Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 20
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De cuclillas, frente a la bolsa llena de fuegos artificiales, Beau se encontraba agrupando estos sobre el césped en base al tipo que eran.

Bengalas, petardos, fuentes y varios California Rocket que se moría de ganas de encender conformaban el conjunto para aquella noche.

Si Reece no terminaba adorando tirar cohetes después de aquello, Beau se rendía.

—¿Listo? —preguntó tras levantar la cabeza—. ¿Por dónde quieres empezar?

El nieto de la señora Sargent se encontraba de pie a su lado, con los brazos cruzados y ese gesto de duda que delata que uno todavía no tiene las cosas claras.

Beau decidió tomar la decisión por ambos, cogiendo el mechero y un par de petardos.

Cogió una de las muñecas de Reece y, cuando este extendió la mano, colocó todo sobre la palma.

—No tiene mayor misterio. Enciendes la mecha, lo lanzas lejos y pum.

—Y pum —repitió, divertido, cogiendo uno de los petardos, girándolo entre los dedos unos segundos antes de obedecer.

Petardo entre los dedos.

Mecha prendida.

La estela luminosa surcando el cielo al ser lanzada lejos.

Pum .

El menor de los Sinclair observó a Reece todo el tiempo, encontrando algo mucho más fascinante en sus reacciones que en los fuegos artificiales.

Le resultó encantadora la forma en la que sus hombros se encogieron al escuchar el estruendo, ¿cómo era posible que alguien tan grande se asustara ante algo tan pequeño?

Sin tener que decírselo, el nieto de la señora Sargent lanzó el otro con más soltura.

—¿Cómo es que te dan miedo estos chiquitines, Sargent? —preguntó tras inclinarse a coger uno de los petardos para poder empezar a lanzar él también.

—Hace unos años, unos ultras lanzaron cohetes y bombas de humo al campo en mitad de un partido. Pasamos de estar jugando a, de la nada, estar rodeados de humo rojizo y… estallidos constantes que ni sabíamos de dónde venían exactamente.

—Joder, eso suena horrible…

Reece levantó los hombros.

—Lo fue —respondió, lanzando otro cohete, volviendo a encogerse con su estallido.

—No tenemos por qué…

—Beau —lo miró directamente—. Quiero lanzar cohetes contigo, está bien.

El menor de los Sinclair presionó los labios y lanzó él también uno.

—¿Son los fans…?

—Hinchas —corrigió Reece.

— Hiiinchas —rio—. ¿Son muy…? Ya sabes …

—Algunos, pero eso es inevitable, en todos lados hay fruta podrida. Aunque tengo que decir que podría ser peor. No envidio lo que tienen que aguantar compañeros en otros campos…

—¿Fútbol? El vuestro y el nuestro.

El nieto de la señora Sargent asintió.

—Hockey —añadió, levantó los hombros después—. Aun así, el rugby nació como un deporte muy asociado a una… masculinidad tradicional, por llamarlo de algún modo. Así que, en fin, no es lo peor, pero tampoco es… perfecto.

—Masculinidad tradicional… ¿Crees que los hinchas del rugby me aceptarían? Con lo que insiste Hunt en que voy a enamorarme del deporte, me pondría triste que no…

—¿Como un hincha más? Sí lo creo, te invitarían a una cerveza si eres del equipo y te totratarían como a cualquier otro si fueras del rival. Es en el equipo donde esperan de ti algo más… tradicional. No sé cómo explicarlo, Beau. No me hagas darle más vueltas.

El menor de los Sinclair levantó ambas manos, mostrando así que dejaba el tema. Cogió varios petardos más del montón y le pasó unos cuantos a Reece.

—¿Y si…? —Beau arrugó la nariz y negó—. Déjalo, es cursi…

—No, dilo.

—Iba a decir que… podríamos lanzar los petardos a modo de… ya sabes, como una forma simbólica de lanzar lejos lo que nos hace daño. Rollo… —encendió uno de los petardos y lo levantó—. Los tíos gilipollas que juegan contigo —y lo lanzó lo más lejos que pudo.

El nieto de la señora Sargent sonrió.

—Me gusta… Pero, ¿tengo que decir las cosas que son en voz alta ?

La pregunta pilló a Beau por sorpresa. Tardó unos segundos de más, pero terminó por negar, observando entonces a Reece inclinarse para coger todos los petardos que consideraba necesarios.

En silencio observó aquella escena: la forma ceremoniosa en la que el nieto de la señora Sargent cogía cada cohete, cómo se tomó su tiempo para encenderlos y lanzarlos, el reflejo en sus gafas fruto de los destellos de la mecha.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Cinco fueron las cosas que Reece escogió lanzar lejos para siempre con aquel tonto ritual.

A Beau le hubiera encantado conocerlas todas, saber si había algo que pudiese hacer para conseguir que aquellas heridas no dolieran tanto.

Pero aquel no era su lugar, ni siquiera se conocían lo suficiente como para que fuera apropiado querer saberlas.

—Creo que necesito algo más fuerte —aseguró Reece.

Y no tuvo que pedirlo dos veces.

