Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 29
60%

29

Cuando Reece volvió al salón, traía entre sus manos la caja de la pizza y ese toque danzarín en su andar que parecía indicar que estaba contento.

Tras el sexo y lo complicado que había resultado despegarse, quedando tumbados sobre el suelo frío de la cocina entre ropa mojada, carantoñas y comentarios tontos, Beau había podido descubrir otro de tantos detalles sobre él que le resultaban adorables: Si Reece Sargent tenía hambre, el resto del mundo desaparecía.

Era como si su atención se apagase y focalizarse en el único cometido de llevarse algo al estómago.

Cocinar daba pereza, así que pedir una pizza había resultado la respuesta obvia.

En lo que el nieto de la señora Sargent se encargaba de ello, Beau recogió toda la ropa y volvió a poner una lavadora, subiendo hasta la habitación de Reece para hacerse con una nueva camiseta y, esta vez sí, ante la falta de ropa interior, ponerse esos pantalones cortos que le había intentado dejar por la mañana.

La camiseta tenía el dibujo desgastado de una vaca bebiendo cerveza. La escogió por esa misma razón y ninguna otra .

Reece se acomodó en el suelo junto a Beau, abrió la caja y se hizo con el primer pedazo de pizza, que no dudó en tenderle sobre una servilleta.

—Gracias —susurró, con una sonrisa boba ya permanente en los labios—. Pensaba que los chicos deportistas no comían estas cosas…

—Y no lo hacemos normalmente —respondió, dando un buen bocado a su trozo—. Pero acabamos de tener una buena sesión de cardio, así que me lo puedo permitir —lo miró, con ese toque chulesco pintado en la mirada que tanto le gustaba.

Beau puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza, escogiendo comer antes de darle una respuesta a tal comentario.

—Hablando de deporte… ¿te molestaría mucho que no fuese al partido de Portia?

—Tienes que ir, es parte de tu castigo.

—Sargent, hablo en serio. No quiero ir a Portia.

Reece frunció el ceño.

—¿Por qué no? Ir fuera es mil veces más divertido que cuando jugamos en el pueblo. El entrenador Hunt va a invitarnos a comer, hasta se puede hacer algo de turismo y…

—Ya, pero… el viaje… —Beau negó con ahínco.

—Solo es una hora y media, no puede darte tanta pereza —rio y dio otro bocado.

—No es pereza, es que… no quiero montar en el coche de un desconocido.

—¿Por qué?

Ambos se miraron. A Reece le costó unos segundos pero, por la forma en la que cambió la expresión de su rostro, la respuesta pareció darle en la cara de golpe.

— Oh… —farfulló y dejó la pizza sobre la mesa, limpiándose ambas manos sin cuidado contra la camiseta antes de girar para encarar a Beau—. ¿Es por el accidente? Le pregunté a mi abuela por el tema, lo siento. No me contó muchos detalles, solo… En fin, que… asumo que te da miedo ir en coche…

El menor de los Sinclair asintió.

—Cuando monto en un coche es… —presionó los labios, no sabía demasiado bien como explicarlo—.

¿Sabes en las películas de acción cuando el protagonista está en una habitación encerrado y las paredes empiezan a…

acercarse y el techo…? Pues eso. Siento como si el coche empezase a plegarse sobre mí y…

el peso del cinturón se me clava en el pecho…

—resopló y bajó la cabeza ligeramente—. Solo monto en el coche de alguien en quien confío.

Mi hermano, su chica y… ya. ¡Que aún así lo odio! Pero lo tolero al menos.

Incluso las veces que había tenido sexo en la parte de atrás de un coche, siempre lo hacía cuando no había necesidad de moverse del rincón en el que estuviera aparcado. Si tenían que conducir a cualquier lado, prefería pagar un motel o meterse en un baño.

—Hey… —Reece llevó la mano hasta la nuca de Beau llamando así su atención.

En cuanto sus miradas conectaron, el pulgar contra el lateral de su cuello empezó a moverse dejando una caricia mimosa—.

No vengas a Portia, en serio. Está bien —presionó los labios, dudó un momento—.

Aunque… y esto es solo una idea, no me voy a ofender si dices que no, ni…

a darle más vueltas —sonrió—. ¿Y si yo conduzco el coche?

Tú y yo, solos, en mi coche. Hablamos, ponemos música… ¿Crees que podrías ir a Portia así?

Beau no tenía una respuesta clara a esa pregunta.

Le gustaba Reece, se sentía bien con él, diría que protegido incluso, así que la respuesta natural que le nacía de sus adentros no era ese «no» inmediato que le salía con tantos otros.

