Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 36
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Reece: Vamos a tener que coger el coche hoy

Reece: ¿Te parece bien? Si no cambiamos de planes

Beau: Todo bien, no te rayes.

Beau: Tengo muchas ganas de verte, Sargent.

Reece: Y yo a ti, Sinclair.

Tras volver a leer aquellos mensajes por millonésima vez, Beau bloqueó el móvil y lo guardó en el bolsillo trasero de sus vaqueros.

Ante la ausencia de un plan concreto, había decidido ponerse unos vaqueros de esos que le hacían un culo increíble y una camiseta de tirantes, de cuello alto y color violeta.

La camiseta era herencia de Mini. Según su amiga, le marcaba la figura de una forma que era ilegal que no estuviera en su armario.

Por supuesto aquel conjunto no había sido su primera elección, sino que había pasado las horas previas a encontrarse rebuscando hasta en el rincón más oscuro de su armario para encontrar el conjunto perfecto.

Quería gustarle a Reece. No, necesitaba gustarle.

No lo habían llamado de aquel modo concretamente pero, si aquello era una cita, ¡su primera cita!

Lo mínimo que ansiaba era volverlo loco.

Cuando el coche apareció doblando una esquina, la sonrisa tonta volvió a dibujarse en los labios de Beau, que levantó el brazo y lo saludó como si temiera no ser visto.

Pero no fue así. El coche pronto paró ante él con Reece al volante.

Estaba guapísimo, con una camisa verde desabrochada y una camisilla blanca debajo, además del colgante de la herradura.

Y sus gafas. Empezaría guerras por esas gafas y por la forma en que se acomodaban sobre su perfecta nariz.

—Hola —dijo, acercándose y colocando las manos en la ventanilla.

—Tenemos un problema —susurró Reece.

Beau frunció el ceño.

—¡Beau, tesoro!

En la parte de atrás del coche, la señora Sargent y dos de sus amigas lo miraban con una sonrisa amable en el rostro. El menor de los Sinclair devolvió el gesto y titubeó antes de devolver la vista hacia su chico.

—Mi abuela ha oído que íbamos al centro comercial y se ha acoplado con sus amigas.

La señora Sargent no tardó en darle una palmadita en el brazo a su nieto.

—¡Oye! ¿Tendrás morro? ¿Quién llena el depósito de este coche?

Reece puso los ojos en blanco y a Beau le costó contener una risita por lo tierna que le resultaba aquella escena.

Rodeó el coche con paso acelerado y montó en el asiento del copiloto.

En cuanto sus miradas se encontraron, Reece no tardó en dibujar un «lo siento» con los labios, al que el menor de los Sinclair respondió con un guiño que le restaba importancia.

—¿Cómo es que ibais al centro comercial? —preguntó la señora Sargent.

—Oh, ehm… —Beau llevó una mano hasta el brazo de Reece—. Al pobre lo ha obligado Hunt. Dice que necesito calzado adecuado para el campo de rugby.

La mujer asintió, sin necesitar nada más para convencerse.

Una mirada fugaz, una sonrisa compartida. El pulgar de Beau se deslizó sobre el brazo de Reece antes de volver a su regazo. Quería tocarlo, besarlo después de días sin nada más que mensajes y llamadas, pero aquel no era el momento.

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—Ten el teléfono con sonido, ¿de acuerdo? —dijo la señora Sargent a su nieto.

—De acuerdo.

—Nos encontraremos aquí mismo.

— Vaaaaaaale .

La anciana cogió la camisa de su nieto e intentó abrocharle varios botones, a lo que este respondió revolviéndose para evitarlo.

—Ay, abuela, basta —dijo, dando un paso atrás y arreglándose la camisa de nuevo.

—Vas muy guapo, Reece, pero seguro que así coges frío.

—¡Suficiente! Ve con tus amigas —instó, haciendo un gesto con la mano para indicarle el camino. Después giró sobre sus pies y, resoplando, cogió a Beau del brazo para tirar de él y echar a andar—. Dios santo, ni que fuese un adolescente.

El menor de los Sinclair rio.

—A mí me ha parecido muy tierno.

—Ya, claro, porque no te lo hace a ti.

