19
Beau ladeó el rostro al sentir unas manos posarse sobre su cintura.
Al girarse, se encontró con Charlotte apoyada contra su espalda, observándolo con una sonrisa dibujada en los labios.
La novia de su hermano no tardó en inclinarse para dejarle un beso en la mejilla, presionando suavemente su piel antes de dedicarle un guiño cómplice y apartarse.
—Guapo —dijo, caminando ya hacia Emmet, compartiendo un beso mimoso con él.
Sabía perfectamente por qué lo decía. Muchos podrían pensar que, con las cicatrices que marcaban su rostro, Whitefish ya tenía cubierta cualquier cuota de morbo, sin embargo, las pocas veces que el menor de los Sinclair dejaba al descubierto más piel de la habitual, el efecto era justo el contrario.
Aquella ocasión no fue distinta. Con su crop top de estampado vacuno ciñéndose al torso, Beau no tardó en percibir los cuchicheos a su alrededor ni en sentir el peso de miradas curiosas, de esas que se clavan en la piel.
Por eso Charlotte se había acercado. Por eso lo protegía una vez más con su dulzura.
Sin embargo, aquella vez, Beau no sentía que lo necesitara .
Había escogido su aspecto con cuidado, había echado muchas más horas de las que estaba dispuesto a admitir delante del espejo, y había aceptado que lidiaría con todo lo que tuviese que soportar con tal de lucirlo.
¿Querían mirarle? Adelante. ¿Les fascinaban las cicatrices de su piel?
Estupendo. Pero él necesitaba sentirse perfecto en aquella barbacoa y así iba a ser.
Y no, tampoco estaba dispuesto a admitir la razón detrás de aquella necesidad.
El menor de los Sinclair cogió uno de los vasos de papel que había sobre la mesa y se sirvió una limonada hasta arriba de hielo.
Decidió ignorar la cerveza fría, aquello solo le traía malas decisiones.
Bebió, acercándose a Emmet, que tenía una mano en la baja espalda de su chica y esa media sonrisa boba que solo se le dibujaba cuando estaba con ella.
—¿De qué habláis pareja? —preguntó, colocándose a su lado.
—Le estaba diciendo a tu hermano que el próximo fin de semana sería ideal para ir a ver pisos a la ciudad.
Beau dio un brinco ilusionado; en cambio, Emmet puso los ojos en blanco.
—¿No voy a poder tener un fin de semana en paz con vosotros? —preguntó—. Lo último que me apetece después de toda la semana trabajando es…
Lottie negó de inmediato y le interrumpió con unas suaves palmaditas en el pecho.
—¡Es necesario! No puedes escapar de este plan, ¿o nos vas a dejar ir solitos? ¡A ver si nos pasa algo! Igual nos secuestran, pesaría en tu conciencia.
—Eso no me preocupa, os devolverán en dos días.
Charlotte le dedicó una mueca burlona mientras Beau le mostraba el dedo .
—Además… —Emmet miró a Beau directamente—, ¿Tú no tienes partido ese sábado?
—¡Oh, mierda! Sí, en Portia…
—¿Ves? —ladeó el rostro para mirar a su chica—. Este fin de semana es imposible.
—¡Le diremos al entrenador Hunt lo que pasa! Lo entenderá, es la universidad, no puede pretender que un partido amateur de rugby esté por encima —respondió ella—. Seguro que con sus hijas tuvo que hacer lo mismo.
La espalda de Beau se tensó. ¿Y si no era eso lo que quería? ¿Y si no quería perder la oportunidad de compartir otro tercer tiempo con el equipo?
El equipo . Ya, claro.
Sacudió la cabeza y tomó aire, esforzándose en mantener la sonrisa.
—No creo que el entrenador ceda, pero se lo preguntaré en cuanto lo vea —aseguró aún sin estar del todo convencido de cómo lidiaría con ese tema llegado el momento.
Charlotte sonrió satisfecha, chasqueó los dedos después.
—Y si él no quiere, ahora, cuando venga Reece, le decimos lo que pasa y listo.
«Ahora, cuando venga Reece». Aquellas palabras resonaron en su cabeza varias veces.
Emmet levantó ambas manos.
—Si uno de ellos está de acuerdo, iremos el próximo fin de semana a ver pisos.
El menor de los Sinclair quiso decir algo más, sin embargo, al ver a Mini saludarle desde la otra punta del jardín, cualquier otro tema quedó silenciado de golpe.
No había dejado de pensar en ella desde la conversación del Cherry.
Cuando había terminado de empaquetar las tazas y salido a ver si ya se sentía con ganas de hablar, se encontró con que se había marchado hacía un rato.
Había intentado llamarla y mandarle un montón de mensajes, pero estos no habían sido respondidos.
Captó la indirecta: quería espacio y eso lo preocupaba un poco. ¿Se había enfadado con él? No lo sabía.
Pero ahora le saludaba de aquel modo… Eso era bueno, ¿no?
Beau dejó atrás a su hermano y Charlotte, moviéndose por el jardín hasta llegar a ella, con los dedos aferrándose con fuerza al vaso para no temblar y el miedo en el estómago ante la posibilidad de haber jodido a alguien que adoraba profundamente.
Su amistad lo era todo; joder , si había aguantado a Kurt tanto tiempo era precisamente por eso.
—Hola… —dijo finalmente, con voz suave.
