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La fiesta de Navidad aquel año se celebraba en casa de los Halpert. Aunque la tradición era hacerlo donde la señora Sargent, los invitados extra y un pequeño problema con los fogones de la cocina habían sido razones más que suficientes para cambiar de planes.
Realmente, a Beau le daba igual. No le importaba el dónde, no le importaba el cómo, tampoco el menú ni los juegos preparados para la velada. Todo lo que le resultaba relevante era que Reece estaba allí y que iba a quedarse hasta después de Año Nuevo.
Dios . Hacía poco más de un mes desde la última vez que se habían visto en persona, volver a tenerlo cerca y poder tocarlo y besarlo resultaba irreal. De hecho, eso había sido lo que ahora los hacía andar con prisa por las calles de Whitefish.
Estaban solos. En casa de los Sinclair.
Perder la ropa había resultado la única respuesta viable a tal situación.
Aunque Beau se habría quedado mil horas más entre las sábanas con él, una llamada de la abuela de Reece preguntando dónde estaban fue más que suficiente para hacerlos ponerse en marcha.
Su chico seguía siendo el niñito de su abuela a fin de cuentas, le resultaba prácticamente imposible pensar siquiera en no estar en Navidad con ella.
Caminaban de la mano. Dado que iban rumbo a una fiesta llena de personas que los querían y sabían de su relación, regalarse aquellas pequeñas concesiones era una de esas cosas que el tiempo les había otorgado a ambos.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Reece.
—¡Quejarme! O sea, ¿mi proyecto aparece roto en el estudio y la única respuesta que me das es que lo vuelva a hacer? Y una mierda. La profesora Walsh se puso de mi parte, aunque dice que debo entregar otra obra dentro de plazo sin importar las circunstancias.
—Eso no me parece muy justo…
—¡Lo sé! —Beau acomodó un momento la cabeza contra el brazo de su chico—. Sabía que tú lo entenderías. El idiota de mi hermano dice que me tengo que poner a trabajar y quejarme menos —puso los ojos en blanco.
Reece rio y tiró de su mano, pudiendo así acercarlo de nuevo y besarle la sien.
La universidad estaba yendo bien. Para sorpresa de Beau, el rumbo que aquella aventura había tomado resultaba ser todo lo que había soñado.
Los compañeros, las clases, los proyectos…
Estaba rodeado de arte todos los días, se estaba formando para algo que le encantaba…
Sí, definitivamente Red River era un gran lugar.
—Pero hablemos de ti, ¿cómo está tu madre?
—Muy bien, le han dado el alta. Es decir, hay que seguir echándole un ojo, pero…
Beau dio un brinco y abrazó el brazo de Reece con los suyos .
—¡Pero eso es genial, Reece! Me alegro tantísimo —pero él no parecía tan animado y eso, de inmediato, le hizo fruncir el ceño y detener el paso—. ¿Qué sucede? Estás raro…
Un suspiro, un suave bamboleo con la cabeza.
—El otro día me reuní con el seleccionador Williams, Beau.
Me… ha convocado como suplente. Dice que, con todo lo que ha pasado este año, teme que no esté listo para tanta presión, para lo que supone, pero…
también dice que sería un error no contar conmigo, así que…
—levantó los hombros—. Voy al «Seis Naciones».
Al menor de los Sinclair le costó unos segundos procesar aquella información; sin embargo, cuando todas las piezas tuvieron sentido en su cabeza, la reacción fue inmediata. Dejó ir la mano de Reece y, de forma torpe por lo apresurado, se lanzó a sus brazos para darle un sentido abrazo.
—¡Dios mío! ¡Pero eso es maravilloso! —exclamó, echando la cabeza hacia atrás y enmarcando su rostro con ambas manos—. Estoy tan orgulloso de ti… ¿Es que tú no…?
—¡No, no! No es eso… Estoy en una nube, pensaba que con toda la mierda que llevo encima el seleccionador ni me miraría. Es que… ¿recuerdas lo que hablamos?
