Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 18
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Aunque no era el trabajo más común en el Cherry, aquella tarde a Beau le habían encargado ordenar el almacén y preparar la cerámica que se había hecho a lo largo de la semana para enviarla al horno.

El Cherry era uno de los locales de referencia en el pueblo gracias a tener las mejores tartas de todo Whitefish y un café capaz de enamorar a cualquier cafetero, pero sin lugar a dudas lo que más llenaba a Beau era el taller y poder ayudar a los clientes a pintar sus propias piezas.

No todas las semanas tenían piezas, pero cada vez que alguien se presentaba en el local para pasar la tarde pintando cerámica o para hacer un regalo especial para otro, el menor de los Sinclair sentía que su trabajo tenía sentido.

Aquella semana tenían trabajo de verdad.

Hacía unos días, había tenido lugar el decimotercer cumpleaños de la pequeña de los Ray y ella y todas sus amigas se habían presentado en el local para disfrutar de un pedazo de tarta y pintar una taza cada una.

Flores, fresas, abejas, corazones… lucían ahora sobre un tono pastel a la espera de ir al horno.

—¿Desde cuándo las niñas pintan tan bien? —preguntó Mimi, mostrando una taza de color violeta con abejas pintadas.

Beau rio.

—Las dibujé yo, ellas solo tuvieron que pintarlas lo mejor que pudieron —respondió, cogiendo la taza de las manos de su amiga y envolviéndola con cuidado.

—Dios, van a flipar contigo en la universidad…

—Son solo unas abejas, cualquiera puede hacerlas.

Y no estaba siendo modesto.

Aunque Beau sabía que dibujaba bien, desde niño había tenido ese talento y se había esforzado en mejorar día a día, prefería no caer en el error de aquellos que se creen con un don especial y único.

No . Cuando uno sale de su pequeña burbuja con esa mentalidad y se topa con la realidad de la cantidad de gente con talento que hay en el mundo, lo único que puede pasar es que se lleve un golpe del que es complicado recomponerse.

Siguió con su tarea en silencio, cogiendo las tazas que Mini le tendía y envolviéndolas en papel para colocarlas con cuidado en la caja. ¿Rutinario? Sí. ¿Gratificante? También.

—¿Cómo vas con ese tema, por cierto?

—¿La uni? Bien, tu hermana ha convencido a Emmet de que vayamos a ver pisos en persona, así que estamos buscando fecha para ello.

Y lo demás sin novedad. Papeles hechos, pre-matricula pagada…

Aunque creo que me quedaré más tranquilo cuando el tío William ingrese todo el dinero que falta y pueda dejar de pensar en… cuotas y… —resopló.

—¿Todavía no lo ha hecho?

Beau negó .

—Mi hermano le ha metido presión, dice que pondrá lo que falta en unos días.

Aunque el menor de los Sinclair no sabía si creer esas palabras.

Pero tenía que hacerlo. Si no lo hacía, debía vivir con la idea de que quizás la universidad no era algo que pudiera permitirse y…

No. Iba a ir a la universidad. Iba a estudiar Bellas Artes.

Iba a crearse un futuro mejor, lejos de servir cafés, centrado en lo suyo. Sí, así iban a ser las cosas.

—Lo hará, no te rayes.

—No me rayo —mintió, sin ser capaz de mirar a su amiga.

—Beau, tú te rayas con todo —respondió Mini, con tono bromista. Esta vez sí, sus miradas se encontraron—. Lo hará, confía en mí.

Y, tras un instante de duda, el menor de los Sinclair asintió.

Así es como funcionan esas cosas, ¿no? Si uno quiere manifestar cosas buenas, tiene que pensar en ellas, convencerse de que así serán. Tomó aire por la nariz y, mientras envolvía otra de las tazas, mentalmente se repitió una y otra vez aquel mantra.

«No te rayes, lo hará».

«No te rayes, lo hará».

«No te rayes, lo hará».

—Oye…

La voz de Mini sacó a Beau de sus pensamientos e hizo que la mirara de nuevo.

—¿Podemos hablar de algo un poco más… peliagudo?

— ¿Peliagudo?

