35
Cuando Beau abrió los ojos, la visión de aquella habitación de hotel envuelta en penumbra lo recibió. Necesitó unos segundos para ubicarse. Con la cabeza todavía revuelta, solo sentir el peso del brazo de Reece rodeando su cintura fue capaz de devolverlo a la realidad.
Había necesitado un buen rato para calmarse en el coche. Sin embargo, en cuanto el llanto se desvaneció, la propuesta de hacerse con un cuarto en cualquier lado y dormir hasta que el día hubiera terminado sonó de maravilla.
El rugido del motor fue el siguiente sonido que los envolvió a ambos. En aquel momento poco le importó no haber estado nunca antes en un coche conducido por Reece. Se sentía tan seguro a su lado que hasta aquel miedo tan primigenio moría.
Se movió un poco; los dedos ajenos se aferraron a él, anclándolo en el sitio. Todavía llevaba puesta la sudadera de su chico. Eso le pintó una media sonrisa que le nacía de lo más profundo. Su mano descendió y se acomodó sobre la ajena para acariciarla.
—Hey… —escuchó a Reece farfullar con voz pastosa y cansada.
—Hey —respondió, pudiendo ahora sí girarse hasta quedar de nuevo cara a cara.
Despertar junto a Reece Sargent era verdaderamente hermoso.
Todo en él tenía un aura de paz que resultaba contagiosa.
A Beau le resultaba de lo más tierno que un hombre tan grande e imponente pareciese tan frágil.
Daban ganas de arroparlo, de besar su nariz y decirle que podía permitirse arañar cinco minutos más al reloj.
Embelesado como estaba, llevó un dedo hasta la nariz de Reece, dibujando la forma de esta, sintiendo un cosquilleo en sus adentros al verle sonreír aun con los ojos cerrados.
—Tienes una nariz preciosa. La más bonita que he visto en mi vida —susurró.
Su nariz trazaba una línea recta y segura, sin quiebros ni dudas, como si hubiera sido esculpida por un artesano en honor a su más preciado muso.
Resultaba imposible no quedar prendado de ella, aunque, si sus manos entraban en competición, Beau ya no sabría qué elegir.
Tan fuertes y varoniles, a la vez tan suaves y afectuosas, eran perfectas.
—Herencia de mi madre —farfulló Reece, frotándose la cara con una de las manos para poder así espabilar—. La de mi padre está más torcida y la tiene hecha polvo a base de golpes en el campo.
—Deberías tener cuidado en el campo, entonces. Sería una pena que te la jodieras.
Reece enarcó una ceja.
—¿Solo la nariz? ¿El resto sin problema ?
Beau asintió.
—Ajá. Podría soportar estar contigo con cualquier lesión, pero sin esa nariz…
Ambos rieron.
La mano de Reece no tardó en encontrar acomodo sobre la nuca de Beau, guiándole así a acercarse y poder darse el primer beso de la mañana.
Se tomaron su tiempo. Ambos ansiaban volver a sentirse de ese modo.
La noche anterior había sido demasiado, empañada por un aura de tristeza imposible de ignorar, así que los besos como aquel no habían tenido cabida.
Ahora era el momento de recuperar el tiempo perdido.
Sin romper el beso, Beau se movió hasta colocarse sobre Reece, descendiendo las manos por su pecho y apresando el bajo de su camiseta para poder quitársela.
No tardó en sucederle lo mismo a su sudadera.
Las prendas acabaron tiradas en algún punto irrelevante de la habitación.
Beau deslizó las manos por el torso de su chico.
Su piel caliente y suave le hacía estremecerse, y el roce del vello corto le hacía cosquillas.
Sus labios empezaron a buscarse con más hambre. El descenso continuó hasta poder entrar en la ropa interior y apresar la erección de Reece, empezando así una masturbación lenta pero marcada que solo buscaba hacerle desear aquello todavía más.
—¿Me sientes? —preguntó Beau, jadeante.
—Te siento —correspondió Reece, guiando él también a uno de sus dedos para empezar a preparar a Beau para lo inminente—. Ni te imaginas cuánto te he echado de menos.
La ropa interior estorbaba. Con manos mucho más torpes, fruto del placer que aquel dedo le estaba dando, el menor de los Sinclair se deshizo de los boxers ajenos, ayudando también en la tarea de quitarse los propios después.
Los roces entre sus pieles se volvieron más explícitos.
Buscaban sentirse, fundirse, y los jadeos y gimoteos caldeaban el ambiente.
Una mirada. Un asentimiento.
El dedo de Reece abandonó el interior de Beau y no tardó en ser sustituido por su miembro.
