Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 21
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Reece sentía una fuerte presión en el pecho.

Tumbado en la cama como se encontraba en aquel instante, envuelto por la intensa oscuridad que todavía lo abrazaba todo, la sensación pesada en el centro del torso hizo que sus ojos se abrieran de golpe.

En la penumbra, dos enormes ojos lo miraban muy de cerca, acercando su húmeda nariz antes de maullar junto a su cara.

Sardina, el gato de su abuela, había vuelto a colarse en su cuarto por la noche.

El nieto de la señora Sargent resopló, se frotó la cara con ambas manos y se movió poco a poco, esperando a que el gato saltara hasta el suelo para ponerse en pie e ir hasta la puerta del cuarto, pudiendo así abrirla para él. Sardina maulló de nuevo.

—Ya voy, pesado —farfulló con voz pastosa.

El animal desapareció por el pasillo en cuanto una pequeña rendija se abrió ante él.

Aunque el gato ya se había marchado, la sensación en el pecho seguía presente.

Tras cerrar la puerta de nuevo, Reece fue hasta la cama, dejándose caer sobre esta sin cuidado alguno, cerrando los ojos con fuerza.

Pero no volvería a dormirse. Tanto él como su padre eran de esas personas que, si despertaban, les resultaba imposible caer rendidos de nuevo.

Una de sus manos subió hasta el centro del pecho, frotando intensamente la zona, siendo pronto consciente de que no era un dolor real, sino algo mucho más metafórico.

La imagen no tardó en volver a su cabeza.

Beau Sinclair en mitad del campo de rugby.

El beso. La forma en la que había revuelto su cabello antes de marcharse corriendo.

¿Era gilipollas? Se sentía gilipollas. ¿Cómo había sido capaz de darle un beso así, revolverle el pelo y dejarlo atrás como si pudiese olvidar todo aquello? ¿Estaría bien Beau? ¿Y si le había hecho daño al dejarlo allí solo? Suspiró, se sentía culpable.

Reece abrió los ojos de nuevo y tanteó la mesita con una de las manos, tras hacerse con sus gafas, cogió el teléfono y buscó su conversación con Beau. No tenía mensajes nuevos por su parte. Aunque tampoco había esperado que así fuera.

Durante un rato se quedó observando la pantalla en silencio.

¿Qué podía decirle? Quizás estaría bien una disculpa, ser honesto con todo lo que el beso le había removido por dentro, con lo sobrepasado que se sentía incluso en aquel momento.

Pero no, no podía. Eso supondría hablar sobre sentir cosas y no estaba preparado para hacerlo.

Empezó a escribir algo sencillo. Un saludo, quería sonar casual, pero de repente la pantalla de su móvil cambió de color y este empezó a vibrar con intensidad.

Tenía una llamada entrante de Penny.

—Hola —dijo al descolgar, doblando un brazo, acomodando la cabeza sobre el mismo.

—¡Hey! ¿Te he despertado? Lo de la diferencia horaria todavía me tiene un poco …

—No, tranquila, el gato de mi abuela ya se ha encargado de eso.

Penny rio al otro lado de la línea.

—¿Sucede algo?

—No, no, es solo que… en fin, hace un par de días que no hablamos y, bueno, ya sabes que me preocupo si no me tienes al día.

Reece suspiró y se frotó los ojos con la mano libre.

—Perdona, he estado con unas cosas del equipo y… ayer estuvimos celebrando el Cuatro de julio, se me ha ido la cabeza por completo.

—¿Cuatro de julio? —preguntó Penny, sorprendida—. Qué americano te has vuelto.

—Ya ves —Reece rio brevemente—. Ahora en serio, creo que no había visto en mi vida tantas camisetas con la bandera americana… ¡O con águilas! Dios, había tantas…

—¿Fue divertido?

—Ehm, sí. Fuimos a una barbacoa con unos amigos de mi abuela, tiramos cohetes…

—¿Tú has tirado cohetes? ¿Me lo dices en serio?

—Ajá.

—Vaya… los americanos te están cambiando. No te voy a reconocer cuando vuelvas.

«Cuando vuelvas». Esas dos palabras flotaron en la cabeza de Reece durante largos segundos. ¿Cuándo sería eso? ¿Iba a poder hacerlo siquiera algún día o estaba condenado a ser un paria para siempre? Todavía estaba esperando un mísero mensaje de los Cavaliers.

—¿Y estás… bien? Ya sabes. Estás a gusto, te lo pasas bien, sien…

—Sí, sí. Todo bien —se apresuró a cortar la frase.

Reece se incorporó y quedó sentado en la cama, envuelto por la penumbra.

Dudó un momento, pero Penny siempre había sido esa persona a la que le contaba todo así que guardarse aquellas cosas era complicado—.

