Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 39
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—Recuerda, aunque hemos ganado…

—Caballerosidad: estrechamos la mano del rival y nos tomamos una cerveza con él.

Hunt sonrió y llevó una mano hasta el pelo de Beau para revolverlo.

—Chico listo —dijo, haciendo después un gesto con la cabeza para marcar el paso.

Mientras avanzaban por la hierba, los jugadores del otro equipo se acercaron a ambos para darles la enhorabuena, chocando las manos unos con los otros y comentando entre risas lo sucedido en el campo.

Beau se detuvo de golpe al notar cómo alguien tiraba con firmeza de su muñeca, quedando pronto rodeado por los fuertes brazos de Reece .

Lo observó con un toque de vergüenza. El toque perlado del sudor en su piel hacía que ninguno de los pensamientos en su cabeza fuese apropiado, mucho menos cuando este decidió acercarse a su oído para hablarle de cerca.

—Me muero de ganas de celebrarlo contigo —dijo. Una suave palmadita en la espalda y se apartó. Le guiñó el ojo y después sus pasos lo llevaron rumbo al vestuario—. ¡Te dije que eras un buen amuleto, Sinclair! —gritó.

Beau sintió que las mejillas se le encendían al escucharlo.

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—Tened cuidado en la carretera —dijo Hunt, montado ya en su coche, listo para irse.

—Lo tendremos, no te preocupes —Reece, con los brazos apoyados en la ventanilla, coló un brazo dentro del vehículo y le dio una palmada en el pecho al hombre antes de apartarse—. Conduce tú también con cuidado, avisa cuando llegues.

Un guiño, el motor rugió y Hunt desapareció envuelto en polvo.

Reece ladeó el rostro y miró a Beau. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Cinco segundos de prudencia antes de que el nieto de la señora Sargent riera y, en un impulso cargado de energía, se lanzase a coger a Beau y levantarlo a pulso, haciéndolo girar.

—Idiota —farfulló Beau cuando sus pies tocaron el suelo, dándole una palmadita .

—Vale, ehm… ¿qué quieres hacer? Estuve investigando sobre Portia y no es el tipo de ciudad que tenga… ¡ya sabes! Diez lugares que tienes que visitar si estás aquí ni nada de eso.

—¿Has estado investigando? Voy a empezar a pensar que te importo mucho.

Reece sonrió y le dio un suave empujoncito, sin responder a aquello.

—Va, en serio, ¿qué hacemos? Podemos ir a cenar, pasear por el centro, o… ¡Bueno! En internet decía que había una buena zona de fiesta, podemos tomar algo, bailar y cenar luego.

Beau presionó los labios, pensativo.

—Me gusta eso de ir a bailar. Aunque solo sea porque no me imagino cómo bailas.

—Pues increíble, como todo lo que hago.

El menor de los Sinclair puso los ojos en blanco fingiendo molestia, pero siempre embelesado por esos momentos en los que la confianza de Reece salía a relucir. Se acercó a él y colocó las manos en su pecho, se aferró a la camiseta y negó.

—No tienes remedio… —susurró, dispuesto a acercarse más para besarle.

Pero no lo hizo. Aunque los chicos del equipo ya se habían marchado, algunos de los jugadores del equipo local seguían por allí y, al ver que un par se acercaban hablando, Beau se apresuró en dejarle ir y recuperar una postura, en fin, menos cercana .

Intercambiaron un saludo con la cabeza los cuatro.

—Creo que deberíamos… ser un poco más discretos —dijo.

Reece suspiró .

—Lo siento. Que tengamos que pensar en estas cosas y…

—Hey, no pasa nada —le dio un suave empujoncito—. Pero tú pagas la copa… ¡Y cenar!

Reece rio, la tensión del momento se fue volando como si nunca hubiese existido.

—Qué morro tienes. Te aprovechas de mí porque sabes que me es jodido soltarte.

Beau se acercó más a Reece y extendió uno de sus dedos, dejando que este acariciase la mano de su chico.

Los dos estaban en el mismo barco, resultaba asfixiante no poder tener las manos sobre él todo el tiempo, perderse en sus labios…

Pero la noche era larga, estaban lejos de todo…

Quizás era un iluso, pero aquello sabía a libertad de un modo que nublaba el juicio y le hacía creer que iba a ser la noche perfecta.

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Portia era muy diferente a Whitefish.