Sin embargo, aquel era un tema demasiado delicado, una herida que lo llevaba acompañando desde los siete años, que a veces dormía tranquila y se despertaba de golpe para sacudirlo entero.

Una vez, con Emmet conduciendo, algo en su cabeza había hecho click y el miedo lo había consumido, teniendo que parar en una cuneta y retomar el viaje tras horas en mitad de ninguna parte. Ni siquiera con su hermano era siempre capaz.

—No lo sé —respondió finalmente, encogiéndose de hombros.

—Lo comprendo. Me gustaría dejar el ofrecimiento encima de la mesa de todos modos, por si cambias de opinión.

—No creo que lo haga, pero gracias.

Por un instante, Beau dudó si un beso sería apropiado.

¿Seguían de verdad creyendo que, en cuanto se fuera de aquella casa, todo quedaría olvidado?

El sexo que acababan de tener convertía la conversación del desayuno en papel mojado, pero tampoco sabía discernir qué significaban realmente aquellas nuevas variables.

Prefirió no besarlo. Movió la cabeza para que Reece lo dejase ir y comer de nuevo.

—¿Quieres hablar de ellos? —preguntó Reece, recuperando su pizza—. Tus padres.

Beau negó de inmediato aunque, cuando se miraron de nuevo, la expresión en el rostro del menor de los Sinclair estaba bañada en burla.

—¿Es que no te ha contado tu abuela lo suficiente ?

—¡Solo me contó cuatro detalles tontos y me he disculpado! —Reece se acercó y deslizó la mano por la cintura de Beau hasta su baja espalda, tirando de él para acercarlo un poco más—. ¿Qué puedo hacer para compensarte?

—¿Compensarme? —preguntó Beau, divertido. Su mano libre ascendió por el pecho de Reece, hasta su cuello—. Ya que conoces toda la historia de mi familia… —la mano llegó hasta su mejilla y le dio varias palmaditas firmes—. Deberías contarme la de la tuya.

Reece rio con un toque de incredulidad.

—¿Mi familia? Beau, los Sargent somos mega aburridos…

—¡Me da igual! —exclamó y llevó la mano a su hombro, presionando su piel—. Quiero conocer a tus padres…

Quizás, si hubiera sopesado las diversas lecturas que aquellas palabras podían tener, Beau lo habría expresado de otro modo.

Pero el sentimiento no era menos real. Tenía curiosidad por el Reece que existía fuera de Whitefish, por su gente, por la vida en Birmingham…

Solo conocía lo que tenía con Penny, como la prensa hablaba de su persona, y ansiaba más que nada que otros dejaran de contar su historia y escucharla solo de él.

—¡Vale! —Reece levantó una mano a modo de rendición—. Si es lo que quieres… Mi padre se llama Lee, mi madre Emma. Como sabes, mi padre se dedicaba al rugby de joven…

—¡El toro Sargent!

—El toro Sargent —repitió, asintiendo a la vez—.

Pues mi madre era periodista y se conocieron porque ella fue a hacer un reportaje sobre el equipo en el que él estaba en la universidad.

Un cuento de hadas moderno. Deberías escuchar cómo cuenta la historia mi padre, cada vez que tiene la oportunidad le añade más detalles y más…

—rio—. Mi madre dice que es un peliculero y que el noventa por ciento de lo que cuenta es mentira.

—Pues me parece adorable —Beau levantó los hombros.

—A mí también —respondió Reece. Se acercó un poco más, dejando a su mano deslizarse por la espalda ajena—. Bueno, mi padre está retirado, aunque suele hacer de entrenador de un par de equipos infantiles en su tiempo libre. Mi madre escribe de vez en cuando, pero se dedica más a la casa…

—¿Y viven en Birmingham como tú?

—No, se mudaron a Peebles hace muchos años —ante la confusión de Beau, Reece siguió hablando—.

Peebles es un pueblo al sur de Edimburgo, atravesando el río Tweed.

Mi padre es escocés, aunque… —arrugó la nariz—.

La cosa es que el tío nació en el puñetero Londres, creció allí y ha estado toda su vida en Inglaterra, pero fue mudarse y ahora va de que es más escocés que el puñetero William Wallace, ¿sabes?

Beau rio.

—Peebles y Birmingham están a unas cinco horas más o menos. Así que no suelo verlos tanto como me gustaría. Voy cuando tengo vacaciones, en Navidades… Creo que ellos son los que peor están llevando lo de estar separados. Se preocupan demasiado por mí.

—Parecen buena gente.

—Lo son. He tenido mucha suerte con mis padres, la verdad.

El menor de los Sinclair se mordió el labio inferior buscando contener unas palabras que se morían de ganas de salir. Miró a Reece varias veces, convencido de que quizás no era lo más apropiado, decidió cagarla a conciencia de todos modos .

