30
Beau siempre había sido del tipo de personas a las que le cuesta dormir toda la noche.
Aunque fingía hacerse el ofendido cuando Emmet se lo lanzaba en cara, el menor de los Sinclair sabía bien que lo de moverse por las noches, dar patadas y molestar el sueño de quien era su acompañante era una constante en su rutina nocturna, así que no hubo sorpresa cuando, en plena madrugada, sus ojos se abrieron de golpe.
Suspiró y se frotó la cara con las manos varias veces, a su lado, hecho un ovillo, Sardina sí seguía sumido en un sueño profundo del que no deseaba ser molestado.
Beau sonrió, con cuidado le acarició el lomo, moviendo la cabeza para poder buscar a Reece.
Así se habían echado a dormir antes, de lado, con los fuertes brazos del deportista rodeando su menudo cuerpo, haciéndole sentir bien.
Pero ya no estaba. Donde su cuerpo debía descansar, solo se encontraba ahora su ausencia y unas sábanas revueltas sin cuidado. Mierda . Seguro que le había hecho la noche imposible; ahora se sentía culpable.
Poco a poco, Beau salió de la cama, cruzó el cuarto y abrió la puerta. El pasillo estaba a oscuras pero, desde las escaleras, podía verse algo de luz. Diablos, si estaba durmiendo en el sofá por su culpa iba a obligarlo a cambiar posiciones, pero corriendo.
Desde el peldaño más alto de la escalera, el menor de los Sinclair pudo ver a Reece.
Sentado en el último, encorvado, de ser un personaje de dibujos animados, una de esas graciosas nubes grises estaría flotando encima de su cabeza.
Beau bajó con cuidado, al estar lo suficientemente cerca, pudo ver que se estaba mirando las manos, los dedos más concretamente.
Ante sus ojos los extendía una y otra vez mecánicamente.
—Hey… —llamó su atención.
Reece dio un pequeño brinco, sobresaltado, pero pronto sonrió al mirar a Beau.
—Hey… —respondió con voz cansada.
El menor de los Sinclair terminó de bajar las escaleras, en lugar de tomar asiento a su lado, optó por sentarse frente a él en el suelo, con las piernas cruzadas y una sonrisa con un evidente toque somnoliento todavía presente.
—¿Qué haces aquí abajo? —preguntó.
Reece movió una de las manos, restando importancia.
—¿Te he despertado? —preguntó de nuevo Beau, arrugando la nariz—. Cuando era niño, mi hermano me lo decía todo el tiempo: soy insoportable cuando duermo…
—No —el nieto de la señora Sargent negó—. Contigo se duerme muy bien, en serio —suspiró—. La conversación de antes me ha despertado algo de morriña y… he decidido llamar a mis padres —levantó los hombros.
—¿Y… no ha ido bien?
Reece negó.
—Mi padre está obcecado con que soy un cobarde por estar aquí —respondió y bajó la cabeza—. Dice que tengo que volver, echarle huevos y …
La voz de Reece se rompió. Con prisa intentó ocultarlo; se quitó las gafas y las dejó sobre uno de los peldaños, cubriéndose ahora los ojos con las manos, escondiendo unas lágrimas que solo por su voz era evidente que pugnaban por salir.
—Para él todo es siempre tan blanco y negro…
—farfulló—. ¡Y no me escucha! No… quiere escucharme…
—Reece dejó caer los brazos, con los ojos llorosos miró a Beau—.
¿Puedes tocarme? —preguntó con la voz completamente rota—.
Por favor, necesito sentirte, necesito saber que todavía puedo…
—tomó aire por la boca forzosamente—. Tócame, abrázame, por favor… —rogó.
El menor de los Sinclair no tardó en moverse, deshaciéndose de la distancia entre ambos.
Sus manos se deslizaron por los brazos de Reece con rumbo ascendente y su cuerpo encajó entre las piernas ajenas para hacer que quedaran completamente pegados.