Aunque Reece tenía razón y era una ciudad sencilla donde la vida de los locales importaba más que el divertimento de aquellos que estuvieran de paso, Beau no podía evitar observar fascinado cada edificio más alto de lo que estaba acostumbrado, la cantidad de gente que se cruzaban por la acera, el ruido de la bulliciosa vida…

Se sentía también un poco avergonzado. No quería imaginar cuál sería su reacción el día que fuese capaz de viajar lejos.

Miró a Reece de reojo. ¿Le fascinaría Birmingham si llegaba a conocerla?

No, no podía permitirse pensar esas cosas .

—¿Seguro que vamos bien? —preguntó, aun andando junto al deportista.

—Según mi móvil, deberíamos llegar en nada. Tranquilo.

Puesto que ninguno conocía realmente la ciudad, habían decidido seguir el insistente consejo del entrenador Hunt y dirigir sus pasos hacia «El Gallinero» para tomarse esa copa y poder bailar un poco.

Beau tenía pocas esperanzas en aquel plan, por mucho que Hunt hubiese insistido en que era un local increíble, ¿cuántos años habían pasado desde que hubiera estado allí?

¿De verdad iban a guiarse por su criterio?

El menor de los Sinclair podía ver claramente la imagen de un local cutre, con música desfasada, de esos en los que uno nota que antaño tuvieron su momento, pero ya ha pasado.

—Ese —Reece extendió el brazo y señaló el local del final de la calle.

El letrero de «El Gallinero» parpadeaba a medias, con dos bombillas fundidas que hacían que la «i» desapareciera por momentos. Paredes desconchadas, una puerta que parecía más propia de un almacén que de un bar…

—¿¡Ese!? —Beau miró a Reece, negó de inmediato.

—Oh, vamos. Yo quiero ver por qué Hunt dice que está tan bien.

Y no hubo forma de convencerlo de lo contrario.

Junto a la puerta del local, dos chicos compartían un cigarrillo a medias mientras hablaban de algo que la música del interior ahogaba. El menor de los Sinclair quiso coger a su chico de la camiseta, pero este ya había abierto la puerta y se adentraba sin pensarlo .

Un paso. Ya dentro del local, ambos se quedaron clavados en el sitio.

—Wow… —farfullaron a la vez.

Ante ellos apareció un estallido de colores.

Neones rosa y violetas por las paredes, espejos altos, una barra llena y hombres gritando sus comandas.

La pista de baile ocupaba el centro, allí también se agolpaba un buen grupo de gente que, envueltos en la burbuja que suponía aquel lugar, bailaban llenos de vida los unos con los otros.

—Vale… esto no me lo esperaba —Beau rio ilusionado y avanzó un poco más.

Dos chicos besándose junto a la barra, un grupo riendo a carcajadas en una mesa alta, una pareja bailando pegados en el centro… Joder , era un oasis gay en toda regla.

Cuando buscó a Reece con la mirada se percató de que se había quedado un paso atrás. Sus hombros estaban tensos, demasiado rectos, como si no supiera muy bien dónde meterse. Sus ojos saltaban de un lado a otro procesando todo.

—Hey… —volvió hasta él, acarició su brazo—. ¿Estás bien?

Reece quiso decir algo, sin embargo, antes de que pudiera, alguien pasó junto a ellos dejando una estela de perfume de algodón de azúcar y purpurina. Una drag queen. Peluca rubia, plataformas imposibles, vestido rojo lleno de lentejuelas…

—Guapos, si os quedáis en la puerta vais a bloquear el tráfico —les dijo con una sonrisa amplia, guiñándoles un ojo antes de seguir su camino con una bandeja en la mano.

Beau miró de nuevo a Reece.

—¡Busquemos otro local! ¡Aquí hay demasiado ruido !

Pero su chico lo frenó de inmediato con una suave negación. De hecho, una de sus manos buscó la de Beau haciendo que sus dedos se entrelazasen.

—¡No! ¡Bebamos algo! —gritó y, sin dar lugar a discusiones, tiró de él para poder adentrarse en «El Gallinero» juntos.

Se movieron entre la gente en la pista de baile. Los ojos del menor de los Sinclair no pudieron evitar fijarse en una pareja que bailaba junta, completamente pegados, fundidos en un beso mientras las luces de colores les coloreaban la piel.

Sintió envidia. Eso era lo que quería con Reece.

No se detuvieron hasta llegar a la barra, su chico era un hombre grande de espalda ancha así que no le costó conseguir espacio para ambos en ella, colocándose Beau delante y Reece detrás pegado a su espalda.

Tras la barra, otra drag queen, más mayor también vestía de rojo, pero llevaba una peluca azul y un maquillaje mucho más estridente y experimental.

