Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 34
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De vuelta a casa, el peso del silencio cayó sobre los hombros de los hermanos Sinclair como una losa.

Por mucho que hubieran intentado convertir el cumpleaños de su madre en un día especial, en el momento en que habían terminado el jarrón y salido de aquella burbuja, la realidad les había golpeado con la obviedad de que no podían ser felices.

Aunque Beau se sentía completamente derrotado y agradecía tener a Emmet a su lado, le resultaba mucho más importante asegurarse de que este estaba bien.

Sentados en el sofá, viendo por millonésima vez El gigante de hierro , apartó la mirada de la pantalla y se perdió en el gesto ausente de su hermano. Con el corazón en un puño, habló.

—¿Por qué no llamas a Charlotte y te vas con ella a pasar la noche?

Emmet lo miró, confuso.

—No —respondió, presionando una de sus rodillas—. No te dejaré solo, no hoy.

—Estoy bien. De verdad. En nada voy a irme a dormir y… la necesitas.

Su hermano presionó los labios. Aunque dudó en un principio, terminó por hacerlo. Una llamada, una conversación corta en la cocina, y el mayor de los Sinclair cruzó el salón buscando las llaves de su camioneta. Tenía planes: iba a ir a buscar a su chica.

—¿De verdad estarás bien si me voy? —preguntó, de cuclillas frente a Beau.

—De verdad. Acabaré la película y me iré a dormir.

Un beso en la frente, el recordatorio de que estaba a una llamada de distancia, y Emmet se marchó, haciendo el silencio reinante todavía más pesado.

════∘◦❁◦∘════

Tumbado de lado sobre la cama desde hacía horas, los ojos de Beau seguían tan abiertos como lo habían estado todo el día.

Su mirada se encontraba perdida en aquella foto, la misma que tenía en la mesilla, la que ahora había colocado a su lado sobre el colchón.

Con el dedo extendido, repasó de nuevo las figuras que aparecían en ella.

Mamá. Papá. Emmet.

Mamá. Papá. Emmet.

Mamá. Papá. Emmet.

La voz distorsionada y lejana de su madre volvió a su cabeza para torturarlo.

Sus últimas palabras, aquel «¿Quieres que mami se siente detrás contigo, Beau?» resonaron con fuerza. La de su padre ni siquiera hizo acto de presencia. Esa ya se había borrado por completo; ni siquiera era capaz de recordar qué era lo último que le había dicho.

«¿Quieres que mami se siente detrás contigo, Beau? »

«¿Quieres que mami se siente detrás contigo, Beau?»

«¿Quieres que mami se siente detrás contigo, Beau?»

El menor de los Sinclair cerró los ojos con fuerza y se cubrió las orejas con las manos.

—Para. Para. Para. Para… —repitió, encogiéndose poco a poco sobre sí mismo. Curvó los dedos; las uñas se clavaron en sus sienes.

Necesitaba salir de ahí. Necesitaba huir.

Y solo había un lugar en el que quería estar.

════∘◦❁◦∘════

«La segunda lluvia es diferente, menos dulce. Cae fuerte, golpea los tejados, arrastra el polvo de las calles y revela lo que intentamos esconder. Hay quien la odia; otros comprenden que es necesaria. Sin esa lluvia, aquí nada cambiaría nunca. Ni la tierra, ni la gente».

Cuando Beau llegó a casa de la señora Sargent, el cielo de Whitefish había decidido romperse en un llanto que, para un corazón herido como el que tenía en aquel momento, resultaba hasta empático.

Corrió hasta la puerta, resguardándose como pudo, rebuscando en el bolsillo de sus pantalones para sacar el teléfono. Con dedos congelados y temblorosos llamó a Reece.

—Hey —respondió este con rapidez.

—Estoy en tu puerta.

—¿¡Qué!? ¿Con la que está cayendo? Dios, Beau… —acompañando sus palabras, el sonido de unos pasos acelerados y de la madera crujiendo llegó a él .

No tuvo que esperar mucho. La puerta se abrió de golpe y Reece apareció ante sus ojos con la preocupación pintada en el rostro.

Aun así, estaba guapo, con las gafas ligeramente caídas sobre el puente de la nariz y una sudadera burdeos que seguramente valía tanto como todas las prendas del armario de Beau juntas.

