22
One sentimental moment in your arms,
is like a shooting star right through my heart.
It's always a rainy day without you.
El lunes llegó sin noticia alguna de Beau.
Tras aparcar el coche frente al campo de rugby, listo para un nuevo entrenamiento, Reece se tomó unos segundos para revisar si había decidido dar señales de vida.
Pero no fue así. Su mensaje en el contestador seguía sin respuesta, tampoco tenía nada nuevo en Whatsapp.
Resopló y se frotó la cara con ambas manos.
Estaba un poco preocupado, no iba a mentir.
A lo largo del domingo, había vuelto a dejarse caer por la casa de Beau y encontrado la misma estampa que las otras veces.
Silencio, nada de luz, la ausencia de la camioneta…
Se habían marchado. ¿Pero dónde? Esa información no era de su incumbencia y, aun así, se moría de ganas de saberlo.
Bajó del coche y cogió su mochila de entrenar, cruzando la calle para poder ir hasta el campo.
Una pequeña parte en su interior guardaba la esperanza de llegar y ver a Beau de pie junto al entrenador Hunt, descubrir que había tenido que irse por cualquier razón fuera del pueblo pero que estaba de vuelta y nada molesto con la huida tras el beso.
Otra parte, mucho más grande, era consciente de que aquello era una gilipollez.
—Buenas tardes —dijo Hunt al verle llegar, sin levantar la vista de su teléfono.
Por supuesto, estaba completamente solo.
—Buenas tardes —respondió Reece.
Se mordió el labio inferior, dudó, aquella pregunta ansiaba salir de su boca como un torrente incontrolable. Y así iba a hacerlo, sus labios se entreabrieron incluso para decirla, pero el entrenador Hunt se adelantó a hablar.
—Se cancela el partido de este sábado. No vamos a Portia.
Reece frunció el ceño.
—¿Cómo? ¿Por qué?
El hombre levantó los hombros y guardó el móvil en el bolsillo del pantalón.
—Eso estaba intentando averiguar. Lo único que sé es que este fin de semana jugamos en casa; el próximo, nada; y el otro, fuera —Hunt suspiró—. Yo que quería ir una vez más a «El gallinero»…
—¿«El gallinero»?
—Un local increíble en Portia…
—Cierto, lo mencionaste… Esto trastoca todo lo que teníamos preparado. Vamos a tener que revisar la estrategia, buscar a nuestro nuevo rival —resopló.
—Ya… —Hunt le palmeó el pecho con un toque de sorna—. ¿Recuerdas que esto sigue siendo amateur y por diversión o…?
Reece esbozó una sonrisa chulesca en los labios.
—Soy todo un profesional, nunca juego a medias —aseguró, extendiendo los brazos .
El entrenador puso los ojos en blanco y echó a andar, acompañando sus pasos de un suave cabeceo que marcaba el camino.
—Anda, vamos a empezar con el entrenamiento, campeón .
Reece siguió los pasos de Hunt. Sin cuidado alguno, lanzó su bolsa de deporte a un lado sobre el césped, acelerando el paso para volver a andar a la misma altura.
—¿No esperamos a Beau? —preguntó, girando ya en círculos en el cuello, moviendo los brazos arriba y abajo en preparación para el calentamiento.
El entrenador frunció el ceño.
—Creía que Sinclair había hablado contigo, me dijo que sí. Se ha marchado con su hermano y su cuñada a ver pisos a la ciudad. Iban a irse el fin de semana pero, por lo visto, les surgió una oferta y decidieron lanzarse de cabeza —levantó los hombros.
Se había marchado. Por una oferta.
¿Aquello era verdad o la excusa que Beau había inventado para poder huir de él? Reece tomó aire por la nariz y, tras esforzarse en dibujar una sonrisa lo más convincente posible, se dio un golpecito en la frente.
—Dios, qué idiota. Es verdad, me mandó un mensaje el sábado para avisarme.
—Ya… Carrera continua, diez vueltas al campo.
El silbato del entrenador Hunt solo tuvo que sonar una vez para hacer que Reece obedeciera. Ni un perro entrenado por Pavlov lo habría hecho tan rápido.
No necesitó más de una primera vuelta para darse cuenta de que algo no iba bien.
No algo , lo de siempre. Esa sensación extraña que hacía que todo a su alrededor se volviera difuso, como si su cerebro se desconectara de la realidad y su ser abandonara ese cuerpo que en su día a día le servía de coraza.
Volvía a verse desde fuera, como un ente flotante alejado de todo, sin saber cómo volver.