Los California Rocket son un tipo de cohete que no pueden lanzarse como los demás.

Uno no los sostiene en la mano al prender la mecha, sino que clava en el suelo la caña y se aleja lo máximo posible nada más prender la mecha.

En lo que Beau se hacía con el cohete, el nieto de la señora Sargent estaba de rodillas en el suelo haciendo un agujero, uno que pronto se vio iluminado por la luz de la linterna del teléfono.

—Frena, vaquero —rio—. Ese agujero es enorme —añadió, arrodillándose también.

Reece esbozó una media sonrisa y le mostró sus dos manos manchadas de tierra .

—¿Qué quieres que haga? Tengo las manos grandes.

—Y estoy seguro de que tus múltiples conquistas están encantadas con ellas, pero necesitamos un agujero más pequeño.

Ambos se miraron. La verdad sea dicha, teniendo en cuenta la forma en la que Reece le atraía, pensar en sus conquistas femeninas no era algo que le llenara de ilusión.

Pero también sabía que, si normalizaba esa parte de su vida, terminaría por aceptarla, superar el cuelgue y poder seguir disfrutando de esa amistad que estaba floreciendo entre ellos.

Aun así, por un instante, temió que lo reprendiera por tal comentario. Por suerte no fue así, sus manos volvieron pronto a trabajar juntas en arreglar aquel agujero, devolviendo parte de la tierra a su lugar.

—Tú no has tirado los petardos…

—¿Uhm? —Beau frunció el ceño al mirar de nuevo a Reece.

—No has lanzado lejos las cosas que te hacen daño. Bueno, una sí, pero…

—Oh —rio—. No importa, era una idea tonta.

—Vamos —Reece le dio un suave empujón—. Deshazte de lo malo, Sinclair.

—¡Ahora estamos con esto! —señaló el agujero con ambas manos.

—¡Metafóricamente! —sacudió la cabeza—. Hazlo ahora, venga, ¡va!

—¡Pero tendrás morro! ¿O sea que yo tengo que hacer aquí toda la performance, pero tú puedes callarte todo? Qué cara…

Ambos rieron a la vez. Sus miradas volvieron al agujero, terminando de ajustar el tamaño y clavando después la caña del California Rocket para poder lanzarlo. Beau miró a Reece de reojo, se mordió el labio inferior un instante, dudando si hablar o no.

—Los tíos gilipollas que juegan contigo. Los comentarios de los que van de graciosos como Kurt… —presionó los labios, no, había sido un error hablar.

La necesidad tan intensa de amor que siento dentro.

El sexo horrible.

La sensación de estar atrapado y no poder avanzar.

El vacío en el pecho de pura soledad.

Los coches.

Todas esas cosas quiso decir, pero no podía hacerlo, no sin sentir cómo se hería a sí mismo.

—Y el resto me las guardo para mí. Es lo justo —levantó los hombros, pero poco después torció el gesto—. Vale, las cicatrices te las digo también, pero porque es obvia.

—¿Las cicatrices? ¿Por qué?

Beau rio con evidente incredulidad.

—¿No te parece evidente? Primero, son un recuerdo constante del accidente y cada vez que las veo es como… ugh —se estremeció.

Podría ponerse sentimental y hablar de lo que añoraba a sus padres, de lo injusta que era su muerte. Pero si Laramie, que lo conocía de meses, había reaccionado así con su historia, ¿qué no haría Reece? No, pasando del tema.

—Segundo… —prosiguió—. Las tengo desde los siete años y, aún a día de hoy, sigo encontrando a gente que se las queda mirando como si fueran…

¡Dios! ¡Lo odio! Me hacen sentir un mono de feria.

Hoy mismo con el crop top era… los cuchicheos —sacudió la cabeza enérgicamente—.

Y tres… ¿es que a ti te gustaría tenerlas?

Vamos, no me vaciles porque te de pena. Nadie en su sano juicio querría estar lleno de marcas por todas partes …

Reece miró a Beau en silencio. Entreabrió los labios, parecía dispuesto a decir algo; sin embargo, antes de que una sola palabra pudiera siquiera brotar de estos, escogió el silencio como respuesta. En su lugar dijo algo mucho más sencillo.

—Venga, lancemos el cohete.

El menor de los Sinclair habría dado cualquier cosa por saber qué había cruzado su cabeza de aquel modo. Pero no preguntó, sencillamente asintió y buscó el mechero al tacto sobre la hierba para poder prender la mecha.

—Tres… —acercó la llama—. Dos… —el fuego encendió la mecha, rápido ascendió—. ¡Corre! —exclamó, divertido.

Y así lo hicieron ambos, alejándose lo suficiente del cohete para poder observarlo ascender. Sin embargo, el estallido nunca llegó. Beau frunció el ceño.

—Pero… —chasqueó la lengua—. Hay que intentarlo otra vez.

Agujero.

California Rocket .

Mechero. Esta vez, Reece fue quien prendió la mecha.

Salir corriendo juntos.

Y, de nuevo, nada.

—¿Pero y a este qué le pasa?

