26
Tras recibir permiso de Reece, Beau se incorporó un poco y estiró el brazo para poder coger las gafas de encima de la mesita. En cuanto recuperó la misma postura de antes, se las puso, sintiendo de inmediato que el mundo se volvía borroso y sintió un ligero mareo.
—Wow —farfulló, riendo después—. Sí que te hacen falta.
Tumbado boca arriba, con Beau sobre su pecho y los dedos paseando por su espalda desnuda en sentido ascendente y descendente, Reece rio como si acabase de escuchar la mayor ocurrencia jamás dicha por otra persona.
—¿Creías que las llevaba por gusto o qué? —preguntó divertido.
—¡No! —respondió mientras se las quitaba, poniéndoselas a Reece con cuidado después—. Pero creo que nunca te llegas a imaginar lo mucho que otro necesita gafas cuando las ves —levantó los hombros—. ¿Desde cuándo…?
—Desde los tres años. Mi profesora del parvulario se dio cuenta de que no era capaz de seguir los juegos, lo que ponía en la pizarra… —hizo un gesto ambiguo con la ma no—. Y no, antes de que lo preguntes, no he pensado en operarme. Odio que me toquen los ojos.
Beau rio de nuevo. Una de sus manos ascendió para acariciar el rostro ajeno.
—Seguro que tu oftalmólogo te adora.
—Pues sí, listo. Siempre que voy intenta presentarme a una de sus sobrinas.
El menor de los Sinclair enarcó una ceja.
—¿Qué? Soy un encanto. Desde que llegué, las amigas de mi abuela me han ofrecido solucionarme la vida… ¡Pfff! He perdido hasta la cuenta de las veces.
—¿Y por qué no les has dejado hacerlo?
Reece suspiró, con mimo le peinó el cabello hacia atrás a Beau.
—Tenía el ojo puesto en otra persona —confesó. Tras unos segundos de silencio, habló de nuevo—. Kurt está tan bueno, me tiene pillado desde el primer entrenamiento.
El menor de los Sinclair llevó la mano hasta el pecho de Reece y, con firmeza, cogió uno de sus pectorales y le dio un buen pellizco.
El nieto de la señora Sargent se revolvió, haciendo gala de su superioridad física, cogió a Beau de ambas muñecas y tiró de él para acercarlo por completo, girando hasta arrinconarlo sobre la cama, colocando medio cuerpo encima de él para inmovilizarlo del todo.
Se miraron. Los labios de Reece buscaron los de Beau en un beso que lo estremeció.
—Gilipollas —susurró cerca de su boca, haciéndose el duro pobremente.
Reece respondió con varios besos cortos más, moviendo después la cabeza hasta poder acomodarla sobre el pecho ajeno. Un suspiro tranquilo brotó de sus labios en cuanto la mano de Beau empezó a deslizarse por su espalda.
—La verdad es que, hasta después del partido, no sentí que te gustara demasiado… Y entonces pensé que era en plan, ya sabes, colegas.
Reece levantó la cabeza lo suficiente para mirar a Beau.
—He sido un gilipollas contigo, ¿verdad?
Beau asintió.
—Yo… No busco excusarme con esto, solo que me entiendas.
Soy de ese tipo de personas que llevan muy mal la presión.
¡Lo sé! Dedicándome a lo que me dedico es una putada, pero es la verdad.
Cuando estoy sobrepasado yo… me comporto como un gilipollas.
Todo me irrita demasiado, todo me… asfixia y…
solo quiero que me dejen en paz. Por eso te traté así, porque estaba hasta arriba y…
quería salir de ahí —levantó los hombros—.
Lo siento, de verdad. Te prometo que voy a hacer todo lo que esté en mis manos para no volver a tratarte así nunca más, ¿vale? Por favor, dame un voto de confianza.
La honestidad de sus palabras y de sus gestos, acompañada de la sensación dulce que sus caricias suponían, hizo que el menor de los Sinclair asintiera de inmediato. Le creía, ahora solo podía desear no estar equivocado.
Uno de sus dedos se acomodó sobre la clavícula de Reece y empezó a trazar toda su extensión, hipnotizado por una parte más de su anatomía que le resultaba especialmente atractiva. Tan solo su voz fue capaz de sacarle de aquel pequeño paréntesis.
—Si te sirve de consuelo, también me pasé con el entrenador Hunt y le hablé como un gilipollas. No eres el único que ha tenido que soportarme en mi peor momento…
El entrenador Hunt .
Beau abrió bien los ojos, se revolvió y buscó con la mirada un lugar en el que saber qué hora era. Sábado, por la mañana, mierda.
—Joder, el partido, vamos a llegar tarde… ¡Portia! —exclamó, llevando las manos hasta los hombros de Reece, tratando de quitárselo de encima para poder ponerse en marcha.
Para su sorpresa, el nieto de la señora Sargent rio.
—Tranquiiiiiilo —respondió, cogiéndole de las muñecas—. Mi pequeño rifirrafe con el entrenador Hunt me ha hecho terminar en el banquillo. No tengo que ir al partido.