Hay… —carraspeó—. Un chico. Yo no… vine aquí para eso. Pero…

—Esas cosas no se planean, Reece. La gente te gusta sin más… ¿Cómo es?

—Pues… al principio me ponía de los nervios y me parecía bastante idiota, pero… poco a poco se ha… ido colando en mi sistema y no… lo puedo sacar. Cuando estoy con él… siento… todo. ¿Sabes? Me… ayuda a… —suspiró—. Da igual, ayer la cagué con él.

—Dios, Reece, ¿qué has hecho?

—Le besé…

—Oh, pero eso no es…

—Y luego salí corriendo.

Un gruñido resonó al otro lado de la línea.

Reece podía imaginar a la perfección el gesto en el rostro de Penny, no sería la primera vez que lo veía.

Seguramente se estaba frotando la cara con la mano libre, tenía el ceño fruncido, el pelo echado a un lado y estaba deseando poder cogerlo de las orejas y darle un fuerte tirón de estas.

—Dios santo, Reece…

—¡Lo sé! La he cagado… —se frotó la nuca con una de las manos—. Pero es que, tras el beso, me sentí tan sobrepasado que…

—¡Eso no es excusa!

—¡No! ¡Escúchame, Penny! Me sentí sobrepasado.

Fue besarle y… de golpe todas las sensaciones se intensificaron y empezaron a…

llenarlo todo. Y no solo el beso, sus… manos, al sentirlas sobre mí era como si…

pudieran colarse en mis adentros y… —suspiró—.

Colapsé. Fue demasiado de golpe y… solo pude salir corriendo. Me siento fatal…

Durante unos segundos, el sonido de las uñas de Penny golpeteando la madera lo llenó todo. Estaba pensando. Siempre hacía ese gesto cuando pensaba.

—Vale, vale… lo entiendo. Pero eso no quita que tengas que disculparte. Por huir.

—Lo sé. Me has pillado a punto de mandarle un mensaje…

—¡No! Dios, Reece, uno no se disculpa por algo así con un mensaje. Tiene que ser cara a cara, tienes que ir directamente y… en fin, decirle que te sentiste sobrepasado y…

—Ughhh… —quejumbroso, el nieto de la señora Sargent se dejó caer sobre la cama.

—¡Vamos! ¡No me seas quejica! Los huevos que le echas en el campo también sirven para estas cosas, ¿sabes?

Ambos rieron a la vez. Siempre era divertido escuchar a Penny decir esas cosas, ella que siempre era tan medida, tranquila y educada. Pero tenía razón. No podía hacerle daño a Beau de ese modo y esperar que un mensaje fuese suficiente. El mundo no funciona así.

—¿Cómo se llama? —la voz de Penny lo devolvió a la conversación—. El chico.

—Beau —una sonrisa tonta se pintó en los labios de Reece.

—Dios, es el nombre más americano del mundo. Si me dices que va acompañado de un Junior, no voy a poder evitar bromear al respecto.

De nuevo, compartieron una risa tonta.

—¿Y cómo es?

Reece suspiró.

—Es… un bocazas. No tiene puto filtro, ¿sabes?

Parece que las cosas le vengan a la cabeza y no sea capaz de contener el impulso.

Me gusta su carácter, me gusta que sea di recto, me…

encanta su sentido del humor. Es… compasivo…

sensible… Y, joder, tiene la cara más bonita que he visto en mi vida.

Te lo juro —suspiró—. Fui un gilipollas cuando lo conocí.

Pero, cuanto más tiempo paso con él, más…

complicado me resulta quitármelo de la cabeza.

Y le encantan las vacas —frunció la nariz—. No sé por qué me parece tan adorable…

—¿Beau qué?

Reece frunció el ceño.

—Sinclair… ¿Por?

—Lo estoy buscando en Instagram.

—¡Dios, Penny, no! —exclamó, escondiendo el rostro contra el brazo con vergüenza.

Pero no hubo forma alguna de evitarlo.

—¡Ay, pero qué monoooooooo! Tiene ojos de cervatillo, awww .

—¡Para! No sé para qué te cuento nada…

Dios, ni que fuera un maldito adolescente.

Aunque una parte de sí mismo entendía a Penny.

En todos los años que habían pasado juntos, Reece no había hablado nunca de nadie como acababa de hacerlo de Beau, solía ver a sus relaciones puntuales como eso, alguien con el que divertirse una noche y asegurarse de que no supondría un problema al día siguiente.

Era la primera vez que compartían un momento así y, para ser justos con la realidad, él había reaccionado del mismo modo cuando Penny le había confesado que estaba colada por Alex. Un poco de venganza era lo justo.

—Vístete, ve a su casa y pídele perdón. Con un poco de suerte, las cosas acabarán igual que cuando me declaré a Alex.

