27
Con las manos a la espalda, de pie frente a Beau, Reece se movía por el salón de arriba abajo mientras cavilaba la respuesta a aquella pregunta. El menor de los Sinclair se mordió el labio inferior, divertido ante tal escena, pero a la vez completamente encandilado.
—¿Puedes repetirme el nombre de la canción? —preguntó Reece, deteniéndose.
— Headlong —repitió Beau tras un vistazo rápido a la pantalla de su teléfono.
— Innuendo —respondió, apuntándole con el dedo.
Cuando Beau asintió, el nieto de la señora Sargent lanzó ambos brazos al aire como si estuviese celebrando el tanto de su vida.
—¡Dame otra! Estoy en racha —pidió, volviendo a moverse por el cuarto.
El menor de los Sinclair devolvió la vista a su móvil.
Estaba en Wikipedia, en la página del grupo Queen, en la parte de su discografía más concretamente.
Después de que Reece asegurase que era capaz de identificar cualquier canción de cualquier álbum de la banda, ¿cómo no iban a convertir aquello en una competición estúpida?
Y es que, el lado friki de Reece, le resultaba de lo más atractivo. No pensaba negarlo.
— Good Old-Fashioned Lover Boy .
— A Day at the Races . Otra, esa era demasiado fácil.
Beau rio.
—¿Cómo la has sabido tan rápido? ¿Es tu canción favorita de Queen?
Reece negó.
—No, es que… —bamboleó la cabeza—. Ya sabes…
—¿Ya sé? —preguntó, frunciendo el ceño.
El nieto de la señora Sargent rio nervioso y bajó la mirada.
—Esa es tu canción de Queen —confesó finalmente.
Seis palabras fueron más que suficientes para conseguir que las mejillas de Beau se tiñeran de rojo.
Una sensación tan cálida y agradable se deslizó por sus adentros que las palabras se volvieron innecesarias.
No sabía mucho sobre Queen, pero lo que sí sabía era que, en cuanto pudiese escuchar esa canción, se volvería su mayor obsesión.
Bajó la mirada, Reece también se había sonrojado así que decidió no decir nada.
— Flick of the Wrist —dijo, escogiendo así seguir con el juego.
— A Night at the Opera .
Los ojos de Beau se abrieron bien grandes, los de Reece también, ambos se miraron con rapidez. Mientras que el menor de los Sinclair tenía una sonrisa completamente burlona pintada en los labios, el nieto de la señora Sargent negaba enérgicamente .
—¡No, no, no, no! Sheer Heart Attack ¡No vale! —lo apuntó con el dedo—. ¡Me he despistado, me has puesto nervioso para sabotearme!
—Ooooooh, lo siento señor Sargent pero acaba de ser des-ca-li-fi-ca-do.
Ya no opta al título de «Fan número uno de la banda británica Queen».
De hecho… —se llevó el teléfono a la oreja con teatralidad—.
Desde el club de fans oficial de Queen, me piden que le comunique que ha sido expulsado.
Deje su carnet a la salida del plató, graciaaaaaaas —canturreó la última palabra y rio sonoramente después.
Reece chasqueó la lengua.
—Te ríes, pero sí tengo carnet del club de fans oficial de Queen.
Beau tuvo que cubrirse la cara con ambas manos, tomó una profunda inspiración para ser capaz de calmar el ataque de risa.
—Dios, eres un friki de cojones —farfulló.
Con fingida y exagerada ofensa, Reece recorrió el espacio que lo distanciaba de Beau, llegó al sofá y llevó sus manos hasta los costados del menor de los Sinclair.
Las cosquillas no tardaron en llegar, haciéndolo reír y revolverse, mientras daba varias palmadas en el brazo del otro para instarle a detenerse.
Aunque mentiría si dijera que no le gustaba aquello.
Cuando al fin lo dejó ir, Reece se dejó caer en el sofá. Beau recuperó poco a poco el aliento y se deslizó hacia atrás, quedando así sentado de lado, mirándole directamente.
Era complicado el momento en el que se encontraban. Existía ahora un extraño clima, un equilibrio de esos que pueden romperse con el error más pequeño.
No eran nada, pero querían estar juntos hasta el domingo allí encerrados.
No eran nada, por lo tanto tocarse de aquel modo estaba fuera de lugar.
Y aún así, ninguno de los dos podía dejar de hacerlo.
El propio Beau, en un impulso por el que se había reprendido mentalmente durante un buen rato, había ido desde la cocina hasta aquel sofá montado a caballito de Reece, llegando a dejar incluso un beso en su cuello que sentía todavía palpitando en los labios.
—¿Penny tiene alguna canción de Queen? —preguntó, recuperando el aliento.
— Funny how love is —chasqueó los dedos y apuntó a Beau con uno de ellos—. Del disco Queen II .
