23
Somebody.
Ooh, somebody.
Can anybody find me somebody to love?
Tras secarse las manos a conciencia, Reece apagó la música que salía de su teléfono y cogió el móvil para poder salir del cuarto de baño. Aún atusándose el pelo con una toalla, tomó asiento en la cama.
La luna ya lucía en lo alto del cielo de Whitefish y el nieto de la señora Sargent acababa de volver de su segunda tanda de running del día.
Normalmente solo salía a primera hora de la mañana, pero, dado que tenía prohibido pasarse aquella semana por el campo de rugby, necesitaba hacer algo que le convenciera de que no iba a perder la forma.
Suspiró y lanzó la toalla a un lado, desbloqueó el teléfono y entró en whatsapp por millonésima vez en lo que iba de día. Tenía mensajes de su madre, de Penny, de un par de compañeros de los Cavaliers… Pero ninguno de Beau.
Jueves. Era ya el maldito jueves.
Cinco días sin saber nada de él, cinco días que le parecían años .
Se mordió el pulgar varias veces. Joder, la había cagado con él de una forma que se preguntaba si tendría solución. No, no quería pensar esas cosas. No podía o… Cerró los ojos, tomó aire por la nariz y abrió el chat decidiendo que la tontería se acababa en ese instante.
Reece: Hey
Reece: He oído que estás en la ciudad buscando piso
Reece: Pero parece que te haya tragado la tierra
Reece: No sé si tu desaparición se debe a lo que pasó entre nosotros
Reece: Pero si es así lo siento
Reece: Por favor háblame
Reece: Te echo de menos
En silencio leyó los mensajes varias veces, terminando por borrar los dos últimos.
Reece: Este mensaje fue eliminado
Reece: Este mensaje fue eliminado
Observó el resto, dudó, pero, con un movimiento rápido del pulgar, también borró los demás. Un sonoro resoplido brotó de sus labios y, molesto consigo mismo, lanzó el teléfono a un lado haciéndolo rebotar contra el colchón.
Los codos de Reece se clavaron contra sus rodillas y se echó hacia delante. Colocó las manos a la altura del rostro, sin cubrirlo, solo para poder ver los dedos de cerca. Los extendió y los encogió varias veces, haciendo después girar las muñecas.
No los sentía tan lejanos como el lunes, pero seguían sin estar del todo presentes.
Un golpe seco hizo que saliera de sus pensamientos: el sonido de algo cayendo y golpeando el suelo con fuerza. Con paso acelerado salió del cuarto y recorrió el pasillo rumbo a la escalera, encontrando al final de esta a su abuela cargando con una maleta a la que le faltaba uno de sus ruedines.
—¿Pero qué haces? —preguntó, bajando los escalones de dos en dos—. Te harás daño .
—Te he estado llamando, pero como no respondías…
—Estaba en la ducha, con la música, yo… —suspiró—. No importa, ¿qué necesitas?
—El hijo de Mary ha dicho que vendrá ahora a meter mis maletas en su coche para mañana, así que las estaba dejando en la entrada para que no tenga que subir y…
—¿Maletas? ¿Mañana? —Reece frunció el ceño y se cruzó de brazos.
Su abuela suspiró y le dio una suave palmadita en el pecho.
—¿Ves cómo no me escuchas nunca? Me voy con las chicas a nuestro fin de semana anual, ¿recuerdas? Nos ayudaste a comprar las entradas para…
—Mamma Mia, cierto. Perdona, tengo la cabeza un poco dispersa últimamente.
—Bueno… mañana me voy con las chicas y volveré el domingo por la noche. Iremos a ver Mamma Mia, al casino…
—¡Wow! ¿Casino? ¿Pero tú estás loca?
La señora Sargent rio, dejando atrás a su nieto para volver a la escalera.
— Tranquiiiilo , soy buena con las cartas, pero sobre todo sé cuándo parar.
Reece titubeó. Quiso decir algo que pudiera disuadirla de sus planes, pero conocía a su abuela lo suficiente como para saber que, dijese lo que dijese, iba a caer en saco roto. Así que calló, sacudió la cabeza y fue hasta las escaleras, subiendo por estas.
—¡Yo bajo lo que falta! ¡Espera ahí! —exclamó.
Una maleta y un bolso de flores más tarde, todas las cosas de su abuela estaban listas en la puerta esperando a ser recogidas por quien fuese el «hijo de Mary».
Pasada incluso la hora de la cena, el tipo todavía no había aparecido, tampoco cuando, tras lavar los platos, ambos se acomodaron en los sofás del salón para ver la televisión.
Aquella noche no echaban la serie del perro policía, sino otra de las que le gustaba a su abuela, de un policía londinense que se veía forzado a ir a trabajar a una isla paradisiaca.
