25
Beau despertó empujado por la extraña sensación de algo áspero frotando su nariz una y otra y otra vez. Abrió los ojos. Pegado a su cara, dándole lametones, se encontraba Sardina, que no tardó en analizarlo unos segundos antes de salir corriendo del cuarto.
Un sonoro resoplido brotó de sus labios antes de mover la cabeza y hundirla en la almohada, tomándose unos segundos para volver de verdad a la realidad.
Le dolía la cabeza una barbaridad, sentía la garganta seca y todo lo sucedido la noche anterior estaba, cuanto menos, borroso.
Solo recordaba la fiesta, beber, bailar y… Laramie.
Ay Dios, no habría hecho una estupidez, ¿verdad?
Levantó la cabeza de golpe. No, no podía ser.
Cuando su cabeza decidió conectar las cosas como era debido, recordar que acababa de ver a Sardina fue suficiente para saber que no había pasado la noche con el policía.
Sardina . Un momento. Su mirada se paseó por el lugar.
Estaba en el cuarto de Reece, en la cama de Reece… Jo-der .
Haciendo acopio de todas sus energías y recibiendo un intenso pinchazo en la sien a modo de regalo, el menor de los Sinclair se incorporó y se quitó la sábana de encima, soltando un pesado suspiro al ver que seguía llevando la ropa de la noche anterior.
No había pasado nada entre ellos; a lo sumo habían dormido juntos. Eso era algo que podía aceptar.
No es que la idea de que algo más pasara con Reece le resultara desagradable, más bien todo lo contrario. Pero, si pasaba, quería que fuera después de una conversación sobre lo sucedido en el campo de rugby y, sobre todo, quería ser capaz de recordarlo.
Beau se frotó la cara con insistencia. Dios, le iba a estallar la cabeza. Al descubrirse, a los pies de la cama, vio una toalla grande, una camiseta perfectamente doblada y una nota encima. Frunció el ceño y reptó hasta poder alcanzarla.
«Buenos días. Te dejo algo de ropa mía para que puedas darte una ducha y cambiarte.
Si bajas a la cocina lo que llevabas ayer podemos lavarlo.
He salido un momento a comprar unas cosas, en nada estoy de vuelta.
No has hecho ninguna estupidez, no ha pasado nada por lo que debas sentirte avergonzado, tranquilo.
Intenta sobrevivir a la resaca como puedas.
Reece».
No pudo evitarlo. Una sonrisa tonta se pintó en sus labios.
Beau dejó la nota a un lado y cogió la ropa en cuestión.
Una camiseta amarilla de manga corta y unos shorts verdes que, puestos en él, estaba seguro iban a convertirse en unos pantalones largos.
Nunca antes la diferencia de tamaño entre ambos le había resultado tan notoria.
Suspiró y sacudió la cabeza. Lo mejor ahora era hacer caso, darse una ducha, ponerse ropa limpia y lidiar con la resaca y el día minuto a minuto.
Primero ducha. Después ropa limpia .
Sí, definitivamente aquellas pequeñas cosas podían arreglarle a uno el día.
Con el pelo húmedo y la camiseta enorme de Reece como atuendo, Beau salió de la habitación tras abrir la ventana, cargando con su ropa sucia y las sábanas de la noche anterior hechas un ovillo.
Un maullido lo avisó de ir con cuidado mientras bajaba por los escalones, moviendo la cabeza, intentando no pisar a Sardina.
—Dios, cuidado, bichito —dijo, levantando el manojo de ropa un poco más, moviendo el pie para intentar no pisar el extremo de la sábana que colgaba por uno de los lados.
A mitad de la escalera, el sonido de la puerta al abrirse hizo que se detuviera.
Reece había vuelto y el maldito estaba guapo a rabiar.
Sus encantadoras gafas, la gorra al revés, la camiseta blanca de tirantes, los joggers grises…
¡No! El antiguo Beau Sinclair se habría quedado prendado de aquella imagen y permitido que fuese suficiente para acallar el remolino de sensaciones de sus adentros, pero el nuevo Beau Sinclair no.
El nuevo Beau Sinclair estaba herido por lo sucedido en el campo de rugby, asolado todavía por esa sensación de abandono que él le había despertado. Estaba guapo. Mucho. Incluso muchísimo. Pero eso no iba a ser suficiente para solucionar sus problemas.
—Hey, has despertado —dijo Reece, y dejó en el suelo la compra, acercándose.
—Sí —respondió Beau, aferrándose con más fuerza a la ropa entre sus manos.
—¿Cómo te encuentras?
—Resacoso de la leche…
El nieto de la señora Sargent rio brevemente .
—Lo imaginaba, por eso he ido hasta la tienda para hacerme con un par de cosas y prepararte un remedio casero para esa resaca.
Beau frunció el ceño.
—¿Remedio casero?
—Ajá. Alex solía hacerlo para Penny y para mí cuando, hace años, salíamos de fiesta. Un tomate, medio limón y una rodaja grande de sandía. Sé que no suena a zumo tropical con sombrillita, pero te juro que está bueno y es antioxidante.
Sandía . A Beau le gustó pensar que había escogido hacerle aquel remedio porque sabía de su debilidad por aquella fruta.
El recuerdo del Cuatro de Julio volvió claro a su mente.
