Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 25 #2
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No pudo articular palabra alguna, solo asintió. Reece sonrió.

—Tercera vez que evito que te vayas de bocas contra el suelo —dijo, bromista.

El silencio los envolvió a ambos. Sin poder dejar de mirarse, Beau sintió cómo los pulgares de Reece se movían despacio dejando una caricia lenta sobre su piel, que no tardó en ponerse de gallina como respuesta.

Joder, le gustaba. Le gustaba mucho. Tenía que salir de ahí, tenía que huir. No podía permitirse caer en algo que, hacía tan solo unos segundos, había quedado claro que no era más que un error. No podían estar juntos, no de verdad, no del modo que deseaba, así que la respuesta era sencilla:

«Beau, vete».

«Beau, vete».

«Beau… »

El manojo de ropa cayó al suelo y se deslizó por los últimos escalones hasta caer a los pies de Reece.

No importó, ninguno de los dos le prestó atención.

En cuanto las manos de Beau quedaron libres, se movieron raudas hasta enmarcar el cuello ajeno, poniéndose de puntillas para alcanzar unos labios que, aunque ya no sabían a sandía, le seguían resultando los más apetecibles del mundo.

Los dedos de Reece se fruncieron contra su brazo, presionaron su piel y tiraron de él con firmeza hasta hacer que sus cuerpos terminaran completamente pegados.

No se quedaron quietos, pronto abandonaron los brazos de Beau y viajaron hasta su baja espalda, enredándose en la camiseta amarilla mientras sus labios correspondían al beso.

Cuando el aire se hizo necesario, poco a poco, ambos se distanciaron.

Los ojos de Beau se abrieron primero, encontrándose con la preciosa visión del rostro de Reece, de sus labios húmedos, del ligero sonrojo en el puente de su nariz.

Una de sus manos se movió, sus dedos acariciaron su cabello corto y sintió cosquillas al hacerlo.

No tardaron en volver a buscarse en un segundo beso, uno que carecía de cualquier timidez, cargado de una necesidad tan pura que hasta parecía torpe.

Los dedos de Reece presionaron con más fuerza la baja espalda de Beau, como si en sus adentros existiera el miedo de que, si lo soltaba aunque solo fuera un poco, pudiese desaparecer.

Sus respiraciones se mezclaron, entrecortadas.

Ahora era imposible seguir fingiendo que existía la posibilidad de no ser nada el uno para el otro.

Las manos de Reece descendieron hasta las piernas de Beau y tiraron de él una vez más hasta hacer que se alzara y cogerlo a pulso.

El menor de los Sinclair no necesitó indicación alguna, de inmediato rodeó el cuerpo ajeno y se aferró a él con todas sus fuerzas, cruzando los pies contra su espalda, clavando los talones en esta.

Se movían. Escalera arriba. Pero su cabeza no estaba pendiente de eso.

Llegados al último escalón, la camiseta de Reece cayó al suelo y fue completamente olvidada por ambos.

Los dedos del menor de los Sinclair se deslizaron hasta poder acariciar los pectorales ajenos, curvando los dedos, haciendo que sus uñas ejercieran presión y dejaran unas pequeñas marcas sobre la piel.

A mitad del pasillo, la camiseta de Beau también cayó.

Entraron al cuarto. Reece cerró torpemente la puerta, cosa que hizo a Beau reír contra sus labios.

—¿Qué? Me da mal rollo que entre Sardina —susurró, divertido.

—Vale, grandullón —correspondió, quitándole las gafas con cuidado, esas mismas que dejó encima de la mesita antes de caer sobre el colchón.

Su menudo cuerpo rebotó sobre este al hacerlo. Desde aquella nueva postura, notó cómo los ojos de Reece recorrían su cuerpo con un hambre tan evidente que prendió sus entrañas de golpe. Nunca se había sentido tan deseado y eso lo excitaba de sobremanera.

Beau abrió las piernas y no tardó demasiado en sentir el cuerpo ajeno encajar entre ellas.

A tirones le quitó los pantalones, ya fundidos en un nuevo beso pasional y acelerado.

La mano del menor de los Sinclair no tardó en descender, acarició con la yema de los dedos el vello de su pecho y sus abdominales marcados antes de colarse dentro de su ropa interior, rodeando su miembro para empezar a masturbarlo .