«Se ha marchado con su hermano y su cuñada a ver pisos a la ciudad».
La imagen de Beau en mitad del campo de rugby.
«Se ha marchado con su hermano y su cuñada a ver pisos a la ciudad».
Los fuegos artificiales estallando en el cielo.
«Se ha marchado con su hermano y su cuñada a ver pisos a la ciudad».
Su dedo recorriendo una de las cicatrices del rostro de Beau.
«Se ha marchado con su hermano y su cuñada a ver pisos a la ciudad».
El beso.
«Se ha marchado con su hermano y su cuñada a ver pisos a la ciudad».
Su mano revolviendo su cabello.
«Se ha marchado con su hermano y su cuñada a ver pisos a la ciudad».
Le había dejado solo. Era un cobarde. Le había hecho daño a quien no lo merecía.
Reece no se sentía cansado. No sentía la brisa golpear su cuerpo, el sol acariciar su piel con sus rayos. El sonido de sus pies haciendo crujir la hierba se fue distorsionando hasta el punto de volverse un zumbido ensordecedor.
La voz de Penny resonó extraña en su cabeza, más grave, ralentizada.
«Alex pregunta si sigues sintiendo algo».
No sentía nada.
Y aun así no dejó de correr.
════ ❖ ═══ ═
—¡Sargent!
La voz del entrenador Hunt llamó la atención de Reece, que, a no mucha distancia, se encontraba de rodillas sobre la hierba sujetando los pies de otro compañero durante una nueva serie de abdominales.
En cuanto el entrenador hizo un gesto con los dedos pidiendo que se acercara, el nieto de la señora Sargent se puso de pie de un brinco y se acercó a él, encontrando a Kurt también de pie a su lado.
—Ashby necesita ayuda con los placajes, hazle de compañero, ¿de acuerdo?
Reece asintió y dio un par de pasos atrás, colocándose en su lugar.
—Primero, corrige la postura. Baja el centro de gravedad. Rodillas flexionadas, espalda recta… no te inclines hacia delante —dijo Hunt, y le dio un toque en el hombro a Kurt para recolocarlo—. Así, estable. Sargent será quien venga a ti.
Tras un nuevo gesto con los dedos, Reece asintió y se acercó con trote ligero.
—El contacto no es con los brazos —explicó—. Sino con el hombro. Aquí —palmeó la parte lateral de su cuerpo—. Zona media, más o menos a la altura de la cintura. Si vas demasiado alto, Sargent te arrastrará. Si vas demasiado bajo, te pasará por encima.
Con Kurt listo, Reece aceleró el paso.
—Paso corto, tienes que empujar con la pierna.
El choque fue leve, controlado. Kurt llegó tarde, dudó demasiado y sus brazos rodearon a Reece sin la fuerza suficiente para conseguir moverlo.
El nieto de la señora Sargent cogió a su compañero de los brazos y bajó la mirada, podía ver sus dedos sobre la carne ajena, pero no la sentía al contacto.
¿Lo tenía agarrado de verdad? Sus dedos se curvaron, apretaron con fuerza los brazos ajenos buscando cerciorarse de ello.
—Joder, tío, no aprietes tanto —exclamó Kurt, quitándose de malas maneras.
La espalda de Reece se tensó y levantó una mano a modo de disculpa. Movió los dedos. Su mirada bajó hasta posarse en estos. Los veía moverse, flexionarse, pero no sentía que lo estuviera haciendo realmente. Su respiración no tardó en acelerarse.
—Sargent, hazle una demostración práctica —dijo el entrenador.
Tras asentir, el nieto de la señora Sargent dio varios pasos atrás y adoptó postura.
Kurt empezó a correr, no muy rápido al principio, pero fue cogiendo algo de impulso a medida que iba recortando distancias.
Reece se agachó en el último segundo: espalda firme, mirada fija, un paso corto hacia delante…
sus cuerpos iban a chocar como meteoritos.
Y aun así, no sintió nada.
Su hombro impactó contra el torso de Kurt mientras sus brazos envolvían las piernas, y en un movimiento continuo lo empujó hacia un lado hasta hacerlo perder el equilibrio y caer sobre la hierba. Sin violencia, pero con la pulcritud que sus movimientos expertos siempre le otorgaban.
Reece se quedó de pie, quieto. A sus pies, Kurt se encontraba tumbado en el suelo.
—¿Lo has notado? —la voz del entrenador Hunt se hizo paso entre las ideas difusas—. No es fuerza. Es técnica y decisión, ¿comprendes?