—Hola… —respondió ella a la par.
Ambos se miraron, nerviosos, sin saber qué decir.
—¿Cómo estás? —preguntó Beau finalmente.
Mimi bamboleó la cabeza sin más.
—Oye… Perdona lo directo que fui el otro día. Es normal que…
—No —interrumpió Mini, apresurándose a continuar al ver la mueca confusa de Beau—.
Es decir, fuiste directo, pero me hiciste pensar en muchas cosas.
Por eso me fui, porque sentí que de verdad necesitaba sentarme con mis pensamientos —suspiró—.
Kurt está de viaje con unos amigos, pero cuando vuelva voy a romper con él. Definitivamente .
Beau presionó los labios. La verdad es que Mini había roto con Kurt muchas más veces de las que pudiera contar, pero nunca había usado esa palabra antes. Definitivamente . Aquella palabra le creaba una ilusión que no podía ocultar .
El menor de los Sinclair se acercó más a su amiga y la cogió de las manos.
—Haces lo correcto, Mini. Aunque ahora duela, a la larga vas a estar mucho mejor, estoy seguro de ello.
Y me tienes aquí para lo que necesites, ¿de acuerdo?
Siempre va a ser así —tiró de ella, pudiendo así hablar cerca de su oreja—.
Y, cuando te recompongas, te llevaré a conocer chulazos de verdad, no idiotas de medio pelo.
Mini rio, soltó una de sus manos para darle una suave palmada. Era una risa cansada que no contenía para nada toda esa jovialidad de la que su amiga siempre había sido dueña, pero era una risa en un mal momento y eso era lo importante. Volvieron a mirarse.
—Eso si estoy bien algún día…
—Lo estarás. Nadie muere de amor —sentenció.
Y aunque sentía que esas eran de esas palabras que vuelven con el tiempo a morderte el trasero, las dijo de todos modos.
No fue necesario añadir nada más; en cuanto Mini se movió para poder pegarse a él y rodearlo con sus brazos, Beau correspondió el abrazo, besando la cabeza de su amiga y achuchándola un poco, dejando que se tomara todo el tiempo necesario en esa postura.
Aún acariciando su espalda, el menor de los Sinclair escuchó a Mini suspirar.
—Mira, uno como ese no me vendría mal.
Beau levantó la mirada, llegando a la fiesta cargado con una sandía bajo un brazo y su abuela enganchada del otro, Reece Sargent se dibujó ante sus ojos.
No pudo evitar sonreír, mucho menos dejarse embriagar por ese cosquilleo intenso que se extendió por todo su cuerpo con una facilidad pasmosa.
Llevaba una camiseta a rayas azules y blancas que le sentaban muy bien.
Y las gafas, detalle que nunca dejaría de alborotar sus adentros.
—A ese le dejaría que se metiese en todos mis agujeros toda la noche —dijo, sin pensar, arrepintiéndose de inmediato por la falta de filtro. No podía hablar así, no de él.
Mierda. Mierda. Mierda.
Por suerte, Mini, que lo conocía como a la palma de su mano y estaba hecha a sus comentarios, rio ante la broma sin darle mayor importancia.
—¿Incluso en las orejas? —preguntó burlona, metiendo un dedo en una de ellas.
—Idiota… —farfulló Beau, apartando la cabeza.
Mini suspiró.
—A ti también te buscaremos uno que valga la pena. No como Laramie.
No supo qué responder. Quizás por eso prefirió el silencio.
Una parte de sí mismo quería acercarse, pero la cordura hizo que se quedara allí con Mini. Más adelante en la barbacoa tendrían un momento.
O eso esperaba.
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Beau cogió uno de los pedazos de sandía de encima de la bandeja y le dio un bocado. Estaba fresca, dulce, una media sonrisa se pintó en sus labios de inmediato.
—¿Está lo suficientemente buena como para ganarme estar aquí?
La voz de Reece, tan cerca del oído que hasta la caricia de su aliento pudo sentir, hizo que diera un suave brinco, ladeando el rostro para encontrarse con el nieto de la señora Sargent a su lado. Con los brazos a la espalda, bordeó a Beau hasta colocarse a su lado.
—Está increíble —respondió, limpiándose los labios con el dorso de la mano—. ¿Es del mercado? ¿De dónde ha salido?
Reece chasqueó la lengua, lentamente se hizo con un pedazo de sandía él también y le dio un bocado. Ese toque chulesco del que ahora hacía gala era verdaderamente atractivo, especialmente cuando se cruzó de brazos y la musculatura de estos se marcó todavía más.
—Un británico no revela sus secretos a los americanos, lo siento.
Beau puso los ojos en blanco y dio un segundo bocado a la sandía.
—¿Te lo estás pasando bien?
—Sí, la verdad es que la gente es de lo más encantadora. Gracias por invitarme, creo que puedo asegurar que esto es mejor que quedarme en casa de mi abuela.
—Bueno, esa es la magia de Whitefish.
Reece sonrió y ladeó el rostro; al seguir la dirección de su mirada, Beau se percató de que estaba observando a Emmet. Su hermano estaba ahora organizando junto a su suegro los fuegos artificiales que pronto iban a empezar a preparar.
—He estado hablando con tu hermano, por cierto —dijo mientras comía sandía una vez más—. ¿De verdad le gusta tanto el rugby o lo ha dicho para hacerme la pelota?