Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 38
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Tras terminar de lavar la última de las tazas, Beau giró para encarar de nuevo el mostrador del Cherry, apareciendo la sorpresa de inmediato en su rostro al encontrarse cara a cara con el entrenador Hunt.

—¿Cuál es tu tarta favorita? —preguntó el hombre.

El menor de los Sinclair dudó un momento, miró el expositor para ver lo que tenían.

—De queso con mermelada de frambuesa, es cien por cien casera.

—Estupendo. Sírvenos un pedazo, un café solo y lo que sea que quieras tomar tú; yo invito. Te espero en esa mesa —y con la cabeza señaló una de las que quedaban vacías.

—Pero, entrenador…

Aunque Beau intentó comprender a qué venía aquella invitación repentina, Hunt ya había emprendido el paso, sin demasiado interés por lo que tuviese que decir al respecto.

Tras un sonoro resoplido, sirvió el pedazo de tarta en cuestión, hizo el café y cogió una botella de agua fría que llevó hasta la mesa en la que el hombre lo esperaba .

—Aquí tiene —dijo, colocando todo ante él antes de sentarse.

El entrenador no tardó en llevarse una buena cucharada de tarta a la boca. En su rostro apareció pronto una mueca que mostraba que había acertado con su elección.

—Dios, Roberta tiene unas manos divinas para la repostería…

—Entrenador, estoy en mi horario laboral. Agradezco mucho la invitación y estoy encantado de compartir este momento con usted, pero si quiere hablar de algo o… —hizo un gesto ambiguo con la mano—. ¿Puede decirme ya de qué se trata? ¿Ha cambiado de opinión con lo del taller para el equipo?

—No, no, nada de eso, tranquilo —comió otra porción de tarta.

—¿Usted también está preocupado por el armario ropero que tienen de siete los de Portia?

Hunt frunció el ceño.

—¿Cómo sabes tú eso? ¿Ahora investigas a nuestros rivales?

Beau levantó los hombros. ¿Se interesaba por los futuros rivales del equipo?

No, pero la noche anterior había tenido a Reece frenético, hablando sobre el tema durante parte de su habitual charla nocturna.

De cualquier otro le habría dado una pereza tremenda, pero ¿en él? Era la cosa más tierna del mundo.

—No, no es nada de eso… —aseguró Hunt—. ¿Qué sabes sobre Red River?

—¿Red River? ¿La universidad? —preguntó Beau con el ceño fruncido.

Hunt asintió .

—Fue una de mis opciones al principio, cuando buscaba dónde irme. Me gustaba porque está cerca, a menos de un par de horas, pero terminé por decantarme por otras.

—No sé si lo sabes, pero Teddy trabaja allí…

—¿Teddy?

—Mi pareja.

Beau dibujó un «oh» con los labios. La verdad es que no sabía mucho de la vida personal del entrenador, pero tenía un par de hijas, así que el hecho de que existiese una «Teddy» con la que las hubiera tenido tenía todo el sentido del mundo.

—El caso es que Teddy cree que deberías tomarte Red River en serio, no como tu último recurso, sino…

bueno, en serio . Deberías escuchar esto antes de descartarla —el hombre cogió su mochila del suelo y la subió encima de la mesa.

La abrió sin cuidado, empezando a sacar del interior un montón de folletos de diferentes tamaños y colores—.

Como bien has dicho, está a una hora y media de Whitefish, hacia el oeste.

Mi Teddy va y viene todos los días en coche sin problema.

El campus no es enorme, pero tiene lo justo: edificios de ladrillo antiguo, talleres grandes, luz natural por todas partes…

No es una universidad de élite, pero… —levantó los hombros—.

Tampoco intenta serlo. Es un lugar humilde, con corazón; eso encaja bien contigo.

Hunt cogió dos folletos y los colocó frente a Beau.

—El programa de Bellas Artes es sorprendentemente bueno.

Muy centrado en lo práctico: pintura, dibujo, cerámica…

Teddy dice que los talleres de escultura y cerámica son impresionantes.

La profesora Walsh es… ¡wow! Nada de obsesión con lo digital o lo comercial.

Es más… oficio, ¿sabes? Ensuciarse las manos, pasar horas en el estudio… ¿Eso te gusta?

El menor de los Sinclair asintió.

—Y otra cosa importante, las clases son pequeñas.

