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Por millonésima vez desde que llegara al Cherry aquella tarde, Beau volvió a comprobar que, sobre las mesas, estaban dispuestas todas las cosas necesarias para el taller. Contó los pinceles, revisó que tenían todos los colores, platitos, botes con agua…
—Está todo. Todo está bien… —susurró para sí mismo, atusándose el pelo después.
La cabeza le iba a mil por hora. Sabía que era un taller tonto; si salía mal, Hunt no iba a quejarse a Roberta y él no se iba a meter en problemas, pero aun así quería que todo fuese perfecto.
No, quería no: lo necesitaba. Después del varapalo con la universidad, el menor de los Sinclair necesitaba algo que lo convenciera de que su plan de futuro tenía sentido.
Levantó la mirada y buscó el reloj de pared. En quince minutos estarían todos allí.
No pudo evitar dibujar en el rostro una mueca de decepción. Reece no había acudido antes, tal y como habían hablado, y eso no le era indiferente. Buscó su teléfono y abrió el chat con él, releyó los mensajes por si lo había entendido mal .
Beau: Podrías venir un ratito antes del taller al Cherry.
Beau: Así me haces compañía y me ayudas a templar los nervios.
Reece: ¡Claro!
Reece: Voy pronto y te echo una mano.
Reece: Y después del taller puedes venir a cenar a casa de mi abuela.
Reece: Lleva días diciendo que tiene ganas de verte.
Pero no. ¿Y si le había pasado algo? No, no podía pensar esas cosas ni ponerse en lo peor siempre; seguramente le había surgido algo de lo que no podía escaquearse.
De repente, el sonido de una campanilla lo sacó de sus pensamientos. Ahí estaba. Se había preocupado por nada. Beau no pudo evitar dibujar una sonrisa amplia en los labios, una que se borró cuando vio que, quien entraba en el local, era Willis Hunt.
—Entrenador, ha llegado pronto.
—Sí, quería hablar contigo un poco antes de… —hizo un gesto ambiguo con la mano.
Beau frunció el ceño. Aun sin llegar a comprender, se hizo a un lado y le indicó con el brazo a Hunt que podía pasar. El hombre tomó asiento, gesto que Beau no tardó en imitar.
—Sé que… empezaste en esto del rugby por todo lo que te pasó con Sargent, pero… me gustaría pedirte que siguieras siendo mi ayudante durante todo el verano.
—Ehm… sí, claro, hasta que Sargent diga lo contrario yo seguiré en el equipo.
—Por eso mismo lo digo. Ahora que Reece se va, me gustaría que tú no nos…
Aquellas palabras resonaron en la cabeza de Beau, clavándose en sus adentros como un millar de pequeños puñales. ¿Cómo que se iba? ¿Cuándo? ¿Ya no pensaba volver? El corazón empezó a latir acelerado, el nudo en la garganta se tensó hasta ser angustioso.
—¿Reece se va?
—Lo ha comunicado esta mañana. Tiene que volver a Inglaterra por algo personal.
—Pero… ¿piensa volver? ¿Qué va a ser del equipo sin él?
—Ehm, pues no lo sé. Cuando dijo que era por algo personal y que no quería hablar de ello, sentí que no debía hacer preguntas —Hunt extendió el brazo y le dio una firme palmada a Beau en el suyo—.
¡Y no te preocupes por el equipo! Nos irá bien.
Reestructuraremos la plantilla, Kurt también se ha ido… ¡Pero nos irá bien! —insistió.
Pero no iba a ir bien. Nada podía ir bien.
La campanilla sonó de nuevo. Voces que reconoció de inmediato empezaron a llenar el local. Los chicos habían llegado; estaban ilusionados por el taller y, aunque en cualquier otro momento eso habría llenado a Beau de felicidad, ahora le era imposible disfrutarlo.
«Reece se va».
«Reece se va».
Reece fue el último en llegar. En cuanto sus compañeros lo vieron entrar en el local, todos se acercaron a él para darle abrazos y asegurar lo mucho que iban a echar de menos su presencia en el equipo y el campo.
El nieto de la señora Sargent parecía desconectado.
Algo en su gesto era diferente, nervioso de una forma que Beau solo había visto en él una vez.