No dijo nada. Con firmeza, lo cogió del brazo y tiró de él para que entrara. Beau se tensó, negó enérgicamente e impuso resistencia.

—¿Está tu abuela? No quiero que nos vea y que tengas que…

—Joder, olvídate de eso y pasa dentro —interrumpió, tirando de él de nuevo.

Esta vez, Beau sí se dejó llevar.

En cuanto estuvo dentro de la residencia de los Sargent, las manos de Reece no tardaron en recorrer su cuerpo de forma acelerada. Saltaban de un lado a otro, tocando su ropa húmeda, su cara, apartándole el pelo de ante sus ojos…

—Tendrías que haberme dicho que vendrías. Habría ido a buscarte o… —suspiró—. ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo? —se acercó más—. ¿Estás bien?

Por un instante, Beau se planteó seriamente mentir.

Quiso decirle que estaba bien, que estaba allí solo porque se moría de ganas de verlo y lo echaba de menos.

Sin embargo, cuando intentó hacerlo, antes de que ninguna palabra pudiera salir siquiera de sus labios, se derrumbó.

Temblaba; sus ojos volvieron a humedecerse.

—No… —farfulló con voz rota.

Reece lo abrazó de inmediato, lo pegó contra su cuerpo y lo apretó con fuerza. Sus labios buscaron el cuello de Beau y dejaron varios besos lentos, cálidos, de esos capaces de calentar el alma.

—Hey, tranquilo, ¿qué pasa? Estoy aquí… —susurró cerca de su piel.

Beau se aferró con fuerza a la sudadera.

—Mi madre… es el cumpleaños de mi madre… —consiguió decir entre sollozos.

Reece lo apretó con más fuerza. Sus labios ascendieron hasta besar su mejilla, dando paso después a una caricia lenta con la punta de la nariz.

El menor de los Sinclair ladeó el rostro. Su mirada buscó la ajena; necesitaba saber que no lo miraba como a un loco, que su afecto no era fruto de las circunstancias. Fue sentir su mano en la mejilla y supo que aquel era un lugar seguro en el que romperse.

—Estaba solo, en casa, y… no podía dejar de pensar. Todo estaba tan silencioso y… Lo siento, no debería haber venido así. Yo…

Reece llevó la mano a la nuca de Beau, lo guió a acercarse y dejó un beso sobre su frente, uno que hizo que un agradable calor despertara en sus adentros.

—No digas eso. No hay nada que sentir —respondió, besando su nariz después—. ¿Por qué no vamos a algún sitio más tranquilo y hablamos?

Beau asintió.

════∘◦❁◦∘════

Al montar en el coche de Reece, Beau cerró la puerta con más cuidado del necesario, como si temiera que incluso el más mínimo golpe pudiera estropear algo allí dentro.

Se acomodó en el asiento del copiloto y echó un vistazo rápido al interior, esperando encontrar algo que rompiera la perfección que lo rodeaba —una botella vacía, barro seco, cualquier cosa—, pero no había nada. Ni siquiera polvo.

Acorde con su estatus, Reece tenía un coche de lujo, uno que olía a cuero limpio y a ambientador caro, con asientos de cuero oscuro impecables y pantallas por todas partes.

No pudo evitar sentirse fuera de lugar, especialmente al recordar lo húmeda que estaba su ropa y el barro que decoraba la puntera de sus Converse falsas.

Volvió a la realidad al escuchar un portazo. Su chico se había montado también en el coche y, sin cuidado alguno, se quitó la sudadera a tirones y se la tendió con una sonrisa.

—Ponte esto, anda. Debes de estar congelado —dijo, trasteando con las pantallas hasta conseguir que un agradable aire caliente llenara el interior del vehículo—.

Sé que el coche no es… En fin, tu sitio favorito.

Pero no se me ha ocurrido otro lugar —añadió, quitándose las gafas para limpiar los cristales con su camiseta interior.

—No pasa nada —farfulló Beau, ahora envuelto en el abrazo de aquella sudadera.

Con la cabeza agachada y la vista perdida en sus manos sobre las rodillas, Beau pudo ver cómo Reece colocaba una de sus manos sobre la propia. Hizo que la girara, pudiendo así entrelazar los dedos, presionándolos con firmeza como una muestra más de que seguía ahí.

—¿Quieres hablar?

—No.