Entró despacio, palmo a palmo, quedando ambos quietos unos instantes al estar por completo dentro de él.
Los dedos de Beau se curvaron, sus uñas arañaron el pecho de Reece de forma inconsciente y tomó aire por la boca.
No dolía. De hecho le encantaba.
El roce de las manos de Reece ascendiendo por sus piernas sacó a Beau de sus pensamientos y lo centró de nuevo en la realidad.
Ambas manos se colocaron sobre sus caderas, presionó su carne.
Con la vista puesta en él, la forma sensual en la que se mordió el labio inferior fue suficiente para terminar de provocar un incendio en sus adentros.
—Joder, Beau.
La respuesta a aquellas palabras, de nuevo, llegó por parte de su cuerpo.
Su cadera empezó a moverse con un ritmo marcado, intenso, de compases cada vez más crecientes impulsados por un hambre de él que resultaba insaciable.
El sonido de los muelles chirriando se mezclaba con el de sus gemidos y con el cabecero golpeando rítmicamente la pared cada vez con más rapidez y violencia.
—Reece —gimió, dejándose llevar .
Fue caótico, intenso. El calor subió de golpe desde sus entrañas y se deslizó por todo su cuerpo hasta llenarlo todo, hasta volverse asfixiante.
Como en una montaña rusa, una vez el placer hubo alcanzado su cima, cayó en picado en un estallido tan intenso que arqueó la espalda de Beau y le hizo echar la cabeza hacia atrás, sacudido por la mezcla entre ese placer tan carnal y la pequeña pizca de dolor que suponían las uñas ajenas clavándose en su cadera.
Con la respiración entrecortada y la piel perlada de sudor, el menor de los Sinclair se dejó caer hacia un lado, quedando tumbado junto a Reece. Sus ojos seguían cerrados, pero su cabeza se movió hasta apoyar la frente contra la parte superior del brazo ajeno.
Contacto. Piel con piel. Daba igual lo que acababa de pasar; lo ansiaba.
Sus ojos volvieron a abrirse al sentir la mano de Reece ascendiendo por su pierna flexionada hasta alcanzar de nuevo la cadera. Bajó la mirada. Sus largos dedos acariciaban con mimo las marcas en forma de media luna que sus uñas habían dejado en él.
Un nuevo beso, uno mucho más tranquilo, de vuelta a la calma. Cuando se separaron, Reece buscó con la mirada su camiseta, recuperándola del suelo para poder limpiar los restos de aquel encuentro de encima de su piel y de la de Beau.
—¿Te he…? —El pulgar de Reece volvía a acariciar las rojeces en su cintura.
Beau negó apresuradamente.
—Ha estado bien, no te rayes. Me ha gustado que seas tan pasional.
—Me has puesto tanto que me he cegado un poco.
—No pasa nada, en serio.
—Ya, bueno, aun así…
Reece se movió hasta poder alcanzar con los labios la cadera de Beau. Besó despacio su piel, con cierto toque reverencial. El menor de los Sinclair sintió que el aire huía de sus pulmones de golpe, sorprendido una vez más por una ternura que jamás habría atribuido a alguien como él.
Guiado una vez más por las manos ajenas, Beau quedó tumbado boca arriba y Reece, de inmediato, acomodó la cabeza sobre su pecho, cerrando los ojos al sentir cómo el puente de su nariz volvía a ser trazado con el dedo.
Ascendió por sus cejas, el filo de su rostro…
quería memorizar en la yema cada palmo de este.
—Contigo nunca duele… —pronunció en voz alta un pensamiento.
Reece abrió los ojos y lo miró con el ceño fruncido.
—El sexo.
—¿A qué te refieres con doler? —El nieto de la señora Sargent ascendió hasta poder estar con su rostro a la misma altura que el ajeno—. ¿Físicamente? ¿Emocionalmente?
Beau levantó los hombros.
—Ambos.
—Beau… —Con mimo, Reece le apartó el pelo de la cara—. El sexo no debería doler nunca, de ninguna forma…
El menor de los Sinclair apartó la mirada.
No es que aquello fuese una revelación o algo que no supiera; lo que provocaba aquella congoja en él era escucharlo en voz alta por primera vez.
Cuando la experiencia te grita otra cosa, aunque en tu cabeza algo tenga lógica, empieza a perderla poco a poco.
Escucharlo así, de voz de Reece, le hacía mirar a todas sus pasadas experiencias una vez más con una repulsión que le costaba gestionar.
Lo sintió una vez más. Esa masa viscosa bajo la piel, esa que se extendía e iba enganchándose por cada recoveco de su interior, que lo hacía sentirse sucio.