—¿Qué te pongo, precioso? —le preguntó, mirando a Beau directamente.

—Dos chupitos.

La drag le guiñó el ojo y se fue. El menor de los Sinclair ladeó el rostro y miró a Reece por encima del hombro.

—¿Seguro que quieres estar aquí? —preguntó.

Reece se inclinó para hablar más cerca de su oído.

—No lo sé… —admitió—. Nunca he estado en un sitio así. Es… joder… —miró alrededor durante un segundo—. Me pone un poco nervioso…

—¡Yo tampoco!

Ambos rieron .

—No es el local en sí, es que… me siento invisible.

Y yo nunca he sido invisible. ¡Y no digo esto con arrogancia!

Es… —suspiró—. Siempre estoy en el ojo del huracán, siempre opinan sobre mí, sobre cómo juego, sobre mi vida privada…

Esa es una de las cosas que me da miedo de salir del armario.

Todos van a tener algo que decir y no los quiero escuchar.

Y ahora aquí es… Yo nunca había estado en un sitio donde… —presionó los labios.

—¿Dónde qué?

—Donde no tenga que pensar tanto antes de existir.

Beau giró hasta encarar a su chico de nuevo. Sus manos viajaron hasta sus hombros, que presionaron con firmeza antes de zarandearlo.

—¡Entonces existe, Reece! ¡Permítete ser tú!

Las manos de Reece se acomodaron sobre la cintura de Beau, echó la cabeza hacia delante y sus frentes quedaron pegadas.

—Ser yo… ¡Vale!

—¡Vale! —repitió Beau, visiblemente ilusionado—. ¡Baila conmigo!

—No sin un chupito antes.

Volvieron a reír a la vez. Cuando Beau giró, la camarera había vuelto con los vasos de chupito y lo servía frente a ambos.

—¿Primera vez?

—¡Sí! No somos de aquí, pero un amigo nos recomendó venir.

—¡Eso nos encanta por aquí! Carne fresca con carita de no haber roto un plato.

—¡Vengo de un lugar con muchos vaqueros, así que eso de no haber roto un plato… !

La drag rio sonoramente.

—¡Mira tú qué listillo! —movió la mirada hasta Reece—. ¡Tienes un novio monísimo!

Beau abrió la boca dispuesto a negar aquello, sin embargo, dos palabras lo callaron.

—¡Lo sé! —respondió Reece.

La camarera les deseó que disfrutaran de la noche y se marchó, pero para el menor de los Sinclair el mundo se había reducido de nuevo solo a ellos dos. Novio . Le encantaba.

No dijo nada, empujó aquella sensación hasta lo más hondo de su ser y cogió ambos vasos de chupito, dándole uno a Reece, brindando antes de beberlo de un solo trago. Arrugó la nariz. Dios, era fuerte de cojones, pero también era un empujoncito de valor necesario.

Quiso bromear al respecto, pero la canción que empezó a sonar hizo que los ojos de Beau se abrieran de par en par y diese un buen brinco. Agarró a Reece por los brazos.

—¡Adoro esta canción! ¡Baila conmigo! —gritó.

Y no tuvo que pedirlo dos veces.

Estar en la pista de baile junto a Reece pintó en los labios de Beau una sonrisa de esas que no se puede esconder. Su chico movió la cabeza, su mirada volvió a pasearse por la pista, observando a todos los presentes… Beau llevó las manos hasta sus hombros y los presionó.

—¡Nadie te está mirando! ¡No les importas! —exclamó.

El cuerpo de Reece se relajó poco a poco, casi a la vez que una media sonrisa apareció en sus labios. Su cabeza empezó a marcar el ritmo de la música, sus manos se deslizaron por la cintura ajena hasta encontrar acomodo. Beau suspiró. Pronto se estaban moviendo juntos y danzaban a un mismo compás.

Un tirón firme. Sus cuerpos quedaron completamente pegados, sus labios cerca. Reece no tardó en buscar la boca de Beau en un beso apasionado, uno que gritaba por ambos lo cada vez más complicado que era contener las ganas de adorarse cuando estaban juntos.

Las luces los golpearon. Ahora eran sus pieles las acariciadas por aquel brillo.

Beau sintió el corazón acelerado. La piel tan sensible al tacto que creía iba a estallar con un roce de los dedos de Reece. Un chispazo que recorrió su espina dorsal y lo hizo estremecerse de la cabeza a los pies.

Tenía la certeza de que podía volverse adicto a él de una forma peligrosa.

Y a la vez, estaba convencido de que no ansiaba nada más en este mundo.