Mini suspiró, bajó la mirada y se tomó unos momentos para calcular sus palabras.

—Kurt me contó el otro día que tuvo una pelea con Reece Sargent por algo de un… comentario. Pero no me ha co ntado qué comentario ni quiere hablar demasiado del tema… ¿Fue por lo que te dijo antes del partido? Lo de los vestuarios…

—Sí. Cuando Reece escuchó el comentario no le hizo mucha gracia y le echó una bronca. Por lo que tengo entendido, después de que yo me fuera, siguieron hablando del tema y la cosa se puso más chunga. Pero no conozco detalles —levantó los hombros.

Mini se llevó el pulgar a la boca y, con insistencia, se mordió el lateral de este en un gesto nervioso que, cualquiera que la observara un poco, habría visto mil veces.

—Joder, siento que te dijera eso.

—No eres tú la que ha de pedir perdón, Mini.

—Ya, pero… cuando lo hizo me mantuve callada, por eso sí tengo que disculparme.

El menor de los Sinclair presionó los labios.  ¿Debía decir la verdad?

La verdad es que le molestaba que no recibiera más que malas miradas por comentarios así.

¿Pero qué podía hacer? No sabía muy bien cómo lidiar con todo aquello.

A Beau no le gustaba Kurt y no había dudado en hacérselo saber a Mini en las miles de veces que habían roto.

Sin embargo, días después, su amiga y su chico volvían a juntarse y terminaba por sentirse como un gilipollas por hablar demasiado.

¿Qué sentido tenía ser honesto si, cada vez que intentaba hablar con ella, a su amiga le entraba por un oído y le salía por el otro?

Estaba cansado de lidiar con aquella batalla.

—Acepto tus disculpas. Vamos a dejar el tema, por favor —pidió, optando de nuevo por la opción más cómoda para todos: ignorar el elefante en la habitación.

Pero Mini no parecía dispuesta a ello.

—¿Debería romper con Kurt? —preguntó .

Y Beau, incapaz de contener la lengua, respondió de la forma más honesta posible.

—Claro. ¿Es que no te lo he dicho ya un millón de veces?

—suspiró—. Mini, es un gilipollas que sigue atascado en el instituto porque fue el momento más maravilloso de su vida.

Tiene un trabajo de mierda porque a su padre no le queda otra que aguantarlo en el taller, te gorronea como quiere, no aspira a nada, ni siquiera es especialmente cariñoso o detallista…

Y encima es un homófobo de mierda. Por muy «de broma» que diga estar, yo le veo las costuras.

Dime, ¿qué razones ves tú para no romper con él?

Ugh . Quizás se había pasado.

Pero ya no había vuelta atrás.

—Él no… es decir, yo… ehm… —Mini titubeó—. Yo nunca saldría con un homófobo.

Beau enarcó una ceja. ¿Es que el comentario en el partido no había sido suficiente?

—Yo no soy homófoba —decidió cambiar el discurso.

Y a Beau, una vez más, le resultó imposible contener la lengua.

—Pero sales con uno. Y haces oídos sordos a comentarios que no deberías ignorar. No eres homófoba, de verdad que no creo que lo seas, pero sí sales con uno y, en fin, las personas con las que permites que los demás te relacionen también hablan de quién eres.

Mini bajó la mirada, cosa que hizo que el estómago del menor de los Sinclair se encogiera. Quizás había pecado de duro, de ser demasiado directo, pero después de tantos intentos fallidos de hacerle ver la luz sentía que no había otra forma de conseguirlo.

Suspiró, quiso añadir algo más; sin embargo, Mini devolvió la taza que tenía en sus manos a la caja y se marchó rumbo a la salida de la sala .

—¡Mini!

—¡Déjame, necesito aire, en serio!

Y, como alguien que la conocía bien, Beau sabía que seguirla no serviría de nada. Aun así, no pudo evitar darle una palmada a la caja de pura frustración, una de la que no tardó en arrepentirse cuando escuchó el tintineo de las tazas.

—Mierda, mierda… —farfulló, comprobando que todas estaban bien, dejando escapar un sonoro suspiro de entre sus labios al ver que así era.