Y teniendo en cuenta que la confesión de Penny había acabado con ambas mujeres teniendo una noche de sexo salvaje, las connotaciones eróticas de aquel comentario no le pasaron por alto.

—Basta, Penélope.

—Vale, vale —rio—. En fin, te tengo que colgar, he quedado para comer con tu madre.

—¿Con mi madre?

—Sí, tus padres han venido a verme unos días. ¿Es que no te parece bien?

—No, no, es solo que… con el divorcio pensé que…

Penny suspiró.

—Reece, nos divorciamos porque ya no quiero seguir con esta mentira, pero nuestra vida sigue siendo la misma. Te quiero como siempre y a tu familia también. Aunque no les hayas contado nada todavía, no pienso distanciarme de ellos por… bueno, en fin, ya sabes.

Reece presionó los labios, dudó un momento.

—¿Le has contado a mi madre que…?

—No, claro que no. Le he dicho lo mismo que a todos. Que nos queremos mucho, pero nos hemos dado cuenta de que lo nuestro ya no es eso , sino que nos vemos más como familia y nada más. Mutuo acuerdo, sin malos rollos, todo bien.

—Bien, gracias.

—Aunque, Reece… se lo vas a tener que contar tarde o temprano. Lo sabes, ¿no?

—Lo sé.

Y aunque no le daba miedo la reacción de su madre, la de su padre era otra cosa.

—Solo necesito un poco más de tiempo y… distancia. Para pensar —añadió.

—Claro, tranquilo… En fin, hablamos más tarde si quieres, ¿vale?

—Claro… dale un beso a mi madre de mi parte .

—Lo haré. Te quiero.

—Y yo a ti.

Ambos colgaron a la vez. Las palabras de Penny resonaron en su cabeza de nuevo.

«Reece, uno no se disculpa por algo así con un mensaje. Tiene que ser cara a cara, tienes que ir directamente y… en fin, decirle que te sentiste sobrepasado y…»

¿Pero cómo? ¿Se plantaba en su casa sin más? ¿Y si Beau estaba enfadado con él?

Necesitaba una razón, una excusa para poder justificar aquello. Por suerte, no tardó en recordar algo que el chico le había dicho la noche anterior.

«Es un obseso de los Cavaliers. Desde que se enteró de que eres nieto de la señora Sargent lleva dándole vueltas a cómo pedirte que le firmes una camiseta».

No lo pensó dos veces. Reece salió de la cama con cierta prisa, se quitó la ropa y se la cambió por uno de sus conjuntos para salir a correr, rebuscando después entre sus cosas para encontrar alguna de sus camisetas de los Cavaliers.

Después tocó buscar un rotulador, uno con el que plasmó su firma encima del escudo.

Salió del cuarto con la misma prisa que había hecho todas aquellas cosas, bajando los escalones de dos en dos mientras se ponía los auriculares. En la cocina podía escucharse la música de la radio; su abuela ya se había levantado.

—¡Salgo a correr! ¡Vuelvo en un rato! —exclamó antes de dar un portazo.

════ ❖ ════

I wish Friday could last forever.

I held her close to me .

I couldn't bear to leave her there

Cuando Reece llegó a la residencia de los Sinclair, todo estaba demasiado silencioso como para ser considerado normal. La camioneta no estaba en la puerta, no había luces, ruido, tampoco ventanas abiertas… Allí no había nadie, y era extraño dadas las horas.

Aun así, el nieto de la señora Sargent llamó de nuevo a la puerta, como si fuese posible que no lo hubieran escuchado la primera vez y, de la nada, apareciera Beau para abrirle.

Beau . Lo imaginó al otro lado de la puerta, despeinado, con ese toque somnoliento tan adorable, con una camiseta ancha y… Sacudió la cabeza.

No. Nadie abrió.

Reece suspiró, quizás había vuelto a la barbacoa después de lo sucedido en el campo de rugby, quizás se había quedado a dormir donde los Halpert. Mierda, debía ser eso. Por allí no pensaba dejarse caer, iba a tener que intentarlo más tarde.

Dio un paso atrás, dispuesto a marcharse, pero no lo hizo. Se colocó la camiseta sobre el hombro y llevó las manos a los bolsillos para poder buscar el móvil. Penny había dicho que nada de mensajes, pero una llamada tal vez no era tan malo.

Se llevó el teléfono a la oreja. Escuchó el tono resonar varias veces.

Nada, saltó el contestador.

—Beau, soy Reece. Ehm… estoy en tu casa, he… venido porque quería hablar contigo sobre lo de anoche y… Mira, no… quiero decirte esto por teléfono, ¿vale? Cuando oigas este mensaje dime dónde estás y… nos vemos… —presionó los labios.

«Tengo ganas de verte» quiso decir.

Pero no pudo. Sin añadir nada más, colgó.