28
Con la cabeza acomodada sobre el regazo de la señora Sargent, Beau escuchó con atención.
—Todos los veranos, en Whitefish, llueve tres veces.
La primera de las lluvias es buena —la mujer mostró uno de sus dedos—.
Llega suave, como si pidiera permiso a los vecinos para estar con nosotros.
No nos moja de verdad, solo nos acaricia.
La gente sale a los porches, deja que le caigan cuatro gotas en la cara y respira hondo.
Esa lluvia está cargada de esperanza. Hace que creas que este año sí, que las cosas van a salir bien.
La segunda lluvia es diferente, menos dulce —levantó un segundo dedo—.
Cae fuerte, golpea los tejados, arrastra el polvo de las calles y revela lo que intentamos esconder.
Hay quien la odia, otros comprenden que es necesaria.
Sin esa lluvia, aquí nada cambiaría nunca.
Ni la tierra, ni la gente. Y luego está la tercera —un tercer dedo apareció ante los ojos de Beau—.
Cuando llega, el aire se enfría de golpe y, antes de que puedas hacer nada para cambiarlo, ya la tienes encima.
No es solo agua. Es un frío que se te cala en los huesos y no se va.
Esa lluvia rompe cosas. Cosas de verdad.
Importantes. A veces son ramas, a veces son casas…
y a veces son cosas muy difíciles de reparar
Los ojos del menor de los Sinclair observaban completamente fascinados. A sus nueve años, aquello era lo más cercano a un cuento que había escuchado en mucho tiempo.
—¿Y qué pasa cuando deja de llover? —preguntó.
La señora Sargent sonrió, volvió a acariciarle el pelo despacio.
—Eso no lo sabe nadie, querido. Ni Whitefish. Ni yo. Ni tú.
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Tras acabar de ver la película, ambos se habían quedado en el sofá conversando de todo y de nada, perdiendo el tiempo en la única cosa que realmente parecía importante: conocerse.
El nieto de la señora Sargent había visto mucho mundo.
Acomodado contra su pecho, Beau había disfrutado de un despliegue de fotos y más fotos sobre los diferentes destinos a los que había viajado durante aquellos años, escuchado anécdotas sobre una borrachera en las fiestas de un pequeño pueblo de Asturias, un kimono roto en mitad de una ceremonia del té, lo agradable que es pasear en kilt por las ruinas de un castillo…
Beau suspiró, levantó la mirada.
—Qué envidia —le dijo, recibiendo de inmediato una caricia en la mejilla.
—¿Nunca has salido de Whitefish?
Beau negó.
—De pequeño viví unos años fuera, pero… no lo recuerdo realmente .
Reece suspiró, deslizó el dedo hasta darle un toquecito en la punta de la nariz.
—Puedes… venir a Birmingham cuando quieras. Y Londres solo está a unas horas, matarías dos pájaros de un solo viaje.
«No digas esas cosas», sabía que debía decirle. Pero no lo hizo.
Al contrario. Sonrió y, despacio, escondió el rostro contra el pecho de Reece.
No podía dejarse llevar por esas fantasías, no podía tomarse en serio ese tipo de comentarios.
No eran nada, lo habían dejado claro, e incluso si pudieran serlo, las condiciones de su relación harían estúpido soñar con viajes así.
Pero sonaban tan bien que resultaba complicado no hacerlo.
El golpeteo de la lluvia contra el cristal hizo que ambos se incorporaran de golpe.
Entre otras cosas que habían hecho a lo largo del día, estaba lavar y tender el manojo de ropa que Beau había bajado de la habitación, ese que ahora mismo se estaba empapando.
Una mirada rápida y ambos salieron corriendo entre risas a recogerlo.
El sonido de pasos acelerados sobre el barro húmedo, la sensación fría del agua contra la piel golpeando con fuerza, el viento arremolinando la ropa y los cabellos…
Beau levantó la vista al cielo. Las nubes claras de la mañana habían tomado un tono gris oscuro, la luz se había marchado, Whitefish estaba siendo azotada por la primera tormenta del verano. Una sonrisa se pintó en sus labios. «La lluvia buena», pensó.
—¡Corre, ayúdame!
La voz de Reece lo devolvió a la realidad e hizo que emprendiera el paso de nuevo, corriendo hasta donde él estaba, ayudándole con la poca ropa que quedaba en las cuerdas.
Las toallas habían salido volando, el menor de los Sinclair las recogió del suelo siendo ahora un pedazo de tela mojada y llena de pegajoso barro.
Daba igual. Había que recoger todo rápido y volver al interior de la casa, sin importar el estado en el que estaba.