Ambos se miraron. Una nueva sonrisa cómplice, una última caricia en el brazo y se distanciaron, caminando el uno a la par del otro, pero sin dar pie a interpretación alguna sobre qué eran. De nuevo, si por Beau fuera, caminarían de la mano. Pero sabía que no era posible.

—En serio, perdona de nuevo que se nos hayan acoplado y…

—Hey, da igual. Llevo días sin verte. Me habría servido ir con ella a dar una vuelta si con eso…

en fin, hubiera tenido una excusa para pasar un rato juntos.

Aunque… —frunció el ceño— he de decir que ir al centro comercial no era el plan que esperaba.

Mucho menos cuando dijiste que era algo que echabas de menos de casa…

—¡Oh, no! Yo me refería a ir a jugar a los bolos —con uno de los dedos señaló hacia arriba—.

Hay una bolera en la última planta y… me encantan.

Suelo ir una vez a la semana cuando estoy en Birmingham.

Además… venir aquí supone dejar Whitefish atrás y…

no sé, pensé que eso también te gustaría —levantó los hombros.

—¿Bolos? La verdad es que no he jugado nunca.

—Espera, ¿lo dices en serio? —Reece se detuvo en seco.

Beau asintió y Reece, empujado por un impulso al que no pondría queja alguna, lo agarró con firmeza de la muñeca y tiró de él para guiarlo hacia las escaleras mecánicas.

—Eso cambia hoy —aseguró con ese tono que no dejaba espacio para las dudas.

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—Joder, esto pesa como un muerto —dijo Beau, cogiendo con firmeza la bola.

Reece rio divertido. Tras registrar los nombres de ambos en la pantalla, se incorporó para poder acercarse al menor de los Sinclair y observarlo de cerca con ternura en la mirada.

—Tienes que cogerla bien. Verás que no es para tanto.

—Ya, claro, Don Bíceps Tan Grandes Como Mi Cabeza, seguro que no es para tanto.

Reece sacudió la cabeza y, sin dudar apenas un segundo, guio a Beau a colocarse de cara a la pista.

Se acercó más y pegó su pecho a la espalda ajena, reduciendo cualquier distancia entre ambos, como si cada centímetro le estorbara.

Sus manos se posaron sobre las de Beau, ajustándole los dedos a los agujeros de la bola.

—Así —murmuró, bajando la voz—. No la agarres tan fuerte.

El menor de los Sinclair entreabrió los labios para tomar aire.

La cercanía, el contacto y el calor del cuerpo ajeno habían conseguido que sus mejillas se tiñeran ahora de un tono sonrosado intenso.

El corazón también se le había acelerado.

Necesitó tirar de su ingenio para salir de una situación que revolucionaba su interior de forma incontrolable.

—¿Siempre das estas clases tan de cerca? —preguntó, ladeando el rostro para mirarlo.

—Solo en casos especiales.

—¿Casos especiales?

Reece presionó los labios y tragó duro. Su pulgar se movió sobre la piel ajena.

—Bueno, a fin de cuentas es nuestra primera…

Guardó silencio y miró a su alrededor rápidamente. Un grupo de adolescentes riendo en la pista de al lado, una pareja discutiendo sobre la talla de sus zapatos… Nadie los miraba. Eso lo hizo seguir hablando.

—Nuestra primera cita. Eso es especial, ¿no?

Cita . La palabra quedó suspendida entre ambos.

Beau giró del todo para poder mirarlo, obligando a Reece a separarse un poco. Pero no del todo. No demasiado.

—¿Lo has llamado cita? —preguntó, con una sonrisa imposible de disimular.

—Bueno, estamos aquí. Juntos. Haciendo algo normal.

—¿Normal como que me estés sujetando las manos desde hace treinta segundos?

Sus manos se separaron tras aquellas palabras, Reece no tardó en esconderlas en los bolsillos de los pantalones.

—Si tanto te molesta no te toco más… —respondió burlón.

—Si tinti ti milisti —replicó irónico.

Ambos rieron al unísono. Reece también se había sonrojado; Beau se mordió el labio inferior, completamente encandilado ante tal visión.

—Me gusta —susurró Beau—. Que lo llames cita.

Silencio. Miradas conectadas durante quizás demasiado tiempo. Reece carraspeó al ser consciente de ello y, con la cabeza, señaló la pista antes de apartarse un poco más.

