Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 33
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El sonido de una campanilla fue toda la señal que Beau necesitó para salir de la trastienda. El Cherry llevaba cerrado casi una hora, así que la única persona que podía estar entrenando era aquella a la que estaba esperando: Emmet.

El menor de los Sinclair había citado a su hermano en el local aquella misma mañana. No le había hecho partícipe de sus intenciones, simplemente le había dicho que ya sabía cómo celebrar el cumpleaños de su padre y que pasase por allí a la vuelta del trabajo.

—Hey.

—Hola.

Aunque ambos hermanos tenían su carácter, también coincidían en que, cuando se trataba de una discusión entre ellos, preferían poner distancia y volver a la normalidad días después, como si nada hubiera pasado.

Ahora estaban en ese impás raro, cuando el problema seguía flotando en el aire pero no se quiere hablar de él así que solo quedaba el silencio.

—¿Has reservado en algún lado para cenar? — preguntó Emmet.

—No, he pensado en hacer algo diferente por mamá este año —ante el ceño fruncido de su hermano, Beau siguió hablando—. ¿Recuerdas el jarrón amarillo?

—Claro que lo recuerdo, te lo cargaste al lanzar una de tus vacas de juguete desde el pasillo hasta el salón. Tuve que cubrirte y me llevé una reprimenda de la leche.

—¡Te ofreciste a hacerlo!

—¿¡Qué iba a hacer si no!? Tenías seis años y te pusiste a llorar…

Y aunque en un principio temió que aquello fuera una reprimenda, al ver cómo la comisura de los labios de Emmet se elevaba ligeramente, Beau respiró tranquilo.

—El caso es que… he pensado que podríamos pintar juntos un jarrón para mamá. Lo podemos poner en la entrada de casa, tener flores frescas —suspiró—. Le habría gustado.

—Le habría encantado —aseguró—. Vale, un jarrón, pero sabes que yo no…

—Tranquilo, yo me encargaré de que quede bonito.

Un ademán con la cabeza, y ambos hermanos se adentraron en el local.

Beau ya había dispuesto la sala para la actividad.

En una mesa pequeña, tanto el jarrón como los pinceles, pinturas y plantillas que iban a necesitar se encontraban perfectamente dispuestos.

Se sentaron el uno frente al otro, permitiendo así que Emmet investigara los materiales.

—¿Qué le gustaba a mamá? ¿Qué le habría hecho ilusión?

El mayor levantó la mirada de las plantillas, suspiró pesadamente.

—No recuerdas mucho de ella, ¿verdad? Digo… más allá de lo físico.

Beau dudó un instante, pero terminó por negar .

—Mamá… era de esas personas que llenaban todo con su luz.

Le gustaban las cosas sencillas. Cocinar los domingos como si viniera media ciudad, aunque solo fuéramos nosotros.

Siempre hacía de más y luego decía que así sobraba para el lunes.

Nunca era verdad, entre papá y yo nos lo comíamos todo —rio brevemente—.

Ponía música mientras limpiaba. Canciones viejas, de esas que nadie escucha, pero que ella decía que tenían encanto.

Y cantaba fatal… pero le daba igual. Supongo que eso es lo que más recuerdo: le daba igual hacer el ridículo, solo quería ser ella y disfrutar de las cosas que le hacían feliz.

Como tú —apoyó los antebrazos sobre la mesa y observó el jarrón—.

Le encantaba el amarillo. Y los limones.

No sé por qué pero tenía un montón de cosas con dibujos de limones… ¿Sabrías dibujar algunos?

Beau asintió. Cogió el jarrón y un lápiz, acercándolo lo suficiente para poder acomodarlo bien y empezar a dibujar el patrón que iba a decorar la pieza.

—Es normal que no la recuerdes bien, eras demasiado pequeño cuando pasó.

Aunque entendía lo que su hermano quería decir, el menor de los Sinclair seguía sintiendo aquello como una puñalada.

El universo había sido injusto con él tantas veces, ¿por qué no podía hacerle ese regalo?

¿Por qué no podía permitirle tener grabados a fuego a sus padres aun cuando no tenía sentido?

Si las fotos se iban, el día que Emmet dejara de estar, ellos también lo harían para siempre y la sola idea lo rompía por completo.

Aun así, al mirar de reojo a su hermano, se esforzó en parecer tranquilo.

—Lo sé. Es una mierda, pero… así funcionan las cosas —respondió y devolvió la vista al jarrón, dibujando un limón más. Necesitaba cambiar de tema—. Así que… a mamá le encantaban los limones, a mí las vacas, a ti los caballos… ¿y a papá?

Una sonrisa cargada de tristeza apareció en el rostro de Emmet.

—El rugby. Le encantaban los Redford Rams; veíamos sus partidos siempre. En parte por eso me hizo tanta ilusión conocer a Reece. O sea, lo admiro y eso, pero… su padre jugaba en los Rams, ¿sabes? A papá le habría vuelto loco conocerle.

—El toro Sargent —dijo Beau de forma inconsciente.

—¿Cómo sabes tú eso?

Beau levantó la mirada, titubeó e hizo un gesto exagerado con la mano.