—¿Birmingham? Sí, claro que lo recuerdo.
Reece suspiró.
—¿Estás seguro de que es lo que quieres? Ahora mismo… estás tan feliz. Estás en una universidad que te gusta, rodeado de tu gente, en tu pueblo y… una parte de mí se pregunta si no te estoy jodiendo algo importante haciéndote venir conmigo.
—Tú no haces que vaya a ningún lado, yo elijo hacerlo .
—¡Es que…! No puedo evitar pensar que quizás te estoy forzando a vivir una vida que no quieres, por mí, por el rugby. Y eso no es justo. Yo quiero que seas feliz, quiero… —presionó los labios—. Cuando me dijiste que vendrías, las circunstancias eran diferentes, entiendo perfectamente si…
Beau cubrió la boca de Reece con la mano y lo silenció.
—Escúchame. Ni tú ni nadie tenéis derecho a poner en mí cosas que no siento.
Me gusta la universidad, me gusta estar aquí, pero todavía me gusta más mi vida contigo.
Cada vez que vienes a verme… joder, todo es mil veces mejor.
Lo arreglaremos para estudiar a distancia, ¿qué importa eso?
—le descubrió los labios, sus manos se aferraron a su chaqueta acolchada—.
Quiero irme contigo. Quiero ir a Birmingham, ¿te enteras?
Una media sonrisa se dibujó en los labios de Reece.
—Nos vamos a Birmingham, dilo.
—Nos vamos a Birmingham.
Sus labios se buscaron en un beso, uno que selló aquellas palabras y marcó el que iba a ser su destino. Inglaterra. Birmingham. Una ciudad nueva, gente nueva, el rugby tomando de nuevo una posición privilegiada en su vida. Dios , aquello era emocionante.
Sus narices se rozaron.
—Te quiero —susurró Beau.
—Yo también te quiero, mucho —respondió—. ¿Y qué hacemos? ¿Se lo contamos a…?
Beau negó.
—No, hoy no. Es Nochebuena, dejemos que eso sea lo importante.
Un nuevo beso, sus dedos volvieron a entrelazarse y a retomar el camino a casa de los Halpert. Todos les esperaban allí: Mini, su cuñada, su hermano y la señora Sargent. También estaban los Hunt con sus hijas y algunos otros vecinos de Whitefish.
Cuando Beau se deshizo de la chaqueta, notó de inmediato un abrazo por la espalda. Charlotte lo achuchó, acomodando el mentón contra su hombro.
—Qué bien tienes el cutis desde que ha vuelto Reece —bromeó, haciendo a Beau reír—. ¿Va a quedarse mucho tiempo?
—Hasta después de Fin de Año.
—Oh… Bueno, estáis llevando bien la distancia, ¿no?
El menor de los Sinclair asintió.
Caminaron juntos por la fiesta hasta llegar a donde se encontraba Emmet. Su hermano estaba hablando con su suegro, al parecer había unas reformas que hacer en el granero de la casa familiar y quería de todas las manos posibles para hacer aquel apaño.
—¿Me echarás una mano? —preguntó Emmet, mirándolo directamente—. No será hasta después de las fiestas, no te robaré tiempo con tu novio.
Después de las fiestas. Para entonces ya habría volado lejos.
Su mirada buscó a Reece entre la gente. Junto a una mesa con platos cargados de abundante comida, su chico conversaba con Willis Hunt. Debía ser algo animado, la forma en la que movía las manos y el hombre respondía no parecía indicar otra cosa.
Birmingham. El vértigo le mordió el estómago; sin embargo, unas palabras dichas por alguien importante volvieron a su cabeza.
«Durante muchos años yo también pensé que era el único chico gay atrapado en un pueblo pequeño. Creía que estaba destinado a estar solo, o peor, a vivir una vida falsa que no quería. Pero el tiempo me ha demostrado que, si uno está dispuesto a jugársela, pueden pasar cosas maravillosas».
Por primera vez en su vida, Beau Sinclair iba a jugársela sin pensarlo.