—Creo que están defectuosos, Beau.

El menor de los Sinclair dio un brinco y cogió uno de los brazos de Reece.

—¡No! ¡Vamos, Sargent! No lo gafes, confía, todavía queda uno —pidió.

Una media sonrisa encantadora se pintó en los labios de Reece, después, asintió.

—Una última vez —respondió.

El último California Rocket pasó de las manos de Beau a las de Reece con el cuidado y la veneración con que uno sujeta a un infante.

Frágil, el menor de los Sinclair dejó que fuese el otro quien lo clavara en la tierra, observando con ojos bien abiertos, sintiendo un burbujeo extraño en el estómago.

Última oportunidad. Quizás era una tontería, pero no podía evitar sentir que era a la vez algo grande, algo que deseaba con todas sus fuerzas.

Con el cohete ya en posición, Beau cogió el mechero y se lo tendió a Reece.

—No. Vamos a encenderlo juntos —dijo, cogiendo con cuidado la mano de Beau, acercándola a la mecha—. ¿Listo?

El menor de los Sinclair asintió.

Juntos encendieron el mechero y acercaron la llama a la mecha.

Juntos, también, salieron corriendo sin soltarse la mano, quedando a unos pasos de distancia.

Cuando el cohete se elevó, los dedos de Reece presionaron la mano de Beau, cosa que hizo que no pudiera evitar mirarle.

Sus hombros ya no estaban encogidos. El miedo había ido diluyéndose poco a poco.

Ahora sus ojos brillaban bañados en expectación.

Pero, una vez más, no hubo estallido.

—Joder… —farfulló Beau.

De golpe, el cielo se llenó de luces. No, el California Rocket no había estallado, pero algún grupo, a no mucha distancia, sí había conseguido lanzar al cielo un castillo de luces de colores impresionante.

—¡Woooooooooooo! —exclamó Beau ilusionado, ladeando el rostro una vez más para perderse en el hermoso espectáculo que era Reece Sargent.

Sonreía, los destellos de luz volvían a reflejarse en el cristal de sus gafas.

Cuando el nieto de la señora Sargent lo miró a él también, Beau sintió un escalofrío placentero recorrer su columna, uno que se intensificó al notar cómo, de nuevo, los dedos de Reece apretaban su mano.

Las luces y el sonido de los cohetes pasaron a un segundo plano.

—¡A mí me gustan! —dijo.

Beau frunció el ceño.

—¿¡El qué!?

Reece dejó ir su mano y, en un gesto osado, llevó uno de sus dedos hasta el rostro de Beau.

Las cicatrices. Se refería a las cicatrices.

El dedo encontró acomodo sobre una de ellas, recorriendo despacio su extensión, dejando una caricia que hizo que Beau suspirara.

Sus mejillas se sonrojaron, su estómago se encogió, no podía apartar la vista de él, sentía el cuerpo completamente congelado y las ideas corriendo a una velocidad incontrolable.

¿Por qué le estaba tocando así? ¿Por qué…?

Cualquier pensamiento murió ahogado con el subidón repentino que supuso sentir la mano de Reece deslizarse por su rostro hasta alcanzar su nuca.

Tiró de él con firmeza, acercándolo, quedando sus cuerpos completamente pegados y sus labios fundidos de una forma que, hasta hacía un mísero instante, Beau habría calificado como imposible.

Un beso. Tan inesperado que al menor de los Sinclair le costó reaccionar muchos más segundos de los que le habría gustado. Sus manos ascendieron, se colocaron sobre los hombros ajenos y los presionaron con firmeza a la vez que un chispazo lo recorría entero.

De ser un California Rocket , habría estallado en el más sonoro de los estruendos.

Los labios de Reece sabían dulce, tenían el regusto de la sandía todavía bañado en ellos, y su mano libre se deslizó por la cintura de Beau hasta alcanzar la parte baja de su espalda.

Uno de sus dedos volvió a moverse, a acariciar una de tantas cicatrices, y Beau creyó de verdad que acababa de volverse completamente loco.

Pero no. Cuando lentamente se distanciaron y pudo mirarle, la realidad le golpeó en la cara. Reece Sargent acababa de besarle. A él. El maldito Reece Sargent. Tuvo que tomar aire, todo daba vueltas, se sentía mareado.

¿Debía hablar? ¿Cómo se esperaba que uno reaccionara ante algo tan inesperado?

Con el sonido del último cohete, el nieto de la señora Sargent dejó ir a Beau de golpe. Enderezó la postura, carraspeó y, tras moverse en el lugar de forma torpe, llevó una mano hasta la cabeza del menor de los Sinclair y le revolvió el pelo.

—Buenas noches —dijo, antes de marcharse con paso acelerado.

Beau ladeó el rostro y, con la mirada siguió el andar de Reece recorriendo el campo de vuelta hacia el párking. Algo en sus adentros le decía que saliera corriendo tras él, que intentara comprender qué había pasado, pero sus piernas estaban tan temblorosas que no fue capaz de dar ni un mísero paso.

En la lejanía, se escuchó el estallido de un California Rocket .