La noche en su casa. Sentado en las escaleras de la casa de su abuela.
Algo había pasado, pero no era capaz de imaginar qué exactamente.
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—Lo que vais a hacer es pintar vuestra propia taza, así que elegid una de las que tenéis sobre la mesa.
Mi recomendación es que, primero, penséis el diseño y hagáis un boceto ligero con lápiz.
Así luego os será más fácil conseguir que el resultado se parezca a lo que tenéis en mente.
La lija junto a los lápices es para borrar errores, por cierto.
Y, ehm… Ah, hay dos tipos de pinceles: finos para detalles y más gruesos para rellenar espacios.
Intentad no cargarlos demasiado para evitar manchas.
Es mejor aplicar varias capas finas que una muy gruesa.
Y… —dio una suave palmada—. Nada más. Tomaos vuestro tiempo y disfrutad del proceso, ¿de acuerdo?
Estaré paseando por aquí para echaros una mano.
El sonido de las voces de los chicos del equipo se entremezcló con el de los lápices, las lijas y el suave tintineo del choque de los pinceles contra los botecitos de cristal.
La verdad es que Beau no había imaginado tanta preparación por su parte.
Algunos de los jugadores habían buscado diseños en sus teléfonos y los tenían expuestos encima de la mesa.
Otros tenían dibujos hechos por algún ser querido para intentar plasmarlos.
Hunt, por su parte, intentaba dibujar con cierta maña unos croissants.
—Se la quiero regalar a Teddy. Iremos a París por nuestro próximo aniversario —dijo.
A Beau le pareció una idea adorable.
Aunque intentó parecer casual y pasear por todo el espacio como si ninguno de sus alumnos le resultase más importante que los demás, aquello era una burda mentira. En cuanto pudo, dirigió sus pasos hacia la mesa en la que se encontraba Reece pintando en silencio, completamente solo .
—Hey… —saludó, tomando asiento frente a él—. ¿Quieres que te eche una mano?
—No, tranquilo, tengo claro lo que quiero hacer.
El menor de los Sinclair miró la taza en la que Reece estaba trabajando. Estaba haciendo un patrón de estampado de vaca. A una parte de sí mismo le gustó pensar que aquello era para él.
—Hunt me ha dicho que te vas… Mentiría si dijera que no me ha sorprendido.
—Sí, ehm, en unos días —respondió sin levantar la mirada de la taza.
—Oh… Qué… precipitado, ¿no? ¿Ha pasado algo?
—Es un asunto familiar, no me apetece entrar en detalles.
Beau presionó los labios, intentó contener aquellas palabras, pero no pudo evitarlo. Se echó ligeramente hacia delante y bajó la voz para poder hablar de forma más íntima.
—Si es porque Kurt dijo que me gustas, me he encargado de negarlo. Nadie lo cree.
Reece levantó la mirada por vez primera y frunció el ceño.
—¿Kurt? No, me la suda ese tío —volvió a la taza—. Es un asunto familiar, punto.
—Estás raro. ¿De verdad que no pasa nada entre nosotros? ¿La he cagado de alguna…?
Reece levantó la mirada de nuevo.
—Beau, no todo lo que me pasa tiene que ver contigo o con nosotros —respondió, directo, seco, de una forma que recordaba demasiado al Reece del principio.
—¿Vas a volver?
—Supongo. Es el plan.
—Entonces… ¿Nosotros no… ?
Reece se frotó la cara con una de las manos.
—¿Podemos hablar de esto en otro momento, por favor? Estoy pintando.
—Lo sé, sé que te gusta el silencio, pero… siento que te estás callando algo importante y… joder, quiero ayudarte, ¿de verdad no puedo…?
—¡Por Dios, Beau! ¿Podrías ser menos intenso por una vez en tu vida? —exclamó, más alto de lo que debería.
Ambos se miraron, algunos de los presentes también dirigieron la mirada hacia su mesa observando con curiosidad. Reece se mordió el labio inferior e intentó alcanzar la mano de Beau pero este la retiró rápidamente.
—Como quieras —dijo, poniéndose en pie, buscando otra persona a la que ayudar.
Fingió que todo estaba bien, pero algo en su interior acababa de romperse.