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Aunque hacía un buen rato desde que Beau le indicase a Reece dónde dejarlo con el coche, ni el menor de los Sinclair había encontrado las fuerzas suficientes para bajar del vehículo ni el nieto de la señora Sargent para marcharse.
Envueltos en la penumbra de otra agradable noche en Whitefish, el sonido de los besos encadenados y la intensidad de las caricias caldeaban esa burbuja que se formaba a su alrededor cada vez que estaban juntos. El mundo se desvanecía, solo existían ellos.
Entre besos, con los labios bien cerca, Reece rasgó el silencio con sus palabras:
—Ven a Portia —susurró, con los ojos pegados a los ajenos y el pulgar sobre su mejilla—.
Después del partido nos quedaremos a pasar la noche.
Cenaremos donde quieras, veremos la ciudad…
estaremos lejos de todo, podemos ser… —presionó los labios y se calló aquellas palabras—.
Y, cuando nos cansemos, tendremos un cuarto en un hotel en el que dormiremos poco —rio y besó de nuevo los labios de Beau varias veces—. Ven a Portia…
El menor de los Sinclair llevó sus manos hasta los antebrazos de Reece y se aferró a ellos. Un nuevo beso, un roce de nariz y sus ojos volvieron a fijarse el uno en el otro.
—Sargent… —susurró su apellido con dulzura—. No sé… El plan suena increíble y me apetece tanto, pero… el coche, el viaje… Hoy ha estado muy bien, pero mi cerebro no…
Reece suspiró, ansiaba otra respuesta, pero asintió con una sonrisa de todos modos.
—Vale —dijo, regalándole un beso más, una muestra de que no estaba molesto.
Aun así, desde lo más profundo de su ser, Beau entonó un honesto:
—Lo siento…
—No, por favor, no… Sabía que lo más probable era que dijeras que no, pero… ¿puedes culparme por intentarlo una última vez? —rio—. No lo haré más, prometido.
—Gracias.
Sus rostros se acercaron hasta poder pegar por completo sus frentes.
—Te echaré de menos en el partido…
—Seguro… —respondió, sarcástico.
—Hey, no hemos perdido un partido desde que llegaste al equipo.
—¡Solo he estado en un partido!
—¿Ves? Eres un amuleto infalible, efectividad del cien por cien.
Ambos rieron.
Un nuevo beso lento, tranquilo, mucho más que los anteriores, acompañado de esas caricias que parecían querer memorizar el cuerpo del otro al tacto .
Y entonces, un chispazo: electricidad estática. Beau habría deseado que fuese de forma metafórica, pero no; un chispazo real hizo que diese un suave brinco y se alejara de Reece.
—¡Ay! —exclamó, moviendo la mano con insistencia.
Reece hacía lo mismo, aunque acompañaba su gesto con una pequeña risita.
—Perdona, es mi reloj, pasa a veces.
—Dios mío, ¡tienes que deshacerte de eso pero ya!
—¿Qué? ¡No! Lo necesito, es mi agenda personal, me ayuda con mis cosas…
El menor de los Sinclair enarcó una ceja.
—¿Tus cosas?
—Ya sabes: números de teléfono, planes importantes, cumpleaños… ¿Tú no tienes?
—Ehm, sí claro, lo llamo tener memoria, deberías intentarlo.
Reece hizo una mueca y, con los labios, dibujó un «mimimi» burlón. Su mirada volvió al reloj. La pantalla de este se iluminó cuando empezó a trastear con él.
—¿Qué haces?
—Voy a guardar tu cumpleaños, así verás lo importante que es que tenga mi reloj.
Beau puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza.
—Eres increíble… —farfulló—. Dieciocho de noviembre. Apunta; espero un regalo.
—Sí, claro, ¿y qué más? Confórmate con estar en mi reloj.
El menor de los Sinclair no tardó en mostrarle el dedo corazón.
—El mío es el quince de mayo, por cierto .
—Ah, espera un momento… —Beau se llevó un dedo a la frente y frunció el ceño de forma exagerada—. Listo, registrado en mi memoria. No esperes regalos tú tampoco.
Ambos rieron. Reece ladeó el cuerpo; con una de las manos buscó a Beau de nuevo, cosa que este evitó echándose hacia atrás.
Con un sonoro resoplido, levantó la muñeca y se quitó el reloj, guardándolo en el interior de la guantera, mostrando ambas muñecas desnudas después.
El menor de los Sinclair asintió complacido; ahora era él quien recortaba toda distancia entre ambos y fundía sus labios en un nuevo beso lento.
Las caricias no tardaron en llegar.
—¿Me sientes? —preguntó Beau en un susurro, como si fuese un secreto.
—Te siento —respondió Reece del mismo modo.