Rodeó su cuello y ladeó el rostro hasta poder besar varias veces su mejilla, deslizando después la nariz con mimo en una caricia constante, un recuerdo permanente de que estaba ahí.
Reece no tardó en aferrarse a su espalda, con una desesperación que encogió todo en su interior, que le hizo desear saber qué se decía en estos momentos, qué hacía uno para deshacerse del dolor de aquellos que eran importantes.
Pero no lo sabía. Solo podía desear que su fuerte abrazo fuese suficiente para, al menos, consolar un poco su alma.
Se separaron solo cuando Reece pareció calmarse.
Beau se echó suavemente para atrás y, con una de las manos, se encargó de limpiar los restos de lágrimas en el rostro ajeno, dejando después un beso ahí donde las lágrimas se habían deslizado.
Lo observó en silencio, sus manos se colocaron a cada lado de su rostro para hacer que lo mirara directamente.
—Tu padre no tiene razón —dijo, con voz calmada, seguro de cada palabra—.
Has elegido ponerte a ti mismo por delante, escoger tu estabilidad y tu bienestar por encima de lo que los demás quieren de ti.
Eso no es de cobardes, eso no es un error, por mucho que a algunas personas les cueste entenderlo.
Reece no respondió con palabras. Ladeó el rostro y besó una de las muñecas de Beau, sin llegar a despegar después sus labios, permitiendo descansar ahí donde podía notarse su pulso. Estaba vivo. Por alguna razón eso parecía resultarle reconfortante.
—No es un mal hombre… —susurró finalmente, sin ser capaz de mirarle.
—A veces, hasta los mejores hombres cometen errores.
Sus miradas volvieron a encontrarse. Beau sonrió, apartó sus manos, pero no dejó que ni un poco de distancia se impusiera entre ambos. Al contrario, acercó más sus rostros, dejó que sus narices volvieran a rozarse.
—Vine aquí con la esperanza de acostumbrarme a dejar de sentir —susurró Reece, del mismo modo que uno cuenta un secreto—.
Quería aprender a que nada me importara, a que mi cabeza solo la ocupara el deporte.
Y de repente apareces tú y... haces que todo importe.
Haces que quiera sentirte todo el tiempo, Beau.
El menor de los Sinclair no estaba seguro de si comprendía el significado detrás de aquellas palabras.
Reece cargaba con un dolor intenso, punzante, mucho más profundo de lo que había podido imaginar aun cuando toda su situación ya lo hacía temerlo así.
¿Buscaba recluirse en sí mismo? ¿Por qué quería dejar de sentir?
¿Hablaba su corazón roto? No lo sabía y, hacer preguntas en su estado vulnerable, tampoco parecía la respuesta adecuada.
Aun así, había algo que tenía claro.
«Haces que quiera sentirte todo el tiempo, Beau».
Nunca antes nadie le había dicho unas palabras tan bonitas.
Se acercó de nuevo y besó sus labios despacio, como si el mundo se hubiera parado a su alrededor y la prisa fuese poco más que un recuerdo del pasado.
Suspiró contra su boca al distanciarse, notando a la vez cómo Reece lo sujetaba con firmeza por los brazos, cómo le pedía de forma silenciosa que no se alejase todavía.
—Deberíamos intentar lo nuestro —dijo Beau—. Aunque pueda acabarse en cualquier momento, aunque nadie más pueda saberlo. Deberíamos darnos una oportunidad.
La sorpresa se pintó de inmediato en el rostro de Reece.
—Beau… —presionó los labios, dudó—. Va a doler. Nos va a destrozar.
—Lo sé. Pero estoy seguro de que valdrá la pena.
No había duda.
No había vuelta atrás.
El menor de los Sinclair movió la cabeza haciendo que sus narices se rozaran.
—¿Me sientes? Ahora… ¿me sientes? —preguntó.
Reece asintió.
—Te siento.
Beau también quería sentir a Reece todo el tiempo.