Uno de los dedos de Reece le dio un toquecito en el mentón, haciéndole así levantar la cabeza.

—¿Estás seguro ?

—Cada vez que hablo de este tema con alguien que me gusta… todo se va a la mierda. Es entonces cuando me vuelvo demasiado, cuando ya no compensa estar conmigo —el nudo en la garganta se volvió más intenso—. No quiero que eso pase contigo…

Reece presionó de nuevo la mano de Beau.

—No va a pasar. Beau, no eres demasiado y no… pienso en lo que siento por ti como algo que me compensa o no. Estás sufriendo, ni siquiera soy capaz de imaginar cuánto. Necesitas hablar y tener a alguien que te escuche… Deja que sea yo.

El menor de los Sinclair apartó la mirada de nuevo.

Volvió a sus manos, a la forma perfecta en que sus dedos se entrelazaban, a la sutil caricia de su pulgar sobre la piel.

No sabía por dónde empezar. Nunca lo hacía.

Todas las palabras se agolpaban en la garganta y batallaban unas con las otras por ser las primeras en salir.

—Mi madre se llamaba Bonnie. Era enfermera, morena, muy guapa.

Tenía una… peca en la mejilla izquierda y la manía de arrugar la nariz en las fotos.

Le gustaba cantar, aunque lo hacía fatal, el color amarillo y los limones.

Mi padre se llamaba Oliver. Era bombero, tenía el pelo más claro que mi madre y mucho complejo con sus entradas —rio con tristeza—.

Le gustaba el rugby, era fan del equipo de tu padre y les tenía un miedo irracional a las serpientes —ladeó el rostro para mirar a Reece de nuevo—.

Eso es todo lo que sé de ellos. Todo . Y la mayoría de esas cosas ni siquiera las recuerdo.

Son… fragmentos que mi hermano me ha contado.

Son mis padres, los he perdido para siempre y no…

los conozco —su voz tembló, las lágrimas empañaron su visión—.

Mi parte racional comprende que era muy pequeño cuando pasó, qué tiene sentido no recordarlo.

Pero a la emocional le duele de todos modos.

Sé que solo recuerdo sus caras porque tenemos fotos.

Sus voces ya no… n-no están, Reece. A mi padre ni siquiera lo recuerdo hablando.

Siempre que pienso en él solo… lo veo en ese maldito coche, mirando hacia atrás, comprobando que estoy ahí.

La voz de mi madre sigue ahí, pero ya… no parece ni siquiera la de una persona.

Y solo recuerdo que me decía una y otra vez sus últimas palabras —bajó la cabeza, volvía a temblar, no podía evitarlo—.

Este dolor me acompaña siempre. Y no es uno del que pueda deshacerme, porque no hay forma de sanar esto.

No voy a recordar sus voces por mucho que lo intente.

No voy a volver a vivir nada con ellos, por mucho que quiera.

No están, nunca van a estar. Me gustaría poder pensar en ellos y que no duela, pero no puedo… no… sé cómo…

La mano libre de Reece se deslizó por el costado de Beau hasta la baja espalda.

Poco a poco lo guio a moverse, a acercarse para poder abrazarlo de nuevo.

Estar entre sus brazos fue como volver a encontrar refugio después de la tormenta.

Su olor y su calidez lo envolvieron y se colaron en sus adentros, calmando su dolor.

Seguía llorando. La congoja se aferraba a él con todas sus fuerzas, pero la sensación de soledad se diluía hasta no ser nada.

—Tranquilo, llora todo lo que necesites. No hay prisa.

Beau presionó con más fuerza la mano de Reece al escuchar aquellas palabras.

Unas tan sencillas que llevaba deseando escuchar toda la vida.

No podía creer que, al fin, alguien se las hubiera regalado.

Su mano libre se aferró a la ropa ajena, pidiéndole una vez más, sin palabras, que no se marchara. Le necesitaba .

—Quédate conmigo —añadió junto a su oído, como si sus deseos estuvieran conectados de un modo difícil de explicar—. Déjame cuidar de ti.

Beau no pudo responder con palabras. El llanto impedía darles paso, pero un asentimiento fue más que suficiente para ambos. Un nuevo beso en la sien y supo que todo estaba donde debía estar.

En el exterior, la lluvia seguía golpeando con fuerza el parabrisas.