Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 31
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Desde la planta de abajo, la voz de la señora Sargent sonó.

—¡Reeceeeeeee! —gritó la mujer, acercándose a la escalera—. ¡Cielo, he vuelto!

Acomodado sobre el pecho desnudo de Reece, Beau movió la cabeza hasta poder esconder el rostro contra su piel, soltando un sonoro resoplido.

No sabía qué hora era, pero sí que seguía teniendo mucho sueño.

Después de la charla de la noche anterior, se habían quedado hasta tarde abrazados en la cama, sin querer dormir, deseando arañar unos segundos más a un tiempo que cada vez se volvía más escaso.

Pues ahora ambos tenían que pagar las consecuencias.

—¡Reeceeeeeee! —se escuchó de nuevo.

El menor de los Sinclair levantó la cabeza y palmeó varias veces el pecho de su chico, el mismo que se había cubierto la cara con el brazo y se negaba a despertarse.

—Hey, tu abuela está abajo, te llama… —dijo, con voz somnolienta.

Y entonces, algo conectó en la cabeza de ambos.

La señora Sargent había vuelto antes de tiempo.

Beau se puso en pie de un brinco; Sardina se llevó tal susto que hizo lo mismo y salió por patas a buscar refugio en el cuarto de baño. Se movió con prisa, buscó por el suelo la ropa de la noche anterior; necesitaba cubrirse cuanto antes.

—¿Tu abuela no volvía esta tarde?

—¡Eso se suponía! —respondió Reece y se puso la primera camiseta a su alcance.

Con paso acelerado fue hasta la puerta del cuarto, salió por esta y recorrió el pasillo hasta la escalera, acompañando sus pasos de un insistente:

—¡Voy, voy, voy!

El menor de los Sinclair terminó de vestirse. Sentado en el borde de la cama, mientras se ponía los zapatos, pudo escuchar la conversación que abuela y nieto mantenían.

—¿Qué haces aquí? Pensaba que llegarías mucho más tarde…

—Ugh, la tramposa de Susane y yo nos hemos peleado. La muy arpía aprovechó que iba al baño para sentarse en mi tragaperras y robarme mi dinero. Hemos tenido una pelea que… —la señora Sargent resopló—. Así que se ha acortado el viaje. Baja a ayudarme, anda, vamos a subir las maletas y…

—¡No, no, no! Eso de la tragaperras me lo tienes que contar con calma… —Reece ladeó el rostro, miró a Beau un segundo y le hizo un gesto con la mano para que se acercara—. ¿Por qué no vas a la cocina y haces café, uhm? Así me lo cuentas bien, yo… cojo las gafas y…

—Vale, vale. Espero que no te hayas acabado las galletas de mantequilla….

Beau aceleró el paso, llegó hasta donde Reece estaba, notando de inmediato la mano contra su pecho frenándolo. Esperaron unos segundos en silencio; solo cuando la anciana hubo desaparecido por completo su voz volvió a escucharse.

—Siento que tengas que irte así —dijo Reece.

—No te preocupes —respondió, negando a la vez—. Aunque me quedo con ganas de probar uno de tus increíbles boles de cereales…

Su chico rio.

Habían bromeado sobre ello la noche anterior.

Beau decía que Reece no le encajaba con el tipo de hombres con don para la cocina y él, tan mono como había sido todo el día, aseguró con la más fingida ofensa que preparaba «los mejores boles de cereales del mundo».

Ante la incredulidad de Beau, le había prometido preparar uno al día siguiente.

Silencio. El menor de los Sinclair dudó si darle un beso de despedida.

—Bueno, me voy antes de que…

—Claro, claro.

No se atrevió. No estaba seguro de que fuese siquiera lo que Reece quería.

Con cuidado de no hacer mucho ruido, Beau bajó por las escaleras y esperó unos segundos en el último escalón, asegurándose de que estaba despejado para salir corriendo hasta la puerta. La abrió con rapidez; sin embargo, notar cómo algo lo agarraba por la muñeca fue suficiente para detenerle.

Un tirón firme, el cuerpo de Beau giró hasta encarar el de Reece, recibiendo un beso que no tardó en convertirse en una cadena de besos cortos.

—Avísame cuando estés en casa —dijo cerca de sus labios.

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Cuando entró en la cocina, a Beau no le costó darse cuenta de lo tenso que estaba el ambiente en casa. Su hermano estaba terminando de lavar los cacharros que había usado; en un gesto sencillo echó la mirada atrás y lo miró un segundo antes de volver a sus cosas.

—Buenos días —dijo, con ese tono seco que solía usar para otros.

—Buenos días…

El menor de los Sinclair presionó los labios, dudó un momento, pero terminó por ir hasta la pila y colocarse junto a su hermano, cogiendo la sartén y el estropajo de sus manos.

—Déjamelo a mí, anda. Cuando haces huevos la dejas hecha un desastre —intentó bromear, pero su hermano no parecía interesado en ello.

Emmet se secó las manos contra la camiseta y se apartó, dispuesto a marcharse.

—Me han llamado del cementerio, necesitan que eche una mano con…

—Emmet, por favor, no te vayas así —lo cortó, dejando la sartén, mirándole.

—¿Así cómo?

—Enfadado conmigo —Beau suspiró—. Siento lo que te dije. Estuvo completamente fuera de lugar y solo lo hice porque… necesitaba alguien con quien pagar mi cabreo. Y no es justo. Porque tú siempre eres muy bueno conmigo y… Lo siento, de verdad.