No de la noche en sí, más bien del regusto a sandía que encontró en los labios de Reece al besarlos.
Los vellos de su nuca no tardaron en ponerse de punta.
Ambos se miraron en silencio. Reece fue el primero en apartar la mirada.
—También huevos y queso para hacerte una tortilla… —dijo, ligeramente acelerado, haciendo un gesto vago con la mano—. Si quieres, claro.
—Quiero. Es solo que… —sus miradas se buscaron— no quiero hacerme ilusiones. Ya sabes, esperar un remedio antiresaca y una tortilla y encontrarme con que sales huyendo.
El nieto de la señora Sargent suspiró y se frotó la nuca con una de las manos.
—¿De verdad es así como quieres hablar de esto? No podemos esperar a estar…
—No —sentenció, contundente, sin espacio a debate—. Porque, no sé tú, pero yo llevo todos estos días sin poder dejar de pensar en lo que pasó. En cómo me dejaste tirado…
—¿No has escuchado mi mensaje ?
—¿Mensaje? No, vi tus whatsapps borrados. Me emocionaron —dijo, sarcástico.
—Te dejé un mensaje en el contestador.
—¿En el contestador? Tengo veinticinco años, no escucho el contestador.
Reece soltó con fuerza el aire por la nariz y bamboleó la cabeza.
—El domingo fui hasta tu casa a buscarte para hablar.
Me sentía mal por lo que había hecho y… pensaba que decirte estas cosas por teléfono era un error.
Así que fui hasta allí, pero no estabas, así que tuve que llamarte y…
—lanzó ambos brazos al aire y los dejó caer de golpe—.
Los mensajes fueron… mira, soy del tipo de persona que lo piensa todo demasiado, que cuando las cosas le sobrepasan empieza a darle vueltas y…
—se mordió el labio inferior—. Siento haberte hecho daño, llevo días sintiéndome como una mierda por ello.
No tengo excusa, me saturé y… metí la pata. Lo siento.
Beau entreabrió los labios varias veces, dispuesto a decir mil cosas pero sin tener ninguna clara a la vez.
Finalmente, no dijo nada. Las palabras se le agolpaban en su garganta, pero todas estaban tan confusas que ninguna logró abrirse paso.
Aquel gesto se desvaneció en el silencio al que, en el fondo, siempre había estado destinado.
Sin embargo, Reece sí fue capaz de hablar de nuevo.
—Yo tampoco he dejado de pensar en lo que pasó —añadió.
—¿Pensar… en el buen sentido?
Reece suspiró.
—En el complicado.
—¿Complicado ?
—Sí, complicado. No te besé por un capricho, porque estuviera aburrido o… No. Te besé porque quería hacerlo, porque me gustas y lo sentía así en ese momento. Pero…
Aquella última palabra la dijeron a la vez. Se miraron, ambos sabían bien que lo que venía después de un pero , nunca era agradable.
—Mi vida es mucho más complicada que eso.
Lo hemos hablado, el rugby está por encima de todo para mí, es mi mundo, y salir del armario es algo que me va a traer más problemas que beneficios.
Así que no quiero hacerlo. Tú no mereces eso, no mereces perder tu tiempo con alguien así.
Y lo digo de corazón, no busco hacerte la pelota —suspiró—.
No soy una buena opción para ti. Lo siento.
De las palabras de Reece hubo algo que dolió especialmente a Beau.
Y es que tenía razón. Llevaba toda la vida siendo un secreto, siendo esa persona que se esconde y a la que no se le da el lugar que se merece, ¿por qué había pensado que sería distinto esta vez?
¿Por qué había pensado que lo sería, especialmente, con un deportista?
Era estúpido, incluso algo masoquista.
No. Beau quería algo más, quería una relación de verdad y poder hacer al fin todas esas tonterías que sentía el mundo le debía.
Ir de la mano por la calle, tener citas, poder llevar a alguien a casa con su hermano, a sus quedadas con Mini…
Reece tenía razón, si aquellas eran sus circunstancias, entonces no era una buena opción para él y, aunque agradecía su honestidad, la realidad dolía de narices.
Suspiró, bajó la mirada y asintió.
—Tienes razón. Queremos cosas distintas, gracias por ser honesto conmigo.
El nieto de la señora Sargent se preparó para decir algo más, pero Beau no lo quería escuchar.
Sin mirar por dónde iba, usando la misma táctica que el otro había empleado en el campo de rugby, decidió que huir era su única opción.
Bajó por las escaleras; iba a llevar el manojo de ropa a la cocina, darle una lavada rápida y salir de allí a toda prisa.
Pero el destino tenía otros planes.
Tras bajar dos escalones, uno de los pies de Beau pisó la parte de la sábana que estaba colgando y esta se enredó alrededor de su tobillo con pasmosa facilidad.
Pisó mal, su cuerpo se deslizó ligeramente hacia abajo dispuesto a meterse un culazo que iba a dejar su intento de marcharse con dignidad a la altura del betún.
Pero no. Las manos de Reece, raudas, lo cogieron al vuelo y lo sujetaron con firmeza.
Beau levantó la cabeza en un resorte, su mirada se encontró con la ajena que lo observaba de cerca, con ojos bien abiertos y el susto pintado en el rostro.
—Joder, ¿estás bien?