogió del brazo y tiró de él. Cuando volvió a mirarlo, negó con insistencia.
—No te vayas, no así… ¿Cómo que no me sientes? Me estás asustando…
Reece observó el brazo que Beau tenía cogido. Despacio, lo movió, haciendo que lo soltara. Elevó la mano hasta el rostro ajeno y deslizó uno de los dedos sobre la cicatriz que cruzaba el puente de su nariz.
—¿Me sientes? —preguntó Beau con desesperación en la voz.
Para su sorpresa, los ojos de Reece se empañaron.
—No… —respondió con voz rota.
El menor de los Sinclair volvió a cogerlo del brazo, pero Reece negó.
—Déjame… por favor…
—No, no así…
—Por favor… Necesito… por favor…
Beau presionó los labios, sus dedos se curvaron y apretaron con más fuerza el brazo de Reece. No quería dejarle ir. No podía pensar en nada peor que dejarle marchar solo, tan roto. ¿Qué sería de él? ¿A dónde iría? ¿Y si le pasaba algo en ese estado?
Bajó la mirada y observó la forma en la que sus dedos se aferraban a él. Después volvió a mirarlo con la vista ya empañada.
—Beau, por favor… —insistió Reece.
Tuvo que dejarlo ir.
Verle marchar fue como recibir una puñalada en el corazón.