Los brazos de Beau se relajaron poco a poco.
—¿Y… yo?
—¿Quieres ir al partido? —Reece enarcó una ceja.
—Querer, querer, no… pero tú mismo dijiste que…
—Olvídalo —sus pulgares se extendieron y acariciaron las manos de Beau—. Puedes quedarte en el banquillo, Hunt cree que estás fuera buscando piso, ¿no?
El menor de los Sinclair se mordió el labio inferior.
—¿Es tu forma de decirme que quieres que me quede contigo?
Ambos se miraron, Reece dudó un momento, pero terminó por asentir.
Un subidón de felicidad impulsó a Beau a fundirse en un beso con Reece, uno en el que sus manos se soltaron y terminaron por rodear el cuello ajeno, sintiendo las otras deslizarse por sus costados en una caricia descendente hasta sus piernas.
Le mordió el labio inferior. Los dedos de Reece presionaron con firmeza sus muslos haciéndole suspirar.
Una de las manos de Beau abandonó su cuello, descendió por su hombro, su torso, hasta el bajo vientre, con intención de volver a alcanzar su miembro. El sexo como premio, el sexo como forma de ganarse su afecto un poco más.
Sin embargo, antes de hacerlo, los dedos ajenos lo agarraron por la muñeca.
—Oye, ¿y tu resaca? —le preguntó en un susurro.
—Oh… molesta, pero no importa.
Intentó mover de nuevo la mano, pero Reece lo agarró con más firmeza.
—Nah, esto puede esperar. Vamos a asearnos y te hago el remedio casero, ¿uhm?
La sorpresa se pintó en el rostro de Beau, una tan evidente que hasta Reece pareció darse cuenta. El menor de los Sinclair sacudió la cabeza, apartó la mirada y se esforzó por parecer el de siempre.
—¿Y qué hay de la tortilla? —preguntó, buscando sonar gracioso.
—También te haré la tortilla. Con queso.
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—¿En serio? —preguntó Beau.
Ya sentado en la mesa de la cocina, con el remedio casero casi terminado y una apetitosa tortilla con queso frente a él, ver a Reece tomar asiento con un plato lleno hasta el borde de huevos revueltos le hizo soltar una sonora carcajada.
—¿Qué? Soy un tío grande, necesito más que tú para llenarme —respondió y cogió el tenedor, pinchando parte de su comida y llevándola hasta la boca .
—No hace falta que lo jures, grandullón —dijo, bebiendo de nuevo—. Aunque ¿huevos revueltos? ¿Has usado todo tu talento haciendo tortillas conmigo?
—No, es que no me gusta la tortilla.
Beau frunció el ceño.
—Una tortilla y un huevo revuelto son lo mismo, Sargent.
—¡Qué va! La textura es completamente diferente —aseguró, comiendo de nuevo.
El menor de los Sinclair negó. Una risita incrédula nació de su boca.
—Eres un rarito… —farfulló, tomando el último trago de su remedio.
¿La verdad? Estaba más bueno de lo que esperaba. Dejó entonces el vaso a un lado y se hizo con el tenedor, partiendo una porción pequeña de tortilla que no tardó en comer. Esta también estaba deliciosa.
El sonido de sus tenedores contra el plato fue todo lo que rompió el silencio durante un rato.
Beau no podía evitar mirar a Reece de reojo.
Buscaba mentalmente las palabras adecuadas para poner sobre la mesa unas cartas que ni siquiera estaba seguro de atreverse a mirar.
Suspiró, entreabrió los labios pero algo lo calló de golpe.
Un peso extraño sobre su regazo, de golpe y sin permiso. El menor de los Sinclair bajó la mirada, encontrando a Sardina, que, tras un maullido, se acomodó mejor sobre sus piernas y se quedó ahí como si nada. Beau sonrió, no tardó en rascar su cabecita, escuchando de inmediato su suave ronroneo.
—Creo que le gustas bastante más que yo —dijo Reece.
—Sardina está loco por mí desde que llegó a esta casa. En serio, tu abuela a veces se enfada porque me escoge a mí y no a ella —rio, deslizando a la vez la mano por su lomo—. Y eso que soy el único que ha intentado ponerlo a dieta.
El gato bostezó sin preocupación alguna.
—Creo que voy a tener que enfadarme contigo, Sinclair.
Beau frunció el ceño.
—¿Tienes un novio pelirrojo precioso y decides acostarte conmigo? —preguntó, bromista, apuntándole después con el tenedor—. Me decepcionas, no lo esperaba de ti.
El menor de los Sinclair quedó callado. Era una broma, lo sabía, no estaba ofendido, molesto o cualquier cosa similar. Pero las palabras de Reece habían dado justo en el clavo de lo que llevaba dando vueltas en su mente desde hacía un rato.
Se habían acostado.
¿No iban a hablar del tema? ¿Iban a hacer como si nada?
Beau sentía que había tropezado demasiadas veces con esa misma piedra.