De vuelta en la cocina de la señora Sargent, con el agua chorreando por todo su cuerpo, sujetando aquellas toallas sucias y con la visión de Reece en el mismo estado, todo lo que Beau pudo hacer fue perderse en un ataque de risa completamente honesto.
Dejó caer las toallas al suelo y se cubrió el rostro, sacudiendo la cabeza.
—¡Oye! No te rías, vamos a tener que lavarlas de nuevo —dijo Reece, lanzando también al suelo la ropa que sujetaba. Extendió el brazo y le dio un suave empujoncito.
—No tengas morro, si alguien debería quejarse soy yo que para algo es mi ropa…
El nieto de la señora Sargent levantó ambas manos.
—Touché —dijo.
De pie el uno frente al otro, sus miradas recorrieron el cuerpo ajeno.
Dios, estaban hechos un desastre, quizás por eso tenía sentido permitirse reír y no pensar en nada más.
Tras una carcajada compartida, Reece extendió los brazos, sus manos cogieron con cuidado los costados de la camiseta de Beau, esa que se pegaba a la perfección a su piel.
Beau entreabrió los labios. El contraste de la tela húmeda y fría contra sus cálidas manos lo estremeció.
—Voy a por unas toallas antes de que te congeles —dijo, pero uno de sus pulgares empezó a moverse y trazar la forma de su cadera—. Ahora vengo…
Cuando las manos de Reece abandonaron su cuerpo, Beau sintió como si acabaran de arrancarle toda la calidez de sus adentros. De hecho, quedó congelado, quieto en mitad de aquella cocina, necesitando unos largos segundos para ponerse en marcha de nuevo.
Se quitó la ropa mojada y la lanzó dentro de la pila.
En ropa interior y todavía empapado como se encontraba, se sintió tan pequeño y patético que no pudo evitar mover los brazos hasta colocarlos cubriendo su pecho.
No . Cubriendo las cicatrices. Estas eran las que lo hacían sentir vulnerable a fin de cuentas.
Reece volvió con paso acelerado hasta donde Beau se encontraba y, con una toalla rosa de considerable tamaño, lo rodeó, abrazándolo con esta, frotando sus brazos con insistencia para asegurarse de que el calor volvía a su piel.
—¿Bien? —preguntó.
El menor de los Sinclair solo fue capaz de responder con un asentimiento.
El movimiento de las manos ajenas poco a poco fue frenando; sin embargo, estas no quedaron quietas. Una de ellas subió poco a poco hasta llegar al cabello de Beau y, con mimo, lo echó hacia atrás, descendiendo después para darle un nuevo toquecito en la nariz.
—Ya no parece que salgas de un tifón —dijo Reece.
Beau rio brevemente.
—Pero tú sí… —recortó un poco más la distancia entre ambos y tomó sus manos, frotándolas para así poder devolverles el calor—. Estás congelado —añadió, acercándolas a la boca, dejando que su aliento cálido las golpeara varias veces.
En cuanto notó el calor volver a la piel de Reece, Beau lo dejó ir.
Estaba dispuesto a recuperar la cordura, a alejarse y vestirse como si aquella cercanía no lo hubiera sacudido por completo.
Pero no pudo. En cuanto soltó las manos ajenas, una de estas viajó hasta su mentón y lo sujetó con firmeza, extendiendo el pulgar hasta poder rozar con él sus labios.
Las mejillas de Beau se tiñeron con rapidez de rosado fulgor, sus labios se entreabieron y a la respiración le costó encontrar el ritmo normal. El frío se había marchado, un calor tan intenso había nacido de sus entrañas y consumía cada recoveco de su interior que hasta resultaba asfixiante.
Ardía, y la única forma que conocía de apagar tal fuego no era apropiada.
—Sargent… —susurró su nombre, como una llamada de atención.
Pero él no hizo caso. Con firmeza lo guió a acercarse más, a sentir en su propia piel la humedad que bañaba su ropa, el chocar de su aliento contra los labios.
—Sargent… —susurró de nuevo, intentando ser cabal.
Pero de nada sirvió. Beau no sabría decir quién saltó al vacío primero, sus bocas se buscaron con tanta hambre que aquello parecía más bien una caída en picado de la mano.
La toalla cayó al suelo sin cuidado, viajando sus manos raudas hasta el cuerpo del otro.
Beau le quitó la camiseta a Reece con prisa, permitiendo al tacto de su vello húmedo y al regusto de sus labios ahogar en el silencio a cualquier «pero» que existiera.
Se movieron juntos, el cuerpo de Beau quedó arrinconado contra la encimera y un suave gimoteo chocó contra la boca de Reece al sentirse completamente atrapado por él.
Se miraron, las manos de Reece ascendieron hasta colocarse una a cada lado del cuello de Beau, haciéndole mantener la cabeza levantada.
Sus labios alcanzaron la primera de las cicatrices.