Beau se esforzó en sonreír pero, por dentro, era incapaz de no sentir una punzada rara en sus adentros al pensar que la canción sobre su exmujer tenía algo que ver con el amor.
Al parecer no solo iba a tener que aprender sobre rugby por petición del entrenador Hunt, Queen se había vuelto otra de sus asignaturas pendientes.
El menor de los Sinclair se mordió el labio inferior, una pregunta daba vueltas en su cabeza, pero sentía que pronunciarla tal vez rompería ese ambiente tan dulce que los estaba abrazando a ambos en aquella burbuja que compartían.
Reece suspiró.
—¿Qué te da tantas vueltas en esa cabecita tuya? —preguntó, extendiendo el brazo para darle un firme apretón en la rodilla.
Beau dudó, bajó la mirada y, con uno de los dedos, empezó a arañar el sofá.
—Penny… ¿sabe que te gustan los hombres?
El nieto de la señora Sargent asintió.
—Me es imposible esconderle un secreto a Penny.
Nos conocemos desde que levantábamos un palmo del suelo.
Nuestras familias se adoran, hemos ido al colegio juntos, al instituto, de vacaciones…
Me conoce mejor que nadie —suspiró—. Ni siquiera tuve que salir del armario con ella.
Me notó distinto, supo que pasaba algo y…
bueno, no es del tipo de personas que se callen esas cosas.
Me cogió un día, me hizo mil preguntas y…
acabé por contarle todo —levantó los hombros—.
Me alegro mucho de que fuese así. Después de tantos años, de todo lo que hemos vivido, no querría a otra persona a mi lado que no fuese ella.
Beau se movió un poco en el sofá. Dobló las piernas, rodeándolas con los brazos, tomando así esa postura que siempre había sentido como una barrera entre él y el mundo.
Siempre, desde pequeño, cuando necesitaba imponer un poco de distancia con todo, acomodarse de ese modo parecía la respuesta más lógica.
No sabía cómo encajar aquellas palabras y todo lo que había pasado en su cabeza.
Después de lo que acababan de hablar, ambos se encontraban en una pausa extraña, aceptando que lo suyo no podía ser real pero incapaces de dejarse ir.
Se gustaban, eso no lo dudaba, pero ¿dónde dejaba eso a Penny? Estaba jodidamente confuso.
Quería preguntarle si solo le gustaban los hombres. Pero era demasiado.
Quería preguntarle si la seguía queriendo. Pero era un cobarde.
—Yo siento lo mismo con mi amiga Mini —decidió decir finalmente, escogiendo un comentario neutral con el que esperaba girar la conversación a otro tema.
—¿La novia de Kurt?
—Ex novia. Han roto después de… bueno, del comentario en el partido. Pero sí, ella.
—Bien por Mimi. Si el equipo es Queen, Kurt es Prenter .
Beau puso los ojos en blanco, pero sin poder evitar sonreír como un idiota.
—Si asiento con la suficiente convicción, ¿te convenceré de que he entendido lo que acabas de decir y me ahorraré una charlita detallada sobre Queen?
— Ja, ja —respondió Reece, sarcástico, mostrándole el dedo corazón después—. En resumen, dos capullos. Prenter le contaba a la prensa secretos de Freddie todo el tiempo.
—Aaaaaah —Beau asintió de forma exagerada—. Menudo capullo pues.
—Pues sí —el nieto de la señora Sargent se movió un poco, acercándose—. Y… hablando de capullos. No pretendo meterme donde no me llaman, pero… ayer, cuando te encontré, estabas con un tío que no me dio muy buena vibra… ¿Lo recuerdas?
El menor de los Sinclair asintió.
—Laramie. Es el tío del que te hablé, con el que tuve algo y luego me dijo que…
—¿El imbécil de las cargas? —Reece frunció el ceño—. ¿Qué hacías con ese tío?
Beau bajó la mirada, sus dedos presionaron con más fuerza sus piernas.
—Cuando pasó lo de nuestro beso y que te fueras, me sentí abrumado. Necesitaba huir, así que le dije a mi hermano que no estaba bien, que quería aire, que… —sacudió la cabeza—. Lo convencí para ir a ver pisos a la ciudad.
—Algo me dijo Hunt.
—El caso es que vimos un piso que me encantó.
Lo hablé con Emmet, con Charlotte, y tomamos la decisión de dejar una señal.
Pero… —Beau se frotó la cara—. Mi hermano y yo, desde que perdimos a nuestros padres, hemos tirado co n lo justo.
Él no pudo acabar sus estudios, yo no pude irme a la universidad porque no nos lo podíamos permitir…
Hace unos meses le hablé de que quería estudiar, de si podíamos ver si era viable y…
—suspiró—. Tomamos la decisión de vender el piso de mis padres.