Reece la veía con cierta desgana, bajando la mirada a su teléfono cada dos por tres, mientras su abuela hacía punto en silencio. Seguía sin novedades de Beau.
—¿Esperas algo importante? —la voz de la anciana llenó el salón.
—¿Cómo?
—No paras de mirar el móvil.
—Oh, ehm…
«Por Dios, Reece, miente. Encuentra una historia convincente ».
—Estoy esperando un mensaje del entrenador Hunt sobre cómo ha ido el entreno.
La anciana dejó caer la lana y las agujas sobre su regazo de golpe.
—¡Cierto! Se me ha hecho raro que no hayas ido a entrenar hoy. Tú no eres de esos que se toman el día libre —la señora Sargent frunció el ceño—. ¿Ha pasado algo?
Como un niño avergonzado, Reece bajó la cabeza.
—El entrenador me ha sancionado por responderle de forma poco aprop…
No tuvo que terminar la frase para ver una bola de lana rosa volar hasta su regazo. Levantó la mirada. Su abuela se la había lanzado a modo de reprimenda y, ahora, lo apuntaba con el dedo con expresión evidentemente molesta.
—Que sea la última vez que Willis recibe por tu parte una mala palabra, ¿estamos? Es un hombre encantador y no se merece menos que tu total respeto .
Reece asintió. Su abuela tenía razón. Más allá de pura testarudez no había razón alguna para combatir contra tal evidencia. La anciana suspiró.
—¿Por qué lo has hecho, Reece? Si tú eres un encanto…
El nieto de la señora Sargent bajó la mirada. A sus pies, Sardina lo observaba con ese deje de curiosidad que hasta parecía que él se estuviera preguntando lo mismo. Llevó la mano a su cabeza y la acarició con mimo.
—Estaba abrumado y lo pagué con quien no debía. Le pediré perdón en cuanto lo vea y te aseguro que nada similar volverá a pasar. De verdad —respondió, con honestidad, dejando detalles estratégicamente obviados y la mirada clavada en la ajena.
Su abuela le creyó por completo. La dulce sonrisa que se pintó en sus labios fue prueba de ello.
Se echó a un lado y cogió su pequeño cesto de mimbre, colocó todas sus cosas de costura en él y, con el regazo despejado, lo palmeó para invitar a Reece a acomodarse sobre este.
Adoraba hacerlo desde que era niño. Cuando tenía la cabeza sobre el regazo de su abuela y sentía sus dedos en el pelo, por un instante, podía creer que el mundo era bueno.
Por esa misma razón no dudó en obedecer, cambiando de sofá, colocando la cabeza boca arriba sobre el regazo de su abuela al mismo tiempo que Sardina decidía buscar también acomodo con ellos.
Reece suspiró, cogió al gato con cuidado y se lo colocó encima, acariciando su cabecita en cuanto este encontró postura.
—¿Por qué te has cortado tanto el pelo? —preguntó Margery.
—Según internet, es la primera cosa que debe hacer uno cuando se divorcia.
Su abuela puso los ojos en blanco.
—No seas dramático. Ya sabes lo que pienso de tu divorcio… ya era hora. Desde que me lo contasteis llevo es perando a que os dierais cuenta de que estar juntos era una pérdida de tiempo. Malgastar vuestra juventud atados a alguien a quien no queréis… pff.
Reece suspiró. Aunque su abuela siempre había adorado a Penny y la veía como una nieta más, era una mujer demasiado espabilada como para no darse cuenta de que lo que tenían no era un matrimonio convencional.
En una de las visitas que les había hecho la mujer a Birmingham, ambos habían decidido ser honestos con ella, contarle todo y pedirle que les guardara el secreto, que fuese su cómplice.
A Margery le había parecido divertido al principio, pero, a medida que los años habían ido pasando, su insistencia en que debían ser libres y buscar un amor de verdad se había vuelto algo del día a día.
A su abuela poco le importaba el mundo del rugby o lo que la gente pudiera pensar.
Todo lo que quería era la felicidad de su nieto y, aseguraba, esta no iba a ser completa mientras se negara a sí mismo sentir de verdad.
«¿Y cuándo vas a buscarte a un buen chico? ¿O es que lo de Penny va a ser para siempre?» le había preguntado una vez, mientras compartían unas gyozas en su restaurante favorito de toda la capital inglesa. Reece había elegido no responder y seguir comiendo.
—Necesitaba un cambio, eso es todo —decidió decir finalmente.
—Ya… ¿Estarás bien estos días sin mí?
Reece frunció el ceño y miró de nuevo a su abuela directamente.
—Claro que estaré bien, no soy un niño —levantó los hombros—. Ve a tu viaje, disfruta y no te comas la cabeza pensando en mí ni en… nada de eso.