Besó su inicio, despacio, y empezó a recorrer toda su extensión a base de besos lentos y húmedos.
El menor de los Sinclair cerró los ojos, sus manos buscaron los brazos de Reece permitiendo a sus dedos clavarse con fuerza contra la piel.
Suspiró, pesadamente, notando cómo viajaba ahora hasta la cicatriz que surcaba su nariz y hacía lo mismo con ella.
Beau se sintió hermoso. Por primera vez en su existencia, aquellas que eran la causa de su vergüenza se convertían en ese mapa de estrellas que otros habían intentado convencerle que tenía en la piel.
Los Sinclair nunca habían sido religiosos, pero si algo debía asemejarse a estar en un altar y ser venerado, Beau estaba convencido de que era eso.
Volvieron a besarse, lento, recreándose ambos en el momento.
—Quiero estar dentro de ti otra vez —susurró Reece, permitiendo a sus labios alcanzar una cicatriz diferente, besándola con mimo.
«Quiero estar dentro de ti otra vez» resonó en la cabeza del menor de los Sinclair.
«Pobre y patético Beau Sinclair. ¿De verdad creías que un hombre como él encontraba belleza en tus defectos? Quiere sexo. Dáselo, si cree que necesitas que haga todas estas cosas para tenerte pronto se cansará de ti, ¿no lo ves?» le dijo de inmediato la voz de sus inseguridades.
Beau movió la cabeza, apartó su rostro del alcance de Reece. Sus miradas se buscaron con rapidez.
—No tienes que hacer todo esto para tenerme. Solo hazlo —dijo.
—¿Qué? —preguntó Reece, confuso.
—Si quieres sexo… tengamos sexo. No es necesario que… me beses, ni… las cicatrices…
—No quiero sexo. Quiero sexo contigo .
El menor de los Sinclair rio con un toque de tristeza .
—No puedes querer esto … —su voz se rompió al pronunciar la última palabra. Con una de las manos se señaló primero la cara y después el resto del cuerpo.
Reece no tardó en enmarcar el rostro de Beau, de nuevo hizo que lo mirase, con firmeza pero sin imponerse.
—¿ Esto ? Beau… Eres precioso.
—Para… —farfulló, apartando la mirada.
Pero Reece no se lo permitió.
—Eres precioso —repitió, marcando cada palabra.
La visión de Beau se empañó por unas lágrimas imposibles de controlar.
—Debes ser el único que lo piensa… —respondió.
—Pero lo pienso de verdad. ¿No es eso lo que importa? —sentenció, dejando a la vez que sus pulgares acariciaran las mejillas de Beau, reforzando aquellas palabras.
Esta vez fue Beau quien se lanzó al abismo de cabeza. Llevó la mano hasta la nuca de Reece y, con la misma firmeza demandante que él había empleado antes, lo guió a acercarse de nuevo, a fundir sus labios en un beso caótico, intenso, en el que sus lenguas no tardaron en explorar la boca del otro.
El beso se rompió cuando Reece decidió alzar a Beau del suelo, cogió su cuerpo a pulso y lo sentó sobre la encimera, deslizando las manos hasta sus muslos.
Presionó con firmeza su carne, lo guió a abrirlas para hacerle espacio, encajando a la perfección de inmediato.
Sus manos ascendieron de nuevo hasta la ropa interior ajena, esa misma que quitaron con facilidad pasmosa.
Besos en el rostro.
Besos en el cuello.
Reece se tomó su tiempo con el torso de Beau, regalando a las cicatrices en su piel el mismo afecto que había dado a las de la cara.
Recorrió cada una con los labios, con besos lentos, húmedos, arrancando de la garganta del menor de los Sinclair suspiros y gimoteos complacidos.
Llegado a la altura del ombligo, sus manos guiaron al cuerpo ajeno a sentarse en el borde, deslizando los dedos entre sus nalgas, permitiendo que uno de ellos se colara en el interior de Beau.
Sus miradas volvieron a encontrarse con el primer gemido.
Reece sonreía de un modo que hacía que a Beau se le derritieran las entrañas.
El movimiento de su dedo se volvió más intenso, marcado, consiguiendo arquear la espalda de Beau y hacerle revolverse carcomido por puro gozo. Siguió bajando, directo hacia su erección, la misma que no dudó en apresar entre los labios, dedicándole atenciones con estos y con la lengua.
Un nuevo gemido rajó la garganta de Beau y obligó a sus ojos a cerrarse. El saber hacer de su boca combinado con el de su dedo lo hicieron revolverse sobre la encimera, curvando los dedos para intentar aferrarse al borde, buscando un punto de apoyo firme.
Cuando un segundo dedo entró en su interior, la línea de lo real se volvió borrosa.