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Tras cargar la última de las bolsas de la compra en la parte trasera de la camioneta, Beau miró a Emmet y empujó el carrito en su dirección. Su hermano frunció el ceño y, sin pensarlo dos veces, se lo lanzó de vuelta.
—Te toca devolverlo —aseguró Emmet.
—¡Pero serás falso! —exclamó indignado—. ¡Yo lo hice la última vez!
—¡Qué va! La última vez me dejaste tirado y tuve que hacer la compra del mes solo.
—¡Entonces esa vez no cuenta, Emmet!
Su hermano puso los ojos en blanco. Dejó el carro y se acercó a él, con una mano extendida y la otra formando un puño sobre ella. No tuvo que explicar qué quería.
—Un, dos, tres, piedra, papel, tijera —cantaron al unísono.
Emmet sacó piedra. Beau, papel.
Con una sonrisa burlona pintada en la cara, el menor de los Sinclair llevó su papel a envolver la piedra de su hermano como celebración. Emmet no dijo nada, solo mostró ambas manos y cogió el carro para arrastrarlo rumbo a donde se encontraba el resto.
Beau cerró el maletero del coche con fuerza y dio un paso atrás, sacando del bolsillo trasero de su pantalón el móvil.
Buscó su conversación con Reece. Si antes los mensajes fluían de un lado a otro con pasmosa rapidez, desde el regreso del viajecito a Portia resultaba imposible dejar de pensar en él.
Dios, odiaba no poder verle tanto como quería.
Reece: Dos días para el taller en el Cherry.
Reece: ¿Nervioso?
Beau: Ni te imaginas.
Beau: No paro de darle vueltas y lo he revisado todo ochenta veces.
Reece: Va a ir bien.
Reece: O sea, las tazas van a ser un puto desastre.
Reece: Pero tú lo harás bien.
Beau: Podrías venir un ratito antes del taller al Cherry.
Beau: Así me haces compañía y me ayudas a templar los nervios.
Bajo el nombre de Reece apareció un «escribiendo...» de inmediato, pero si llegó a enviar el mensaje, Beau no pudo verlo.
Fue repentino: notó cómo alguien lo agarraba del hombro y tiraba de él con todas sus fuerzas hasta hacer que cayese contra el suelo del párking. Le costó un momento conectar lo que había pasado. La respiración se le había cortado, todo a su alrededor parecía volverse borroso… y entonces: Kurt.
El ex de Mini descendió hasta quedar de cuclillas frente a él, con fuerza lo cogió de la camiseta y, cuando intentó incorporarse un poco, lo empujó de nuevo contra el suelo, haciendo que un gimoteo brotara de sus labios.
—¡Eres un cabrón! —le gritó.
Beau observaba confuso y asustado .
—¡Mini ha roto conmigo por tu culpa! ¡Le has metido mierda sobre mí porque eres un cabrón que no puede soportar que nadie esté tan solo como él!
Volvió a empujarlo con fuerza contra el suelo. Beau gimoteó de dolor una vez más.
Kurt iba a añadir algo más; sin embargo, alguien lo agarró con fuerza y lo apartó. Emmet había vuelto; en su rostro podía verse la confusión plasmada pero también ese enfado que solo nacía en él cuando alguien tocaba a uno de sus seres queridos.
—¡Quita las manos de encima de mi hermano! —gritó, apuntándole con el dedo. Después ayudó a Beau a ponerse en pie—. ¿Estás bien?
—¡Dile que no se meta en mi puta relación si no quiere problemas! —respondió Kurt.
El ex de Mini quiso acercarse. Emmet no dudó en ponerse frente a Beau, pero aquello no llegó a nada. Uno de los amigos de Kurt apareció también en escena y lo agarró con fuerza, gritándole por su arrebato violento y diciéndole que aquello no estaba bien.
—Perdona, Sinclair —añadió, mirando a ambos.
—¡Perdona y una mierda! —espetó Kurt, intentando zafarse del agarre de su amigo—. ¡Es un puto amargado que, como Sargent no deja que se la coma, se ha propuesto jodernos a todos! —añadió.
—¡Tío, para, joder! —gritó su amigo, empujándolo de nuevo.
Emmet agarró a Beau y, sin dejarse arrastrar por la situación, lo guio hacia la puerta del copiloto, asegurándose de que montaba en la camioneta.
Aun con la puerta cerrada, Beau podía seguir escuchando a Kurt gritar improperios.
El corazón le iba a mil por hora, todo estaba ligeramente borroso y le dolía la espalda sobremanera.
Aquella no era la primera vez que tenía un problema con alguien, pero nunca había sido tan… físico .
En cuanto su hermano subió al coche, ambos abandonaron el lugar sin mirar atrás.
—¿Qué cojones ha sido eso, Beau?
—Kurt… —necesitó tomar aire; un nudo en la garganta le hacía complicado hablar—. Hizo un comentario de mierda sobre mí durante… el partido de rugby. Mini lo escuchó, se rayó, me pidió consejo y yo… ¡Joder, pues le dije lo que pensaba! Que rompiese con él…
Emmet se frotó la cara con una de las manos.
—Vale. Vamos a la policía y…
—¡No, Emmet! No… quiero hacer esto más grande de lo que es…
—¡Ese capullo acaba de agredirte, Beau!
—¡Lo sé! Pero no… Emmet, quiero ir a casa, darme una ducha y no… pensar en ello…
Ambos se miraron de reojo. El mayor de los Sinclair soltó un gruñido, pero asintió.
—Vale… —su dedo repiqueteó contra el volante—. ¿A qué se refería con lo de Reece?
—¿Qué quieres decir?
—Kurt ha dicho que… Te gusta Reece, vamos a decirlo de ese modo.
—¡No! ¡Emmet, no te tomes en serio las palabras de ese capullo!
—¿Y por qué lo ha dicho?
—Porque nos llevamos bien y me defendió del comentario. Ya está, Reece y yo no… —se esforzó en reír de forma desenfadada—. Emmet, si tuviese algo con Reece Sargent, estaría dándole como a cajón que no cierra, no… teniendo esta estúpida conversación .
Una vez más intentó usar el humor tosco como una forma de escudarse, sin embargo, conocía demasiado bien a Emmet como para creer que había colado. La expresión en la cara de su hermano era clara y no dudó en hacérselo saber.
—¡Beau, por Dios! Creía que lo tenías claro, que estas tonterías se habían acabado, que ahora que te ibas a la universidad no pensabas…
—¡No tengo nada con Reece Sargent!
—No me mientas…
—¡No…! —Beau gruñó—. ¿Y si me gustara qué? ¿Es un delito ahora?
—Reece Sargent es un tío hetero que vive en la otra punta del mundo y que…
¿Qué piensas hacer? ¿Colgarte de un tío que no te va a corresponder nunca y que, en cuanto pueda, volverá a Inglaterra y no pensará en ti ni un segundo más?
¿Es que eres masoquista o a ti qué te pasa? Estás jugando con fuego.
Beau se cruzó de brazos y desvió la mirada hacia la ventanilla.
—Lo que tú digas.
Emmet suspiró.
—Lo que yo diga… —repitió, incrédulo—. Vale, pero cuando te quemes a mí no me vengas llorando. Estoy encantado de cuidar de ti, pero no cuando haces estas tonterías.
Beau no dijo nada.
Ni en un millón de vidas habría sabido qué responder a eso.