«A ti solo te jode que no tenga piso porque no vas a poder deshacerte de mí» le había dicho. Sin pensar, cabreado, coronado todo por un portazo y la sensación horrible de haber hecho daño a la única persona en el mundo que jamás iba a merecerlo .

—Da igual —aseguró Emmet, sin mirarle siquiera.

—No, no da igual —replicó Beau, acercándose a él—. Dijiste que teníamos que ser honestos el uno con el otro, que teníamos que dejar de guardarnos cosas. Te he hecho daño…

—Te he dicho que da igual.

—Pero…

—¿¡Qué quieres, Beau!? Te estoy diciendo que da igual, que lo dejemos pasar y tú no paras.

¿¡Qué quieres!? ¿¡Quieres que grite, que me enfade!

? —Emmet sacudió la cabeza—. ¡Vale! Fuiste un capullo conmigo.

Llevo cuidando de ti desde que tenía diecisiete años, me hice con tu tutela en cuanto el estado me lo permitió, dejé mis estudios, me puse a trabajar de cualquier mierda para que no te faltase de nada…

¿Y así me lo pagas? ¿De verdad tienes el valor de decirme que lo que quiero es deshacerme de ti? Vete a la mierda.

—¡Estaba jodido! ¡El tío William nos ha puteado! Ya no sé si podré estudiar, siento que estoy echando mi vida por el sumidero y… ¡Te estoy diciendo que lo siento!

—¡Lo sientes tanto que me has tenido todo el puto sábado corriendo como pollo sin cabeza buscando dónde cojones estabas!

He ido hasta al hospital, Beau. Pensaba que te habías quedado tirado en cualquier lado, llegué a pensar que estabas…

—sacudió la cabeza—. Cuando me he enterado de dónde estabas yo…

Beau sintió que se le cortaba el aire. ¿Su hermano sabía dónde había estado? ¿Sabía su hermano algo sobre Reece? Titubeó, nervioso.

—¿S-sabes que…?

—¡Claro que lo sé! Mini me lo contó. Sé que estuviste de fiesta, que te pillaste un pedo de la leche y que habéis estado los dos de resaca en casa de una de sus amigas .

Oh, joder, gracias Mini .

—Sé que tienes veinticinco años. Eres un adulto, puedes hacer lo que te dé la gana. Pero creo que, después de todo lo que he hecho por ti, lo mínimo que merezco es que me respetes lo suficiente como para no hacerme estas putadas, ¿vale?

El menor de los Sinclair asintió.

—Me voy a trabajar. No me esperes, volveré tarde —Emmet cogió de la silla su mochila—. Ah, el próximo miércoles es el cumpleaños de mamá. Si no estás con resaca en alguna parte o pasando de mi culo, estaría bien que le dieras la importancia que merece.

No hubo respuesta a tales palabras. Beau estaba convencido de que no había nada que pudiera decir para convencer a Emmet de quedarse cinco minutos más, de hablar e intentar solucionar aquella pelea.

También, no podía evitarlo, darse cuenta de que se había olvidado del cumpleaños de su madre lo hacía sentirse como una mierda de persona.

Se frotó la cara con ambas manos, tras escuchar el portazo de su hermano, abandonó la cocina y fue hasta su habitación. Al marcharse a beber después de la pelea, no había cogido sus cosas, ni siquiera su maldito teléfono, que seguía dentro de la bolsa de deporte.

Fue iluminarse la pantalla y vio la ingente cantidad de mensajes y llamadas que su hermano le había mandado durante todo el sábado.

—Mierda… —farfulló, sintiéndose peor todavía.

Desbloqueó el teléfono y entró en Whatsapp; sin embargo, no se atrevió a abrir su chat con Emmet. No podía leer esos mensajes, no ahora. Si su estabilidad ya estaba frágil, añadir aquello era como pegarse un tiro en el pie directamente .

Tenía mensajes de Reece y de Mini. Respondió por orden, empezando por su chico.

Reece: Hey, ¿todo bien?

Beau: ¡ Sí!

Beau: Ya he llegado, pero estaba hablando con mi hermano.

Beau: Me doy una ducha y luego me cuentas cómo ha ido con tu abuela.

Un gato mostrando el pulgar apareció de inmediato en la pantalla.

Ahora tocaba enfrentarse a Mini. Tomó aire, por Dios que no fuese tan malo.

Mini: Tuuuuuuuuuuuuuuuuu.

Mini: Tu hermano te está buscando como un loco, me lo ha dicho Lottie.

Mini: ¿Dónde te has metido?

Había escrito en una primera tanda de mensajes.

Mini: Le he dicho a Emmet que estamos resacosos en casa de Katie Grant.

Mini: Pero dime algo cuando puedas ¿oky?

Una segunda tanda.

Mini: Te vi marcharte con Laramie ayer…

Mini: No pasa nada si has vuelto a caer. A mí me lo puedes contar…

—Hola, Mini —Beau se acercó el teléfono a los labios para grabar un audio—.

Perdona que no te haya respondido hasta ahora.

No volví a caer con Laramie, no… ¿Nos vemos mañana y te cuento?

Ven al campo de rugby, antes del entreno, te invito a lo que quieras…

Gracias por salvarme el culo. Te debo una. Te quiero.

Tras aquellas palabras, lanzó el móvil lo más lejos posible.