La respiración jadeante ajena, chocando contra sus labios entreabiertos, húmedos, hizo que se sintiera sacudido por una descarga casi tan intensa como la que lo golpeó al notar la mano de Reece dibujando su cintura hasta llegar a las nalgas, regalándole un firme apretón que hizo que Beau diera un respingo fruto de quien sabe lo que viene.

La penetración. O al menos, eso dictaba la costumbre.

El sexo no era algo que pillara de nuevas a Beau; no era un alma cándida en mitad de una primera vez que lo intimidaba.

Había estado con hombres, no sabría decir si muchos, tampoco diría pocos, los que la vida había decidido poner en su camino.

Hombres de una noche, hombres incapaces de quedarse, hombres con los que la rapidez, la brusquedad y lo caótico de un encuentro puramente pasional eran las constantes.

Y el dolor. Si algo había marcado las relaciones sexuales para Beau era, sin duda alguna, ese dolor al principio, ese al que debía acostumbrarse entre acometidas bruscas y el espacio angosto de la parte de atrás de un coche, el cubículo de un baño o algún rincón oscuro.

Ni siquiera en las ocasiones en las que una habitación había estado implicada, el dolor desaparecía, así que lo había aceptado como lo necesario si quería sexo.

Y con Reece lo quería, claro que lo quería.

Por eso curvó los dedos sobre la cama y se agarró con fuerza a la sábana. Por eso tomó aire por la nariz y se mentalizó para poder soportarlo.

«Solo un poco, hasta que tu cuerpo se haga a ello» se repitió mentalmente.

La visión de Reece guiando uno de sus dedos hasta la boca, lubricándolo con su propia saliva, sucedió con una lentitud que Beau solo pudo adjudicar a los efectos del calor que lo estaba asfixiando.

No hubo tregua. En cuanto el dedo estuvo húmedo, lo guió hasta entre sus nalgas y lo introdujo en su interior, callando cualquier sonido que pudiera brotar de sus labios con un nuevo beso tan intenso y caótico como los anteriores.

Su dedo se movió poco a poco, con cuidado, contrastando por completo con el compás que seguía el resto del encuentro.

Entró y salió del interior de Beau con un ritmo marcado pero suave, dedicando su tiempo, consiguiendo que el calor se volviera más intenso y que su cuerpo se relajara y abandonara a aquel momento.

El dolor no lo sacudió. Mentiría si dijera que no se sentía perdido.

Reece se deshizo a tirones de su ropa interior, deteniendo así la masturbación.

Luego hizo lo mismo con la de Beau. El siguiente paso no fue rápido; de hecho, el tiempo pareció detenerse unos segundos entre ambos.

Era la primera vez que estaban desnudos, que se observaban de aquella forma tan vulnerable. Había algo de especial en ello.

Una de las manos de Reece recorrió la senda de una de las cicatrices que se dibujaba sobre el vientre ajeno, saltando a otra en el pecho, subiendo poco a poco hasta poder colocar la mano contra su mejilla.

Extendió el pulgar pulgar y, con los ojos fijos el uno en el otro, lo movió para regalarle una caricia que Beau jamás había imaginado necesitar y que, sin embargo, acababa de romper su mundo con pasmosa facilidad.

Quizás era exagerado, poético en exceso, pero sentía que le había tocado el alma.

—Hazlo, por favor —pidió, y Reece comprendió.

Beau llevó sus manos hasta la espalda ajena y se aferró a él; sus dedos presionaron su piel cálida con firmeza.

El dolor no había hecho acto de presencia antes, pero el miedo a la costumbre le hacía pensar que lo haría ahora.

No fue así. La erección de Reece entró en su interior despacio, suave, constante, hasta estar por completo dentro de él.

Beau gimió. Un gemido capaz de rajarle la garganta.

Sus dedos se relajaron poco a poco, sus ojos se cerraron y acomodó la cabeza contra el colchón. No dolía, joder, era todo lo contrario. Más allá de lo instrumental, nunca había entendido el interés que el mundo tenía por el sexo; sin embargo, ahora lo hacía.

El cuerpo de Reece empezó a moverse, fluido, como si siguiera un ritmo que sonaba claramente en su cabeza, y Beau, sobrepasado ante tantas sensaciones, solo pudo abandonarse envuelto en placer y en una extraña sensación que lo hacía querer llorar de puro gusto.

Reece echó el cuerpo hacia delante; su rostro encontró acomodo contra el cuello ajeno y su aliento empezó a golpear con calidez una piel tan sensible que, hasta aquello tan sencillo, lo hacía arder.

Gemía por él, gemía para él.

No había mejor sonido en el mundo.