Se observaron en silencio unos segundos. En el rostro de Margery había un rastro de duda que preocupó a Reece. Sin embargo, tras unos instantes, terminó por asentir y volver a acariciarle el cabello con mimo .
—Cualquier cosa…
—Te llamo. Pero no va a hacer falta porque, repito, no soy un niño.
—¿Entonces no tengo que preocuparme por si montas alguna fiesta o traes a algún chico a casa?
Reece fue ahora quien puso los ojos en blanco, decidiendo no responder. La mano con la que todavía acariciaba el lomo de Sardina se movió hasta el bolsillo del pantalón, sacando el móvil y pulsando el botón lateral para encontrarse, por millonésima vez, con que no había mensajes nuevos.
Suspiró y colocó el móvil boca abajo sobre el pecho.
—¿Nada todavía de Willis? —preguntó Margery con sorna.
—Estoy también esperando un mensaje de Beau, ¿contenta? Se ha ido a ver pisos y me ha dicho que me enseñaría unas fotos, que quería mi opinión.
Y aunque aquello no era cierto, ¿qué iba a hacer? ¿Contar la verdad? Ni muerto.
—¿Se ha ido a ver pisos? ¡Que bien! Temía que no encontrara nada al final, con lo mucho que lo merece... Beau es tan buen chico, ¿verdad?
—Sí, claro… En fin, al parecer vieron una ganga y se han ido corriendo a ver qué tal. No sé más… —Reece presionó los labios, pero las palabras salieron de todos modos—. Oye… ¿Tú sabes qué le pasó? En plan… —con uno de los dedos se señaló la cara.
—¿Las cicatrices? Sí, claro, me lo contó hace tiempo.
Cuando tenía siete años, su familia tuvo un accidente de coche.
Por lo visto, un conductor se saltó un stop y se estampó contra el lateral del coche en el que iban.
Beau iba detrás con su madre. Las ventanas estallaron y los cristales…
bueno, te puedes imaginar lo que hicieron —suspiró—.
Estuvo un tiempo en el hospital. Con el golpe, su cu erpo se desplazó, haciéndole chocar contra la puerta y...
Dios, no lo quiero ni pensar —Margery se santiguó dos veces—.
Mi pobre niño. Y Emmet… —suspiró—. Sus padres fallecieron en el acto y ellos… quedaron solos.
La mano de su abuela descendió del pelo hasta su mejilla. La acarició despacio, cosa que hizo más sorpresivo el hecho de que decidiera darle dos fuertes palmadas contra esta de sopetón. Reece abrió bien los ojos y se incorporó de golpe. Sardina se asustó tanto que salió corriendo lejos del salón.
—¡Hey! —se quejó, frotándose la mejilla a la vez.
—Por eso mismo te digo siempre que vayas con cuidado cuando conduces —dijo su abuela, apuntándole con el dedo—. Especialmente cuando vas con… ese bicho del demonio que tanto odio…
—¿La moto?
—¡Ni la menciones! ¿Cuándo vas a deshacerte de ella?
—¡No voy a deshacerme de la moto! ¿Sabes lo cómodo que es moverse por Birmingham con ella? —sacudió la cabeza.
—Bueno, pero vas a estar mucho tiempo en Whitefish, ¿no?
—¡Pero no eternamente! Pienso volver al equipo en cuanto…
¿En cuanto qué? Realmente no se había parado a pensar qué condiciones necesitaba para poder volver.
Hasta donde sabía, las aguas con todo el tema de su pelea con el periodista se habían calmado y la gente no parecía estar enfadada con él.
El tema de Penny, bueno, necesitaba que trabajaran en vender que seguían siendo amigos y todo estaba bien, pero tampoco parecía una tarea imposible. ¿Y entonces?
Quizás era que volver a Birmingham suponía aceptar que la vida debía cambiar.
Quizás era que Whitefish se sentía como una pausa en la que podía respirar.
—A mí me gustaría que te quedaras hasta que ya no esté .
—¡Ay, no! Por favor, la conversación sobre tu muerte otra vez no. Hoy no —se puso en pie y sacudió la cabeza. Aquel tema le ponía el vello de punta y le encogía el estómago.
Margery abrió la boca dispuesta a decir algo más. Sin embargo, el sonido del timbre la calló por completo. El hijo de Mary había llegado y debía ser atendido como tal.
Mientras escuchaba de fondo cómo su abuela hablaba con el hombre y le decía que estaba siendo de lo más amable por ayudarla con sus cosas, Reece recuperó el teléfono, olvidado sobre el sofá, e iluminó la pantalla, encontrándose con la misma visión.
La pantalla sin más. No había noticias de Beau.