24
Ooh, love, ooh, loverboy.
What're you doin' tonight?
«Aprecio mucho tus palabras, Reece, y no dudo que tus disculpas sean sinceras, pero no creo que cambiar mi postura sea lo correcto.
No quiero que juegues el sábado, tampoco que vengas al partido.
Cuando la cagas tienes que pagar las consecuencias como cualquier otro; si no, ¿con qué cara les pido a los demás nada? Lo entiendes, ¿verdad?»
Aunque el sol todavía estaba por salir, Reece ya se encontraba corriendo por las calles de Whitefish, con Queen sonando a todo volumen por sus auriculares, pero con la cabeza en mil sitios a la vez.
El mundo se desdibujaba todavía a su alrededor; se sentía lejano, y las palabras que había intercambiado la noche anterior con el entrenador Hunt no habían ayudado ni a deshacerse de aquella sensación ni a descansar.
Quizás su abuela tenía razón y eso de estar solo no era una buena idea.
Aunque tampoco era algo que pensara confesarle precisamente .
La necesidad de despejar la cabeza lo había llevado ahí, a estar corriendo con toda la velocidad que sus piernas le permitían, buscando de nuevo esa sensación, llegar a sentir algo lo suficientemente fuerte que lo agarrase y lo devolviera a la realidad.
Pero no. Las luces de los locales, el sonido de las pocas personas que transitaban la calle… Nada parecía real.
Reece se detuvo de golpe, apoyó las manos sobre las rodillas y se echó hacia delante mientras tomaba una profunda inspiración. Soltó el aire de golpe y sacudió la cabeza, con los ojos cerrados, sumido en una oscuridad que resultaba más reconfortante que la realidad.
Sábado y sin poder jugar el partido. Sábado y sin noticias de Beau.
Se incorporó de golpe, echó la cabeza atrás y se frotó la cara con ambas manos. Lo que necesitaba era una botella de agua fresca, terminar su ruta y volver a casa. Sí, lo mejor que podía hacer era encerrarse con Sardina y desear que la próxima semana fuese amable.
Con paso tranquilo y tras quitarse los auriculares, Reece paseó calle abajo rumbo a una de las tiendas 24h a las que solía ir cuando corría por las mañanas.
A medida que avanzaba por la zona, sus ojos no podían evitar saltar de un lado a otro, observando la sorpresiva cantidad de gente que poblaba la calle a medida que se acercaba a su destino.
¿Qué hacían allí? Dios, era como ver a una panda de zombies.
Oh , claro, volvían de estar de fiesta.
El propio Reece había recibido aquel flyer a principios de semana, cerca del centro iba a abrir un pequeño after , y muchos parecían estar emocionados por ello.
A sus treinta años, pocas cosas le sonaban menos apetecibles al nieto de la señora Sargent que salir de fiesta y, especialmente, terminar en un after .
No, gracias. Había tirado el folleto en cuanto las chicas que los estaban repartiendo dejaron de poder verle.
Al parecer, había sido el único.
En parte lo entendía, Whitefish no tenía nada de esa índole.
Ni discotecas, ni nada similar, así que todos aquellos que se iban fuera para disfrutar de la vida nocturna seguro que se habían alegrado de que un local así llegara al pueblo.
Desde su llegada, la primera mención que había escuchado sobre un local interesante había sido de labios del entrenador Hunt, «El gallinero» o algo así, y eso estaba en Portia.
En fin, para Reece solo era un motivo más por el que debía volver a casa.
Llegó a la tienda y abrió la puerta para dejar salir a dos chicas cargadas con dos enormes granizados de color rojizo. Ambas rieron y le dieron las gracias. El sonido de sus risas, distorsionado y agudo, le hizo sacudir la cabeza.
Iba a entrar. Pero una sola palabra fue suficiente para detenerlo.
—¡Beau! —exclamó una voz desconocida.
Reece dejó ir la puerta y giró con rapidez. Su cabeza se movió y sus ojos saltaron de un lado a otro de la calle buscando algo que le parecía imposible. Y aun así, la sola posibilidad, era más que suficiente para hacer que pusiera todo su empeño en ello.
Pero no podía ser. Beau Sinclair estaba en la ciudad viendo pisos.
Y como bien había dicho Penny, Beau era «el nombre más americano del mundo».
En la calle frente a la tienda 24h, había un párking, uno en el que ahora no solo se agolpaban coches sino también algunos pequeños grupos de gente que compartían alcohol y música demasiado alta para el gusto de cualquier vecino.
De ahí, tambaleándose, después de tantos días lidiando con su ausencia, Reece vio a Beau aparecer.
Por primera vez, algo en el mundo que lo rodeaba empezó a volverse menos borroso.
No del todo, pero él sí. Él con el pelo echado hacia atrás, crop top blanco y pantalones con estampado de vaca que llamarían la atención de cualquiera. Él , que giró con poca gracia para ver quién había llamado su nombre.
Ver aparecer a un hombre rubio hizo que Reece frunciera el ceño, un gesto que se volvió más pronunciado cuando el rubio en cuestión colocó las manos en la cintura de Beau y tiró de él de forma brusca para acercarlo.
El tipo sonreía y acortó toda distancia para decirle algo en la oreja; sin embargo, en el rostro de Beau solo podía verse una mueca contrariada y cómo intentaba zafarse del agarre pobremente.
Una de las manos de Beau se colocó contra el pecho del rubio e intentó darle un empujón con el que marcar distancia, pero estaba demasiado bebido y el atino de sus intenciones parecía esquivo.
El tipo ignoró aquel gesto, abrazó con más fuerza a Beau y volvió a hablarle al oído antes de hacerlo andar junto a él quién sabe hacia dónde.