Kurt asintió.
—Una más, vuelve a placar a Sargent, como él lo ha hecho .
Kurt respiró hondo, bajó la postura y fijó la mirada en el centro del cuerpo ajeno.
Reece avanzó. De nuevo, el sonido de la hierba bajo los pies sonaba amortiguado y lejano.
Cuando Kurt entró, lo hizo con el hombro primero; sus piernas empujaron y sus brazos se cerraron después del impacto alrededor del cuerpo. No fue perfecto, pero sí mejor.
—¡Bien, Ashby, bien! —aplaudió Hunt, acercándose—. ¿Lo has sentido? ¿El impacto?
«¿Lo has sentido?»
«¿Lo has sentido?»
«¿Lo has sentido?»
Se estaba agobiando. Estaba irritado. Estaba…
—¿Qué pasa, Sargent? ¡En nada te voy a robar el sitio de estrella del equipo!
Y aunque las palabras de Kurt eran una broma evidente, a Reece cada una de ellas se le clavó como una daga en el pecho.
Como un cohete al que se le consume la mecha, el nieto de la señora Sargent no pudo reprimir un estallido, uno que se tradujo en un firme empujón al pasar por el lado de Kurt, alejándose, con la sensación de que todo a su alrededor se iba desdibujando más y más hasta convertirse en una simple mancha borrosa.
—¿De qué vas, tío? —escuchó a Kurt decir en la lejanía aún estando cerca.
—Que te jodan —farfulló como toda respuesta.
Aquello no era culpa de Kurt. Si alguien tenía la culpa eran él mismo y su cerebro; sin embargo, en momentos como aquel, en el que el mundo se volvía tan pesado y todo lo asfixiaba, lo que Reece quería era alejar a ese mismo mundo de su lado.
Y no había forma de alejar a los demás más efectiva que comportarse como un imbécil .
En aquel instante se alegraba de que Beau estuviera lejos, en la ciudad. Ya le había hecho bastante daño con sus decisiones del Cuatro de julio como para herirlo más.
Una mano lo cogió con firmeza del brazo y tiró de él, haciéndolo girar hasta quedar cara a cara de nuevo. Reece no fue consciente de ello hasta girar del todo, hasta ver al entrenador Hunt con el ceño fruncido frente a él.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó.
Cada palabra sonó distorsionada, grave, lenta, con un eco extraño que despertó en Reece la misma sensación que le provocarían unas uñas deslizándose sobre una pizarra.
Presionó los labios y se llevó ambas manos a la cara; sus dedos se curvaron, apretaron su piel con fuerza.
Una parte de sí mismo ansiaba que pudiesen llegar hasta el cerebro, escarbar en él y encontrar lo que fuese que estaba mal, aquello que lo hacía sentirse así…
Pero no podía. Y eso solo hacía que su frustración creciera más y más. El entrenador Hunt le preguntó algo más, pero sonaba tan retorcido y lejano que Reece no fue capaz de comprender qué era.
—¿A qué ha venido? A que no me gusta que me haga perder el tiempo ayudando a un jugador mediocre a aprender a placar. Me apunté al equipo para poder seguir entrenando y mantenerme en forma para volver a la liga profesional, no para hacer estas tonterías.
Necesitaba alejarlo, necesitaba que el entrenador decidiera no volver a dirigirle la palabra y, para ello, tenía que ser una vez más un gilipollas.
Al ver la mueca en el rostro de Hunt algo dentro de él se rompió.
No estaba enfadado, estaba decepcionado, triste por escucharle decir algo así. Y eso lo mataba por dentro.
Por un instante pensó en disculparse, pero las palabras no salieron .
—De acuerdo, si eso es lo que piensas, voy a librarte de la carga de tener que entrenar con gente que no está a tu altura.
Coge tus cosas y vete a casa. La tarde ha terminado para ti —sentenció Hunt.
Dio un paso atrás, pero terminó por volver a acercarse—.
De hecho… no vengas en toda la semana. Tampoco el sábado. No estás convocado.
Esta vez sí, el entrenador se marchó de vuelta con sus jugadores.
Y aunque Reece podría haber dicho algo, no lo hizo. Las palabras le quemaban en los labios; el impulso de salir corriendo e intentar explicar a Hunt lo que le pasaba en la cabeza, lo abrumado que se sentía, estaba presente. Pero ninguno se materializó.
Lo vio marchar y, sin vacilar, se fue en sentido contrario, en busca de su bolsa para poder volver a casa.