No tardó en llevar una mano hasta el antebrazo y empezar a rascar con insistencia.
Quería colar los dedos dentro, quería arrancarla, quería sentirse bien otra vez.
—Hey, ¿qué haces?
Reece agarró con fuerza la mano de Beau, deteniendo así aquel tic nervioso. Aunque el menor de los Sinclair intentó zafarse y seguir rascando, la forma en la que su chico presionó su mano fue suficiente para disuadirlo.
—Vas a hacerte daño… —añadió, con más suavidad.
—Estoy sucio, necesito limpiarme.
—¿De qué hablas? No lo estás.
—¡Sí lo estoy! Hay… algo dentro, algo repulsivo que se cuela en cada parte de mí y me hace… —sacudió la cabeza—. Estoy sucio, estoy… roto. Por eso el sexo duele. Pero eso nadie…
Se queda.
Me quiere.
Oh, había tantas opciones para terminar aquella frase.
Pero no pudo. Con un firme:
—Basta.
Reece hizo callar a Beau de golpe, con firmeza, pero sin perder su natural calidez.
—No estás roto. No estás sucio. Y que le jodan a quien te ha hecho creer que es así —le dio un toquecito en la frente con el dedo—. Incluso si ha sido esa cabecita tuya, no es verdad .
—Eso es fácil de decir para ti. Esto no es la gran ciudad.
¿Sabes cómo se siente uno cuando es la única persona abiertamente gay en un maldito pueblo enano?
Quieres sentir, quieres vivir, quieres… hacer lo que hacen los demás.
Y te encuentras con que solo hay… capullos que te usan para un polvo asqueroso en un baño.
Sin cuidado, sin afecto, sin pensar por un instante si eso es siquiera lo que tú quieres.
Pero es eso o nada. Y ansías tanto sentir algo, convencerte de que no eres repulsivo, que… lo aceptas.
—¿Quieres saber lo que ha sido el sexo para mí durante todos estos años?
Llevo desde que me di cuenta de que me gustan los hombres teniendo que…
empujar esa parte de mí dentro del armario y hacerla callar con todas mis fuerzas.
Mi mundo es el rugby, es mi vida, y no… puedo aparecer con un novio de la mano en el campo.
Con cada hombre con el que he estado ha sido…
después de un riguroso y exhaustivo proceso con el que me he asegurado de que no van a salir corriendo a contárselo a nadie, que no…
lo joderán todo —suspiró—. El sexo ha sido…
un circo muchas veces para mí. Pero nunca ha dolido.
Nunca —tiró de Beau y lo acercó lo suficiente para poder hablarle en un susurro—.
Nunca va a volver a doler. Nunca vas a volver a sentirte de ese modo.
Yo nunca… Te lo prometo, ¿vale? ¿Confías en mí?
No tuvo que pensarlo; asintió de inmediato. Confiaba en Reece, por eso había viajado en su coche, por eso se abría a él de ese modo, ansiando escuchar lo que pensaba.
Volvió a abrazarlo. A buscar en él ese lugar seguro en el que todo parecía estar bien. Cuando volvieron a mirarse, fue imposible no volver a fundirse en un beso tranquilo, de esos que no tienen más pretensiones que poder disfrutar de los labios del otro.
—¿Qué haces el sábado? —preguntó Reece, rozando la nariz de Beau con la propia.
—Nada…
—Vale, pues ahora tienes planes conmigo.
—¿Qué planes? —La ilusión era evidente en su voz.
Quiso preguntar si era una cita, pero no tuvo el valor suficiente para hacerlo.
—Pues hay algo que echo de menos hacer y… planeaba ir solo, pero… será más divertido contigo.
Beau rio.
—¿El qué?
Reece chasqueó la lengua con exagerada teatralidad.
—No te lo puedo contar hasta el sábado, lo siento.
—¡No! ¡Dímelo! —pidió, dando un suave brinquito, pegándose todavía más a él.
—Vas a tener que esperar, Sinclair.
Beau gruñó y puso los ojos en blanco.
—¡Está bien! Aunque más te vale no crearme expectativas y que luego sea… tomar ese asqueroso té vuestro. El que parece agua de fregar.
—¿¡Cómo te atreves!?
Las manos de Reece viajaron raudas hasta los costados de Beau, empezando así a hacerle cosquillas, llevando a sus cuerpos a enredarse de nuevo y a perderse el uno en el otro.
Quizás no sabía todavía qué planes les esperaban para el sábado, pero sí tenía clara una cosa. En aquel instante, el único plan que existía era disfrutar del tiempo juntos en aquella habitación todo lo posible. Y nada resultaba más apetecible.