No tuvo que pensarlo dos veces. Sin contemplar siquiera que iba a cruzar una calle por la que podía pasar cualquier coche y llevárselo por delante, Reece salió corriendo en dirección a ellos, alcanzándolos cuando el tipo abría la puerta de un coche con un pez hortera colgando del retrovisor.
De hecho, Reece apoyó su mano contra la puerta y la cerró con una fuerza que resonó en la calle e hizo al rubio dar un brinco antes de mirarlo.
—¿Pero qué cojones haces tío? —preguntó con el ceño fruncido .
Oh, mierda , no se había preparado una respuesta para esa pregunta.
—¿Sargent? —la voz de Beau le acarició los oídos. Aunque sonaba pastosa por el alcohol, la había echado tanto de menos que hasta así le resultaba agradable.
—¿Conoces a este, tío?
El menor de los Sinclair asintió.
El tipo dibujó una sonrisa amable en los labios, apartó la mano que tenía en la cintura de Beau y giró hasta quedar encarando del todo a Reece. Aunque era alto y estaba fuerte, era evidente la diferencia de tamaño de ambos y, quizás por eso, decidió tomar una postura conciliadora en el asunto.
—¿Pasa algo?
Reece tomó aire por la nariz y se cruzó de brazos.
—He visto cómo Beau salía del parking. Ha bebido y no quiero que le pase nada.
—Tío, no sé qué te has imaginado, pero… Beau y yo somos colegas, jamás dejaría que le pasara nada. De hecho… —miró de reojo al menor de los Sinclair—. Voy a llevarlo a casa.
—No es lo que me ha parecido. He visto cómo lo agarrabas, cómo él ha intentado varias veces que lo dejaras ir y tú has hecho como si nada…
El tipo se esforzó en reír, mostró ambas manos.
—Eh, eh, tranquilo. En serio, te estás montando una película.
Se nota que eres buen amigo, pero le estás dando demasiada importancia a una tontería —chasqueó la lengua—.
Mira cómo está, necesita una ducha y dormir la mona.
Así que relaja, ¿vale? Me lo llevo a casa y listo —el rubio abrió la puerta de nuevo pero, con otro gesto brusco, Reece la cerró.
—¿Dónde vive ?
El tipo parpadeó, la incomodidad apareció en su cara por primera vez.
—¿Perdona?
—Has dicho que lo llevas a casa. Entonces sabrás decirme dónde vive.
—Claro que lo sé —respondió, demasiado rápido—. Pero no entiendo a qué viene esto.
—Viene a que acabo de ver a Beau sin poder mantenerse en pie… —su voz bajó, más controlada—. Y a ti pegado a él, guiándolo hacia tu coche. Y ahora resulta que vas a llevarlo a casa… cuando ni siquiera sabes dónde vive.
—¿Perdona? Mira, te estás pasando.
—Puede. Pero lo único que tengo claro ahora mismo es que, si no escucho de tu boca dónde vive Beau, vamos a tener un problema.
El tipo dudó un momento, volvió a mirar de reojo a Beau, pero terminó por levantar ambas manos y, sin soltar palabra alguna, se alejó de ambos, rodeando el coche para poder montar en él y marcharse de allí.
Reece tomó aire por la nariz. Si tenía que volver a cruzarse con ese tipo las palabras no iban a ser la primera opción.
Con la mirada siguió el camino del vehículo, descruzando los brazos cuando lo vio girar en la primera esquina.
Devolvió de inmediato su atención a Beau.
En aquel momento poco importaba el beso en el campo de rugby, la forma en que la había cagado con él, los días sin noticias…
Lo único que importaba era asegurarse de que estaba bien.
Se acercó a él con prisa. Aquellas manos enormes que habían sido usadas cientos de veces para dar golpes y empujones se convirtieron al enmarcar su rostro en las más gentiles del mundo. Sus pulgares se deslizaron y trazaron arcos lentos sobre su piel .
—Por Dios, Beau. Dime que estás bien. Me muero si... —presionó los labios.
No era capaz de decirlo en voz alta, pero sus gestos hablaban por él.
—Bien… —farfulló finalmente, con voz pastosa, pero para Reece era suficiente.
Lo guió a acercarse, rodeó su cuerpo con ambas manos y lo abrazó de aquel modo que llevaba días deseando hacer. Sentir cómo las manos de Beau se aferraban a su ropa, aunque temblorosas, fue suficiente para hacer que sus labios se acomodaran sobre su hombro y dejaran varios besos lentos.
Sentir .
Sintió sus manos en la espalda, la caricia de su aliento al suspirar contra el cuello.
Reece se echó hacia atrás, llevó las manos de nuevo al rostro de Beau y lo enmarcó para hacer que lo mirara directamente.
—Te vienes a casa conmigo, ¿vale? Mi abuela no está, no te preocupes, allí podrás descansar hasta que se te pase el pedo y luego… ya veremos. ¿Quieres?
Beau asintió. Una vez más, sin pensar, llevado por el remolino de impulso que se congregaba en sus adentros, Reece besó la frente ajena despacio. Pudo sentirlo, cómo sus labios se pegaban a su piel, el tacto suave de esta, la sensación cálida activando todo su ser…
Lo dejó ir. Tuvo que hacerlo. Sin embargo, antes de empezar a andar juntos, se quitó la chaqueta de deporte que llevaba puesta y envolvió a Beau con ella, asegurándose de que estaba bien antes de rodearlo por los hombros para que pudiese andar con paso firme.
Beau había vuelto a Whitefish.
Beau estaba con él, estaba bien .
El resto daba igual.