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Los dedos de Beau se enredaron en la sábana, buscando un punto de apoyo dentro del caos que toda aquella escena era.
El ambiente en la habitación estaba cargado y ardía del mismo modo que lo hacían sus pieles.
El sonido de los muelles y del choque constante de sus cuerpos lo llenaba todo en un encuentro sexual caótico en compases, pero certero en intenciones.
Había sido cruzar la puerta de la habitación y sus cuerpos se habían visto atraídos el uno hacia el otro como imanes.
Ropa por el suelo, besos acelerados, caricias inflamadas…
Con fuerza clavó tanto las manos como las rodillas contra el colchón ante una nueva embestida.
Gimió y arqueó la espalda, notando al mismo tiempo cómo los dedos de Reece volvían a apretar su cintura en una muestra de que estaba cerca .
Y así fue. Un orgasmo intenso, cálido, tras el que las piernas del menor de los Sinclair fallaron y cayó lánguido sobre el colchón. Sudado, con la respiración acelerada, pero con un cosquilleo en las entrañas que le hizo reír en cuanto así se lo permitió la respiración.
Reece se echó hacia delante, su frente se acomodó contra los omóplatos de Beau.
Él también respiraba acelerado. Tan sensible como Beau tenía la piel en aquel momento, sentir el roce de su aliento le hacía cosquillas, pero no tardó en dejar que sus labios besaran la espalda ajena en un camino ascendente hasta la nuca.
Mordió esta misma. Beau rio y ladeó el rostro.
Cuando sus miradas se encontraron, no pudo evitar pensar que aquel hombre era lo más bonito que el viento había decidido dejar en Whitefish.
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—¿Por qué te rapaste la cabeza? —preguntó Beau. Deslizó los dedos por esta, sintiendo el roce del corto vello contra las yemas.
—Acababa de tener una conversación un poco rara con Penny, me agobié y… en fin, el resto es historia —levantó los hombros.
Todavía desnudo, tumbado de lado y completamente pegado a Reece, el menor de los Sinclair llevaba un buen rato encontrando el mayor entretenimiento del mundo en saltar con los dedos de un lado a otro de la anatomía de su chico. Tan perfecta, tan fascinante.
—¿Por qué lo preguntas? ¿No te gusta?
—¡No! ¡No es eso! —le dio una suave palmadita en el pecho—. Solo es curiosidad. Las veces que hablamos antes de que lo hicieras te tenía tanta manía que ni me fijé en cómo es …
—Oh, pues, tengo el pelo negro. Siempre lo llevo corto porque es más cómodo, aunque en verano lo dejo que sea más libre y… me salen los rizos.
—¿Tienes el pelo rizado?
Reece asintió y Beau se mordió el labio inferior.
—¿Podré verlo? —preguntó divertido.
—No sé si me quedaré tanto como para que crezca así —respondió divertido.
Pero a Beau no le hizo ninguna gracia. De hecho, con rapidez, apartó la mano que se paseaba sobre el cuerpo ajeno y la escondió bajo su cabeza. Reece no tardó en darse cuenta, presionó los labios y giró hasta quedar mirándose ambos directamente.
—Perdona, no quería decir eso. Me refería a que el «Seis Naciones» es en febrero y… joder, quiero estar ahí. Deportivamente es el momento más importante del año.
—Ya, claro…
La mano de Reece ascendió hasta apartar con mimo el pelo de Beau de su rostro.
—Hey —llamó su atención—. Que me vaya no significa que no pueda volver. O que… no puedas venir tú. Podrías venir al «Seis Naciones». O a Birmingham.
Pero no podía. Aquello no era realista, era un castillo en el aire que necesitaban creer para no terminar con todo en aquel mismo instante. Había aceptado que su relación nacía con la fecha del final marcada, pero la incertidumbre de cuándo sería eso era terrible.
Quiso quejarse, explicarle todo lo que bullía en su interior, pero no lo hizo.
—No hay forma humana de que puedas convencerme de ir a ver rugby ,
—¿Ah, no? —preguntó Reece, juguetón, recortando toda distancia, dejando sus labios cerca de los de Beau—. Yo creo que sí, soy muy convincente cuando quiero…
—¿Ah, sí?
Sus labios se fundieron en un nuevo beso, uno intenso y que parecía buscar que ambos olvidaran el amargo regusto en la garganta que la realidad había dejado.
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A horcajadas sobre el regazo de Reece, con los pechos pegados y sus dedos aferrados a la piel del otro, Beau empezó a moverse, marcando con la cadera un ritmo lento que no tardó en acelerarse a medida que el calor lo consumía por dentro.
Besos, caricias, jadeos, mordiscos… Los dedos del menor de los Sinclair arañaron la nuca de Reece en un impulso caprichoso por dejar marca en él. Quería quedar grabado a fuego en él, que lo recordase incluso cuando sus caminos los llevasen lejos.
El ritmo bajó despacio, hasta que sus frentes quedaron pegadas.
—¿Me sientes?
Reece asintió y los dedos en su espalda presionaron con firmeza la piel de Beau.
—Te siento.