Sí, iba a tomarse cinco minutos de descanso él también.

Tras colocar la taza que tenía en las manos dentro de la caja, Beau fue hasta un taburete a no mucha distancia, tomando asiento tras sacar el móvil de su bolsillo trasero.

No esperaba encontrar nada interesante en él, perdería un rato en Instagram y después volvería a sus cosas, sin embargo, al ver mensajes de un número desconocido en la pantalla, su ceño se frunció y la curiosidad venció a cualquier alarma posible de estafa.

Desconocido: Hola Beau, soy Reece Sargent.

Desconocido: Mi abuela me ha dado tu número.

Desconocido: Iremos a la barbacoa y quiere saber si tenemos que llevar algo.

Una sonrisa boba se pintó en los labios de Beau. Por supuesto, guardó el teléfono de Reece de inmediato, tomándose unos largos segundos para decidir qué responder.

Beau: Tu abuela puede venir con las manos vacías siempre.

Beau: Tú en cambio trae sandía o no entras.

Beau: Sorry , son las normas.

No esperaba una respuesta, no inmediata al menos; sin embargo, ante sus ojos apareció pronto el sticker de una vaca de dibujos mostrando el dedo corazón. No pudo evitar reír, guardándolo de inmediato, sintiendo que era su sticker espiritual.

Sargent: Sandía tendrá el señor entonces.

Respondió.

Beau: ¿Te has hecho a la idea de los fuegos artificiales?

Sargent: No.

Sargent: Pero tendrías que ver la carita con la que mi abuela me ha mirado cuando le he dicho que prefería quedarme en casa.

Beau: ¡Blando!

Sargent: ¿Qué quieres que te diga, Beau?

Sargent: Soy el niñito de mi abuela.

El menor de los Sinclair rio, encontrando aquel último mensaje encantador. Nervioso, se mordió el labio inferior, ¿debía seguir hablando con él? Quería hacerlo, pero a la vez sentía que era demasiado raro y que se estaba metiendo en un jardín en el que no debía entrar.

Suspiró. Había trabajo, tenía que centrarse.

Pero el teléfono volvió a vibrar y el resto del mundo perdió importancia.

Sargent: Me iré a casa antes de los fuegos.

Sargent: Tranqui, no os joderé la noche.

El menor de los Sinclair presionó los labios. No, aquello no era lo que quería.

Beau: ¡Oh, vamos!

Beau: Dales una oportunidad.

Beau: Te prometo que no están tan mal

Dudó. Sus dedos escribieron y reescribieron aquel mensaje varias veces, pero al final quedó algo con lo que podía sentirse medianamente satisfecho.

Beau: Ven a tirar cohetes conmigo después de la barbacoa.

Beau: Te prometo que si no te gustan te dejo irte sin quejas ni coñas.

Reece también pareció dudar en su respuesta .

El aviso de «escribiendo» apareció y desapareció varias veces en la pantalla.

Sargent: Vale.

Sargent: Una oportunidad.

Sargent: Nos vemos el sábado.

Beau sentía el corazón acelerado, el aleteo de las mariposas enloquecidas en su estómago.

No dudó en maldecirse. Se sentía como un maldito idiota.

¿Cómo era posible que aquello le hiciera ilusión?

¿Cómo era posible que una vez más se hubiera dejado llevar por unas ilusiones que solo existían en sus ansias de gustar?

«Pobre y patético Beau Sinclair. ¿De verdad te hace ilusión que un hetero vuelva a reírse en tu cara?» escuchó una vez más la voz de siempre resonando en su cabeza.

Y aun así, aquella vez, esas palabras no fueron suficientes para ahogar su emoción.

Suspiró, guardó el teléfono en el bolsillo y se quedó sentado en el taburete, con la vista en la nada, pero la mente ya perdida en cómo sería aquel sábado.

Estaba pecando de iluso, iba a llevarse ese golpe que había luchado por evitar al emocionarse con lo que se encontraría en la universidad, y sin embargo aquella era la primera vez que la idea de celebrar el Cuatro de julio lo ilusionaba tanto.