Bienvenidos a Whitefish (Bienvenidos a…1) 16 #2
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Pero la otra parte no podía evitar aflojar un poco el nudo que llevaba años apretándole el pecho.

Porque él sabía lo que era vivir en un sitio donde cada gesto era medido.

Donde un comentario en el bar podía torcerte la noche, donde una mirada demasiado larga a la persona equivocada podía convertirse en un desastre.

Había construido su pequeño refugio a base de paciencia, de elegir batallas, de aprender cuándo callar y, aun así, escuchar a alguien decir aquello sin dudar era como aplicar ungüento en una herida abierta.

No sanaba, pero sí aliviaba lo suficiente.

—Y pensar que te quejabas de que hablo demasiado —el humor volvió a ser la única respuesta ante unas palabras que le tocaban una fibra demasiado sensible.

Reece rio brevemente.

—No me gusta que nadie me hable mientras entreno.

—Excepto Freddie Mercury —interrumpió, bromista.

—Excepto Freddie —asintió—. No sé, cuando estoy en el campo he de concentrarme, necesito que mi cerebro esté al cien por cien en el momento y…

ya estoy lo bastante sobreestimulado con todo a mi alrededor como para añadirle blah blah blah —Reece imitó con los dedos el gesto de una boca abriendo y cerrando una y otra vez—. ¿A ti no te pasa ?

—No, la verdad es que a mí es el silencio el que me pone de los nervios. Cuando tengo mucho ruido a mi alrededor es cuando puedo apagar todo lo demás y concentrarme.

—Nuestros cerebros son opuestos entonces.

—Supongo.

Y quizás por eso no podía evitar sentirse atraído por su persona.

Eran opuestos. Estaban destinados a ello.

—¿Y si empezamos de cero? —propuso Reece—. Borrón y cuenta nueva. Así tú puedes olvidar que he sido un borde contigo, que te he dicho que hablas mucho… Y yo puedo olvidar que me dijiste que tenía un palo en el culo, que me pellizcaste…

—Que te tiré un granizado en el coche…

—¡Ah no! —Reece se detuvo de golpe, giró hasta encarar a Beau—. Nunca, ¡jamás! Voy a olvidar lo que le hiciste a mi coche. Y te lo voy a estar recordando todos los días de mi vida.

—¿Todos los días de tu vida? —El menor de los Sinclair giró para encararlo también.

—Ajá, serás un ancianito y yo todavía estaré ahí diciéndote «¿te acuerdas de lo que le hiciste a mi coche, Beau Sinclair?» —aquella última frase la dijo forzando voz de anciano, temblorosa y mucho más aflautada que su voz habitual.

Beau estalló en una sonora carcajada. Tuvo que bajar la cabeza, escondiéndose un poco, tomando una profunda bocanada de aire para calmarse.

—Vale, Sargent. Tú ganas, tienes gracia, podemos empezar de cero.

—¿Y cómo lo sellamos? ¿Nos escupimos en la mano o algo?

El menor de los Sinclair arrugó la nariz .

—Ugh, no, qué asco… —miró a su alrededor—. ¿Nos tomamos una cerveza?

—No bebo fuera del tercer tiempo, lo siento.

—Oh… ¡Bueno! No pasa nada, lo damos por sellad…

—¡Pero! —esta vez fue el turno de Reece de interrumpir—. ¿Te apetece un granizado? Que no sea de sandía, por favor.

Beau asintió de inmediato, cogió el manillar de la bicicleta con ambas manos y la empujó sabiendo perfectamente hacia donde ir. Sin embargo, antes de que pudiese dar más de un par de pasos, notó cómo Reece cogía también el manillar y lo hacía parar.

—Sube detrás, yo la llevo —dijo, sin dudar, descolgando la bolsa de papel y volviendo a tenderla a su dueño.

Reece se colocó primero, pasando la pierna por encima del cuadro y acomodándose en el sillín. Ajustó el pie en el pedal y sujetó el manillar con firmeza, dejando la bicicleta inclinada lo justo para que Beau pudiera subir.

—No cabemos los dos en el asiento, eres enorme.

—Calla y sube, Sinclair —respondió, ladeando el rostro para mirarle—. O me iré sin ti.

Beau puso los ojos en blanco.

—¡Vale! Ya voy…

—Pon un pie aquí —indicó Reece, señalando la pequeña barra trasera, cerca de la rueda—. Y luego… bueno, agárrate.

Beau apoyó el pie con cuidado en el soporte metálico, notando el frío del hierro a través de la suela, y después se impulsó para subir del todo. Una vez colocado, tragó saliva, más por la cercanía repentina que por el equilibrio que necesitaba hacer.

Durante un instante no supo muy bien dónde poner las manos. ¿Debía cogerse de él? Era lo lógico, ¿no? Y, aun así, necesitó de una nueva mirada del nieto de la señora Sargent para moverse.

Despacio, llevó ambas manos hasta la cintura ajena, apoyándolas primero con cuidado, como si le pidiera permiso sin palabras. Al notar que la bici se estabilizaba y que Reece no se movía ni un centímetro para apartarse, terminó de rodearlo, sujetándose con más firmeza, aferrándose a su camiseta.

Podía sentir el calor de su espalda a través de la camiseta.

El movimiento de su respiración. Lento, estable.

Olía dulce. En la soledad de su cuarto se odiaría por notarlo.

—¿Bien?

Beau asintió.

Reece empujó el pedal entonces, la bicicleta empezó a moverse, primero lenta, luego con un balanceo suave que obligó al menor de los Sinclair a acercarse un poco más para mantener el equilibrio.

Una media sonrisa se dibujó en los labios del nieto de la señora Sargent, una que Beau no supo demasiado bien cómo entender.

Juntos, acompañados de la caricia del viento, se movieron por las calles de Whitefish.

El mundo, el tiempo, no iban con ellos. Solo existía la bici, solo estaban los dos, deslizándose por el pueblo sin la necesidad de un destino concreto. La gente, las casas, los pensamientos abrumadores, morían con el suave balanceo, con la cercanía del otro.

Beau levantó la cabeza y observó el cielo un instante.

Las estrellas. Parecía que aquella noche había el doble que de costumbre.

Sus manos se aferraron a Reece con más fuerza.

Whitefish nunca antes le había parecido tan hermoso.