—¿Y entonces por qué no… les has contado…?

Reece suspiró, sus hombros se tensaron ligera pero evidentemente.

—Sé que a mi madre no le importaría, de hecho, algunas veces he tenido la sensación de que lo sospecha.

Pero con mi padre es más complicado —se frotó la nuca—.

Mi padre se parece mucho a las viejas glorias del rugby que me he ido cruzando estos años, esos que tienen una idea cuadriculada de lo que es ser un hombre y…

¡Mi padre no es…! No me malinterpretes, ahora de hecho está centrado en el rugby femenino, ha luchado mucho contra la exclusión en el deporte y…

—titubeó—. Pero no puedo evitar temer que…

le parezca bien lo diferente cuando viene de fuera pero… no le guste en la familia, ¿sabes?

Beau suspiró, su mano ascendió hasta el cuello de Reece para poder acariciarlo.

Le entendía, claro que le entendía, él mismo se había preguntado miles de veces cómo habría sido salir del armario con sus padres.

Le gustaba creer que se lo habrían tomado bien, pero aun con ellos fuera de su vida el miedo a que así no hubiera sido era real.

No quería darle más vueltas, necesitaban hablar de otra cosa.

—¿Y no tienes hermanos?

—No. Cuando tenía seis años mi madre tuvo cáncer de mama.

Entre el diagnóstico, el tratamiento, todo lo que trajo consigo…

Tomaron la decisión de no tener más hijos…

¡Ahora está bien! —añadió apresuradamente aquellas últimas palabras—.

Va a revisión, todo está bajo control. Es una mujer fuerte, siempre la he admirado mucho.

—Ya… seguro que no quisieron más hijos porque eras tan insoportable que dijeron: «¿Otro como este? Y una mierda».

Ambos rieron .

—¿Por eso participas en torneos contra el cáncer? Lo vi en tu Instagram.

—Sí. Aunque… —la sonrisa burlona apareció de nuevo en su rostro, Reece se acercó todavía más a Beau dándole un toquecito en la nariz con la suya propia—. ¿Has estado cotilleando mi Instagram?

—¡No! —mintió con rapidez, pero tal cercanía entre sus rostros hacía jodido poder mantener las apariencias. Beau terminó por resoplar, bamboleó la cabeza—. Por encima, el tuyo, el de Penny, el de los Cavaliers… para enterarme bien del cotilleo y eso.

—Por el cotilleo —repitió, despacio, marcando cada palabra.

—Efectivamente —respondió, utilizando su mejor cara de póker.

No funcionó en absoluto. Reece sujetó a Beau con fuerza por la cintura y tiró de él, arrastrándolo hasta sentarlo sobre su regazo, de frente. Beau, entre risas, rodeó su cuerpo con las piernas, apretando sus costados al notar cómo Reece le hacía cosquillas.

—¡Para! —exclamó Beau de forma poco creíble.

—Mentiroso… —respondió Reece, parando las cosquillas cuando ambos se fundieron en un abrazo.

Con la cabeza acomodada sobre el hombro de Reece, el menor de los Sinclair soltó un pesado suspiro.

Movió la cabeza y rozó su cuello con la punta de la nariz, la calidez de su piel combinada con su olor varonil le hizo estremecer.

Al notar cómo Reece le besaba la sien, levantó la mirada para observarle de nuevo, sintiendo que no podía callarse nada con él.

—También vi la cuenta de thecavaliersgirlies …

El nieto de la señora Sargent levantó ambas cejas.

—¿Y te pusiste perro ?

—¡Basta! —exclamó, dándole una firme palmada en el pecho.

Reece lo cogió de la muñeca con firmeza.

—Eso no es un no… —canturreó, acercándose, fundiendo sus labios en un beso lento, húmedo.

Beau se movió hasta pegar por completo sus torsos, rodeando su cuello con los brazos y riendo contra los labios ajenos al sentir cómo este le apretaba el trasero. Sus miradas volvieron a buscarse, era imposible no amar el color de unas pupilas tan llenas de vida y luz como él las tenía.

—Me puse perro —susurró.

Reece se mordió el labio inferior.

—Así me gusta, Sinclair —añadió burlón, volviendo a besarle.

¿Qué eran? ¿Estaba bien besarse de ese modo? ¿Valdría la pena la pizza fría? Aquellas preguntas murieron ahogadas por todas las sensaciones intensas que los labios de Reece despertaban en Beau, esas que hacían que curvara los dedos y los clavase contra su nuca.

Bueno, todas no. Una de ellas resonaba cada segundo con más fuerza.

¿Cómo iba a ser capaz de dejarle ir después de aquello?