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El orgasmo llegó de golpe, desbordante, haciendo que la garganta de Beau se rajara en un sonoro gemido. De lado, con la mano de Reece agarrada a su cadera y su cuerpo pegado por completo al propio, podía sentir que le temblaban las piernas como si estuvieran hechas de gelatina.
Seguía con los ojos cerrados cuando su chico lo guio con la mano a girar y quedar tumbado boca arriba. También le acarició las piernas, hasta que las abrió, colocándose entre ellas y encajando con una perfección que parecía irreal.
—Frena, semental, necesito aire —susurró.
Un nuevo beso, lento, arrancó un pesado suspiro de los labios de Beau.
—No puedo. Mi plan es hacerlo contigo hasta que veas el sol salir por esa ventana…
El menor de los Sinclair ladeó el rostro. Al otro lado de la ventana de la habitación, la ciudad de Portia seguía envuelta en el manto oscuro de la noche, siendo el cartel de neón de un bar la única luz constante que se reflejaba en el cristal.
—Eso supone muchas veces más —respondió juguetón, volviendo a mirarle.
—Lo sé —susurró, besando su cuello despacio y subiendo hasta morderle la mejilla.
Beau rio y le dio varias palmaditas firmes en el brazo.
—No es en darme besitos en lo que has de usar la boca, Sargent.
En cuanto Reece volvió a mirarle, Beau señaló con el dedo hacia abajo. No tuvo que ser más específico. Los labios del deportista volvieron a recorrer la senda de su cuello, pasando por su clavícula, descendiendo por el pecho con rumbo fijo a su miembro.
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Había algo reconfortante en sentir el peso de Reece sobre el propio. Le encantaba tener su cabeza sobre el pecho, poder deslizar los dedos por la parte superior de su espalda, notar, de vuelta, cómo él dibujaba sus costados… Podría quedarse allí eternamente.
—Tienes muchas pecas… —dijo, acariciando con mimo la parte alta de su espalda.
—Serán del sol… —farfulló.
Beau le dio un toquecito en la punta de la nariz.
—Que te duermes, Sargent —canturreó, burlón.
—¡No me duermo! —respondió, abriendo los ojos.
El menor de los Sinclair se inclinó y le besó la cabeza varias veces.
—Me meto contigo, idiota. Duerme si quieres.
—No, no, quiero aguantar contigo. Vamos a hablar de algo, anda —le palmeó el muslo.
—¿De lo que yo quiera?
Reece asintió.
—¿Habías estado con otros hombres antes?
—¿Pensabas que era virgen? —respondió visiblemente divertido.
Beau le dio una palmadita en el brazo.
—¡No! Me refiero así, a… cómo estás conmigo…
—Oh… —Reece se revolvió, ascendió un poco hasta poder esconder el rostro contra el cuello de Beau, moviendo la cabeza despacio para rozar la piel ajena—.
No, nunca. Tienes que entender que ese tema es muy complicado dadas mis circunstancias.
Creo que lo hemos hablado alguna vez: siempre que quiero estar con alguien tengo que estar…
seguro de que no va a acabar conmigo en port ada.
«La doble vida de Reece Sargent» —suspiró—.
Eso ya lo hace todo jodido de narices. Pero es que las pocas veces que ha llegado un poco más allá de un mero calentón…
siempre se acaba por lo mismo. Al principio, piensan que es excitante.
El secretismo, las noches de hotel… Pero dura poco.
Pronto se cansan y… lo dejan. No puedo culparlos por ello, pero eso no hace que duela menos.
—¿Y no… sientes que esa doble vida te hace más daño que otra cosa?
La mano de Reece se movió hasta encontrar acomodo en el costado de Beau. Se aferró a él, como quien se aferra a un salvavidas, necesitando algo que lo mantuviera a flote.
—Claro que lo hace. Muchas veces desearía que todo saliese a la luz y… se acabase.
—¿Y por qué no lo haces? Con tus propias condiciones, en lugar de dejar que otros…
—No hasta que me retire. No puedo, no… Penny y yo creamos este matrimonio con ese objetivo.
Ella quería una relación con la que acallar rumores y poder vender una imagen idílica para sus fans en redes.
Yo quería algo que me hiciera parecer… bueno, lo que toda la gente esperaba de mí.
Hace unos años hablamos de romperlo, pero…
le pedí que esperase hasta entonces. Hasta que me retire. Supongo que pedía demasiado…
—¿Cuándo se retira un jugador de rugby?
—Si la cosa va bien, todavía me quedan cinco años buenos. ¿Por qué? ¿Crees que…? —su voz tembló; no fue capaz de acabar la pregunta.
Al notar su nerviosismo, Beau volvió a besar la cabeza despacio .
—¿Crees que será demasiado tarde entonces?
—Nunca es tarde para eso, te lo prometo.
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Acurrucado contra el cuerpo de Reece, Beau observaba en silencio a través de la ventana. El sol todavía no había salido, quedaba poco, pero sus rayos aun no se colaban en la habitación.
Bostezó y cerró los ojos, sintiendo de inmediato la caricia ajena en el pelo.
—No dejes que me duerma… —farfulló.
—Claro que no.
Pero Beau cayó rendido antes de poder ver salir el sol.