Los profesores conocen a los alumnos, no eres un número perdido en un auditorio gigante.

Si trabajas, te ven y eso te da oportunidades para poder sacar tus obras del taller.

Además… —ahora colocó un librito más grueso frente a él—.

Red River tiene un programa de ayudas para estudiantes con pocos recursos: becas estatales, subvenciones internas…

y dan prioridad a gente del estado. Bastante prioridad, de hecho.

Podrías cubrir una buena parte con ayudas, y el resto con trabajo en campus.

Hay puestos en los talleres, en la biblioteca…

cosas que, además, encajan con lo que estudias —Hunt sonrió—.

Sé que, cuando uno se crea una idea en su cabeza, y más del tamaño que era irse a Prairie Ridge, un cambio así es complicado de encajar.

Estoy seguro de que ahora mismo ves todo esto como que te tienes que conformar con algo que no querías.

Pero yo no lo veo así. Es solo otro camino, uno distinto, pero no por ello peor.

Beau bajó la mirada a los folletos y cogió uno de ellos.

Lo hizo girar entre los dedos. En la foto trasera podía verse a un grupo de estudiantes sentados en una sala amplia y luminosa, trabajando en un bloque de arcilla.

Estaban haciendo una escultura que claramente estaba inspirada en la Venus de Milo. Suspiró.

—Tiene dos hijas, ¿verdad?

Hunt asintió.

—¿Enviaría a sus hijas a estudiar allí ?

—Eli, la mayor, está en tercero de Educación Infantil y la pequeña, Becca, entrará en septiembre a hacer Química. Siempre fue su primera opción.

Un suspiro brotó de los labios del menor de los Sinclair, que volvió a mirar el folleto.

—Está cerca… —dijo.

—Mucho, puedes ir y venir en el mismo día.

—Ya, eso es parte de mi problema.

Hunt frunció el ceño.

—¿Irte a la universidad es una forma de escapar de aquí?

—No, no es eso —bajó la mirada—. ¿Usted sabe que mis padres…?

—El accidente. Sí, tengo buena relación con los Halpert y he hablado con tu hermano.

—Un accidente de coche. Si me quedo tan cerca, si voy y vuelvo todos los días, eso son…

diez viajes a la semana. Quince horas a la semana metido en un coche —una de sus piernas empezó a moverse, marcando un ritmo constante de golpecitos en el suelo—.

No me gustan los coches, no me gusta… Y aunque así fuera, ¿tengo que fastidiar a mi hermano y hacer que me lleve y me traiga todos los días? No quiero ser una carga.

—Teddy y las chicas van todos los días. Hay espacio de sobra en su coche.

—No monto en coche de gente en la que no confío.

—Entonces tienes desde hoy hasta el día en que empiece el curso para conocernos. Puedes venir a casa cuando quieras. Los viernes cenamos tacos —Hunt recuperó la cuchara y cogió una buena porción de tarta de queso—. Me salen in-cre-í-bles. Te gustarán —añadió antes de llenarse la boca con esta.

Beau estaba confuso. Acostumbrado a que las cosas fueran complicadas y a que la vida se encargara siempre de darle bofetadas de realidad, recibir toda aquella información que sonaba tan bien, que tenía tanto sentido y encajaba a la perfección con sus planes de futuro era…

Extraño. Esperaba un «pero», algo que lo rompiera todo.

Pero no. Y eso, para alguien acostumbrado a vivir bajo la premisa de que a todo lo bueno le seguía algo malo, era complicado de gestionar.

—¿Por qué hace esto? No… —se frotó la cara con una de las manos—. He metido la pata varias veces, no… he terminado de leer el dossier que me dio el primer día, doy pena organizando entrenamientos… ¿Por qué? ¿Por qué pierde su tiempo de este modo conmigo?

—Porque eres un buen chico. Y te mereces una oportunidad —el entrenador dejó la cucharilla sobre la mesa, con el pulgar se limpió los labios—.

Cuando tenía tu edad, yo también estuve donde tú.

Teniendo que sacrificar todo porque no salían las cuentas, porque no me podía permitir soñar con nada más que esto.

Tuve que luchar mucho por cambiar mi situación, por poder salir adelante, y cuando lo conseguí, me prometí a mí mismo que jamás dejaría solo a alguien que lo necesitase.