—La señora Sargent me lo contó mientras le teñía el pelo. Me hizo gracia… —levantó los hombros y volvió al jarrón, sintiendo su corazón acelerarse.

«Joder, ten cuidado con lo que dices», se reprendió.

Dejó el lápiz sobre la mesa y levantó el jarrón, haciéndolo girar con cuidado, mientras observaba los limones. La verdad es que quedaban bonitos, ahora solo quedaba pintarlos. Colocó el jarrón en el centro de la mesa y empezó a preparar la pintura.

—Vale, con pincel fino y este tono de amarillo vamos a ir pintando los limones. Luego veremos cómo hacemos el fondo.

—Joder, Beau, son pequeños… ¿y si los pintas solo tú?

—¡No! La gracia es que hagamos algo los dos para mamá.

Emmet resopló, cogió el pincel y un poco de pintura.

—¿Qué pasa si me salgo?

—Nada, cogemos la lija y lo quitamos. Es lo bueno de esto, todo tiene solución .

Aquellas palabras surtieron efecto en su hermano, que, con confianzas renovadas, se puso manos a la obra.

La forma en la que sujetaba el jarrón con torpeza, cómo se acercaba y fruncía el ceño esperando ver mejor así, la lentitud de sus movimientos…

Beau no pudo evitar reír, cogiendo él también pincel y pintura para encargarse de otro de los limones.

—Siento la pelea y lo que te dije, Emmet. También haber desaparecido sin avisar.

Ambos se miraron, aunque no tardaron en volver a la pintura. De nuevo, en una de tantas cosas que asemejaban a dos hermanos tan distintos, hablar de aquellas cosas resultaba mucho más sencillo cuando no se estaban mirando.

—Sé que ya no eres un niño, Beau. Tienes veinticinco años y, con razón, sientes que no me debes tantas explicaciones como antaño.

Pero… llevo cuidando de ti desde que tenías siete años.

Eres lo más importante para mí y pensar que te hubiera pasado algo, que estuvieras en algún lado tirado…

joder, es mi mayor miedo. No te pido que me cuentes todo, pero…

—No. Tienes razón. Hiciste por mí algo que no todo el mundo habría hecho.

Tenías diecisiete años cuando pasó, dieciocho cuando te convertiste en mi tutor.

Podrías… haberme dejado con mi familia de acogida, haber puesto tu vida y tus sueños por delante…

pero nunca lo hiciste. Y no te he dado las gracias como merecías por ello.

—No quiero que me des las gracias. Eres mi hermano y te quiero. Lo hice una vez y lo haría mil veces solo por eso.

Beau rio con tristeza.

—¿Incluso si he terminado siendo un puto desastre?

Emmet levantó la mirada del jarrón, su hermano lo hizo también .

—No eres un desastre.

—Veinticinco años, camarero, sin estudios, sin planes de futuro, sin… nada. Quizás te ciega lo mucho que me quieres pero, vamos, tampoco soy alguien de quien estar orgulloso.

Emmet dejó el pincel sobre la mesa, se puso en pie y recortó toda distancia con Beau. De cuclillas, a su lado, cogió sus manos y las sujetó con firmeza.

—Eres un buen hombre. Tienes un corazón enorme, cuidas de los demás, eres amable, cariñoso, llenas mi vida de luz… Eso es todo lo que siempre he querido para ti. Es para lo que te eduqué y lo has conseguido. El resto me da igual.

—¿Nunca me has sentido una carga?

Emmet enmarcó de inmediato el rostro de Beau. Lágrimas honestas se deslizaban por sus mejillas, las mismas que con los pulgares intentaba borrar.

—No. Nunca. Este mundo ha sido cruel conmigo, pero me ha dado dos cosas tan bonitas… Y tú eres una de ellas.

—Quería hacerte sentir orgulloso… —farfulló todavía con la voz tomada—. Quería que vieras mis esculturas en la universidad y… sintieras que yo…

—Ya estoy orgulloso de ti, Beau.

El menor de los Sinclair se movió con rapidez, bajó de su silla para poder deshacerse de toda distancia entre Emmet y él, abrazándolo y aferrándose con fuerza a su espalda.

Cerró los ojos y escondió el rostro contra su hombro.

Quería llorar más; no sabría exactamente explicar por qué necesitaba llorar, solo sabía que en sus adentros algo le gritaba por hacerlo.

Fue sentir cómo los brazos de su hermano lo rodeaban y romperse como un niño .

—Hey, tranquilo… —le susurró—. Todo está bien, encontraremos una solución. Llevamos haciéndolo toda la vida; esto no va a acabar con nosotros.

«¿Y no estás cansado de que así sea? ¿No estás cansado de tener que luchar tanto y que las cosas nunca sean sencillas a la primera? Porque yo sí. Y empiezo a pensar que el mundo me está pidiendo que me rinda», pensó. Pero no lo dijo.

No podía decirle eso, no a Emmet.

Su hermano ladeó el rostro y le besó la sien despacio.

—Anda, enano, vamos a seguir pintando o no acabaremos el jarrón nunca —susurró, buscando hacerle sonreír.

Sí, ahora todo lo importante era acabar el regalo para su madre.