Fue nuestra herencia cuando murieron, un piso precioso, con un montón de recuerdos que…
no hemos sido capaces de pisar. Duele demasiado.
El caso es que, en fin, uno de mis tíos siempre ha estado interesado en comprarlo pero nosotros no…
nos sentíamos capaces de hacerlo. Hasta lo de la universidad, hasta que Emmet y yo comprendimos que…
era el momento. Fuimos a verlo, llegamos a un acuerdo, algo con lo que poder pagar el piso durante mis años de estudio, cubrir lo que no pudiera con beca…
Llamamos a mi tío para decirle cuando pensaba ingresar el dinero del piso, que lo necesitábamos para la señal.
Y nos dijo que pedíamos demasiado, que o la mitad o no estaba interesado —rio con un toque de tristeza—.
El cabrón está… viviendo en el piso desde hace unas semanas y…
ahora intenta… —se frotó la cara con ambas manos—.
La mitad no sirve. Con la mitad no… Todo se ha ido a la mierda.
Me puse de los nervios, le dije cosas feas a mi hermano…
—presionó los labios, tragó duro—. Por eso salí de fiesta, por eso bebí demasiado, por eso estaba con Laramie.
Yo… estaba sobrepasado, no podía hablar contigo y…
necesitaba olvidarme de todo unas horas.
Cuando Laramie apareció yo… tenía claro que no quería que pasara nada, solo quería sentirme especial, pero…
me pasé con las copas y casi la cago otra vez…
El sonido de los muelles hizo que Beau levantara la mirada. Reece había recortado toda la distancia entre ambos, se encontraba completamente pegado a sus piernas y sus manos, tan grandes y amables como eran, se deslizaban con cuidado por ellas hasta llegar a las rodillas.
—Hey… —llamó su atención—. No te hundas, ¿vale? Seguro que hay otras opciones.
—No, no, qué va… soy gilipollas por pensar que podría…
—No eres gilipollas. Ha pasado muy poco tiempo, no has podido sentarte a buscar soluciones alternativas. Ha fallado el plan A, pero eso no significa que vayan a hacerlo el B, el C o el que sea. Yo te ayudaré a…
—No quiero tu dinero —dijo, seguro de ello.
Reece negó.
—Nada de dinero. Pero puedo buscar contigo alternativas, ¿no?
Beau dudó un momento, pero terminó por asentir.
—¿Sabes? Cuando era niño, mi padre venía a verme siempre a todos mis partidos.
Jugaba en un equipo malísimo, así que casi siempre nos pateaban el culo —rio—.
Mi moral estaba por los suelos. Un día, antes de ir al partido, le dije que no quería hacerlo, que no quería volver a perder y que me rendía.
Mi padre se sentó conmigo y me dijo que, aunque vayas perdiendo un partido mil a cero, no debes rendirte hasta que el tiempo se ha agotado.
Porque nunca sabes lo que puede pasar ni las vueltas que la vida puede dar —el pulgar de Reece se movió despacio sobre las rodillas de Beau—.
La vida te dará muchas oportunidades para rendirte.
No lo hagas a la primera. Y menos cuando tienes a gente dispuesta a ayudarte.
Las manos de Beau se colocaron sobre las de Reece.
La calidez de sus manos, la mirada clara, las palabras honestas…
Asintió, notando de inmediato un cosquilleo de lo más agradable en el estómago al ver a Reece sonreír y moverse hasta poder besar sus rodillas varias veces.
No pu do contenerse, él también se inclinó y besó la cabeza del otro, convencido de que había pocas cosas que pudieran darle tanta paz como su cercanía.
Reece movió la cabeza y la dejó ladeada, colocada sobre una de las rodillas.
Beau acomodó la suya contra la rodilla libre, también ladeada, mirándole a él.
«No sabría tener algo casual contigo».
El nieto de la señora Sargent movió la cabeza; su nariz rozó la de Beau.
«Lo único que tengo claro es que no quiero empezar algo que sé que tiene fecha de caducidad. No contigo. No así».
Pero sus labios no llegaron a encontrarse. En un resquicio de cordura, de esa que parecía escasear cuando estaban juntos, ninguno de los dos rompió una barrera que iba a ser imposible de volver a alzar una vez cayera.
—¿Quieres ver una película? Así te distraes —dijo Reece, acariciando a la vez la espalda del menor de los Sinclair.
—Mientras no sea Bohemian Rhapsody .
Ambos rieron a la vez.
—No, lo juro. Podemos ver El gigante de hierro . Dijiste que te gustaba esa película.
—¿Te acuerdas de eso?
Reece asintió, consiguiendo despertar un cosquilleo agradable dentro de Beau.
—Me encanta —añadió.
—Decidido entonces.
Pero no se separaron.
Empezar a ver la película todavía les costaría un buen rato.