Beau bajó la mirada, volvió a observar los folletos y se permitió dibujar una media sonrisa. Cogió uno. En la foto principal, el chico que saludaba a la cámara llevaba una pulsera con los colores del arcoíris. Quizás una coincidencia, quizás una señal; le gustó pensar que era lo segundo .

—¿Me los puedo quedar y leer con calma?

Hunt asintió.

—Claro, Teddy los trajo el otro día para ti. Son tuyos.

—Así que… ¿Red River y viernes de tacos? No suena mal —y levantó la mirada, dejando que su sonrisa fuese la confirmación de que se tomaba aquella propuesta en serio.

—Suena muy bien. Aunque lo de los tacos, después de Portia. Este viernes quiero irme pronto a descansar y estar fresco como una rosa a primera hora. Hay mucho que hacer: nos enfrentamos al primero de la clasificación.

Beau cogió por primera vez la cuchara, dispuesto a probar la tarta, sin embargo, Hunt no dudó en darle toquecitos firmes con la suya para evitar que así fuera. Ambos intercambiaron una mirada divertida, cargada de complicidad. Charlotte tenía razón, Hunt era un hombre encantador.

—Sargent se va a poner contento cuando sepa que vas a pensarte lo de Red River.

—¿Reece? —frunció el ceño—. ¿Por qué?

—Fue él quien me dijo que hablara contigo. Cuando escuchó que mi Teddy trabaja allí, me preguntó qué tal era Red River y me comentó tu problema. Si sale bien le debes una.

Beau no supo qué responder a tales palabras.

Terminaron de compartir aquel pedazo de tarta, conversando un poco de todo y de nada. Hunt tenía una familia adorable. Además de tacos, hacían noches de Scrabble y de cine de terror, cosa que al menor de los Sinclair le parecía envidiable.

Cuando el entrenador decidió marcharse, no dudó en dejar una buena propina para Beau aun cuando este insistió en que no era necesario. Un sencillo «te lo mereces» y un guiño de ojo fueron todo lo que Hunt concedió antes de marcharse acompañado del suave tintineo de la campanilla de siempre.

Observó la puerta unos segundos. Las palabras de Hunt seguían sonando en el fondo de su cabeza, no habían dejado de hacerlo ni un mísero instante.

Tras asegurarse de que había alguien atendiendo tras la barra, cruzó el local rumbo al almacén en el que guardaban las piezas de cerámica antes de ser mandadas al horno. Cerró la puerta y sacó su teléfono móvil. No tuvo que buscar demasiado para poder dar con el teléfono de Reece.

—¡Hey! —saludó, con ilusión en la voz—. ¿No deberías estar trabajando?

—¿Le has hablado a Hunt de mis problemas con la universidad?

—Ehm… sí. Escuché que su pareja trabaja en una universidad cerca de aquí. Me dijo que era un buen lugar y pensé… ¿Estás enfadado? ¿He metido las narices dónde no me llaman? Yo… solo quería ayudarte…

—No. Es que… es una de las cosas más bonitas que nadie ha hecho por mí…

Reece rio nervioso al otro lado de la línea.

—Gracias —añadió Beau.

—No tienes por qué darlas… ¿Te ha ayudado?

—Mucho. Es decir, tengo un montón de folletos que leer, he de investigar más sobre el programa de Bellas Artes, pero… la verdad es que suena bien.

—Me alegro. Podemos echarle un ojo juntos si… necesitas otra opinión. Aunque todo lo que me contó sonaba bastante bien, la verdad .

Beau presionó los labios.

—Reece… —tomó aire por la nariz—. Voy a ir a Portia.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

—Joder, acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo.

El menor de los Sinclair rio y bamboleó la cabeza.

—Eres tan exagerado… Tú conduces, ¿recuerdas? Vamos en tu coche.

—Te lo prometo. Y… ¿te gusta la idea de quedarnos allí después de…?

—Claro, Sargent.

El estómago de Beau se encogía de puro nervio ante la idea del viaje en coche. No podía evitarlo, era imposible sentirse seguro del todo. Sin embargo, mentiría si dijera que no estaba emocionado ante la idea de tener su pequeña escapada con Reece.

—Vienes a Portia.

Su voz sonaba tan adorable que Beau creyó que iba a desfallecer.

—Voy a Portia.