Al final era la razón por la que todo le estallaba en la cara, siempre escogía el silencio y seguir con lo que parecía estar bien en lugar de buscar su propia felicidad.
Necesitaba un cambio, necesitaba… Reece le gustaba, ¿es que no era evidente?
Y pensar que lo suyo pudiese volverse algo similar a lo que había tenido con Laramie o con tantos otros innombrables le rompía por dentro.
—Nos hemos acostado —dijo finalmente, llamando la atención de Reece.
—¿Sí? —respondió, confuso, limpiándose con los dedos los labios.
El menor de los Sinclair suspiró y dejó su tenedor a un lado.
—El Cuatro de julio, cuando lanzamos los fuegos artificiales, una de las cosas que te dije que quería dejar atrás eran los tíos gilipollas que han jugado conmigo.
No digo que tú seas uno de ellos, pero… es ridículo por mi parte fingir que yo no he…
ayudado a que ese problema sea algo constante en mi vida —levantó los hombros—.
Siempre me da miedo hacer esta pregunta, porque entiendo que es pronto, que pongo una presión en ti que no deseas, pero…
necesito saberlo. No puedo permitirme esto otra vez —suspiró—.
¿Tú sientes que nosotros podemos ser algo más que sexo? Porque tú me gustas como algo más…
Reece se llevó la mano a la nuca y frotó con insistencia.
Beau podía ver en su rostro cómo todos sus pensamientos se agolpaban, cómo intentaba ordenarlos para dar una respuesta con sentido.
Una parte de sí mismo se sentía culpable.
Quería decirle que daba igual, que podía responder en otro momento.
Otra, la más fuerte, había decidido imponerse por vez primera y no pensaba marcharse sin una respuesta honesta.
—Tú también me gustas como algo más, Beau.
Pero no sería honesto decir que veo claro que podamos ser algo más.
Ya te lo dije: el rugby lo es todo para mí, hasta el punto en el que sacrificar mi felicidad por él no me pesa.
¿Me gustaría salir del armario? Claro. Pero hacerlo podría entorpecer mi carrera, sería…
un puto circo mediático —presionó los labios—.
Además… estoy aquí de paso. Cuando las cosas estén mejor, volveré a Birmingham…
Cada palabra de Reece se clavó en el corazón de Beau como un puñal.
Ese tipo de respuestas siempre dolían pero, por alguna razón que no era capaz de comprender, aquella vez lo hacía todavía más.
Aun así, ¿qué podía hacer? Por mucho que le hiciese daño, agradecía su honestidad y comprendía su respuesta; no había nada que pudiese discutirle.
Beau le sostuvo la mirada a Reece, forzándose a no ceder aun cuando todo en sus adentros se lo pedía .
—Entonces no hay nada más que hablar —levantó los hombros—. Me conoces, soy intenso. Siento… las cosas demasiado. No sabría tener algo casual contigo.
—Lo sé. Precisamente por eso no sería justo pedirte nada…
El menor de los Sinclair rio brevemente, con un toque de tristeza.
—¿Y por qué siento que me lo vas a pedir de todos modos?
Reece se frotó la cara con ambas manos.
—No —negó—. O sí… joder, no lo sé. Lo único que tengo claro es que no quiero empezar algo que sé que tiene fecha de caducidad. No contigo. No así.
Una pausa.
Beau asintió despacio.
—Bien. Entonces estamos de acuerdo.
—Estamos de acuerdo —sentenció Reece.
Otra pausa.
Reece movió las manos en un gesto sin sentido alguno.
Sus labios se abrieron varias veces, era como si quisiera decir algo pero una fuerza invisible lo acallara de golpe.
No fueron palabras lo que salió finalmente, sino un gesto: la mano del nieto de la señora Sargent colocándose sobre la propia, encima de la mesa.
—Quédate hasta el domingo.
—¿Para qué?
Reece se encogió de hombros, pero su voz sonó más firme de lo que Beau esperaba.
—Para nada… y para todo. Sin promesas. Sin etiquetas. Solo… tiempo. Juntos.
Beau negó de inmediato.
—No es buena idea —sentenció.
—Lo sé .
—Va a hacer más difícil ser amigos, ¡coexistir incluso!
—También lo sé —Reece apretó la mano de Beau—. Pero siento que va a ser difícil de todos modos, te quedes o no, así que… ¿por qué no proponerte lo que quiero de verdad? No te pido nada, lo de antes no tiene por qué volver a pasar siquiera. Solo… quédate.
El menor de los Sinclair cerró los ojos un momento. No, era imposible tomar una decisión cuerda si los preciosos ojos de Reece lo observaban de ese modo. La lógica, el cerebro, decía que no. Los sentimientos, el corazón, pedían a gritos que sí.
Reece presionó su mano una vez más, sus miradas se encontraron.
—Hasta el domingo —susurró.
Beau dudó, pero terminó cediendo la victoria a su corazón. Asintió despacio.
—Solo hasta el domingo…
El nieto de la señora Sargent asintió.
—Solo hasta el domingo.
Y ambos sabían que eso, precisamente, era lo más peligroso.