—Venga, lanza.

—A sus órdenes, mi capitán —bromeó Beau.

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—¿No hay ninguna posibilidad de que gane? —preguntó Beau mirando la pantalla.

—Sí, claro, un milagro —respondió burlón. Ante la mirada reprobatoria de su chico, Reece llevó una mano hasta su cintura y le dio un firme apretón—. Lo has hecho muy bien para ser tu primera vez, no te piques.

Y aunque se esforzó en fingir que aquel comentario le daba igual, la forma en la que las comisuras de sus labios se elevaron delataba todo lo contrario.

El menor de los Sinclair tiró una última vez, llevándose por delante los tres bolos de la izquierda y nada más.

Resopló y encaró a su chico de nuevo que, ahora, le mostraba ambas palmas de las manos para poder chocarlas.

Se acercó a él y chocó con fuerza, notando como este utilizaba la excusa para entrelazar los dedos.

—Bien jugado, Sinclair.

—Uy, sí, increíble —respondió con evidente sarcasmo.

—No te machaques, un poco de práctica y me pateas el culo.

—¿Significa eso que me darás la revancha?

Reece asintió. Otra cita. La verdad era que pocas cosas podían sonar mejor.

Aun sin muchas ganas, ambos se dejaron ir poco a poco. El menor de los Sinclair tomó asiento junto a su chico, levantó la mirada. En la pantalla del marcador aparecía el nombre de Reece rodeado de cohetes y la palabra «victoria» con letras brillantes.

—¿Te lo has pasado bien al menos?

—Sí, ha sido mucho más divertido de lo que esperaba. Y mil veces mejor que el rugby.

—Y una mierda, nada es mejor que el rugby.

—¿Nada? ¿Ni siquiera poder asistir a un concierto de Queen? ¡Y no digo un tributo ni nada por el estilo! Digo Queen, Queen, con Freddie y toda la pesca.

Reece resopló y echó el cuerpo hacia atrás, acomodándose mejor en la silla.

—Ahí me has pillado, no sabía qué elegir.

Beau rio; por un momento, el mundo dejó de importar y solo lo adorable que estaba Reece pareció importante.

Tanto fue así que no dudó en abrazarlo, apoyando el mentón sobre su hombro y mirándolo con ese toque embelesado que no podía evitar con él.

Volvían a estar cerca, su olor varonil lo embriagó de inmediato.

La idea de besarlo se dibujó clara en su cabeza. Fue ahí cuando se volvió consciente de lo que estaba haciendo, de lo cerca que estaban y, de una forma quizás demasiado exagerada, se apartó.

—Perdona, perdona… —farfulló, nervioso.

Reece le presionó el brazo con firmeza.

—Tranquilo, a mí también me cuesta contenerme cuando estoy contigo.

Y era una mierda enorme.

Pero también una condición que no tenía sentido alguno discutir.

Beau bajó la mirada. Sobre sus piernas pudo ver cómo sus dedos jugueteaban entre ellos de forma nerviosa.

En su campo de visión apareció de repente la mano de Reece, la misma que cogió una de las propias y la guio hasta esconderla entre ambos.

Sus dedos volvieron a entrelazarse, acompañados de una presión firme.

Una mirada. Un nuevo secreto entre ambos.

—Pues creo que elegiría el rugby entre ambas opciones.

—¿Por encima de Queen? Wow, acabas de romper todos mis esquemas.

—No me malinterpretes, el concierto sería una pasada, la experiencia de mi vida. Pero solo sería una vez, el rugby… es una constante en mi vida. Siempre ha estado ahí, siempre está y siempre estará. Es mi vida —levantó los hombros.

—Dios, eres rugby adicto.

«Siempre ha estado ahí. Siempre está. Siempre estará. Es mi vida».

Sabía que aquellas palabras serían un problema en el futuro, que la importancia que aquel deporte tenía en el corazón de Reece iba a terminar por dañarlo tanto a él como a lo que tenían.

Sin embargo, en aquel instante, escogió quedarse con lo adorable que estaba siempre que hablaba de algo que lo apasionaba tanto.

Preocuparse sería un problema del futuro Beau Sinclair.